Capítulo 3
Alice miraba el cofre de oro en su cama, examinándolo cuidadosamente ¿Debía abrirlo o devolverlo? Tenía la duda si pertenecía a alguien o era solamente una reliquia histórica. No podía leer el latín por lo cual le era difícil saber lo que decía.
La chica pasó su mano sobre la tapa del cofre, trazando el sol tallado en ella con las yemas de sus dedos.
— Será mejor que lo mantenga guardado y lo abra en casa — Suspiró antes de tomar el cofre y colocándolo entre sus pertenencias.
No era el momento de pensar en ello, lo mejor era mantenerlo guardado hasta que la expedición terminara, debía concentrarse en el tema de su tesis, después tendría tiempo para averiguar que era lo que había dentro de ese cofre.
La chica miró nuevamente por la terraza de su habitación correspondiente, soltó un suspiro y miró la llave en forma de sol ¿Qué le diría a sus padres? Es más ¿Debía decirles acerca del cofre? No. Seguramente lo enviarían a un museo y Alice quería conservarlo con lo que sea que haya en su interior.
— Ya deja de pensar en eso Alice y concéntrate — Pronunció sacudiendo su cabeza y entrando a la habitación.
Miró la libreta en donde había hecho los apuntes de la expedición, antes de encontrar aquel cofre de oro puro. Esta semana debía concentrarse en su tesis y en terminar la expedición con éxito, encontrar un objeto histórico y escribir acerca de la cultura de Grecia, la cual estudiaría esta semana lo más que se le permitiera.
La semana pasó naturalmente, Alice había encontrado un escudo antiguo enterrado en las ruinas de Grecia con un emblema en particular. Tal vez era de uno de los ejércitos griegos. También pudo obtener la información necesaria para su tesis. Pero a pesar de estar concentrada en su tesis no podía dejar de pensar en lo que podía estar dentro del cofre, la tenía intrigada y con la curiosidad a flor de piel.
— Tranquila Alice, mañana volverás a Japón y podrás ver lo que hay dentro del cofre. Tranquilizate, no te pongas ansiosa — Murmuró para sí tratando de que su curiosidad se calmara un poco.
La pelinaranja siguió haciendo los apuntes y sacando algunas hipótesis sobre el escudo que había encontrado.
La chica se mantenía sentada en la cama mientras trataba de estructurar su tesis con toda la información que había obtenido esa semana, la cual era bastante y podría hacer una perfecta tesis.
El escudo también tenía un sol grabado en su parte frontal, por lo cual ella lo relacionaba con el cofre que había encontrado. Si su hipótesis era correcta, el escudo pertenecía a la misma persona a la cual le pertenecía el cofre, pues el emblema del sol era idéntico en ambos objetos.
En otro lado no muy lejos de allí, en las cumbres del Monte Olimpo y traspasando las nubes, habían majestuosos templos los cuales eran los hogares de los dioses mitológicos. Aquel lugar era un enorme jardín con pastos verdes, flores coloridas y el cielo más azul que lo común, era un completo paraíso.
El templo más grande de todos era el del imponente y antiguo dios Zeus. Sus pilares y suelos eran de cristal y oro, cada pared adornada con una figura de cada cuidadano de Grecia esculpido en bronce y al ver el suelo de cristal se podía apreciar todas las fronteras y tierras de Grecia.
Por los inmensos pasillos del gran palacio de Zeus caminaba un joven dios, hijo de Zeus. Este aparentaba unos veinte años a pesar de que tuviera siglos de existencia, alto, con un largos cabellos dorados al igual que sus ojos, piel blanca y algunas luminosas marcas por todo su cuerpo, el cual sólo era cubierto por una tela blanca sujetada de su cadera. Tenía algunos adornos de oro en sus brazos y un tipo de tela azul sujeta de su cadera pasando sobre sus hombros.

— ¡Padre! ¡Padre! — Llamaba el joven de dorados cabellos con voz suave y cálida, gentil y agradable.
— Apollo ¿Por qué gritas? ¿Para qué necesitas a nuestro padre? — Preguntó al rubio su hermana menor, Artemisa. La cual tenía el cabello rubio platinado rizado y ojos tan azules como el cielo, con un largo vestido blanco con detalles azules.

Ambos rubios eran los hermanos que representaban al sol y a la luna. Apollo, el dios del Sol, y Artemisa, la diosa de la Luna.
— Es una emergencia Ar-Ar — Dijo el chico mirando a los alrededores de su padre.
— Deja de decirme Ar-Ar hermano idiota — Dijo la rubia cruzando los brazos.
— ¡Qué cruel! — Se quejó el rubio haciendo una expresión dolorida.
Artemisa sólo negó con la cabeza antes de dar un suspiro.
— Padre está en su trono al igual que siempre, no tienes que buscarlo tan desesperado — Indicó la rubia siguiendo su camino sin darle tiempo a su hermano de agradecerle.
El dios del sol caminó hacia el lugar donde se encontraba su padre, el salón donde se encontraba el torno del dios supremo. Zeus estaba sentado con su báculo en la mano derecha, mirando con seriedad al frente, observando a su hijo llegar.
— Apollo ¿Qué haces aquí? — Preguntó Zeus mirando con severidad a su hijo quien hizo una reverencia ante su presencia.
— Padre es una emergencia — Dijo el rubio con una expresión de preocupación plasmada en su rostro.
— ¿De qué se trata? — Preguntó el dios del trueno prestando atención, para que algo le preocupara a Apollo debía ser grave.
— La libreta ha desaparecido — Dijo Apollo con seriedad y directo al punto.
— ¿Cómo? Pero se supone que está oculta — Dijo el dios supremo del Olimpo levantándose de su trono con un rostro que transmitía molestia — Esto es un gran riesgo. Si se encuentra en manos equivocadas el equilibrio del mundo se vendrá abajo, si revive a las personas malvadas que han pasado a través de la historia surgirá el caos. Las almas de aquellos seres despreciables causarán el desequilibrio del mundo, especialmente almas antiguas — Pronunció bajando las escaleras que conducían hacia el trono para caminar en dirección a su hijo.
— Ya lo sé padre, por eso me preocupa — Dijo Apollo — He creado la libreta para que los dioses de la muerte no acaben con vidas humanas por entretenimiento. La creé con el propósito de revivir a las personas que han sido víctimas inocentes de los shinigami —
— Debes encontrarla a como dé lugar, cuando encuentres a la persona que posea la libreta debes aconsejarla y ayudarle a darle un uso correcto a esa libreta — Ordenó Zeus a su hijo colocando una mano sobre el hombro de su hijo — Ve donde Athenea y pídele la gema azul, esa gema te ayudará a encontrar la libreta — Nuevamente se dirigió a su trono —Confío en ti, Apollo.
— Cumpliré con mi deber, padre — Prometió Apollo antes de retirarse del salón e ir en busca de su hermana mayor.
Athenea, era una bella mujer de cabellos castaños y rizados, con ojos tan azules como el mar y una armadura cubriendo su vestido blanco. La diosa de la Sabiduría.

La castaña se encontraba en su templo paseando por los jardines que adornaban el lugar. La mujer sonreía ante las hermosa y coloridas flores que adornaban su templo.
— ¡Ath-Ath! —
La diosa reconoció la voz de su hermano menor acercándose más hacia donde ella se encontraba. La de ojos azules volteó en dirección de la cual venía su hermano corriendo hacia ella.
— Apollo ¿Qué haces por aquí? ¿Necesitas algo? — Preguntó Athenea a su hermano menor mientras volteaba su cuerpo completamente .
— Necesito que me des la gema azul — Pidió el rubio llegando hacia su hermana mayor y tomándola por los hombros, con una expresión casi desesperada.
— ¿Por qué me la pides tan de repente? Dime qué sucede — Pidió la castaña quitando las manos del dios de sus hombros.
— La libreta desapareció y necesito encontrarla. Por favor Ath-Ath, necesito la gema — Suplicó el rubio juntando sus manos.
— ¿Nuestro padre te envío a buscarme para que me la pidas? —
Ante la pregunta hecha por la diosa Apollo asintió reiteradas veces confirmado su pregunta.
— Si es el caso... Ten — Dijo Athenea quitando una gema azul de una sus muñequeras y colocándola en la mano de su hermano.
— ¡Gracias Ath-Ath! — Dijo el rubio con euforia abrazando a su hermana mayor.
La mujer correspondió unos segundos para luego alejarse de su hermano con una sonrisa.
Apollo se retiró del templo de Athenea y bajó a la Tierra para ir en busca de la libreta que tanto atesoraba, pues había sido de su creación.
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