CAPITULO 2

EDA WEBER
Estaba segura que la alarma no había sonado, no recuerdo haberla apagado como solía hacerlo. Ponía como cinco alarmas, las cuales sonaban cada diez minutos. Y por supuesto, todas las omitía. No me avergonzaba negarlo. Porque desafortunadamente así era. Pero aborrecía que gracias a mi pereza, siempre llegara tarde a donde quiera que yo fuera.
Me levanté brincando de la cama. Me metí a la ducha y en menos de diez minutos ya estaba cambiándome de ropa. Cepillé mis dientes. Revisé el móvil el cual indicaba apenas darían las seis más treinta. Lo que no había visto era la cantidad de llamadas que mi madre había hecho. Tampoco los diez mensajes que me mandó poniendo un:
*No podré pasar por ti, si no llegas temprano al instituto, te va a ir como en feria*
¡Joder! Irme como en feria era castigarme si era posible de por vida.
Me apresuré, puse mis zapatillas de deporte y mis vaqueros con una remera negra de Zeppelin. Salí corriendo de mi habitación tan pronto como pude tomando la mochila colocándola en mi espalda. Me iría caminando, la llegada al instituto estaba a veinte minutos de distancia, pero caminando a mi paso lo más posible es que estuviese a una hora, y si no me apresuraba no llegaría a tiempo a mi primera clase de literatura. Y por lo que escuché, la profesora Gibson era una persona muy estricta con la puntualidad.
Mi estómago rugió. Y no tuve otra opción más que regresarme por algo de fruta y yogurt para comerlo en el camino. Para mi mala suerte ya eran las siete más diez de la mañana, y si no corría, seguramente no llegaba. Entonces, opté por esa última opción. Correr.
Coloqué mis audífonos, puse algo de música y corrí por toda la banqueta, cruzando calles y una avenida que dividía otras del instituto. No llegaría, faltaban poco más de diez minutos y apenas si iba a mitad de camino.
—¡Oye! ¡Eda! —escuché mi nombre proveniente de alguien.
Volví la mirada y ahí se encontraba Thomas en su coche moderno de dos puertas. Thomas, el chico de la sonrisa linda.
—¿Vas tarde, no? —preguntó. ¡Pues claro!
Asentí a su pregunta sin objetar respuesta. Me faltaba la respiración.
—Anda, sube, yo te llevo.
—Me has salvado —dije en apenas un susurro cuando por fin logré respirar con facilidad.
Me subí al coche. No era fanática de los coches, pero sabía cuál era el de Thomas. Un Honda Civic de modelo desconocido. Pero sin duda algo moderno para el año.
Me senté en el lado copiloto y coloqué mis pertenencias sobre mis piernas. Al regularse mi respiración, pude articular palabra de nuevo.
—Muchas gracias, de verdad Thomas —agradecí.
—No hay de que, y dime ¿Qué clase tienes?
Lo miré. No me había dado cuenta de lo guapo que era en realidad. Sus pestañas rizadas hacían resaltar sus ojos café almendrados con intensidad. De pronto, vi una mano agitándose frente a mis ojos y a un Thomas sonriente.
—Por un momento creí que te había perdido -dijo con una risa. Sentí el bochorno en mis mejillas.
—Lo... lo siento.
—Está bien Eda.
Arrancó el coche adentrándose a las calles hasta llegar al estacionamiento del instituto. Para mí fortuna aún faltaban cinco minutos. De los cuales Thomas me acompañó hasta el salón de clases. Hablamos de mí, por supuesto. Las habituales preguntas para alguien que es nuevo. « ¿De qué ciudad vienes? ¿Te gusta la estadía en el instituto? ¿Por qué se mudaron?» Entre otras preguntas más. Y con lo buena que soy contando mi vida, fue que le hice saber cada detalle de la misma, bueno, al menos una parte de ella.
—Entonces... ¿Almorzamos juntos? —me pregunta Thomas, a lo cual, asiento. —Bien, nos vemos en la cafetería.
—¡Claro! Y gracias otra vez, me has salvado.
Le di la espalda y me adentré al salón.
Sentí las miradas de todos « ¿Por qué me miran así?» Me pregunté sabiendo muy en el fondo porque. Aún no llegaba la profesora como para que me mirasen así. Entonces, conforme me dirigí al pupitre que se encontraba al finalizar la primer fila junto a la puerta de la entrada, es que me di cuenta del porque me miran de esa manera. Y es que, por extraño que parezca, Ander y yo, íbamos vestidos con la misma remera.
Ander me miró y soltó un bufido de fastidio. Colocó las yemas de sus dedos en la frente y después volvió a mirarme.
—Bueno, al menos tienes buenos gustos musicales. —Le dije sentándome delante de él.
—Para mi mala suerte. —Contestó.
Estaba por responderle maleducadamente, pero la profesora Gibson entró. Una mujer de estatura media, cuerpo esbelto y con gafas puestas. Su rostro era una dulzura total, nada que ver a lo que se hablaba de ella. Habló con una dulzura de voz, suave y cálida.
—No dejes que te engañe. —Susurró Ander en mi oreja izquierda provocándome un escalofrío. —Así es ella. Dulce por fuera, agría por dentro.
Solté una risilla, y eso bastó para que la profesora Gibson se dirigiera a nosotros dos.
—¿Algo que agregar a la clase? —nos preguntó. Ander respondió con un seco no, mientras yo, me quedé callada. —Señorita Weber ¿Algo que agregar? Porque para cuchichear son buenos, pero para poner atención, por lo visto no.
¿Cuchichear? Enarqué una ceja, y como nunca me quedo callada, le pregunté:
—Disculpe mi ignorancia maestra, pero... ¿Qué es cuchichear?
Ander soltó una carcajada por lo bajo. La profesora me miró mal y dijo algo como: « ¿Por qué ahora los alumnos están mal programados?». Después, se volvió al escritorio, tomó un marcador y comenzó a escribir en el pizarrón blanco.
—¿Qué es? —le pregunté a Ander susurrando.
—Es cuando no te callas la boca Weber, y tú —hizo una breve pausa mirándome con sus bellos ojos color verde —, hablas mucho.
Enlazamos nuestras miradas. La de él verdosa y la mía café clara. Después, me encogí de hombros. Me sentí ofendida, se veía que la profesora Gibson era una buena persona, y resultó lo contrario.
La clase duró tres horas que se me hicieron eternas. Y antes de retirarse, la profesora Gibson habló:
—Bien, harán equipos de dos personas —escuché a Ander maldecir. —Y no es opcional Ander, también te unirás a uno. Bien, anoten el nombre de los dos integrantes en una hoja y colóquenlos en mi escritorio.
Todos en la clase tenían su grupito de amigos. A mí y a Ander, nos excluían de ellos como si fuésemos unos apestados. Nadie me dijo si quería formar equipo con alguno de ellos, ni siquiera Ander lo hizo. Lo miré de reojo y éste estaba con la cabeza apoyada en la paleta del banco, seguramente dormido. Así que lo siguiente que hice, fue arrancar una hoja de mi cuaderno, anotar mi nombre y el de Ander en él, y después, lo llevé al escritorio de la profesora Gibson.
—Bien, comenzaré a nombrarlos y quiero que me vayan confirmado su equipo. Ander, despiértate, aquí se viene a estudiar, no a dormir —espetó eso ultimo molesta dirigiéndose a Ander quien se encontraba roncando. Solté un bufido al verlo. De verdad que Ander era un ser patético.
La profesora Gibson comenzó a nombrarlos a todos de uno por uno. Algunos se encontraban entusiasmados por haber formado equipo con su compañero de al lado. Todos, menos yo.
Miré a Ander quien ya estaba tecleando algo en su móvil por debajo de la paleta del pupitre. Pero cuando escuchó su nombre pronunciado por la Srita. Gibson, noté un gesto gracioso en él.
—Ander y Eda —ella dio un suspiro. —Ambos serán equipo.
—Perdón señorita Gibson, pero yo no me apunté para un equipo —confirmó Ander.
—Pues aquí está tu nombre en la hoja. —Continuó.
La señorita Gibson seguía anunciando los equipos hasta que terminó. Ander me miró mal, como si estuviese a punto de explotar. Sin embargo, se contuvo.
—Bien, éste trabajo en equipo consiste en crear una historia. No importa el género de la misma, pues el manuscrito será escribir la historia de la vida que creen que piensa llevará su compañero de equipo.
Tragué duro. Yo era un libro abierto, podían conocerme con facilidad, sin embargo había notado que Ander sería difícil de redactar.
—La calificación será individual.
¡Peor aún!
Escuché a Ander reírse mientras salía la señorita Gibson del salón. Y sin duda, sabía el porqué de su risa.
—Suerte con tú manuscrito, Weber. —Dijo burlón dándome dos palmaditas en el hombro.
Tomó sus pertenencias y salió. Estaba jodida, su forma burlona lo delataba, esta materia no sería para nada fácil.
(***)
En las próximas clases seguí pensando lo mismo. ¿Cómo rayos haré para sacarle la sopa a Ander? Y con su último comentario di por sentado que sería difícil investigar sobre él. Pues de lejos se le notaba lo engreído y arrogante que era. Eso sin contar el sarcasmo de sus palabras. No me gustaba para nada la gente de ese tipo, yo la evitaba. Sin embargo, él, sin darse cuenta, sabía cómo caerme bien a su manera.
—¡Hola, guapa! —escuché la voz de Thomas a mi lado mientras me dirigía caminando entre los pasillos modernos para llegar a la cafetería.
—Hola Thomas. —Saludé mirándolo y esbozándole una sonrisa.
Thomas era un chico guapo y alegre. Era un libro abierto. Tal como yo. Conforme nos encaminábamos a la cafetería, llegamos a una mesa concurrida de chicos y chicas. No lo sabía, hasta que ellos mismos lo mencionaron. Thomas era el quarterback del equipo de futbol americano en el instituto.
—Les presento a Eda —dijo Thomas al llegar a la mesa.
En ésta había tres chicos y dos chicas. Los chicos, de nombre Román, Daniel y Luke, me saludaron con amabilidad. Sin embargo, las dos chicas de nombre Irina y Katherine, me miraron mal. Sobre todo Irina, quien no dejaba de fruncir su entre cejo cada que me veía.
Sin duda noté que yo no le agradaba para nada, eso era seguro. Irina tenía el cabello rojo oscuro, al parecer de nacimiento. Era una chica guapa, pero seguramente vacía por dentro. Katherine al escucharme hablar y al darse cuenta que tenía una buena conversación con los demás, declinó por mí. Ella tenía el cabello castaño y unos ojos verdosos claros. Me caía bien. Por otro lado los chicos eran graciosos. Sobre todo Luke, ese rubio de cabello alborotado y ondulado, tan ondulado como el cabello de Ander, solo que el de Ander negro azabache.
—¿Quién come eso? —pregunta Irina dirigiéndose a la charola que sostengo de comida. Una hamburguesa con papas fritas.
—Soy de buen comer —contesté.
Todos conversaban sobre los partidos de futbol. No lo comprendía del todo hasta que Thomas me lo explicó. El deporte no era lo mío, pero trataba siempre de hacer ejercicio gracias a la insistencia de mi madre. Yo no tenía el mejor de los cuerpos, pero estaba bien agraciada.
El timbre para la siguiente clase sonó. Thomas se despidió diciéndome que me esperaría en la salida para llevarme a casa y accedí a ello gracias a que mi última clase era la de deporte.
Me encontraba en las gradas esperando el momento para correr. Me senté en la banca de en medio esperando por el profesor. El alumnado que se encontraba esperando, no se veían para nada entusiasmados. Así que mi ánimo cambió.
-Bien, el profesor Cisneros llegará algo tarde, así que por el momento a trotar -anunció una chica de estatura media, con ropa deportiva y el cabello sujeto a una coleta alta. Aparentaba no más de veinticinco años. -¡Andando!
Apresurada bajé las gradas y comencé a correr en la pista enorme del campus. No me quité la remera, si quería sudar lo haría con ella puesta. Lo único que cambié fueron mis pantaloncillos de deporte color negro con el logotipo del instituto.
No me había dado cuenta, pero el chico que corría con algo de pereza frente a mí, era nadie más y nadie menos que: Ander Boyce.
Llevaba puesta la misma remera que yo y con unos pantalones de deporte en color negro. Corrí más de prisa para alcanzarlo, tratando de quedar a su lado.
—¡Hola! -saludé con la respiración entre cortada y corriendo sobre la pista.
—Oye, lo tuyo ya es acoso -contestó con seriedad. O al menos su gesto fijo hacía el frente mientras corría, mostraba seriedad.
—¿Acoso? Estás loco —inquirí. No era acoso ¿cierto? —Lo tomaría como casualidad el que coincidamos en algunas clases.
De repente, dejó de trotar para seguir andando caminando. Y sin dudarlo, me detuve yo también.
—Me das miedo —solté una carcajada cuando Ander dijo eso. —Nada más falta que sepas donde vivo, que me gusta comer, si me como los mocos, y si tengo calzoncillos de la suerte.
—¿Tienes calzoncillos de la suerte? —pregunté curiosa.
Ander se rio a carcajadas. Me ofendí por ello, no era la primera vez que se burlaba de mí. Y ya no dejaría que lo hiciera de nuevo.
—Trato de ser amigable, Ander —espeté molesta deteniéndome.
—Pues yo no te pedí que lo fueras, como tampoco pedí estar contigo en el equipo, así que déjame en paz —dijo todo eso tan rápido, que comenzó a correr. —¡Acosadora! —exclamó después.
No pude omitir una risa después de que me dijera acosadora, porque ¿No lo era, cierto? ¿No era acosadora, cierto?
Denle amor a éstos dos ♥.♥
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