Capítulo 15

He perdido la cuenta de cuantas veces he recorrido este bosque ya pero ninguna me había resultado tan horrorosa como esta. Estoy a la izquierda y en el otro extremo, a la derecha, hay un cazador. En el medio de ambos, una madre y su hija adolescente se preparan para ser llevadas a su muerte.

Para nuestra primera misión Ariel y yo hemos sido separados.
Cada uno ha tomado un camino, con otro cazador y víctimas diferentes. En mi garganta hay un nudo que me impide hablar, mi cabeza es una lucha entre mis valores y mi miedo a la muerte.

Y mis piernas están tan agotadas como mi mente y se niegan por momentos a avanzar en el camino. Miro a mi derecha, la chica llora en silencio y el tono rojizo de sus ojos resalta su verde natural y las pecas de su cara.
Intenta no emitir sonido, no quiere empeorar la situación. Su madre por su parte, sostiene su mano con firmeza.

Y estoy segura de que ni a las mismísimas puertas de la muerte, la soltará.
—¿Tienes hambre, defectata?
—El cazador me pregunta. Y la respuesta es un contundente «sí» que mi estómago está expresando a través de rugidos.
No he comido nada desde anoche pero aunque quisiera hacerlo, mi garganta ha echado el cerrojo y ni la más pequeña de las gotas de agua puede entrar en mi organismo.

Por un instante, la niña se detiene. Hemos caminado mucho y su cuerpo está cansado. El hombre tira de ella y su madre también lo hace, aunque no quiere dañarla, tampoco quiere empeorarlo todo. Si es que puede ser aún peor.

Y yo intento avanzar, intento ignorar el hecho de que ahora no lucho contra el diablo; soy su aliada. Intento ignorar el hecho de que estoy llevando a dos personas inocentes hasta la muerte para salvar mi propio pellejo. La chica me mira pero en seguida aparta sus ojos, está aterrorizada de mí.

Y ese sentimiento se me clava en el alma como un fino cristal. Porque ella no sabe que no quiero hacerlo, que estoy tan asustada como ella. Mira a su madre y ésta se esfuerza por sonreírle. Con su mano libre la suelta, le aparta un mechón de su cabellera roja y lo coloca tras su oreja. Le susurra algo al oído, la hace reír.

Y eso provoca más culpa y dolor dentro de mí.
—Necesito orinar, mamá. —La chica musita, trata de que no la oiga pero lo hago.
—La niña necesita orinar —lo expreso en voz alta, dedicándome a mi «compañero».
—¿Y? —Pongo los ojos en blanco.
—¿Las llevamos a que las maten y ni siquiera podemos dejar que orinen antes? —refuto.

Él no responde.
—¿Crees que soy tan lerda como para que una madre y una niña se me escapen? Voy bien armada, deja que las lleve a orinar. —Me mira por el rabillo del ojo pero sigue sin inmutarse. Maldita sea.

—¿Y por qué no esperas y las llevo yo? —rechisto y utilizo el argumento más infalible.
—Porque yo soy una mujer.
—Entonces, aunque le oigo refunfuñar, se detiene.
—Ahí. —Señala a unos pocos metros de nosotros. Me pongo en el medio de ambas y sin romper la unión que sus manos mantienen, las cojo del brazo y camino.

—Yo esperaré aquí —informo.
Mientras las mujeres orinan, también hablan. Oigo sus voces quebradas y asustadas.
—Tengo miedo, mamá. —susurra. Me asomo sólo un poco para mirarlas. La madre se pone de rodillas frente a su pequeña y la toma de las manos.

—Yo también lo tengo, cariño.
Pero sostén mi mano porque mientras lo hagas, nada nunca podrá hacernos daño. —Las lágrimas empañan mi visión.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. —Y entonces, en mi mente se reproduce una escena que recuerdo con mucha claridad...

Shaun se niega a entrar en el agua, se mantiene de brazos cruzados y expresión seria.
No lo haré. Tengo miedo, Laurie. Me agacho junto a él y pongo mi mano en su pecho desnudo.
—¿Tú crees que soy fuerte, Shaun? —Asiente.
—¿Y cuando estás conmigo tienes miedo?
—Nunca —asegura.

—Entonces agarra mi mano y escucha; mientras nuestras manos estén unidas, nada nunca nos separará. Jamás te soltaré, sin importar si el agua me llega al cuello. Estoy contigo, enano. —Me sonríe.
—¿Trato?
—Trato. —Levanto mi puño y lo choco con el suyo.

Cuando vuelvo a mí y aunque mi vista está emborronada, lo veo todo mucho más claro. ¿Qué estoy haciendo? Esta no eres tú, Laurie Riley. De mi cintura saco mi daga y camino hasta ellas.
La mujer se pone delante de su hija.
—A ella no, te lo ruego. —Junta sus manos sobre su pecho.

Niego rápido y me guardo de nuevo el arma, intentando dejar de lucir amenazante.
—Corred —ordeno.
—¿Qué? —Frunce el ceño sin comprender lo que he dicho.
—Sigue recto hasta llegar a una cueva y escondete allí hasta que yo llegue —le explico lo que debe hacer pero la mujer no reacciona.

—¡Corred, maldita sea! —Y como si hubiera pulsado un botón, la pelirroja agarra con fuerza a su hija y echan a correr. Yo me escondo tras un árbol en el camino, sabiendo que el cazador las seguirá por aquí. Me agacho y sostengo con toda la firmeza que puedo el arma blanca.

—¡Joder! —Oigo su grito desesperado y sus pasos rápidos.
Cuando pasa por mi lado, le doy un corte en la parte trasera de ambos pies, haciéndole caer al suelo. Corro pero no llego lejos; me tropiezo y caigo.

Noto como tira de mis piernas, araño la tierra, buscando algo a lo que aferrarme pero nada le detiene y consigue posicionarse encima de mi anatomía.
Me da la vuelta y su mano abierta se estrella contra mi rostro. La mejilla me arde, con mis manos agarro la tela de su ropa y le doy un fuerte cabezazo.

Le empujo hasta que logro sacármelo de encima y ponerme de pie pero de nuevo tira de mí.
Me gira por el hombro y vuelve a golpear mi cara, cerca de mi labio esta vez.

Empuñando la daga y apuntando la parte cortante de ésta hacia mi, le golpeo con la empuñadura en un ojo. Se aferra a mi ropa con su mano libre pero no ve bien y aprovecho mi oportunidad para clavarle el arma en la pierna. Cae de rodillas, soltándome.

No quiero matarle pero tampoco que me siga así que pongo mi mano sobre su cabeza y estrello mi rodilla en su cara, dejándole inconsciente de inmediato.

Huyo del lugar y no tardo en alcanzar la cueva donde se encuentran las mujeres.
—¿Estáis bien? —Aunque con mucho pavor y algunos rasguños, parecen encontrarse en buen estado.
—¿Eres nueva, verdad?
—Asiento.

La mujer me mira con una mezcla de pena y desprecio y no entiendo muy bien la razón detrás de esa mirada.
—¡Eres idiota, niña! —¿Qué?
—¿Qué? —repito en voz alta.
—¿Crees que los cazadores te mandarían sola con otro y nosotras? ¡Hay más ahí fuera!
¡Ahora no sólo moriremos nosotras, tú también lo harás!

Tiene miedo y lo entiendo pero no puede hablarme así. ¡Sólo intento ayudarlas!
—No es cierto, no hay nadie más ahí fuera. Vamos. —Intento tocar su brazo pero la pelirroja me aparta de un manotazo y me mira con odio.
—Por tu culpa no tendrán piedad; nos harán morir despacio. —Su hija larga un sollozo y la mujer la abraza sin apartar su rencorosa vista de mí.

No quiero hacerlo pero me veo obligada a darles una orden. No podemos quedarnos aquí o entonces sí que correremos peligro.
—¡Salid! —les ordeno.
Me llevo la mano a la cintura y la mujer no tarda en hacerme caso y caminar junto a mí. Pero cuando llegamos a la salida, no tardo en tener tres armas apuntando a mi cabeza.

Mierda.

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