CAPÍTULO 2
Siete años antes
El patio del colegio estaba vacío y el frío llegaba a los huesos, mientras Mía caminaba, con las manos enterradas en los bolsillos de una parca imposible de cerrar. Había crecido lo suficiente el verano anterior como para que el cierre ya no alcanzara, pero la beca cubría la colegiatura, no la ropa, y no iba a pedir otra cosa en su casa. No cuando solo le quedaba ese invierno y después no tendría que volver a usar una parca de colegio nunca más.
La llevaba abierta, apretada contra el cuerpo. Generalmente bastaba.
Empujó la puerta de la sala de lecturas. El calor le golpeó la cara, como una bofetada amable. A esa hora solía estar vacía.
Pero no lo estaba.
Él estaba ahí.
Alto, delgado, rubio. Ojos de un azul nublado, casi gris, que parecían siempre evaluarlo todo con una mezcla incómoda de interés y distancia. Daniel Schultz acomodaba libros en una mesa, con las mangas de su suéter oscuro arremangado hasta los codos.
—No me digas que a ti también te castigaron —dijo, sin mirarla del todo—. No me lo creo.
Mía se detuvo un segundo antes de responder.
—No —dijo. No agregó más.
Daniel sonrió, como si ya supiera la respuesta, mientras Mía recordaba que esa mañana, lo había visto discutir con el profesor de cívica. No una discusión torpe. Todo lo contrario. Sus respuestas habían sido rápidas, incisivas, incluso legítimas. Pero había olvidado —como siempre— que el profesor tenía el poder de condenarlo a una semana ordenando libros después de clases.
A esas alturas ya le habían quitado el rugby y el atletismo. Había pocos castigos nuevos que pudieran inventar sin llegar a la expulsión, que no era una opción real cuando su padre acababa de pagar la renovación del gimnasio del colegio.
De todos modos, pensó Mía, Daniel no había hecho nada tan grave para merecerlo.
Solo había defendido lo que pensaba.
Mía no estaba de acuerdo con muchas de sus ideas. Pero no podía evitar admirarlo en secreto.
Se sentó en una de las bancas y sacó su libro, intentando leer. No lo logró.
—¿Ese es el secreto de tus calificaciones? —preguntó él, sin volverse—. ¿Quedarte estudiando horas extras?
—Mi papá trabaja hasta tarde los viernes —respondió ella—. Lo espero aquí para no tomar el bus.
Daniel alzó una ceja.
—¿Y qué tiene de malo el bus?
Mía dudó un segundo.
—En la camioneta aprovecho de hablar con él. No siempre hay tiempo en casa. Todos llegamos tarde.
Daniel se quedó quieto. Mía sintió el estómago revolverse. Lo último que necesitaba era convertirse en el blanco de uno de sus comentarios ingeniosos.
Pero él no dijo nada.
Solo la miró, en un modo que hizo el calor subirle a las mejillas. Se quitó la parca con cuidado. Era estrecha y costaba sacársela. La dejó sobre la silla. Daniel volvió a los libros.
—¿Disfrutas molestando a los profesores? —preguntó ella al fin, sin mirarlo.
Daniel rió, esta vez de verdad.
—Solo a los retrógradas que defienden el statu quo —dijo—. Y nos hacen creer que todo está bien porque nos beneficia. Pero la oportunidad de elegir debería ser para todos. No solo para unos pocos.
Mía cerró el libro.
—Lo dices como si no hubiera oportunidad —respondió—. Y eso es mentira. La hay. Basta que estudies un poco... como yo lo hice.
Daniel dejó el libro suspendido en el aire un segundo, antes de mirarla.
—Mis padres son feriantes— siguió Mía—. Gente sin estudios, sin dinero. Y aquí estoy. Junto a hijos de ministros y embajadores. Hasta nietos de presidentes. ¿No es así?
Daniel se giró por completo hacia ella.
—Sí —dijo—. Varios descendientes de ministros y embajadores. Y todos ellos tienen asegurado no solo estar aquí. También entrar a la universidad correcta, conseguir el trabajo correcto, atenderse en las clínicas correctas cuando les toque enfermarse.
Se acercó un paso.
—Y no todos van a sacrificar algo por eso. Ni merecen ningún trabajo. Muchos son francamente estúpidos.
Mía tragó saliva.
—Seguramente tu esfuerzo te va a lograr grandes cosas, Mía Torres —continuó él—. Ya lo ha hecho. Pero tú serás probablemente la única de los tuyos. Mientras que todos esos idiotas que te rodean en las sala de clase, tendrán esa oportunidad, brillantes o no.
Acarició distraídamente el anillo de su meñique.
—¿Es eso justo, Mía?
Ella no supo qué responder.
El teléfono vibró en su bolsillo.
—Mi papá llegó —dijo, levantándose de golpe.
Tomó la parca con apuro. Se había enganchado de algo. Al tirar de ella, sonó un desgarro seco. El cierre cedió del todo.
Mía se quedó inmóvil. La vergüenza le quemó la cara, al punto que ni siquiera intentó ponérsela. Solo giró para salir.
—Ey —la detuvo Daniel.
Se acercó un paso, luego otro, mientras se quitaba su propio chaleco. Al llegar a ella se lo tendió.
—No uso chaqueta —dijo—. Y esto te va a quedar enorme, pero... es lana de ovejas escocesas. Lo más abrigado que existe. Traído especialmente para mí.
Sonrió.
—Y lo odio.
—No puedo —dijo ella.
—Claro que puedes.
Se paró frente a ella y levantó el chaleco, haciendo un gesto silencioso de pregunta. Mía se tomó unos segundos antes de asentir, bajando la cabeza. El corazón le golpeaba demasiado fuerte.
Daniel se lo acomodó sin tocarla y ella terminó de ponerse las mangas.
—Listo —dijo él—. Te queda mucho mejor que a mí... o que a la pobre oveja de donde vino.
Mía rió, nerviosa.
—Te lo devolveré.
—No —respondió—. Es tuyo. Para que me recuerdes cuando salgamos de aquí. Por si algún día me ves discutiendo con alguien y necesito defensa.
La miró, divertido.
—Tal vez te haces abogada y me salvas, ¿no?
El teléfono volvió a vibrar. Mía asintió y caminó hacia la salida, apresurando el paso.
Solo cuando hubo cerrado la puerta se dio cuenta de que... nunca le había dado las gracias.
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