Capítulo 31

Había algo en el aire que me recordaba al vértigo. Ese temblor imperceptible del suelo bajo mis pies, aunque todo estuviera en calma. Sentado junto al ventanal, con una mochila a mis pies y mi madre a pocos metros de mí, gesticulando suave mientras hablaba por teléfono sobre rutas, horarios y facturas pendientes, yo sólo… observaba.

Gente iba y venía frente a mis ojos como un río interminable de pasos y maletas. Algunos caminaban con prisa, jalando mochilas, esquivando a otros como si el mundo fuera siempre tarde. Otros lo hacían más lento, con audífonos puestos, los ojos fijos en sus pantallas, como si el viaje ya estuviera sucediendo dentro de sus teléfonos. Algunos hablaban, reían. Otros tomaban café en vasos de cartón que ya estaban medio aplastados.

Mis ojos vagaban entre los rostros hasta detenerse en una escena pequeña y quieta. Dos chicos sentados en una banca baja, en uno de esos espacios intermedios donde la gente espera sin saber si por poco o por mucho. Uno leía, los pies cruzados, concentrado, con las cejas levemente fruncidas. El otro tenía la cabeza apoyada sobre su muslo, los ojos cerrados, el cuerpo encogido como si ese regazo fuera hogar. Estaban tan tranquilos, tan dentro de su propia isla, que por un instante sentí que todo el ruido alrededor no les tocaba. Nadie más parecía notarlo, pero yo sí. Yo los vi. Detenidos en el tiempo, sin necesidad de más palabras.

Sonreí, sin querer. De lado. Con esa clase de sonrisa que uno se da solo a sí mismo. No era envidia… no exactamente. Era algo más suave. Más profundo. El deseo intacto de verme ahí, algún día. De tener a alguien que me permita rendirme así, sin miedo, en el cuerpo del otro. Poder cerrar los ojos y saber que no me voy a caer.

Un poco más lejos, hacia el otro extremo de la sala, una familia pequeña jugaba con una risa contagiosa. Una niña de unos tres años reía con la boca abierta mientras sus padres, sentados en el suelo, le hacían morisquetas. El padre la levantó en brazos y la hizo volar, mientras ella estiraba las manos como alas. La madre, recargada sobre el hombro de él, soltó una carcajada suave y cerró los ojos, en esa felicidad que no hace alarde, pero lo llena todo.

Volví la mirada a la pareja de los chicos. El que tenía la cabeza recostada se incorporó despacio. Se estiró los brazos por encima del cuerpo, y luego giró. Lo vi acercarse al que leía. Le susurró algo, o tal vez simplemente lo miró. No lo sé. Pero el otro bajó el libro y, sin decir nada, le besó la frente. Un gesto corto. Dulce. Cuidado. Como si fuera un ritual que hacían seguido. Una certeza cotidiana. El primero volvió a acomodarse en su hombro, cerrando los ojos con una sonrisa mínima, apenas curva, pero que lo decía todo.

Y en ese momento, su mirada se encontró con la mía.

No fue más que un segundo. Pero lo vi. Me vio. No con sorpresa. No con incomodidad. Me miró como quien reconoce algo: una forma de mirar que conoce el anhelo. Y me sonrió. Ligero, sincero. Como quien ofrece una flor sin palabras.

Le devolví la sonrisa. Sin saber bien qué decirle con ella. Tal vez gracias. Tal vez te vi. Tal vez, ojalá.

Y me quedé quieto, con la mochila entre las piernas, el murmullo metálico de una voz diciendo algo por altavoz en un idioma neutro, y esa sensación extraña de que el mundo a veces me muestra todo lo que no tengo… no para herirme, sino para recordarme que aún lo deseo. 
Y que en algún rincón de mi alma todavía espero que, un día, alguien me mire así: como si recostarse en mí no fuera huida… 
sino llegada.

El anuncio se escuchó entre murmullos, con esa voz metálica que flota sobre las cabezas sin buscar a nadie en particular: el embarque comenzaba. Mamá guardó su teléfono con eficiencia y se acomodó la bufanda mientras yo me ponía de pie con la mochila colgada a un solo hombro. Habíamos esperado bastante, pero ahora el movimiento era una corriente inevitable. Una hilera lenta avanzaba hacia la puerta asignada. Personas arrastrando maletas, otras bostezando, algunas abrazándose como si alguien partiera para siempre.

El aire olía a café viejo, a desinfectante de pasillo, a ansiedad contenida. Y aun así, había algo en esa espera que me reconfortaba: la certeza de que, al menos por unas horas, nadie me esperaba al otro lado.

Subimos por la manga. El metal de los techos vibraba levemente con cada paso. Mis pasos.

Me acomodé junto a la ventana apenas entramos al avión. Mamá prefería el pasillo. Siempre decía que le daba libertad moverse si lo necesitaba, y que de todos modos, el cielo era el mismo en todas las direcciones. Pero yo no. Yo siempre quería ventana. Quería mirar. Ver alejarse lo que quedaba atrás.

El despegue fue lento, contenido. Sentí la presión empujarme hacia el asiento, una pequeña vibración en la columna que me conectaba con el mundo. Afuera, los edificios se iban volviendo miniatura. Las avenidas se curvaban como cordones de zapatos sueltos. La ciudad entera encogida, indiferente a que yo me alejara.

Cerré la ventanilla despacio. No porque no quisiera ver más, sino porque necesitaba un poco de sombra. Cerré los ojos. No sé cuánto dormí.

Cuando los abrí, algo había cambiado en el aire. La luz era más nítida. La cabina vibraba con ese tono familiar del descenso. Levanté la tapa de la ventanilla y el aliento se me detuvo.

Montañas. Verdes, onduladas, apretadas unas contra otras como si cuidaran un secreto. Algunas con sombras de nubes sobre la piel, otras coronadas con pinceladas de nieve. Se extendían hasta el horizonte como si el mundo se hubiera hecho con otra intención en este lugar. Entre ellas, la mancha irregular de una ciudad comenzaba a dibujarse tímida: techos naranjas, casas apiladas, caminos que parecían salirse de su curso y volver a entrar como hilos desenredados.

Me apoyé contra el cristal. Sonreí sin darme cuenta. Esa vista me parecía algo sacado de un sueño que no recordaba haber tenido. 

El aterrizaje fue suave, casi imperceptible. Me aferré al apoyabrazos con ese cosquilleo que siempre me daba en el estómago, una mezcla de caída y bienvenida. Mamá me miró y dijo algo que no escuché del todo. Yo solo asentí, aún con los ojos afuera.

En cuanto bajamos, sentimos el golpe del frío húmedo en la cara, distinto al de nuestra ciudad. Más vegetal. Como si lo natural aquí se impusiera sobre el concreto. Caminamos con soltura: sólo llevábamos una mochila cada uno, lo suficiente para unos días de aire.

Al salir del pequeño edificio, un hombre nos esperaba con un cartel en la mano. El papel llevaba el apellido de mamá garabateado con marcador negro. Nos saludó con una amabilidad silenciosa. Tomó nuestras cosas y nos guió hacia un auto viejo, cómodo. El trayecto fue breve, pero lleno de estampas.

Yo no podía apartar la vista del mundo que nos tragaba. Las calles fueron cambiando de formas rectas a curvas suaves; los edificios modernos dieron paso a casonas viejas con balcones de herrería, ventanas diminutas y muros con grietas que parecían contar historias. Las farolas encendidas antes del anochecer dejaban un tono dorado en el empedrado. Las piedras de las calles no estaban puestas al azar: tenían años en los bordes y polvo en los huecos.

Vi callejones angostos, puertas de madera con aldabas, bugambilias colgando como lluvia púrpura. A cada cuadra, sentía que entrábamos a un cuento de otro siglo. Y el corazón… no sé. Se me ablandaba.

El hotel era sencillo, encajado perfectamente entre dos edificios con fachadas iguales. Nos dieron la llave. Subimos por un ascensor lento que crujía al moverse. Nuestra habitación tenía lo justo: dos camas de sábanas blancas, una pantalla grande apagada, una lámpara amarilla encendida a un lado. El aire olía a cloro y a incienso.

Yo dejé la mochila a los pies de la cama más cercana a la ventana. Me quedé de pie ahí, con los ojos fijos en los visillos que bailaban apenas, movidos por el aire que venía de algún lugar que aún no conocía.

Y entonces supe. 
Aunque no estuviera huyendo, 
había algo de mí que empezaba a quedarse.

La tarde pasó como se pasan las cosas que uno no elige del todo pero igual acompaña. Mamá tenía una cena con gente de su trabajo. Una de esas reuniones que se organizan “para fortalecer lazos” pero que terminan sintiéndose como un trámite con servilletas elegantes. Me pidió que la acompañara, y acepté. En el fondo, sabía que lo hacía por ella. Para que mostrara con algo de orgullo que este hijo que a veces se le escapa entre los dedos aún está cerca.

Era la primera vez que salía de la ciudad desde que llegamos a este país. La primera vez que mis pasos se daban en otro idioma, en otras calles, con otros ritmos.

El restaurante era sobrio, con luces cálidas colgando sobre mesas pulidas. Gente hablando bajo, copas tintineando, un pianista en una esquina tocando una melodía que no reconocí. A mamá se le iluminaba el rostro cuando hablaba. Me presentó con todos, uno por uno, como quien muestra una joya que guarda con cuidado. “Mi hijo, Denis”, decía. “El que escribe. El sensible. El que cocina cuando estoy cansada.” Y yo, ahí, repitiendo sonrisas, inclinando la cabeza como saludo, dando la mano, agradeciendo cada cumplido que no sabía si merecer.

Algunos compañeros me abrazaban con afecto genuino. Otros eran más formales. Pero todos, sin excepción, tuvieron una frase para mí: “¿Y este es tu hijo? Pero qué guapo, ¿dónde lo tenías escondido?” o “Ya me imagino de quién heredó esos ojos.” Y ella, encantada, respondía que sí, que su belleza era su legado. aunque no le hacía justicia, bromeaba y reía sin esconderse.

Yo sonreía. Agradecía. Pero dentro, algo se me iba apagando.

Después de un rato, cuando la sobremesa se volvió un círculo de risas que no me contenía del todo, me incliné hacia ella y le pedí permiso para retirarme. Me dio un apretón en la mano y me dijo que sí, que descansara, que entendía. Al despedirme, los demás se levantaron para abrazarme, desearme suerte, agradecerme por haber ido. Me dolió un poco cómo todos parecían quererme en segundos. Como si lo difícil fuera lo de adentro, no lo de afuera.

Salí al frío.

Las calles estaban húmedas. No llovía, pero el aire se sentía mojado, como si la bruma viniera desde el suelo. Abrí mi abrigo y lo abroché hasta el cuello, metí las manos en los bolsillos. La ciudad seguía viva, aunque el cielo ya se había apagado. Gente caminando, parejas tomadas de la mano, jóvenes cruzando en bicicletas, farolas encendidas lanzando sombra sobre las paredes de cantera.

Pasé por una tiendita iluminada con tubos de luz blanca. Entré sólo por instinto, más por necesidad de pausa que por sed. Pedí un chocolate caliente. Lo sirvieron en un vaso de cartón marrón con tapa negra. Apenas salí, el vapor me alcanzó el rostro.

Seguí caminando sin rumbo hasta dar con una plazoleta pequeña, escondida entre dos calles empedradas. Un árbol enorme —no supe de qué— extendía sus ramas como brazos abiertos. Me senté en una banca de metal frío, justo debajo de una farola que parpadeaba apenas. Di un sorbo al chocolate. Estaba espeso, dulzón, con ese sabor que se queda pegado al paladar como abrazo.

Saqué el teléfono. Tenía notificaciones. Las abrí con una lentitud parecida al afecto.

Paty: “¿Ya te fuiste? Apenas fueron unas horas y ya te extraño, baboso. Te dejo memes en cuanto amanezca.” 
Sonreí.

Sarita: “Que tengas buen viaje, mi niño. Comé rico, pásala bien y después me cuentas todo. Te abrazo desde acá.” 
Me tembló un poquito el pecho.

Daniel: “Quiero fotos. Todas. Hasta de la comida del avión. Y pasala bien, loco, que te hace falta aire distinto.”

Y después… 
Ariel.

“Te extraño. Vuelve pronto.”

No decía más. Ni emojis. Ni puntos suspensivos. Solo eso.

El vapor del chocolate se coló entre mis pestañas. 

Me quedé quieto. La ciudad respiraba a mi alrededor. Y yo, en silencio, miraba ese mensaje sin saber si me arropaba… 
o me dejaba más solo.

Salí de la app de mensajería sin contestar su mensaje. La pantalla iluminó mi rostro con una luz azulada, y por inercia empecé a tararear bajito. Casi sin darme cuenta. Un eco suave, casi infantil, de mi canción favorita. Esa que siempre me acompaña. 

Mi voz apenas era un hilo. 
“Tal vez, porque no decidiste quedarte…” 

Deslicé entre las apps. Busqué la que me llevaba directo a esa galería pública de vidas ajenas, de risas ajenas, de cosas que a veces no debería ver. 
Presioné el ícono. El fondo blanco se desplegó con lentitud. 
“…no sé, si la próxima vez me aprisiono de…” 

La red cargaba como si dudara. Las barras arriba marcaban señal inestable. Se asomaron los primeros fragmentos de imágenes: una receta, un par de gatos, un atardecer... 

Y entonces, una.

Mi voz se detuvo. 
Mi respiración también. 
No sé por qué. O sí. Pero me congelé.

La imagen no se cargó del todo al principio, pero la reconocí incluso antes de que fuera clara. Una silueta. Un gesto. Una composición demasiado familiar para ser coincidencia.

Apoyé el chocolate a mi lado con torpeza. El vaso se tambaleó un poco pero no cayó. 
Me incliné hacia adelante. El teléfono aún en mi mano, caliente por dentro, helado por fuera.

El aire parecía distinto. 
Más denso. 
Más irreal. 

Detrás de mí, alguien se reía. Muy lejos, un niño gritaba en otro idioma. El árbol sobre mi cabeza proyectaba ramas largas que ahora parecían más oscuras.

Y yo me quedé ahí. 
Mirando. 
Sin saber si respirar más lento o dejar de hacerlo del todo.

La pantalla no decía nada. 
Y, al mismo tiempo, 
lo decía todo.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top