Capítulo 32

El chocolate caliente seguía en mi mano, pero ya no lo sentía. El calor que hace instantes reconfortaba se había vuelto nada, una presencia ajena que no reconocía. Estaba tarareando bajito, sin esfuerzo, esa canción que me acompaña siempre. “Tal vez, quizás…” Como si el tono suave de Paulina Rubio flotara entre los árboles de la plazoleta y me protegiera por dentro. Las palabras salían entre sorbo y sorbo, entre el olor a cacao espeso y la luz débil de la farola sobre mi cabeza.
La ciudad parecía tranquila a esa hora, como si respetara mi silencio. Caminaban algunos, sí. Se escuchaba el murmullo de vasos y platos en un café cercano, risas apagadas, voces que no entendía del todo. Pero yo estaba en pausa. Con la mochila a los pies, el abrigo abotonado hasta el cuello y esa calma que uno cree merecer después de tanto.
Deslicé el dedo por la pantalla buscando la red social, más por costumbre que por deseo. El ícono apareció entre otros. Lo toqué sin pensar. La aplicación tardó en cargar, como si el universo quisiera darme unos segundos más de paz antes de mostrarme lo que venía. “Tal vez, quizás…” seguía murmurando. Ni siquiera escuchaba mi propia voz.
Fotos. Memes. Noticias. Publicaciones sueltas. Todo en ese flujo infinito que uno revisa sin mirar de verdad.
Y entonces, la imagen.
La primera.
Fue como una interrupción silenciosa. Algo en mi cuerpo se tensó sin saber por qué. El vaso se me aflojó entre los dedos, tembló, casi cayó. Tuve que tomarlo con fuerza, sin poder apartar los ojos de la pantalla. El corazón me dio un vuelco distinto. No como los nervios. No como el susto. Como si me apachurraran por dentro. Como si alguien pusiera una mano firme sobre mi pecho y dijera “ya no.”
Me quedé quieto. Muy quieto. La publicación estaba ahí. Recién subida.
Visible para cualquiera. Pero hecha para romperle el alma a alguien que mira con esperanza.
No entendía de inmediato qué pasaba. Sabía que algo no estaba bien, pero me tomó unos segundos ordenar lo que veía. Y entonces… lo supe.
Era él.
Ariel.
La primera imagen.
La vi antes de verla: ese vacío breve que sabe a certeza. El vaso se me aflojó: sentí cómo el calor me abandonaba, gota a gota. Bajo la farola, mis pupilas se dilataron.
La foto estaba tomada en un parque: hojas pálidas, luces de feria, esa aureola dorada que yo había imaginado solo para nosotros. Ariel reía con una naturalidad cansada de ser feliz, la cabeza ligeramente echada hacia atrás. A su lado, un chico moreno apoyaba la mejilla en su hombro, los dedos entrelazados con los de él. La risa de ambos era un pacto, un trato secreto que yo no conocía.
Me obligué a respirar. El aire entró frío y rasgó mi pecho. El chocolate resbaló unos milímetros. Aposté toda mi voluntad a no derramar ni una gota.
Bajé un poco la mirada y vi la segunda foto.
Un abrazo apretado, intenso. El chico moreno besando la nuca de Ariel, tan cerca que casi podía oler su champú. La espalda de Ariel se arqueaba en confianza absoluta. No era un roce casual: era un refugio, un hogar.
Una lágrima brotó sin aviso. Me la limpié con el dorso de la mano, pero mi vista se enturbiaba más con cada parpadeo. Quise apartar el teléfono, pero no pude.
La tercera imagen explotó en la pantalla:
Ariel besando al chico moreno, esta vez en la boca. Un beso breve, perfecto, contenido como un juramento. Los labios de Ariel se cerraban con suavidad sobre los del otro; la ternura era irrefutable.
El mundo contra mí.
Mi canción enmudeció en mi mente como si alguien la hubiera apagado de golpe.
Sentí un nudo infernal en la garganta. Un zumbido en los oídos. La banca, la farola, el árbol, hasta mis propios dedos se desvanecían. Solo existía esa imagen: el amor de Ariel anidado en otro pecho.
Quise gritar. No salió un sonido.
Quise llorar. No brotaron más lágrimas, solo una presión ardiente tras los párpados.
Quise correr. Me sentía pegado al lugar, como si el suelo se hubiera vuelto cemento y me derritiera por dentro.
Me doblasé, un temblor me recorrió la espalda. El teléfono cayó en mi regazo. Rodó hasta mis pies y ni siquiera lo vi; seguí mirando la pantalla sin verla. No sabía si aquello era verdad, si era un sueño diabólico. Pero mi pulgar, por sí solo, repasó las fotos, una y otra vez, intentando borrarlas… sin éxito.
La rabia se coló, apenas un latigazo de calor en las manos. Quise estrellar el vaso contra la banca. En su lugar, lo dejé deslizarse hasta el suelo, donde explotó en un charco pegajoso que absorbió el silencio de la noche.
Unos pasos resonaron detrás de mí. Un murmullo. Yo no me moví.
El mundo se reanudó sin preguntarme si estaba preparado.
La farola parpadeó. El chocolate formó un círculo seco en el empedrado.
Y en mi mente, un solo pensamiento:
todo había sido una ilusión, la trampa más cruel.
Me llevé la mano al pecho. Palpé el sitio donde antes latía con esperanza. Ya no. Se me había roto con un beso ajeno. Se me había trizado en un “te elijo” que no fui.
El corazón se me hizo ceniza. Y aun así, estaba despierto. Y aun así, no podía apartar la vista.
Porque en esa pantalla estaba la confirmación de lo que dolía más que nada: que el lugar al que yo quería llegar, ya tenía a otro adentro.
Me quedé inmóvil, con la pantalla encendida, el teléfono temblando en mi mano como un eco de mi pulso. El frío se filtraba por el abrigo, pero ya no lo sentía. Sólo el peso de esas imágenes me sostenía.
Intenté ordenar mis pensamientos, pero fueron un torbellino:
“¿Cómo no lo vi? ¿Desde cuándo…? No puede ser real… ¿Por qué él? ¿Por qué justo con alguien más? ¿Y yo? ¿Y todo lo que creí?”
Cada frase estaba partida, sin conexión clara. Como si mi mente buscara un hilo para sujetarse, pero sólo encontrara nudos.
Apoyé los codos en las rodillas y me permití sentir el temblor:
Estoy helado… y ardiendo al mismo tiempo.
Quise apartar la mirada, cerrarla, huir. Pero mis párpados estaban rígidos. Era más fácil detenerme ahí, enfrentando ese vacío.
Traté de retener el recuerdo:
“El mensaje. ‘Eres un gran amigo, Denis…’”
Aquellas palabras me habían sabido a salvavidas. Y el beso. Aquel beso suyo, tan dulce, tan imprevisible.
“¿Fui yo… un consuelo? ¿Un espejismo?”
Pensé en la señal que pedí al universo en días pasados.
Pensé en cómo oré a solas. Y recordé mi propia voz: “Que sea real esta vez.”
Supongo que aqui estaba la señal, la respuesta que el universo me enviaba
Era eso: la traición de mi propia esperanza.
El viento levantó unas hojas. Escuché su roce contra el empedrado.
“Todo sigue girando… ¿y yo?”
Me sentí un peón en un tablero que ya no controlaba.
Mi pulgar tembló y volvió a pasar las fotos, como buscando un error en el archivo.
“Tiene que haber una explicación…”
Pero no había nada. Solo la verdad en HD, clara y despiadada.
La banca rechinó un poco cuando respiré hondo. “¿Llorar? ¿Gritar? ¿Salir corriendo?” Ninguna de esas voces internas merecía un eco.
Me quedé callado.
El vaso, tirado a mis pies, formó un charco oscuro que reflejaba la farola parpadeante.
“¿Y ahora?”
Pensé.
Nada respondía.
Alcé la vista y vi cómo el mundo continuaba: un taxi pasando, el murmullo de una puerta abriéndose en la cafetería, la silueta de una pareja que cruzaba la plaza sin mirarme.
Y en mi pecho, un solo latido punzante:
Estoy solo. Y fui yo quien creí tenerlo. Y era una ilusión.
Me quedé un instante más, abrazado al silencio desordenado de mi mente.
Hasta que, con esfuerzo, apagué la pantalla.
La noche, al fin, era mi única respuesta.
Me detuve un instante más, con el teléfono aún encendido, mirando esa tercera imagen una vez más. Fue en ese instante que algo me brotó de los ojos al darse cuenta de lo que mi mente había estado evitando: era él, el otro chico, el que ocupaba el lugar que yo había soñado para mí.
“¿Qué tiene él que yo no tenga?” me pregunté en voz baja. Por fuera, aquella figura parecía torpe: el cabello revuelto, como si nunca pasara un peine; la piel marcada por brotes de acné aún recientes; unos lentes de gruesa montura que agrandaban sus ojos, y esos ojos… con un tinte rojizo, casi salmón, como si estuviera siempre al borde de llorar. Tenía los dientes disparejos, un hueco apenas visible al sonreír, que en cualquier otra circunstancia me habría parecido entrañable, pero aquella noche me sonó como una declaración de mi propia falta.
El aire se me congeló en la garganta. Vi sus mejillas llenarse de arrugas al abrir la boca en esa sonrisa cómplice con Ariel. Su ropa, simple y algo arrugada, contrastaba con la imagen pulida que yo había alimentado en mis fantasías. ¿Por qué él y no yo? ¿Por qué a un chico que yo consideraba, con todo respeto, feo, radiante de felicidad, antes que a mí? No era que yo me creyera un Adonis… pero durante tanto tiempo había escuchado cumplidos, “qué guapo sos”, “qué ojos tan lindos”, incluso “qué presencia tan magnética”. Y ahora, de pronto, entendía que todos esos halagos podían haber sido amables mentiras.
Con el pulgar tembloroso, apreté el botón de captura de pantalla. Vi el destello rápido, como un flash blanco, y mi corazón se encogió aún más. Guardé el teléfono en el bolsillo interior del abrigo, donde el calor ya no lo alcanzaba. Mis dedos se habían vuelto de hielo. Me incliné hacia adelante, los codos apoyados con violencia en las rodillas, y arrastré el peso de la cabeza entre mis manos. El crujido de la banca de metal, el murmullo lejano de un coche al pasar, la tenue risa de alguien caminando sola… Todo me llegaba amortiguado, lejano, como si el mundo hubiera subido el volumen de su indiferencia.
Me quedé así, encorvado, sintiendo cómo la autoestima se desangraba gota a gota. El aire frío se colaba por los guantes, me helaba los nudillos, y sin embargo ardía el hueco en el pecho. “No soy suficiente… nunca lo fui”, repetía yo, casi en un mantra. Tenía la garganta tan seca que no podía siquiera susurrar. Pensé en las veces que me sonreían en el trabajo, en los mensajes de amistad que alababan mi “belleza serena”; ahora todo eso me sonaba hueco. Si Ariel podía elegir a alguien con ese rostro, ¿qué lugar me quedaba a mí? La certeza punzante de que mis propios rasgos eran intercambiables me aplastó.
La farola tembló un beso de luz sobre mí. Dejé caer las manos. Me sentí diminuto, roto en pedazos que no sabía juntar. El charco de chocolate ya estaba seco, agrietado como el suelo helado. Y allí, bajo ese árbol callado, comprendí que la leve esperanza que había alimentado no era más que una sombra, una señal infructuosa a la que aferrarme. Mi reflejo en la pantalla apagada del teléfono me mostró un rostro ajeno: el de alguien que ya no cree en los halagos, en las señales, en las promesas. Solo quedaba el peso de ese silencio atroz: ser un segundo lugar. Ser un no elegido.
Y en esa noche sin rescate posible, supe cuánto duele amar sin que te quieran de vuelta.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top