Capítulo 21

El despertador suena aunque no lo necesito.
Ya estaba despierto. O algo cercano a eso.

La luz entra por la ventana con más fuerza hoy, delineando el contorno de los objetos con claridad cortante: la silla con la camisa de ayer, el vaso con agua que no bebí anoche, el celular boca abajo.

Sigo sin mensajes.

Lo enciendo y reviso sin esperar nada, pero aún así una parte mínima -la más ingenua, tal vez- guarda un hilo tenso de expectativa.
Nada.

Ni un "buenos días", ni un "perdona por desaparecer".
Solo el silencio de su última frase, que ya comienza a sonar antigua:
"Cuídate mucho, te escribo más tarde."

Ahora son treinta y ocho horas desde "más tarde".

Me quedo sentado al borde de la cama, las piernas colgando como si no supieran adónde ir. El piso está frío. La loseta transmite el eco del amanecer.

Respiro hondo.

Hay una incomodidad que no es punzante, pero sí constante. Como un zumbido al que me he ido acostumbrando sin querer. Y eso me inquieta más que el silencio de Ariel.

En la cocina, el café vuelve a prepararse solo. Mis movimientos son idénticos a los de ayer, como si el cuerpo hubiera memorizado los pasos sin revisar sus motivos.

El sabor sigue siendo amargo. Esta vez por elección.

Me asomo al ventanal mientras el vapor sube de la taza. Afuera, una mujer cruza la calle en bata, con el pelo recogido de cualquier forma. Un perro ladra detrás de una reja. Alguien arrastra una bolsa de pan.

Todo parece seguir.

Todo menos eso.

Eso que no termina de doler, pero sí de pesar. Eso que no me deja escribirle de nuevo, pero tampoco me permite dejar de mirar el celular.

Eso que no es ausencia -porque Ariel está vivo, existe-, sino una especie de pausa...
una orilla donde no sé si me están olvidando o esperando.

El turno en la cafetería terminó sin grandes incidentes. Una tarde arrastrada, de esas en las que los clientes entran como en cámara lenta y el tiempo parece medido en cucharadas de azúcar. Me lavo las manos con agua fría, intentando borrar la sensación del día. El delantal queda sobre la silla, tibio todavía del cuerpo, con su olor a café seco y humedad de trapo recién escurrido.

Sarita me dice buen trabajo con una palmada en la espalda. Su sonrisa maternal deja siempre una estela de cariño que no necesita palabras. Me la agradezco en silencio, sin fuerzas para responder con más que un gesto.

Detrás de la barra, Paty seca las últimas tazas con un paño naranja que ya perdió el color. Tiene el cabello recogido en un moño flojo y las mejillas sonrosadas por el vapor de la máquina. Cuando me ve, me lanza una mirada rápida, afilada, como quien ya sospecha que algo anda distinto.

—¿Y ese silencio? —pregunta, acomodando su bolso al hombro.

—Estoy cansado, creo —respondo, con una voz que parece prestada.

Ella me escanea un par de segundos. No por lo que digo, sino por todo lo que estoy callando. Luego ladea un poco la cabeza, como si calculara el equilibrio exacto entre insistir y acompañar.

—¿Te vienes conmigo un rato? Escuché que reabrieron el parque de la estación. Hay luces, música y vendedores que te dicen "joven" aunque tengas ojeras de abuelo.

Sonrío, a medias. Su forma de estar sin empujar siempre me ha parecido una forma rara de ternura. Asiento. No tengo ganas de hablar, pero estar con ella -en movimiento, lejos del teléfono, de las paredes que parecen mirarme- se siente mejor que cualquier otra alternativa.

                                  💫

La noche afuera no es fría, pero el viento acaricia con dedos húmedos. Huele a tierra viva, a hojas pisadas, a helado de vainilla derritiéndose en los botes de basura.

El parque bulle con una energía suave. Hay luces colgando entre los árboles, tirantes de colores que danzan con cada ráfaga. Gente sentada en el pasto, niños con linternas pequeñas, un saxofón que dibuja notas entre las ramas.

Es domingo, pero todo aquí parece olvidarlo.

Caminamos sin rumbo fijo. Paty compra algodón de azúcar y se lo va comiendo sin apuro, como si el mundo tuviera todo el tiempo del mundo.

Me ofrece un trozo. Tomo uno. Se pega a los dedos y se deshace en la boca con esa dulzura inútil que no alcanza para tapar lo que siento. Pero se agradece igual.

—Has revisado el celular a cada rato —dice ella, sin mirarme.

—Lo sé.

—¿Eso es bueno o malo?

—Aún no lo tengo claro.

Ella no dice nada. Solo asiente, como quien acepta que algunas respuestas todavía no están listas para salir.

Seguimos caminando. La música cambia: ahora es un bolero que se escapa desde algún bafle portátil, casi enterrado en la multitud. Una pareja baila sin vergüenza cerca del kiosko de flores. Él la gira torpemente y ella ríe con todo el cuerpo.

Por un momento —solo unos segundos suspendidos— la ansiedad se repliega.
No desaparece. Pero se acuesta, como un animal que deja de gruñir.

No pienso en Ariel.

O tal vez sí. Pero sin la urgencia.
Sin ese dolor sordo detrás del esternón.

Solo soy alguien viendo luces entre los árboles, con una amiga que no necesita respuestas inmediatas.

Y ese respiro breve... ese mínimo desprendimiento de la espera,
se siente como un regalo inesperado.

El departamento huele a humedad atrapada. A encierro. A domingo.

Al cerrar la puerta, el eco seco del cerrojo me sacude un poco el pecho. Me quito los zapatos sin encender la luz, guiándome apenas por la penumbra que deja la farola exterior a través de las cortinas. Cada paso cruje levemente sobre la duela como si el silencio tuviera huesos.

El paseo con Paty me distrajo más de lo que creí posible. Hubo momentos en que incluso dejé de pensar. Pero ahora, de vuelta en este espacio familiar, el peso de lo que no ha pasado vuelve a caer sobre mí con la precisión de un reloj que nunca dejó de correr.

Voy a la cocina, enjuago la taza que dejé esta mañana en el fregadero. El agua fría me despierta apenas un poco, pero no lo suficiente como para sentirme presente del todo.

En la mesa del comedor, dejo las llaves y el suéter, pero el celular permanece en mi mano.

Dudo.
Respiro.

Desbloqueo la pantalla.

La conversación sigue ahí, igual de estancada, como si las palabras pudieran coagularse con el tiempo.

"Bien. Estoy viendo unas cosas. Cuídate mucho, te escribo más tarde."

Eso fue hace... casi dos días completos. La última palabra suya en este hilo que parecía vivo y que ahora parece una pared.

Paso el pulgar sobre la pantalla. Como si ese gesto pudiera despertar algo.

Escribo:

Lo releo tres veces. Elimino el "solo" del principio, luego se lo devuelvo. Me quedo observando el cursor parpadeando al final como un testigo. Finalmente, respiro hondo y envío.

El mensaje se entrega al instante.
Pero no llega nada de vuelta.

Apago la pantalla.

Guardo el celular en el cajón de la mesita.

Y ahí lo dejo.

No por decisión. No por orgullo.
Sino porque no sé qué más hacer con todo esto que siento.

Me siento en el borde de la cama y me froto las palmas contra los muslos.
El cuarto se siente más grande esta noche.
Y más frío.

Cierro los ojos. No pienso en él. O al menos intento decirme eso. Pero su silencio hace más ruido del que nunca hizo su voz.

El sonido de la alarma me arranca del sueño con una violencia que no se justifica.
La apago sin mirar y me quedo unos segundos de espaldas al techo, con la garganta seca y la sensación de haber dormido apenas un fragmento de noche.

La habitación está bañada por una luz gris y pálida. No parece haber sol, solo esa claridad incolora que anticipa un día largo. El ventilador mueve el aire lentamente, como si también estuviera cansado.

Me incorporo. Paso los pies al suelo. Frío. El piso guarda aún el recuerdo de la madrugada.

Me acerco a la mesita. Abro el cajón.

El celular está donde lo dejé anoche. Lo saco. La pantalla se enciende.

Nada.

Ni una sola línea nueva bajo su nombre.
Ni una reacción.
Ni un audio fuera de hora.

Tuve la absurda esperanza de que durante la noche algo se hubiera roto en ese silencio. Pero no. Todo está como lo dejé: mudo, intacto, deshabitado.

Me ducho rápido, sin agua tan caliente como debería. En el espejo, el vaho se acumula sin prisa, y mi reflejo aparece y desaparece en la superficie como si tampoco terminara de querer estar aquí.

En la cafetería, el lunes tiene el ritmo de siempre: cafés dobles para oficinistas con prisa, pedidos mal escritos en servilletas, el tintinear metálico de las cucharas al caer en la tarja.

Pero yo me muevo en otro compás.

Más lento.
Más ausente.
Como si todo estuviera un poco desenfocado.

Sarita me habla de un proveedor que no cumplió con la entrega y del nuevo muchacho de cocina que parece perderse entre los estantes. Yo asiento, murmuro respuestas mecánicas, mientras mis ojos vuelven al teléfono sobre la repisa cada tanto, como por accidente.

Nada.

Y eso pesa más hoy que ayer.
Porque hoy, además de la ausencia, hay algo más espeso creciendo: una especie de vergüenza silenciosa. Por haber escrito. Por haber esperado. Por seguir esperando.

A la hora del almuerzo, salgo un momento por la puerta lateral, me recuesto contra la pared cálida del edificio. El sol, al menos, ha roto la nube.Cierro los ojos.
Escucho una moto pasar, un pájaro reacomodarse entre las ramas de un árbol seco, una conversación ajena llena de risas fáciles.

Respiro hondo.

Y de pronto, una pregunta se instala sin hacer ruido:
¿y si no vuelve a escribir?

Me la repito en silencio.
No como miedo.
Sino como posibilidad.

Y no sé si me duele más pensarlo o reconocer que sigo esperando que sí.

El departamento está en penumbra. Solo una lámpara tenue junto al sofá proyecta una luz cálida y oblicua sobre la alfombra. Afuera, algún auto pasa lento, y en la cocina, el reloj de pared hace su tic tac con una disciplina cruel. El resto… es silencio.

Estoy sentado en el borde de la cama, con el celular entre las manos. La funda tiene una pequeña grieta en una esquina; la noto ahora que llevo más de media hora mirándolo sin razón. Lo desbloqueo por enésima vez. Nada. La conversación con Ariel sigue exactamente igual: su último “cuídate mucho, te escribo más tarde” congelado hace más de dos días.

Ni siquiera se conectó hoy. Desactivó su hora de conexión.

La pantalla se apaga. Se refleja mi cara por un segundo: tengo los ojos vidriosos, el pelo revuelto, la expresión de alguien que intenta sostenerse sin saber de dónde.

Me levanto y camino en círculos por la habitación. No prendo la luz. No quiero luz. No quiero claridad. 

Voy hasta el escritorio y abro el cajón superior. Allí están: las entradas del cine de la primera vez que salimos juntos, un ticket arrugado de la cafetería donde me dijo que nunca había sentido algo así por alguien. Fotos impresas que no tuve el corazón de guardar del todo, porque lo nuestro parecía verdadero.

Regreso a la cama. Me siento con la espalda contra la pared. Saco una de esas fotos del cajón: estamos los dos en la playa. Él sonríe de lado, con los labios húmedos por la brisa. Yo lo miro a él. Como un idiota feliz.

Mi pecho se cierra.

Abro el carrete del celular. 
Vuelvo a verlas todas. Cada selfie tonta. 
Cada captura de pantalla que me mandaba: un meme, un mensaje bonito, una canción. Sus audios. Esos donde su voz sonaba más cerca que nadie. Cada palabra suya… parecía cierta. 

Y ahora, la nada. 

Una nada que no grita, pero pesa. 
Una nada que dejó el hueco justo donde antes me sentía alguien importante. 

A veces pienso: si esto no fue real, entonces ¿qué fue? 
¿Dónde estuve yo durante todo esto? 
¿Cómo se pasa de “eres lo único que tengo” a desaparecer sin despedida?

Aprieto los ojos. La garganta se cierra antes que las lágrimas. Y luego no puedo frenarlas. 
No hay llanto escandaloso. Solo ese temblor en el pecho, ese estremecimiento lento que apenas hace ruido pero lo sacude todo. 

Lloro. 

Porque duele. 
Duele que alguien tenga tanto de ti y aún así pueda dejarte en visto. 
Duele que cada mensaje no leído no sea un error, sino una elección.

Y lo más triste no es que me haya dejado así.

Lo más triste es que… 
si esta noche me escribiera, aunque sea con un “hola” 
yo contestaría. 

Sin pensarlo.

La madrugada avanza. 
Pero no duermo. No porque no quiera. 
Sino porque una parte de mí sigue esperando. 
Un sonido. 
Una vibración. 
Una excusa. 
Algo.

Aunque sea poco. 
Aunque duela. 
Aunque no me alcance.

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