Capítulo 39. La recta final

Esta noche se definiría todo: el gran ganador de Danger Zone 1997, el destino de los hermanos Lynx y el futuro de Bellamy O'Neill.
Las emociones se desbordaban. Entre nerviosismo, emoción y adrenalina, el corazón de Bellamy retumbaba con más fuerza que nunca. Pero, a diferencia de aquellas ocasiones en las que su ritmo cardíaco se aceleraba y lo hundía en el pánico, esta vez era diferente. Era como el motor de un coche encendido, estremeciendo todo su cuerpo, a la espera de ese acelerón definitivo que lo empujaría al límite para darlo todo.
Esta vez, no había ni un atisbo de miedo en Bellamy. Lo demostró cuando llegó a Danger Zone y estacionó su llamativo Corvette carmesí entre el público expectante en la pista de terracería. Estaba más abarrotado que de costumbre; las apuestas corrían, la música retumbaba y el alcohol se agotaba con rapidez. Al verlo llegar, algunos espectadores lo animaron con vítores, mientras otros golpeaban la carrocería. Muchos lo repudiaban desde que se había revelado su verdadera identidad. Se comerían sus palabras y desaires.
Bajó del automóvil para encontrarse con el resto del equipo. Mientras atravesaba la multitud, sentía las miradas clavadas en él. Ya no llevaba el casco; ya no había necesidad de ser el «As misterioso». Por primera vez, correría siendo él mismo: Bellamy O'Neill.
Vislumbró a su equipo esperando a unos metros de distancia de la muchedumbre, planificando en susurros los últimos detalles de su estrategia. Bellamy había sido el último en llegar, cumpliendo con su parte del plan en solitario. Ahora solo quedaba cruzar los dedos para que todo se desarrollara según lo que había imaginado.
—Al fin, novato —lo recibió Thomas al verlo aparecer. Pero su voz ya no tenía aquella dureza de los viejos tiempos. Mucho había cambiado entre ellos. Entre todos.
—¿Todo en orden? —preguntó Charlie.
—Todo en orden —asintió Bellamy, y una sonrisa confiada curvó sus labios—. ¿Y ustedes?
—Yo estoy lista... creo —musitó Leah, cruzando los brazos y frotándose los codos—. Pero siento que los nervios me están devorando viva. Lo cual no debería pasar, porque soy la capitana del equipo, y si estoy así de ansiosa, entonces...
—Leah —la interrumpió Bellamy, apoyando una mano sobre su hombro—. Solo confía en el plan. Confía en nosotros, ¿sí?
Ella lo miró con los ojos abiertos de par en par, pero después sonrió, más tranquila. Parte del peso que cargaba parecía haberse disipado.
—¿Estás seguro de que no te golpeaste la cabeza más fuerte de lo que dijiste en ese accidente? —bromeó—. El Bellamy O'Neill que fui a reclutar en la florería de su tía jamás habría dicho algo así.
—No, él te habría llamado «idiota» e «infantil» —añadió Thomas.
—Y yo le habría respondido: «mimado» —remató Leah con una risita.
Los tres se miraron por un segundo, y en ese breve instante quedó claro que ya no eran los mismos que al inicio de todo. Había cicatrices, sí, pero también había algo más fuerte: confianza. Unidad.
Soltaron una risa compartida, no solo por el recuerdo, sino por lo insólito de estar allí, juntos, como un verdadero equipo. Bellamy apenas podía creer cuánto había cambiado en estos pocos, pero intensos meses, y eso venía de alguien que había vivido años entre circuitos, podios y cámaras. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en su padre, ni en el apellido que arrastraba, ni en lo que el mundo esperaba de él. Esos fantasmas seguían allí, pero ya no lo ataban. Se sentía ligero; como si, al fin, pudiera respirar aire fresco.
Charlie los observaba con una sonrisa casi tierna, como si todos ellos fueran sus hermanos menores. Sin previo aviso, revolvió el cabello de Leah y Bellamy con total descaro, dejándolos despeinados
—¡Oye! —protestó Leah.
—Estoy orgulloso de ustedes —dijo Charlie—. Cuando empecé a entrenarlos, eran como un camión sin frenos a punto de estrellarse y explotar.
—Vaya discurso motivacional —murmuró Thomas.
Charlie rió y revolvió también su cabello.
—Pero ahora tienen lo necesario para arrebatarle el triunfo a los idiotas de 1968 —concluyó—. Así que háganlo. Demuéstrenle al todos, y a ustedes mismos, que ese premio les pertenece.
Asintieron al unísono, y Bellamy estaba a punto de proponer repasar el plan una última vez cuando el sonido de un claxon interrumpió el momento. Giró la cabeza y vio cómo la camioneta de la florería avanzaba entre la multitud, abriéndose paso. Al volante, su tía Eva alzó una mano por la ventanilla para saludarlo desde la distancia.
Extrañado, Bellamy se acercó y se apoyó en la puerta del conductor.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Es la final, ¿no? —respondió Eva con naturalidad mientras revisaba algo en su teléfono—. Pensé que alguien debería venir a apoyarte. Ya sabes, este no es mi tipo de ambiente, pero de vez en cuando hay que hacer excepciones.
Bellamy le dedicó una sonrisa de gratitud. Tal vez había perdido mucho desde que llegó a Altamira, pero también había ganado importante desde el primer día: una familia. Eva lo acogió sin exigir nada a cambio, incluso cuando él no se lo había ganado.
—Gracias, tía. Por todo —dijo. Era la primera vez que la llamaba así.
Eva lo miró por un instante, visiblemente tocada, aunque disimuló el gesto con una mueca burlona.
—Vaya, aunque me encantaría llorar porque acabas de llamarme «tía» por primera vez, hay algo que prometí hacer. —Se llevó el teléfono al oído—. Ya puedes hablar con él, Liam.
Eva le ofreció el teléfono, y Bellamy dudó por un instante al escuchar el nombre de su padre. ¿Por qué querría hablar con él justo ahora? Una punzada de ansiedad le recorrió el pecho; temía que unas cuantas palabras bastaran para desestabilizarlo.
Pero entonces recordó su promesa: no más huidas. Su padre ya no era aquel gigante imponente que dictaba su destino. Él había cambiado... y Bellamy también.
Se irguió, tomó el teléfono y contestó sin vacilar:
—Hola, papá.
—¿Bellamy? —La voz del otro lado sonaba incrédula, casi aliviada—. Pensé que no me responderías... ¿Estás en Danger Zone?
—Sí.
Hubo un breve silencio. Luego, su padre exhaló.
—Maldita sea... me habría encantado verte correr. Intenté conseguir un vuelo, pero todo está saturado. El tráfico es un caos y... no voy a llegar a tiempo.
Bellamy frunció el ceño.
—Espera, ¿estás en la carretera? ¿De verdad querías venir... a verme correr?
Liam rió.
—¿Te cuesta tanto creerlo?
—Muchísimo —admitió.
—Bellamy... —La voz de su padre bajó—. Lo siento. Por todo. Por haberte exigido tanto, por no haberte escuchado, por no haberme dado cuenta de cuánto te estaba lastimando.
Un nudo se formó en su garganta. Nunca pensó que escucharía a su padre disculparse con tanta sinceridad. No era un mal hombre; Liam O'Neill lo crió solo, dio todo lo que pudo con lo que tuvo, pero a veces, incluso el amor más fuerte se equivoca en el camino.
—Está bien, papá —aseguró—. Ya no quiero seguir peleando contigo.
Su padre guardó silencio unos segundos, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba más firme:
—Tenías razón. Durante mucho tiempo viví a través de ti, y no es justo —dijo—. No quiero que te arrepientas de nada, Bellamy. No voy a permitirlo, así que corre, corre como nunca y gana, ¿entendido?
Bellamy sonrió, y una carcajada escapó de sus labios. Por un momento, fue como si estuviera de nuevo en los viejos tiempos, antes de una carrera, cuando su padre lo tomaba por los hombros y le decía que la victoria era suya. Era un recuerdo que atesoraba.
—Voy a ganar, papá —afirmó.
—Te estaré esperando en la línea de meta —dijo Liam. Lo había dicho en todas sus competencias, pero esta vez, aunque no estuviera allí, sonó más verdadero que nunca.
—Como siempre —replicó con calma.
Finalizó la llamada y le devolvió el teléfono a Eva, quien lo observaba desde su asiento con una sonrisa burlona. Bellamy la miró, entre confundido y receloso.
—¿Qué? —preguntó con el ceño fruncido.
—No sabía que tenías un lado tan meloso, sobrinito —se mofó.
—No fue meloso... —murmuró él, desviando la mirada, avergonzado.
Eva soltó una carcajada. Algunas cosas no cambiaban, y esta era una de ellas.
—En fin —dijo, recuperando la compostura mientras lo señalaba con el dedo—, buena suerte allá afuera. Pero nada de matarte en la pista, ¿eh? No tengo idea de dónde encontrar a alguien que cuide mis camelias tan bien como tú.
Bellamy sonrió, asintiendo.
—No pienso dejarlas en manos de nadie más —respondió.
Se despidió de su tía y volvió con el equipo. Aprovecharon los escasos minutos que quedaban para repasar una vez más el plan. Era arriesgado; una mezcla de las observaciones de Thomas sobre sus rivales, los viejos trucos de Charlie, y una pizca de osadía de Bellamy. Una receta que podía llevarlos a la gloria... o al desastre.
Pero no, no iba a dejar que la duda se colara. Confiaba en ellos, en su equipo y en su instinto. Esta vez, lo sentía en los huesos; la gloria estaba al alcance de las puntas de sus dedos... e iba a tomarla.
—¿Todos claros? —preguntó Charlie.
—Más que claro —respondió Thomas, y tanto Bellamy como Leah asintieron.
—Entonces es hora —dijo Charlie—. Saben lo que tienen que hacer.
Leah soltó una exhalación, sacudiendo las manos como si intentara espantar el nerviosismo. Luego, sin previo aviso, rodeó los cuellos de Bellamy y Thomas en un abrazo torpe.
—¡Muy bien, equipo! —exclamó—. ¡Vamos a dejarlo todo en la pista!
Bellamy sonrió, intercambiando una mirada cómplice con Thomas antes de devolver el abrazo a Leah. Este era el momento. Su momento.
Entonces, la música cesó de golpe, sustituida por una voz que rugió en los altavoces:
—¡Damas y caballeros, bienvenidos a la gran final de Danger Zone 1997!
El público estalló en rugidos, silbidos y gritos de pura adrenalina. Bellamy, Thomas y Leah se despidieron de Charlie y se dirigieron a la tarima, donde ya aguardaban los integrantes del equipo 1968. Thorne lideraba la formación con esa arrogancia característica, flanqueado por su séquito como si fueran sus guardaespaldas personales. Ni siquiera parecían un equipo.
—Y ahora —anunció el presentador con voz teatral—, cedo el micrófono a nuestra incomparable anfitriona, la única e inigualable Natasha Strein, quien tiene unas palabras para nuestros finalistas.
El presentador se acercó al borde de la tarima y extendió la mano hacia ella. Natasha la aceptó con gracia, subiendo como si estuviera en una pasarela. Vestía un vestido carmesí entallado que centelleaba bajo las luces de los autos, y una boa de plumas blancas descansaba sobre sus hombros; además , sin las gafas oscuras, sus ojos castaños centelleaban con picardía y autoridad. No había duda, era la reina de Danger Zone.
—¡Qué placer ver tanta energía esta noche! —dijo al tomar el micrófono, su voz amplificada—. Estoy segura de que nuestros equipos están al borde del colapso por los nervios.
—Para nada, Nat. Esto será pan comido —interrumpió Thorne, alzando la voz por encima del bullicio. Varios idiotas del público soltaron carcajadas, cómplices de su arrogancia.
Natasha se giró hacia él.
—Siempre tan seguro de ti mismo, Thorne, pero me parecería... precipitado subestimar a tu competencia de este año —añadió, clavando su mirada en el equipo Hundred—. Fueron un añadido de último minuto, y aun así, tengo grandes expectativas.
—Las superaremos —aseguró Bellamy, con una sonrisa desafiante—. Ya lo verás.
Natasha le sostuvo la mirada, y dejó asomar una sonrisa igual de atrevida.
—¡Entonces no nos decepcionen! —proclamó—. Recuerden: el verdadero valor de Danger Zone no está solo en cruzar la línea de meta, sino en hacerlo con maestría, con agallas, con arte. Esta pista no solo premia la velocidad, premia al piloto que se atreve a dominarla. —Los miró uno por uno—. Demuéstrenme que merecen estar aquí.
Bellamy sintió que el mensaje iba dirigido a él y a su equipo. No le temía a Natasha ni a sus altas expectativas, y mucho menos a los nada honorables rivales junto a él. Vio de reojo a Thorne, quien aprovechó para acercarse y decir, con sarcasmo:
—Que gane el mejor —dijo Thorne, dándole una fuerte palmada en el hombro.
Bellamy estuvo a punto de reírse ante semejante muestra de confianza, construida sobre cimientos de trampas, intimidación y juegos sucios.
—Entonces estás fuera de competencia —replicó.
Un murmullo colectivo surgió entre el público cercano; algunos empezaron a corear, a alentar una pelea que no sucedería. Bellamy, sin embargo, no desvió ni un segundo su atención de Thorne, viendo cómo su mandíbula se tensaba. Lo había tocado donde dolía.
—Ya lo veremos —murmuró Thorne, y se dio la vuelta, alejándose entre la multitud.
—¡Competidores, a sus puestos! —exclamó la voz del presentador.
Se desearon suerte una última vez antes de separarse y dirigirse a sus respectivos vehículos. Los tanques abrirían la competencia, y Bellamy decidió quedarse cerca para presenciar la salida antes de tomar su puesto en la última ronda.
Leah ya estaba al volante, concentrada. A su lado, en el carril opuesto, el tanque de 1968 esperaba con impaciencia. Una mujer vestida con un ajustado mono de cuadros blancos y negros se posicionó entre ambos autos, levantando una bandera a juego por encima de su cabeza.
—¡En sus marcas! —gritó el presentador por los altavoces, mientras los motores cobraban vida como bestias salvajes.
La bandera bajó unos centímetros.
—¡¿Listos?! —El rugido aumentó, vibrando en los huesos.
Y entonces, la bandera cayó.
—¡Fuera!
Los tanques se lanzaron hacia el frente como proyectiles. El público estalló en vítores, y Bellamy sintió que la adrenalina comenzaba a correrle por las venas. La batalla había empezado.
Ambos coches salieron disparados. El tanque de 1968 ganó algo de ventaja, dejando a Leah atrás por varios segundos. Bellamy observó con ansiedad cómo su compañera de equipo luchaba por rebasar a su rival en los derrapes de la terracería. Sin embargo, debido al terreno irregular, era difícil mantener el control total sobre el automóvil.
1968 era un equipo casi veterano en Danger Zone y, aunque tenían más práctica y experiencia, eso significaba que sus viejos trucos ya eran conocidos. El tanque de 1968 tenía la manía de siempre tomar las curvas por dentro para reducir tiempo, pero eso dejaba mucho espacio abierto para su rival. Thomas había notado este patrón al analizar varias grabaciones de carreras pasadas, y propuso una estrategia:
—Hazle creer que no puedes rebasarlo, pero quédate cerca. Durante la última curva, cuando piense que no lo adelantarás, lo rebasarás por fuera. Tendrás que ser muy ágil para no derrapar y salirte de la pista.
Y eso era exactamente lo que Leah estaba haciendo. Llegaron a la última curva, la más cerrada de todas. El tanque de 1968 giró tan cerca del límite que resultaba impresionante el control que tenía sobre su coche, pero, tal como predijo Thomas, estaba demasiado confiado y no vio venir que su competidora lo rebasaría. Leah aceleró a fondo y, con algo de dificultad, logró superar a su oponente y ganar unos milisegundos de ventaja. Salieron de la curva, y ella tomó la delantera.
—¡El tanque de Hundred llega primero a su línea de meta! —anunció el presentador—. ¡El evasor acaba de salir disparado!
Bellamy sonrió y aplaudió, celebrando entre el público. Se dirigió rápidamente a su coche, consciente de que en cuestión de minutos sería su turno. Bajó las ventanas para poder oír al presentador narrar la etapa de los evasores.
—¡El evasor de Hundred toma la delantera, pero el de 1968 le pisa los talones! —narró el presentador.
Thomas fue el primero en adentrarse en el edificio de estacionamiento, sorteando columnas a toda velocidad y tomando las rampas espirales como si conociera cada centímetro del terreno. Las ruedas chirriaban, el motor rugía, y por un momento todo indicaba que mantendría la ventaja.
Pero en una curva cerrada, tuvo que dar un volantazo inesperado para esquivar un obstáculo mal calculado. Esa fracción de segundo fue suficiente. El evasor de 1968 aprovechó el desliz, se coló por el interior con una maniobra agresiva y tomó la delantera.
—¡Parece que el equipo Hundred está en problemas!
Bellamy bufó. Todo iba según el plan; Thomas había anticipado este escenario y descubierto una salida alternativa en el último piso del edificio de estacionamiento, una rampa que conectaba directo con el tramo siguiente, mucho más cerca que la ruta convencional.
—Dejaré que me adelante y usaré esa bajada para tomar ventaja —había explicado Thomas mientras trazaban la estrategia—. Será arriesgado, pero nos dará la delantera.
Cuando Bellamy llegó al punto de partida de su etapa, Thorne ya lo esperaba. Estaba recostado en su asiento con una sonrisa torcida, seguro de su victoria. Bellamy ni se molestó en mirarlo; no pensaba regalarle ni una pizca de satisfacción. En su cabeza, solo existía la carrera.
—¡El evasor de Hundred ha tomado un atajo inesperado y se adelanta! —clamó el presentador—. ¡Ambos evasores van rumbo a sus líneas de meta!
Bellamy encendió su teléfono y marcó. Dejó el dispositivo en el asiento del copiloto, con la llamada activa.
—Estoy por comenzar —anunció.
Fijó la mirada en el retrovisor. El coche de Thomas se acercaba a toda velocidad. Solo unos segundos más y...
—¡Ahora! —gritó, moviendo la palanca y pisando el acelerador a fondo.
Los neumáticos chirriaron mientras salía disparado, levantando una nube de polvo tras de sí. Habían recuperado la ventaja, ahora su deber era mantenerla. Esta era su carrera. Su etapa. Su responsabilidad.
—¡Ambos As han salido de sus posiciones! —exclamó el presentador, seguido por una oleada de gritos en el público.
Thorne lo seguía de cerca. Bellamy lo veía por el espejo lateral; cómo avanzaba entre los otros coches como un depredador hambriento. Estaba desesperado por alcanzarlo. No soportaría ir segundo. No él.
Bellamy, en cambio, mantuvo la vista al frente, imperturbable. Esquivaba obstáculos con precisión, se pegaba al asfalto, seguía la línea ideal con frialdad quirúrgica. No podía cometer ni un solo error.
—No hay margen de error —le había advertido Thomas—. De ti depende esta victoria, Bellamy.
No pensaba dejarse vencer por la presión. Al contrario, la usaría a su favor.
Con las manos sudadas por la adrenalina que le hervía en las venas, Bellamy cambió a segunda, luego a tercera, exigiendo cada caballo de fuerza al motor del Corvette. Seguía rebasando a los autos civiles que se cruzaban en su camino, agradecido de que el tráfico, por una vez, jugara a su favor. Pero al tomar una curva cerrada con más ímpetu que precisión, el coche derrapó, haciéndole perder valiosos segundos.
—Mierda —masculló al ver que el coche de Thorne estaba cada vez más cerca.
No obstante, siguió acelerando. Solo un poco más. Tenía que mantener esta ventaja por un momento más. Sentía cómo el sudor se acumulaba en su frente, cómo la carrocería del Corvette se estremecía debajo de él. Jos ya lo había advertido: el coche era funcional, pero no estaba en condiciones óptimas; si lo forzaba demasiado, el motor podría colapsar.
Pasó a cuarta velocidad. Aprovecharía todo lo que el coche pudiera darle.
Thorne era excelente, y la manera en que acortaba la distancia entre ambos habría asustado a cualquiera. Bellamy y su equipo sabían que no podrían ganar con el Corvette en ese estado, no con pura fe.
Después de sortear otra curva, Bellamy puso en marcha la fase final del plan, la más arriesgada. Hundió el pie en el acelerador y tomó una avenida secundaria, menos transitada, la última antes de reincorporarse a la calle principal que conducía directo a la meta. Era ahora o nunca.
Se posicionó frente a Thorne, bloqueándole el paso con una maniobra precisa.
Thorne intentó rebasarlo, pero Bellamy se mantuvo firme. Ambos avanzaban a toda velocidad cuando Bellamy divisó un callejón angosto a la derecha. Apretó los dientes y se aferró con fuerza al volante.
—Depende de ti —murmuró Bellamy, y entonces pisó el freno mientras giraba el volante de golpe, dejando su coche atravesado en medio de la calle como un muro de acero.
Thorne tuvo que frenar de golpe, los neumáticos chillaron contra el asfalto y el coche se sacudió con violencia, a solo centímetros de una colisión que habría acabado con ambos.
—¡Ahora, Connor! —gritó Bellamy, tomando el teléfono del asiento y llevándoselo al oído.
Del callejón a su derecha emergió el Corvette negro. Connor apareció, incorporándose a la avenida principal a toda velocidad rumbo a la meta.
Bellamy lo siguió con la mirada, absorto, mientras Thorne tocaba la bocina con furia y sacaba la cabeza por la ventana para soltar una sarta de insultos. Esa era la última fase del plan, la más audaz, la más descabellada. Sabían que podrían vencer al equipo de 1968 jugando limpio... así que decidieron jugar su as bajo la manga.
—Ahí es donde entras tú —había dicho Bellamy horas antes—. Tú correrás el último tramo mientras yo detengo a Thorne. ¿Crees poder hacerlo con el auto frágil y una sola mano?
Connor lo había mirado con una sonrisa confiada; la que llevaba un tiempo sin mostrar.
—¿Con quién crees que estás hablando?
Y ahora ahí estaba, su habilidad intacta, devorando el asfalto como si hubiera nacido al volante. Bellamy se reincorporó al camino, dándole a Thorne el espacio que tanto exigía... pero no pensaba dejar que Connor se divirtiera solo.
—¿Nos vemos en la línea de meta? —preguntó Bellamy, acelerando para alcanzarlos.
—Solo si crees poder alcanzarme —respondió Connor.
Lo veía a lo lejos, más impresionado que nunca. Incluso con una sola mano y con un coche destartalado, Connor era un prodigio del volante. Se movía como un depredador en su hábitat, letal e inalcanzable. Bellamy podía escuchar al público enloquecer, ovacionándolos mientras entendían lo que estaba ocurriendo. Sus sospechas se confirmaron cuando el presentador, fuera de sí, gritó:
—¡¿El As de los Lynx ha entrado en la carrera?! ¡Esto es histórico, señores! ¡Jamás habíamos visto algo así!
Bellamy iba en la retaguardia, observando cómo Thorne se esforzaba por alcanzarlo... pero no podía. No con Connor conduciendo de esa manera.
Días atrás, Connor había dicho que no era libre, que nunca lo había sido, pero ahora, viéndolo así, Bellamy supo que estaba equivocado. En ese instante, era más libre que nunca.
Ese era el Connor Lynx que él conoció, el que alguna vez envidió, el que lo inspiró... y del que se enamoró.
—¡Connor Lynx cruza la línea de meta! —gritó el presentador, eufórico.
Thorne llegó menos de diez segundos después, furioso. Bellamy lo alcanzó casi un minuto más tarde, pero no bajó la velocidad. Quería cruzar la meta con la frente en alto, como merecía.
—Y ahí viene el tercero... Bellamy O'Neill. El público está desconcertado. ¿La victoria es de Lynx... o de Hundred?
Bellamy detuvo el coche con un derrape y se bajó con premura, escuchando cómo el público coreaba los nombres de Connor, Lynx y también Hundred. Estaba feliz, tanto que no pudo reprimir la sonrisa que brotó de él, pero más que nada quería alcanzar a Connor. Quería ver su expresión de confianza, sus ojos llenos de vida.
«Por favor», rogó para sí.
—¡Bellamy! —chilló una voz aguda junto a su oído y alguien se le colgó de los hombros. Era Leah, riendo, saltando y abrazándolo con fuerza—. ¡Ganamos! ¡Ganamos, maldita sea!
Detrás de ella, aparecieron Thomas y Charlie; incluso Jos y Mickey se habían unido a la celebración, corriendo hacia él con los rostros encendidos de emoción. Bellamy se volvió hacia ellos, riendo entre lágrimas, incrédulo.
—Lo logramos —dijo, con la voz temblorosa—. De verdad lo logramos.
Pero la alegría no duró demasiado.
—¡Son unos malditos tramposos! —bramó Thorne desde el otro extremo, empujando a quienes se interponían en su camino. Subió a zancadas hacia la tarima, apuntando con el dedo al presentador y a Natasha—. ¡Eso no está permitido! ¡Esto es una farsa!
Hundred se acercó también. Ya lo esperaban, sabían que tarde o temprano Thorne armaría un escándalo. Solo quedaba defender su victoria... o dejar que hablara por sí sola.
—Tampoco lo es sabotear los coches de los demás, ¿no es cierto, Thorne? —dijo Connor con su voz calma y afilada.
Los murmullos estallaron en todas direcciones. Algunos grababan, otros miraban con el ceño fruncido, pero todos sabían que Connor no hablaba por hablar.
—Además —continuó, con una sonrisa ladina mientras miraba a Natasha—, ¿no fue un final emocionante? ¿Qué opinas tú?
Natasha se llevó el micrófono a los labios con elegancia y respondió:
—Ha sido la mejor carrera en años.
El rostro de Thorne se deformó por la rabia. Maldijo, gritó algo ininteligible y trató de lanzarse hacia Natasha, pero no llegó lejos, pues el presentador lo interceptó y, con ayuda de los miembros de seguridad, lo arrastraron fuera del lugar mientras su equipo intentaba calmarlo sin éxito.
Sus gritos se fueron desvaneciendo, ahogados por la ovación atronadora del público. Esta vez, el rugido no era para 1968. Era para ellos... para los verdaderos campeones.
Bellamy cerró los ojos y soltó un suspiro que llevaba días conteniendo. Cuando los abrió, la realidad lo envolvió de nuevo... y ahí estaba Connor, al otro lado del bullicio, mirándolo. Apreció sus ojos chispeantes, el rostro encendido por la adrenalina, y una vitalidad feroz que parecía irradiar desde lo más profundo de su ser.
Bellamy dio un paso, luego otro. Y sin pensarlo demasiado, dejó que su cuerpo tomara el control, mientras el resto del mundo se volvió un murmullo lejano.
—Felicidades por...
Connor cerró el espacio que los separaba, lo tomó con firmeza por las mejillas... y lo besó.
Bellamy se quedó inmóvil por un instante, incapaz de creer lo que estaba pasando. Los labios de Connor, cálidos y decididos, encajaban con los suyos como si el tiempo no hubiera pasado, pero sí había pasado... y eso lo hacía aún más real. Más necesario.
Reaccionó, al fin, rodeándolo con los brazos y devolviéndole el beso con todo lo que tenía guardado. El sabor a hierbabuena lo golpeó como un recuerdo lejano, el cuero de su chaqueta, el temblor sutil de su respiración. Todo en él era memoria... y presente.
Cuando se separaron, apoyaron sus frentes, los ojos cerrados por un instante. Connor deslizó una mano hacia su nuca, sus dedos acariciando su piel.
—Gracias, Bellamy —susurró. Sus ojos brillaban con lágrimas.
Bellamy sintió que algo sanaba dentro de él al escuchar su nombre dicho sin enojo, sin rencor... solo con cariño.
—Gracias a ti —respondió, limpiándole las lágrimas con el pulgar—. Por confiar en mí... y por volver.
Connor sonrió.
—Sabía que eras mi amuleto de la suerte.
Bellamy rió suavemente, y lo besó de nuevo. No le importaron los vítores, las luces, ni los gritos de celebración que estallaban a su alrededor. En ese instante, solo existían ellos.
Esto era lo que le faltaba. Lo que quería.
Y por fin... era suyo.
—¡Hundred y Lynx son los ganadores de Danger Zone 1997!

Ay, no saben cuánto me gustó escribir este capítulo, sentí mucha satisfacción dándole un desenlace justo a mis niños. 🤧
En fin, nos vemos en el epílogo... 👀
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top