Capítulo 30

La puerta de casa se abrió con ese sonido de siempre, ese clic suave del cerrojo que ya reconozco sin pensar. El pasillo olía a ajo frito y al vapor denso de algo cociéndose con paciencia. El aire estaba más cálido que la calle. Más humano. La voz de mamá llegó desde la cocina, entonada como siempre, sin preguntar si venía con ganas de hablar o no.

—¡Llegaste justo para cenar, mi cielo! Estoy haciendo sopita de fideos, como te gusta. ¿Te bañaste con lluvia o qué? Tienes la cara rara.

Apareció en el umbral con el delantal manchado, las manos húmedas y olor a cebolla en los dedos. Me sonrió y me abrió los brazos. Y yo, sin pensarlo, me dejé abrazar. Un abrazo de esos donde uno no necesita hablar todavía. Apoyé la mejilla contra su hombro y cerré los ojos un momento. La tela del delantal me raspaba apenas. Su perfume, el de siempre: algo floral barato y jabón de barra. Sentí que el mundo me temblaba adentro del pecho.

—¿Y? —preguntó, acariciándome el pelo como cuando era chico—. ¿Cómo te fue?

Me separé despacio. Me acomodé en la silla con las piernas entumecidas y los hombros caídos como si viniera de recorrer una ciudad entera. Ella volvió a la olla, removiendo el caldo con una palita de madera.

Me quedé en silencio un rato. Vi cómo el vapor le subía hasta el flequillo, cómo se mojaban sus lentes. El reloj de la pared marcaba las 7:41. El mundo seguía. Pero yo… no sabía desde qué lugar contar lo que me había pasado esa tarde.

La sopa estaba humeante, suave, con ese olor a casa que no se encuentra en ningún restaurante. Mamá la sirvió con calma, con una cucharada generosa y ese cuidado maternal que uno reconoce en detalles: el trocito extra de zanahoria, el caldito espeso, una rodaja de aguacate en el plato aparte. Se sentó frente a mí, con la blusa ligeramente arrugada y la sonrisa tibia de quien ha trabajado todo el día pero guarda energía para acompañar.

Comimos sin apuro. El sonido de las cucharas contra los platos llenaba el silencio con una cadencia amable, casi reconfortante. Ella de vez en cuando comentaba algo del trabajo —una compañera que llegó tarde, el nuevo supervisor que todavía no aprende a usar la máquina de tickets— y yo asentía. Respondía poco, pero estaba. Presente en lo justo.

Después trajo pan caliente envuelto en una servilleta de tela gastada, y un poco de queso fresco. Yo le pasé el agua, le llené su vaso. Ella me ofreció otro panecito y me preguntó, sin insistencia, cómo había estado la cafetería ese día. Respondí lo básico: que hubo gente, que Paty se resbaló con hielo pero no se cayó, que el capuchino nuevo todavía no convence a nadie. Ella rió con esa risa fácil que le tiembla en los hombros.

Terminamos los platos y ella se quedó un momento mirando la ventana, apoyada en el borde del respaldo, como si el día se le hubiera hecho largo y ahora respirara con más espacio. Yo llevé los platos al fregadero. Empezamos a lavar entre los dos, turnándonos en silencio. A veces hablábamos de cosas sueltas —un vecino que ya no saluda, el precio de la canela en el mercado, si mañana va a llover o no.

La cocina tenía ese aroma entre cebolla cocida y jabón de trastes. La luz era blanca, fuerte, pero cómoda. Mis manos se llenaban de espuma, el agua tibia corría entre los dedos, y por un momento todo parecía flotar en una calma quieta, como si el mundo no doliera allá afuera.

Cuando terminamos, se secó las manos en su delantal y me dio una palmadita en la espalda. 

—Ya, hijito… ve a descansar. Yo recojo lo demás.

—Ya quedó todo, ma —le dije, y le guiñé un ojo con cariño.

Ella sonrió, más con los ojos que con la boca, y asintió con ese gesto que uno aprende a leer como gratitud silenciosa.

Subí a mi habitación con los pies pesados, pero el cuerpo algo más en su sitio. Afuera, las luces de la calle empezaban a encenderse. Cerré la puerta. Y me quedé un momento así, con la palma sobre la madera, escuchando el murmullo lejano de la televisión en la sala, el tintinear de cucharas que ya no necesitaban palabras.

El cuarto me recibió con su desorden habitual. La colcha mal acomodada, un libro a medio cerrar sobre la almohada, una camiseta enredada sobre la silla. Me senté al borde de la cama, en silencio. Y entonces… dejé que me alcanzara lo que había estado empujando todo el día hacia el fondo del pecho.

Pero eso vendrá después. Por ahora, me quedé así. Solo. Pero no vacío. Todavía no.

Me dejé caer en la cama como si el cuerpo por fin pudiera rendirse. La colcha me recibió con su arruga tibia, con ese olor a ropa usada, a polvo que se acumula en las esquinas del día. Me tapé los ojos con el antebrazo. No para dormir. Sino para esconderme un poco del mundo. Y de mí.

Lo vi. Hoy. Estuve con él. Con Ariel.

Y fue raro. No en el sentido incómodo. No así. Fue raro porque sentía que lo tenía tan cerca que podía tocarlo… y al mismo tiempo, lo sentía kilómetros adentro de su propia piel. Sentí su risa, su perfume, su forma de caminar con las manos en los bolsillos, su voz cuando dice mi nombre como si le gustara cómo suena en su boca.

Y yo… yo tenía tantas ganas de besarlo. De tomarle la cara, de acercarme y decírselo todo. Todo lo que ya se me desborda en la mirada. De gritarlo, si hacía falta. Que lo quiero. Que me está doliendo demasiado querer en silencio. Que me canso de ser el lugar al que regresa, pero no el lugar en el que se queda.

Pasó algo que no puedo explicar. Estábamos hablando de cualquier cosa —del clima, de su gato, de una tontería de la radio— y de pronto se quedó callado. Me miró. Y por un segundo yo sentí… lo juro… sentí que esa era la señal. Que ese silencio era el umbral. Que si lo cruzaba, esta vez iba a estar bien.

Me acerqué. Me incliné apenas. El corazón latiéndome en la garganta. Tenía calor en la nuca, las manos húmedas. Y pensé: “Ahora, Denis. Hazlo. Díselo. Besalo.”

Pero algo en él… no sé si fue la forma en que bajó la mirada. O cómo se movió apenas hacia atrás. Como si dijera “no” sin decirlo. 

Y me detuve. 

No porque no quisiera. Sino porque, por un segundo, sentí que si daba ese paso y él no lo recibía… yo no iba a poder volver. 
Porque mi ternura ya no aguanta más portazos suaves.  Porque estoy cansado de que me agradezcan por quedarme… pero nunca me pidan quedarme.

Y esa es la parte que más me destroza. 
Que yo sigo esperando que sea él el que me elija. Que me mire de frente y diga: “No busques más. Eres tú. Siempre fuiste tú.”

Pero no lo dice.

Y mientras tanto… yo me como las ganas. 
Me trago las palabras. Me aguanto el temblor en los dedos cuando se despide con un abrazo que dura dos segundos más de lo necesario, pero no lo suficiente como para quedarse.

Hoy me dolió tenerlo cerca. Y me dolió más saber que, por más que me quede… sigo siendo el que espera del otro lado de la puerta.

La casa estaba en calma. Esa calma espesa y mansa que llega después de las ocho, cuando todos los ruidos se fueron a dormir menos el del refrigerador zumbando bajito en la cocina y uno que otro grillo perdido en el patio. Afuera lloviznaba sin fuerza. La ventana empañada dejaba ver los hilos del agua resbalando lentos por el vidrio, como si el cielo también estuviera agotado de aguantarse tanto. El clima era tibio y húmedo, con ese olor a tierra mojada que se cuela por todos los resquicios.

Me levanté de la cama y caminé hasta el baño arrastrando los pies. La loseta del piso se sentía fría bajo mis plantas, como un recordatorio de que el mundo no tiene intención de ser blando, ni siquiera con los cansados.

Encendí la luz. Una lámpara amarillenta parpadeó en el techo y llenó el cuarto de ese resplandor cálido, casi nostálgico. Me quité la ropa con movimientos lentos, sintiendo el roce del algodón húmedo pegado a mi espalda. Cada prenda cayendo al suelo era como una exhalación que no me había dado cuenta de que llevaba dentro.

Abrí la llave de la regadera. El primer chorro salió helado. Maldije en voz baja y esperé, con la palma extendida, a que el agua se templara. Poco a poco se volvió soportable, luego agradable. Entré.

El agua me cayó como un velo. Lo sentí sobre los hombros, sobre el cuello, sobre el pecho. Pesaba apenas. Se deslizaba con prisa, arrastrando el sudor, la tensión del día, la pesadez del alma. Cerré los ojos. Apoyé la frente contra la pared húmeda. El mosaico estaba frío, pero me sostuvo.

Ahí, bajo el chorro constante, no pensaba en nada. No recordaba mensajes ni miradas ni palabras suaves que terminaban con “amigo.” Solo existía el agua. El vapor. El golpeteo suave en la nuca. Mis dedos enredados en el cabello. El olor tenue del jabón con notas de eucalipto y limón. Me froté los brazos, el cuello, la espalda. Fui sacando restos de algo, no supe bien qué: cansancio, tal vez. Ilusión seca.

La regadera empezó a chispear. Me costó salir. Cerré la llave. El último hilo de agua cayó como un suspiro.

Agarré la toalla que colgaba del gancho y me la pasé por el rostro con los ojos aún cerrados. El paño estaba tibio, ligeramente húmedo. Olía a suavizante, a casa. Me sequé el torso, el cuello, los brazos. Froté con fuerza las piernas, hasta que volvieron a dolerme un poco. Lo necesitaba.

Caminé hasta la habitación envuelto en la toalla, todavía con gotas escurriéndome desde el cabello. Agité la cabeza como perro mojado, en un gesto torpe que me arrancó media sonrisa sin querer. Me pasé la tela por el cuero cabelludo, enérgico, intentando borrar el peso que todavía quedaba ahí, entre las raíces del pensamiento.

Abrí el clóset. La puerta hizo un crujido bajo, suave, como si le costara despertar a esa hora. Ahí, entre camisas mal colgadas y suéteres doblados a la mitad, la vi.

La mochila.

Pequeña, práctica, con las costuras un poco gastadas en los bordes. Azul desteñido. Casi olvidada. Lo justo para cinco mudas. Ni más. Ni menos.

Me quedé mirándola en silencio. No la toqué enseguida. Solo la miré. Como si estuviera esperándome. Como si hubiera sabido desde hace días que yo iba a abrir ese clóset, con el pelo chorreando, el corazón medio tibio… y un susurro sordo de “basta” latiéndome en los talones.

Y entonces, sin pensar demasiado, la tomé.

No la abrí. Solo la saqué. La puse sobre la cama.

Y me quedé viéndola. 
Como quien no sabe si quiere huir… 
o simplemente empezar a moverse.

La tomé con una mano, por la tira más desgastada, esa que siempre se enredaba en algún perchero o quedaba colgando cuando me la ponía a las prisas. La sentí más liviana de lo que recordaba, pero conservaba ese olor a guardado, a lona envejecida y a polvo quieto. El tipo de olor que tienen los objetos que fueron importantes alguna vez y que esperan en silencio a que alguien los vuelva a mirar.

La puse sobre la cama, con cuidado, como si dentro tuviera algo frágil aunque estuviera vacía. El sonido sordo de la tela al tocar la colcha hizo que el cuarto se sintiera más cerrado, como si la presencia de la mochila hubiera cambiado la temperatura del aire. No era que hiciera frío… pero tampoco calor. Era esa tibieza densa que dejan las decisiones todavía sin nombrar.

Me senté frente a ella. El cabello aún me goteaba por las sienes, y la toalla seguía colgada de mi cuello, humedeciendo la camiseta limpia que me había puesto a medias. Sentí el agua correrme por la nuca, una gota bajándome por la espalda como una línea helada que me obligó a parpadear.

La miré. Azul desteñido, con las costuras deshilachadas en la parte inferior, un par de manchas que ni la lavadora ni el tiempo habían podido borrar. Los cierres seguían funcionando, aunque uno tenía esa forma torcida que hace ruido al moverse. Y aun así, ahí estaba. Entera. Con esa forma discreta de decir: “Si quieres irte, te llevo. Si no… me quedo.”

No la abrí. Solo la dejé ahí. 
Esperando.

Y por un momento, me di cuenta de algo. 
Que a veces no hace falta empacar para saber que algo en uno ya empezó a moverse.

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