Capítulo 20

No puedo dormir. 

La habitación está en penumbra, apenas iluminada por el brillo tenue del teléfono sobre la mesita de noche. La luz fría recorta los bordes del dispositivo, proyectando un resplandor sobre mis manos. 

El último mensaje de Ariel sigue ahí, atrapado en la pantalla como una herida abierta. 

Me giro sobre el colchón, sintiendo la tela suave de las sábanas contra mi piel, el leve crujir del colchón bajo mi peso. Pero nada en esto me ayuda a relajarme. 

Sigo pensando en él. En su desesperación. En su voz rota, temblorosa, hecha pedazos. Y en la posibilidad de que pierda su casa. De que realmente se quede sin nada. Un pensamiento me atraviesa: ¿qué haría si estuviera en su lugar? 

La ansiedad que percibí en su voz vuelve a instalarse en mi pecho, como si su angustia se hubiera convertido en mía sin que pudiera evitarlo. 

Lo único que quiero es hacer algo. 

Ayudarlo. 

Pero no sé cómo. 

Me incorporo lentamente, la sábana deslizándose por mi cuerpo, y tomo el teléfono sin pensarlo demasiado. Mis dedos se mueven sobre la pantalla en un impulso automático, guiados por la necesidad urgente de aliviar su dolor. 

Dejo el teléfono sobre mi pecho y cierro los ojos, esperando una respuesta. 

El aire en la habitación se siente diferente, más denso, más pesado. Entonces, la pantalla se ilumina de nuevo. 

Leo esas palabras más de una vez. No me pide ayuda. No me dice qué necesita. Solo me quiere aquí. Mi garganta se aprieta. Y, de alguna manera, me gusta cómo se siente. 

A la mañana siguiente, apenas despierto, lo llamo. El teléfono vibra en mi mano, los tonos de llamada extendiéndose en el silencio matutino. Cuando finalmente responde, su voz todavía suena tensa, pero ya no rota por el llanto. 

—Ari, no tienes que enfrentarte a esto solo. Podemos buscar soluciones. 

Silencio. 

Lo escucho inhalar, su respiración levemente irregular antes de que responda. 

—No sé qué soluciones hay. 

—Tal vez puedas encontrar algo rápido, un trabajo temporal. 

La pausa que sigue se alarga más de lo normal. 

Luego, su voz llega más pausada. 

—¿Y si no puedo? 

Mi pulgar aprieta el borde del teléfono. 

—Yo puedo ayudarte. 

El silencio que sigue no es vacío. Es denso. 

—No quiero tu ayuda, hermoso. 

Frunzo los labios, mi mente buscando una razón detrás de esa respuesta. 

—No es algo malo. Quiero ayudarte. 

Ariel suspira, su voz arrastrada por una calma que no termino de comprender. 

—No funciona así. 

Algo en su tono me inquieta, aunque no sé exactamente qué es. 

No es que no quiera mi ayuda. Es que su forma de expresarse, de envolverme, sigue reforzando la idea de que lo único que importa en todo esto… 

Es que yo esté aquí. No importa cómo. No importa bajo qué circunstancias. Solo estar.  Y eso, sin darme cuenta, me sigue atrapando

Cuelgo. Pero la llamada no se termina dentro de mí. El tono de su voz, suave pero inamovible, todavía vibra en alguna parte de mi pecho.

Camino hacia la cocina. Mis pasos arrastran un peso que no debería existir. Afuera, el sol apenas intenta filtrarse entre las cortinas, tiñendo el suelo con parches de luz difusa. 

Saco una taza del armario. La cerámica golpea levemente contra la barra. El café humea en espirales irregulares, y yo lo observo sin beber. 

"No quiero tu ayuda."

Lo dijo con ternura. Con ese tono que siempre logra que mi cuerpo ceda antes que mi mente. Pero, en el fondo, algo no encaja. ¿Por qué me duele que no me haya dejado ayudarlo?

Meto una rebanada de pan a la tostadora. El clic suena más fuerte de lo que debería. En la pausa que sigue, mis pensamientos se amontonan sin orden: la noche sin sueño, el mensaje que no respondí de Daniel, la sensación de que cada vez me pierdo un poco más en esta relación que no puedo nombrar.

Quería aliviar su angustia. Darle algo más que compañía. Pero parece que eso es lo único que quiere de mí: estar. 

Estar, sin voz. 
Estar, sin peso propio. 
Estar, como si eso bastara.

La tostadora salta. El pan se enfría rápido entre mis dedos.

No terminé el café. El primer sorbo fue suficiente para darme cuenta de que no quería más. El resto se quedó enfriándose junto a mis ganas de desayunar, mientras la cocina empezaba a llenarse con el olor amargo del grano que, por alguna razón, esta vez no me reconfortó. 

El apetito desapareció sin anunciarse. Fui al baño, me lavé los dientes sin mirar mucho al espejo. El agua se sentía tibia contra los labios, pero el reflejo no me sostuvo la mirada. 

Viernes 7:01 a. m.

Tomé la mochila del respaldo de la silla, revisé dos veces que llevara la cartera, las llaves, el celular. Un hábito sin pensamiento, algo que mi cuerpo hace en automático incluso cuando mi cabeza está en otra parte. 

Y salí. 

El golpe del aire en la cara me hizo pestañear. No hacía frío exactamente, pero sí había algo áspero en la temperatura, como si la ciudad estuviera despertando con un humor turbio. 

El asfalto tenía ese color apagado que deja la neblina fina de la mañana. Las baldosas húmedas reflejaban la luz opaca de los faroles que aún no se apagaban del todo. 

Camino sin prisa. 

No tengo que estar en ningún lado ahora mismo, pero tampoco quiero quedarme en casa. 

Como si cada paso se decidiera a último momento. 

El mensaje de Ariel sigue ahí. 
Su voz, su forma de decir las cosas. 
Esa calma dulce, que al mismo tiempo me deja inquieto. 

Pensé que ofrecerle ayuda sería un alivio para los dos. Que decir *“yo puedo ayudarte”* tendría el poder de suavizarle la carga. 

Pero no fue así. 

Lo rechazó con un tono tan sereno, que ahora soy yo quien carga algo que no sabe muy bien cómo sostener. 

Y lo extraño es que no puedo dejar de pensar en él. No con preocupación. No con urgencia. 

Con otra cosa. 

Algo que no sé cómo nombrar, pero que se parece peligrosamente a una necesidad. 

El portón trasero de la cafetería cede con un leve crujido metálico. 
El mismo de siempre. 
Pero esta mañana, todo suena más fuerte. 
O quizás soy yo.

El aroma a pan tostado y café recién molido flota en el aire con esa tibieza amable que debería reconfortarme. Debería. 
Pero no lo hace.

Entro al espacio todavía medio a oscuras, donde el silencio huele a limpieza y a algo más íntimo: a lo que permanece después de que la gente se ha ido. Mis pasos resuenan sobre el piso encerado. Aún no hay música. Solo el zumbido leve del refrigerador, el sutil sonido del reloj de pared. 

Dejo mi mochila en la repisa, cuelgo el suéter del uniforme con movimientos lentos, automáticos. Me amarro el delantal sin prisa y me acerco al mostrador para repasar la estación de trabajo: bandejas limpias, tazas apiladas, el posavasos de corcho ligeramente fuera de lugar. 

Todo está como debe estar. 

Pero yo no.

Anoche no dormí. No por insomnio. Dormir implica entrega, y yo no pude entregarme a nada. 

"Solo quédate conmigo", me escribió. 

Y lo hice. Con todo el cuerpo, con cada espacio de mí que no supe cómo reservar. 
Pero esta mañana no sé dónde empezar. 

Sarita aparece desde la cocina con una bandeja de galletas de avena recién horneadas. Su delantal huele a vainilla y menta. Me lanza una mirada rápida, como quien ha visto mil rostros cansados y sabe cuándo no preguntar. 

—¿Quieres que saque la primera ronda o tú arrancas? —pregunta mientras acomoda las charolas. 

—Yo puedo. 

Mi voz suena más baja de lo que pensaba. Sarita asiente sin comentar nada. Agradezco su silencio. Es uno de esos silencios que no pesan. 

Me dirijo a la máquina de espresso. Enciendo la vaporera. El chasquido del agua a presión me devuelve a la superficie por un segundo. 

Pero la cabeza sigue llena de ruido mudo. 

De palabras que no me pidieron ayuda pero me ataron igual. 

De una dulzura que me desarma sin empujarme. 

Y de una necesidad de entender qué fue lo que no dije y qué fue lo que no escuché

Viernes, 12:38 p. m.

Le escribí al medio día. Un mensaje breve, casi tímido:

“¿Cómo vas hoy?” 

Solo eso. No quería sonar insistente. Ni invasivo. Solo… presente. Como él dice que necesita que esté.

Ariel contestó quince minutos después.

"Bien. Estoy viendo unas cosas. Cuídate mucho, te escribo más tarde."

No había un “corazón”, ni un apodo, ni siquiera un punto final. 
Solo esa despedida que se sintió más a cierre que a promesa.

La notificación desapareció de la pantalla de mi celular tan rápido como llegó, pero lo leí tres veces, como si en alguna de esas repeticiones fuera a encontrar una palabra oculta, una señal, un algo.

Después, nada.

Las horas se empezaron a acumular con el ritmo lento de los días nublados.

Viernes, 4:20 p. m.

La cafetería está llena, pero no logro registrar del todo las conversaciones a mi alrededor. Las voces suenan como un rumor constante, como si alguien tuviera un televisor encendido en otra habitación.

Estoy detrás del mostrador. Mis manos se mueven por pura inercia: giro la palanca de la máquina de espresso, limpio el vaporizador, sirvo dos cafés con leche y uno americano. Todo en orden. Todo como se debe.

Pero algo en mi cuerpo se siente desconectado. Como si lo que hago no se grabara en la memoria. Como si lo único real fuera el silencio que dejó su mensaje.

Sarita me pregunta si quiero tomarme un descanso. Le digo que no, pero ella insiste, deja una taza de manzanilla sobre mi mesa, se va sin esperar respuesta.

Viernes, 11:48 p. m.

Lo reviso de nuevo antes de dormir. El celular no tiene notificaciones nuevas, salvo por una actualización del clima: 19 grados, ligera llovizna.

La habitación está en silencio. El tipo de silencio que no se siente tranquilo, sino tenso, al acecho. 
Me recuesto en la cama, pero no puedo acomodarme.

El mensaje sigue ahí, sin moverse, sin envejecer:

"Cuídate mucho, te escribo más tarde."

Me lo repito como si fuera un conjuro. 
Pero no pasa nada. 
No vuelve.

Sábado, 7:16 a. m.

Despierto sin alarma. Sin sobresalto. Solo con esa conciencia inmediata de que algo está pendiente. 
Y antes de mover un solo músculo, mis dedos ya buscan el celular en la mesita, deslizándolo entre las sábanas arrugadas. 

La pantalla me recibe con luz fría y el mismo vacío que anoche. 
Sin mensajes. 
Ni siquiera los triviales. 

La notificación del clima insiste: 17 grados, cielos parcialmente nublados. 

El resto permanece en silencio

En la cocina, la cafetera gotea en intervalos lentos. Ese clic clic clic que normalmente me resulta reconfortante ahora suena demasiado marcado, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso. 

Pongo la taza sobre la barra y vierto el café. El vapor se eleva con una lentitud absurda, dibujando formas que se deshacen antes de tener sentido. 

Me doy cuenta demasiado tarde de que no le puse azúcar. No corrijo el error. Solo bebo. 

El amargor me golpea al segundo sorbo. Pero no me incomoda. Hay algo honesto en su crudeza. Algo que no me exige interpretar.

Camino hacia el ventanal del departamento, sosteniendo la taza caliente entre las manos. 

Afuera, la ciudad todavía bosteza: gente cruzando con bufandas a medio poner, autos acelerando sin urgencia, un perro pequeño atado a una banca. 

La vida sigue, sin saber lo que espero. 

El celular reposa en el borde de la mesa. Lo miro cada tanto sin tocarlo. 
Como si el simple acto de desear una respuesta pudiera conjurarla. 

Pero Ariel no aparece. No por mensaje, ni por audio, ni por ninguna de esas fotos casuales que me mandaba casi a diario: su desayuno, un cielo extraño, su cara dormida. 

Nada. 

Y lo más extraño… es que no tengo miedo. 
No todavía. 

Solo una presión sorda detrás del esternón. Como si me estuviera sosteniendo el aire para no decir en voz alta lo que ya sé: que estoy esperando a alguien que decidió hacerse silencio.

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