CAPÍTULO 1:
Mía Torres caminó por la Alameda con el paso rápido de quien cree que llegar a tiempo es una forma de decencia. El aire de Santiago, denso y frío a esa hora, le raspaba la garganta con una mezcla de smog y pan recién hecho que salía de los locales abiertos. El cielo estaba gris, como casi siempre en invierno, y la ciudad avanzaba con esa inercia disciplinada que no necesitaba entusiasmo para funcionar.
A Mía le gustaba pensar que el país funcionaba así: gente haciendo lo suyo, instituciones sosteniendo lo que nadie veía, engranajes silenciosos que no se notaban mientras giraban.
Eso era lo que la había salvado, también.
De niña, cuando su padre hablaba de "los de arriba" como si fueran una especie distinta, Mía se refugiaba en otra idea. Una que le habían repetido en el colegio, en los discursos del aniversario, en los talleres de debate, en las campañas de "Chile puede" que le habían otorgado su beca. La repetía como oración: si haces las cosas bien, el sistema te responde. No perfecto. No siempre. Pero respondía. Y eso quería creer.
Esa mañana, caminando hacia el edificio donde la habían citado, se la repitió otra vez, con la convicción de quien aprieta un tornillo suelto antes de que todo empiece a vibrar.
Su jefe, Carlos Said, le había dicho por teléfono a primera hora, con esa voz que tenía cuando quería que algo sonara como favor y como orden al mismo tiempo:
—Anda tú. Tú lo conocías.
Mía había tardado un segundo en entender.
—¿A Sebastián Elgueta?
—Al nuevo Director del Instituto. Sí. Tú, Mía. Te queda cerca, te mueves rápido, y además lo conocías.
"Lo conocías" era una palabra generosa. Mía lo recordaba del colegio, sí. Pero no como se recuerda a alguien que te marca. Lo recordaba como se recuerda un ruido de fondo.
Sebastián Elgueta había sido... eficiente en lo que de verdad le importaba. Conseguir cerveza para las fiestas, saber quién tenía casa sola, inventar excusas para saltarse clases sin consecuencias. Tenía ese talento raro de estar siempre cerca de quienes mandaban sin ser él quien mandara de verdad.
En el curso, los brillantes eran otros, mucho más soberbios. Aunque la soberbia no les quitaba mérito. Hablaban como si el futuro estuviera escrito y ellos fueran los dueños de la tinta. Mía los admiraba. Le daba rabia admitirlo, pero los admiraba igual.
Aunque terminaron mal.
La idea pasó por su cabeza como un pensamiento que intenta colarse y ella lo empujó hacia atrás, como se empuja una puerta antes de que se abra sola.
El nombre de Daniel Schultz siempre llegaba con esa mezcla de morbo y vergüenza que traen las tragedias ajenas cuando uno estuvo cerca antes de que fueran tragedia. Daniel, el del apellido que sonaba a edificio. Daniel, el que se reía con una seguridad que le removía las entrañas, no solo de rabia. Daniel, el que usaba el humor como arma y la inteligencia como escudo. Daniel, el que después...
Mía apretó los dedos alrededor de su móvil, como si el aparato pudiera anclarla al presente.
Hoy no era sobre Daniel.
Era sobre Sebastián Elgueta y su nombramiento como el Director más joven e inexperto del Instituto de Derechos Humanos. Y la suspicacia que despertaba la idea de que el apellido compensara la falta de mérito.
El edificio se levantaba correcto, limpio, contenido, con esa solemnidad burocrática que pretende transmitir justicia. Conserjería, guardias, el brillo de los pisos, el silencio controlado de los pasillos. En la entrada, un cartel con letras sobrias anunciaba el cambio de directorio. Mía pensó que todo eso era parte del mismo truco: que el orden también se construía con estética.
Al anunciarse, la recepcionista miró su carnet y la observó con una segunda mirada, más lenta.
—¿Viene por la entrevista? Pase. Tercer piso.
El ascensor olía a aromatizante y rastros de perfume caro. Mía se vio reflejada en las puertas metálicas: el pelo amarrado en una cola tirante, una blusa sencilla bajo el abrigo, pantalón negro que necesitaba un repaso de planchado. No era una mujer de revista. No lo había sido nunca. Y a falta de encanto heredado, se había fabricado otra cosa: seriedad.
Cuando las puertas se abrieron, un funcionario la condujo hasta una sala con una mesa larga y una ventana que daba a otros edificios.
Sebastián Elgueta estaba de pie, mirando unos papeles. Vestía traje, pero le quedaba... grande.
Levantó la vista y tardó un segundo de más en sonreír.
—Mía... —dijo, probando el nombre como si lo hubiese encontrado en un bolsillo viejo.
—Torres —aclaró ella, y extendió la mano.
Él la estrechó con firmeza y con esa distancia educada que buscaba transmitir superioridad.
—Claro. Torres. Me suena tu cara. Del cole, ¿no?
—Sí. Nos topamos en algunos cursos... —aclaró.
Sebastián soltó una pequeña risa, leve, como si ese dato no importara.
—Mira tú. Parece que te ha ido bien. No es menor trabajar para ese canal.
Lo dijo con un tono que, sonaba amable. Pero ella podía leer la costra de desprecio, delgada, casi elegante. Y cuado la recorrió con la vista, Mía pensó que, para él, ella seguía siendo demasiado baja, no muy flaca, y con ropa "sin estilo". Imposible calzar con el tipo de mujeres que a él le interesaban.
Sacó su libreta y el móvil con calma.
—¿Te molesta si grabo?
—En lo absoluto. Ya he dado otras entrevistas a tus colegas— le indicó que tomara asiento.
—Antes que todo, gracias por recibirme. Sé que está recién asumiendo.
—Así es. Mucho trabajo y mucha expectativa también —dijo él, y se sentó al otro lado de la mesa. Su sillón parecía intencionalmente más alto que el de ella.
Mía inició la grabación.
—Director Elgueta, hay críticas por su nombramiento. Por su edad, y por sus vínculos familiares. Su tío fue ministro durante...
Sebastián levantó una mano.
—Mía, seamos claros. En este país, todos los directores han tenido vínculos. Todos. Con partidos, con universidades, con fundaciones, con familias. Lo raro sería no tenerlos.
—¿Y usted cree que eso es una ventaja? —preguntó ella, manteniendo la voz pareja.
—Por supuesto. Las conexiones significan redes de trabajo. Significan capacidad de gestionar, de abrir puertas, de coordinar. A la ciudadanía le conviene que quienes están en estos cargos no sean improvisados.
Mía anotó conexiones = ventaja. Lo apuntó, pero por dentro algo se le movió, apenas. Una pequeña piedrita en el zapato de su fe.
—Entiendo. Pero también hay un argumento de legitimidad —dijo ella—. El Instituto debe ser independiente.
Sebastián sonrió como si la palabra "independiente" fuera una ingenuidad simpática.
—Lo será.
—Y también está el tema de la edad. ¿Cree tener la experiencia necesaria para este cargo?
—Soy joven, sí. Admito que soy de los más jóvenes en asumir. Pero eso también tiene valor. Aporta otra mirada. Y más energía para trabajar, ¿no?
Más energía. Mía pensó en lo que recordaba de él. Mucha energía... pero no para trabajar.
Respiró, avanzó.
—Quisiera preguntarle sobre Isla Dawson.
Hubo una breve pausa. Sebastián desvió la mirada antes de responder.
—¿Isla Dawson? —repitió.
—Sí. Ha estado en la palestra las últimas dos semanas. Hay cuestionamientos por los índices de suicidio entre los recluidos ahí. Los antecedentes se están volviendo cada vez más sólidos. ¿Es algo que pondrá en el foco de su gestión?
Sebastián apoyó los codos en la mesa, juntó las manos. Se tomó un segundo demasiado largo.
—Señorita Torres... llevo poco en el cargo. Aún no he tenido tiempo de ponerme al tanto de todos los temas.
La respuesta era una frase aprendida. Un salvavidas.
Mía se inclinó hacia adelante.
—Justamente porque lleva poco, llama la atención que no sea de lo primero que quiera revisar. No estamos hablando de un rumor. Son cifras. Y el Instituto de derechos humanos existe para...
Sebastián la interrumpió con suavidad, sin subir el tono.
—Mía, no nos engañemos. Los que están ahí son personas que, a los ojos de la opinión pública, cometieron crímenes bastante peores que los de muchos presos políticos en la Patagonia.
Mía sintió un frío en la espalda.
Sebastián continuó, acomodando cada palabra para que sonara razonable.
—Tenemos denuncias por maltrato a comunidades mapuche en el sur. Tenemos casos de violencia institucional que afectan a gente que no tiene apellido, ni abogados, ni redes. ¿Usted cree que es prioridad ir a ver por qué un grupo que vive en condiciones privilegiadas tiene tasas un poco más altas de suicidio?
Mía lo miró, sin parpadear, como si parpadear fuera darle permiso a esa frase para instalarse.
—No son "un poco" más altas —dijo ella, y su voz salió más dura de lo que pretendía—. Y "privilegiadas" no es una categoría legal para justificar que alguien muera bajo custodia del Estado.
Sebastián sonrió, una curva mínima, como si estuviera hablando con una niña que no entendía cómo funciona el mundo.
—La opinión pública, señorita Torres, está bastante poco interesada en Isla Dawson. Ya estaban molestos cuando se enteraron de las condiciones de reclusión. Algunos dijeron que parecía una clínica de lujo más que una prisión. Y si se suicidan...
Dejó la frase colgando un segundo.
—...tal vez sea culpa, ¿no? Ninguno está ahí por santo.
Mía sintió un golpe en el estómago. No era indignación pura. Era algo más incómodo: era el reconocimiento de una lógica que había visto en otras partes, en conversaciones de pasillo, en comentarios "razonables" que se decían para proteger la paz mental de quienes no querían el problema de hacer algo.
—¿Está diciendo que el Estado no debe investigar muertes bajo su custodia porque "se lo merecen"? —preguntó, y por primera vez sintió que la oficina era demasiado pequeña. Y le faltaba el aire.
Sebastián ladeó la cabeza.
—Estoy diciendo que hay prioridades. Y que, en política pública, uno no puede vivir reaccionando a cada titular.
Sebastián se acomodó en la silla, recuperando su seguridad.
—Además, basta con ver las reacciones a la liberación anticipada de Daniel Schultz —añadió, y una sonrisa burlona le cruzó los labios—. La gente no perdona. Usted lo sabe.
El nombre cayó como un objeto pesado.
Mía sintió que el pasado se le pegaba a la piel. Vio, por un segundo, un pasillo de colegio, risas, un círculo de compañeros alrededor de un chico alto, rubio, magnético y brillante. Aunque a veces cruel.
Daniel había sido el rey de las burlas ingeniosas, y Sebastián, uno de sus blancos preferidos.
Mucho antes de que Daniel Schultz se convirtiera en un terrorista. Mucho antes de que el país aprendiera su nombre por los noticieros y no por los colegios.
Y mucho antes de que Isla Dawson se inventara un relato nuevo para limpiarse la cara: reinserción, ciudadanía ejemplar, símbolo de lo que el Estado podía "rescatar" a una persona y reinsertarla para aportar. Cinco años de cárcel, un discurso, un apellido fuerte, y afuera.
Mía apretó la mandíbula.
—Volvamos a Isla Dawson —dijo, con calma forzada—. Si el Instituto no investiga, ¿quién lo hará?
Sebastián la miró con una atención nueva, como si por fin la viera.
—El Instituto hará lo que pueda. Tengo que poner recursos donde el daño es mayor y la legitimidad social también.
Mía entendió, de golpe, que él no estaba hablando de lo correcto o de lo prioritario. Estaba hablando de lo que se podía vender.
La entrevista siguió unos minutos más, pero ya no fue una entrevista. Fue una exhibición de dos creencias chocando: la de Mía, en un orden que debía merecerse su nombre; y la de Sebastián, en un orden que se sostenía mientras no se mostraran sus grietas.
Cuando Mía apagó la grabación, Sebastián se levantó primero.
—Fue un placer —dijo, con ese tono que hacía parecer que el placer era un favor que él otorgaba.
—Gracias por su tiempo, Director —respondió ella, y se obligó a sonreír y salir, en busca de aire.
Una vez en el pasillo, caminó hacia el ascensor sin mirar a nadie. Su corazón iba rápido, como si hubiera corrido, pero no lo había hecho.
Cuando las puertas se cerraron, se permitió exhalar. Miró su reflejo otra vez. La cola tirante. La ropa sin estilo. La cara seria.
El mundo ofrece oportunidades, pensó, casi con rabia. Pero no a todos les cuestan lo mismo.
¿Es eso justo, Mía Torres?, le llegó la pregunta, en una voz que no era la suya, sino de un chico. Un vibrato bajo, susurrado, coronado de ojos claros. Un recuerdo de otro tiempo. Uno que no debía recordar.
El teléfono vibró en su bolsillo. El nombre de Carlos Said, apareció en la pantalla.
—Carlos —contestó, todavía en movimiento. Nunca dejaba de contestar a su jefe.
—Mía. Ve lo que te acabo de mandar. Ahora. Antes que se haga viral.
Al notar la urgencia en su voz, Mía frenó en seco en el hall de entrada, entre gente que entraba y salía.
—¿Qué pasó?
—Un diario de esos que reparten en el Metro sacó portada. Dice que el doctor Tobías Aguirre fue secuestrado en Isla Dawson.
Mía sintió que el día se abría como una grieta.
—¿Tobías Aguirre? —repitió.
—Sí. ¿No era amigo tuyo?
—Coincidimos en el colegio, pero... —Mía tragó saliva—. Carlos, acabo de tener una agradable entrevista con otro ex compañero que...
Carlos soltó una risa corta, sin humor.
—Excelente. Porque te acabo de asignar el caso. Así aprovechan de concertar un reencuentro.
—Carlos...
—Estoy moviendo un pasaje hoy mismo a Punta Arenas. Te recomiendo llevar una buena chaqueta. Puede ser cruel en invierno.
Mía cerró los ojos un segundo. Vio la sala, la sonrisa de Sebastián, la palabra inacción que se adivinaba en su discurso.
Y el eco de la pregunta de Daniel Schultz otra vez: "¿Es eso justo?"
—Carlos, ¿qué tan real es esto?
—No lo sé. Por eso vas. Te estamos consiguiendo cita con la doctora que maneja el centro—del otro lado del auricular el teclado sonó— Emilia Hernández. Pero te aconsejo insistir con los otros. Si es la responsable, no dirá mucho, aunque sepa algo.
Mía miró hacia la calle. El viento seguía empujando la ciudad desde el puerto. Los colectivos, la gente, el orden aparente.
—Y Mía... —Carlos bajó la voz—. Haz tu magia.
A través del auricular, ella percibió el guiño aunque no lo viera.
—Entendido —dijo.
Colgó.
Se quedó quieta un instante, con el teléfono aún en la mano. Su fe en la institucionalidad y la meritocracia acababa de recibir un nuevo golpe. No se había roto. Nunca lo hacía, pero ya no encajaba del todo.
Luego caminó. No hacia una entrevista.
Hacia el sur.
Y sin saberlo... también hacia el pasado.
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