CAPITULO 5
EN ALGÚN LUGAR DEL OCÉANO ATLÁNTICO Y NORTE DE ÁFRICA...
https://youtu.be/7ouMpnkj4FA

AMELY
Mi resoplido somnoliento, se ahoga en algo suave.
Muy suave.
Tal vez muy sedoso.
No lo sabría decir.
Pero me cubre totalmente de forma fresca, cuando con un bostezo y algo entredormida aún, trato de acomodarme.
Ya que, se desliza con ligereza y sensación agradable sobre mi cuerpo desnudo.
Abro de golpe mis ojos.
¿Dije, desnudo?
Me incorporo de golpe en lo que estoy recostada y gimiendo por el movimiento brusco, por sentir dolor al cubrirme completa y arrastrándome, contra un rincón de la cama en que me encuentro asustada al verme.
¿Pero, cómo?
Pestañeo para tratar de comprender, dónde estoy y observando, que no solamente la habitación no reconozco.
Sino.
Que tampoco sé, por qué, llevo ambas manos y parte de mis brazos vendados y que duelen.
Palpo mi cabeza y lado de mi cuello, por notar que también esa zona me cubren pequeñas banditas sobre mi pelo suelto.
Y otro gemido sale de mí, cuando empiezo a recordar todo.
El puerto.
La niñita y la compra de sus pulseritas de caracoles.
Gaviotas.
Esos horribles bichos, atacándome sin piedad.
Y elevo ambos brazos mirando con más detención, que están cubiertos y envueltos con finas vendas.
Las giro frente a mí.
Guau.
Fueron curadas.
Me cubro más por las sábanas de seda de color negro noche, intentando focalizar mis ideas y las imágenes confusas que se apropian de mi mente y una otra vez.
Lo sucedido con ese par de viejitos de los puestos de mariscos, intentando ayudarme de esas aves.
Pero, nada más.
Nada.
Y me concentro en la habitación cual me encuentro, con un bostezo y recorriéndola con la mirada.
¿Pero, dónde diablos estoy?
No es muy grande, pero sí, toda en madera.
Como en la cama, donde estoy acurrucada.
Una grande.
Muy grande.
Mis dedos tocan la pequeña mesita baja, algo rustica y junto a esta, con solo una especie de mechero que encendida que iluminan tenuemente todo el ambiente.
Una vieja silla en un extremo y junto a ella, un gran baúl.
Y en la pared contigua, un perchero de pared colgando de ella y que apenas diviso por la poca luz junto a una puerta.
La que parece del baño.
Todo es agradable, pese al poco mobiliario.
Pero mis ojos, se vuelven al baño de golpe.
¿Baño?
¿BAÑO?
Y ambas manos, suben a mi boca para ahogar el grito que sale de mí, al recordar todo.
En realidad.
Sentir todo.
El agua cayendo.
Mojándome.
Mojándonos.
Mis ojos siempre cerrados.
Y su cuerpo con el mío.
Él curándome y también, bajo la ducha.
El contacto de mi mejilla y mis dedos, reposando en su pecho y sintiendo la silueta de ella marcada, cuando se deslizaban tocándolo.
Como también.
Ese suave roce por una de sus manos y de algo pasando, por cada una de mis heridas con cuidado y lentamente bajo la ducha.
Su piel mojada...
Flexiono más mis rodillas contra mí y apoyando mi barbilla sobre ellas, para mirar a la pequeña ventana que hay en todo el ambiente.
Y mi mirada con mi único pensamiento, se pierden en ese cielo azul que regala como vista, como si fuera un bonito cuadro en su lienzo perfecto en tonos solo de la gama de los azules.
El chico del callejón y loquito del manicomio, con su voz murmurándome bajo la ducha.
Esa voz tan él que guardé en mí, estos años y que por fin terminé de reconocerla.
Díscola.
Pero suave y con ese acento milenario.
Llena de sentimientos.
Pero, sin dejo de emoción.
Diciéndome.
Confirmando, lo que recuerdo y que le pregunté con un susurro.
Que él, era...
Constantine.
La suave seda oscura se arrugan entre mis dedos por tener mis manos como puños, por apretar estas fuertemente.
Oh Dios.Oh Dios.Oh Dios.
Mi único deseo por tres navidades.
Por tres cumpleaños.
Siempre ese deseo que para mis adentros, pedía.
Rogaba...
Y Santo Dios Bendito, se cumplió.
Estoy tan abrumada por la emoción, que ni siquiera puedo encontrar las palabras o lo que siento.
Pero sí, algo tengo claro y determinante en mi cabeza.
Salir de esta habitación para enfrentarlo.
Verlo...
Con algo de la sábana envuelta en mí, me incorporo y salgo de la cama.
El piso en madera cruje por mis pies descalzos sobre él y al hacer unos pasos en búsqueda de mi ropa en dirección a esa vieja silla y el perchero.
Pero mi mano recorriendo esas prendas colgadas y las que están algo dobladas sobre esta, no son las mías.
Son de él.
Unos viejos jeans, un par de camisetas y una gorra de beisbol.
Y no puedo no evitar, pasar mis dedos por el borde de esta ya algo ajada por el tiempo.
Porque, es la de siempre.
Y mis labios dibujan una sonrisa.
Porque es la que llevaba puesta el día del partido de Caldeo como en el Hospital, para luego días atrás en el mercado de pulgas de la ciudad, cuando mi cámara la capturó entre el gentío y esos niños jugando en la gran fuente de agua.
El chico del callejón.
Y el loquito medieval.
Son el mismísimo, Constantine Kosamé.
Está vivo.
Rasco nerviosamente mi pelo, con ambas manos por costarme creerlo.
VIVO.
Porque, Constantine nunca murió.
Mis ojos vagan a los pies de la gran cama y camino hacia ella, al notar por sobre el bajo respaldo y doblada con cuidado un par de prendas.
Unos limpios pero viejos pantalones de hombre tipo marineros y en negro, abotonados sobre un lado que extendiendo frente a mí y sujetando mejor la sábana que me envuelve, con una amplia camisa tipo navegador de cuello grande y color clara que unen este, con unos hilos que cuelgan de él.
Arqueo una ceja.
¿Para mí?
Y me encojo de hombros, vistiéndome con ellos e intentando acomodar lo mejor que puedo, la enorme camisa dentro del pantalón para llenar lo que sobra al tenerlas puestas.
Mierda.
Pero es imposible.
Y tomando uno de sus lados para que no caigan, me encamino descalza a la salida.
A la puerta abierta, que escaleras arriba me llevan afuera.
Pero un mareo me invade.
Pestañeo.
¿Y eso?
¿Esto acaso, se mueve?
Me pregunto, apoyando una mano en el marco de esta.
Y un suave meneo, siento en mis pies y movimiento en mis manos.
Santa Mierda.
Apuro mis pasos otra vez a la única ventana, saltando por sobre la cama y casi perdiendo el equilibrio por ello, ganándome una queja de dolor por mis brazos lastimados.
Acariciando las heridas de uno, miro por ella.
Diablos.
Re diablos.
Celeste y más celeste.
Arriba y abajo.
Cielo y no tierra.
Solo celeste cielo, con celeste...
Mar.
¡MAR!
Me giro contra la habitación, apoyando mi espalda contra la pared de madera, mirando todo lo que me rodea nuevamente y respirando fuerte.
Por.Que.Jodidamente.
¡Estoy en un barco!
¡Y NAVEGANDO EN PLENO OCÉANO!
Mi mano aprieta mi pecho, arrugando el cuello de la camisa.
Gimo.
- ...ay Dios...soy muy mala, nadando también... - Chillo bajito y observando esta vieja cosa flotante llena de poca fe, por si se hunde bajo la furia del mismo Poseidón.
Exhalo aire, retomando a la angosta puerta y con un pie en el primer peldaño, que al pisarlo acusa mi presencia.
Puta barcaza vieja de la prehistoria.
Elevo mis ojos por unos segundos y sin moverme a la escotilla peldaños más arriba y que abierta, me regala un panorama amplio de la cubierta de este antaño barco y ese cielo, casi despejado en celeste mar.
El sonido del oleaje golpeando este y la brisa marina acoplándose a las velas, que con cada legua que hace, se mueve en un tranquilo vaivén colmando mis sentidos con cada paso que doy.
El sol me invade de lleno con medio cuerpo fuera de la escotilla y utilizo una mano para cubrir mis ojos y no me cieguen quieta sobre mi lugar, rogando que mi estómago se acostumbre a las náuseas, que empiezo a sentir por el movimiento del barco.
- Tabdu fi al'ufuq...(Mira el horizonte). - Su voz me da la bienvenida.
Ok.
No esperaba un gran abrazo.
Como tampoco flores por doquier y con Constantine de rodillas, pidiendo perdón.
No solamente por mentir a todos y a ese hermano que lloró sobre su tumba "vacía" y cargando con su muerte, por darle su "vida" a él.
Como tampoco por mentirme a mí, por cada uno de esos días que lo acompañé en el Hospital, creyéndolo muerto en vida.
Ni tampoco, por no saber jodidamente nada de él estos tres años y extrañarlo tanto, que sentía con cada lágrima que derramaba por él, que se me desgarraba el corazón.
Furia.
Que por tres años consecutivos en víspera de su muerte, me emborraché de tal manera hasta que solo por mi corriente sanguínea, corriera alcohol para olvidar el gran dolor que llevaba conmigo.
Más furia.
Por ocultarme su paradero y hacerme creer, que era un malhechor sexi y caliente como la mierda en ese callejón.
O por invadir mi domicilio en plena noche como tal rufián, loquito y desequilibrado, vestido tipo fans gamer del príncipe de Persia.
Nop.
Repito.
No lo esperaba.
Pero esa fría palabra en árabe, sin dejo de emoción y de mierda.
Me confirmaba sin alguna duda, que él era el agrio y huraño, pero bonito Constantine roba suspiros.
Un Constantine que de espalda a mí y con ayuda de ambos brazos, enrosca de forma hábil una gruesa soga, mientras mira más allá del horizonte marino.
Hago un paso, aún indecisa sobre el piso y en ese siempre movimiento que vibra y siento sobre mis pies descalzos y propio de la navegación.
Mis ojos acostumbrándose a la nitidez del día y usando uno de los mástiles para que me ayude con el mareo que me amenaza, me apoyo en el para verlo mejor.
Y porque, toda yo se llena de emoción de tenerlo a metros mío.
Mi mano aprieta poderosamente este, para no desfallecer en el intento al ver vivo y sin poder creer aún, que mi dulce milagro con corazón de piedra.
Nunca murió.
Siempre, estuvo vivo.
- ...tabdu fi al'afiq, nuqtat thabitat. Thadiat mashaeiruk min alddawkh... (Mirar al horizonte y punto fijo, es lo que aplaca la sensación de mareo). - Prosigue como si nada, aún de espalda y con un movimiento de su cabeza haciendo a un lado su pelo negro como la noche, ahora más largo y sujeto con una media cola cubren sus ojos.
Pero estos, vuelven sobre él.
Inevitable, por la brisa marina que corre por nosotros y negándome la vista de sus ojos color agua.
Y yo, intento acomodar el mío detrás de una oreja.
- Gracias... - Digo entendiendo algo de lo que murmura, sin poder evitar recorrerlo con la mirada.
Mi vista va a esa espalda.
¿Dije, desnuda?
Jodidamente desnuda, por solo llevar unos holgados pantalones de lino claros como este día, siendo testigo de nuestro encuentro y que caen de forma pecaminosa por sus lados, mostrando a todo esplendor la "V" de ese vientre tonificado y fisonomía como gran altura igual a Caldeo.
Pero más fornida y comestiblemente, más trabajada.
Que bajo el sol, esa piel café con leche mezcla de dos culturas antepasadas, brilla por el sudor de este sol africano, mostrando con cada uno de sus movimientos y con una leve flexión de su cadera estrecha como sus brazos y hombros, se hinchan por el esfuerzo exigido al recoger la red que unida a esa soga acarrea y trae algo del mar de forma pesada.
-...no lo hagas. - Solo, es su respuesta por mi agradecimiento en mi idioma, pero con ese acento milenario, sin voltear y con ayuda de una vieja polea, para terminar de juntar la red y subirla al casco del barco.
Nunca me mira.
¿Lo hace apropósito?
Sigo con mi mirada y desde mi lugar, cada uno de sus movimientos donde el centenar de peces que pescó y sin voltear a mi dirección, abre una pequeña escotilla del piso junto a sus pies y vacía su red de la mercancía allí y en el interior de esta.
Los dedos de mis pies juegan entre sí, algo nerviosa y sin soltarme al mástil que sigo apoyada.
- ...que no haga qué, Constantine? - Murmuro, haciendo un paso a él y evitando no caer en el intento, por el movimiento del barco que empiezo a ver y notar maravillada, su diseño como construcción primitiva y antigua.
Preguntándome y añorando saber, dónde está mi cámara fotográfica, porque media docena imágenes captada por ella, sería hermoso para ser parte de mi colección personal.
Se gira a mí, de golpe y con un movimiento preciso, fuerte y certero de uno de sus pies también descalzos, empuja esa pequeña escotilla para cerrarla de forma dura.
Interrumpiendo ese sonido, toda la calma que nos rodea y provocando, que me detenga en mi precaria caminata y de un salto sobre mi lugar.
Busco la ayuda de una soga que cuelga de una de las velas y me sostengo para un mejor equilibrio, mientras la otra se aferra más al borde de los pantalones que llevo puestos, para que no caigan.
Y muerdo mi labio inferior, porque creo que la cagué.
¿Acaso, se enojó?
Sus hombros se contraen frente a mí, siendo lo único como movimiento en los pocos metros que nos separan y como cavilando con su mirada al piso que decir.
Puto hombre hermoso y de pocas palabras.
Su mano sube a su pelo para hacer a un lado los mechones que caen de este y cubren parte de su rostro y ojos.
Y la luz se hizo, cuando lo hace.
Y yo, casi me hago pipí de la emoción al ver su rostro descubierto y mirándome, después de mucho tiempo.
Y de muchos años...
De esa forma profunda y seria, tan él.
Como una linda estatua en granito dorado y cual, el único vestigio que me acusa que está con vida, es su pelo que por la brisa marina que se empieza a levantar y mueve a sus lados, sin apartar su mirada de mí.
Dios querido...
Estos años mis recuerdos no le hicieron justicia a sus facciones demasiado perfectas y viriles, de rasgos egipcios en su rostro.
Y mi corazón colapsó de un salto reviviendo más ese sentimiento por él, ante el calor de esa mirada paradójicamente gris, fría y de color hielo única en su especie, tan iguales a la de su hermano.
Me quedé ciega otra vez, como tres años atrás.
Porque, Constantine fue y sigue siendo.
La cosa más bonita, puro misterio y exótica, que jamás vi en mi vida.
Haciendo honor a esa bribonada de fingir su muerte como convertirse en ese caliente malhechor de callejón, roba besos de mujeres o ese sexi loquito de vestimenta medieval, que entra a media noche a la habitación de ellas.
Porque, Constantine Kosamé.
Es un bandido de corazones...
- Agradecer... - Dice seco y viajando su mirada de hielo a mi rostro, luego a mi mano que sostiene el pantalón, aún para no caer y por último al horizonte marino.
Se aleja algo, por busca de una bota de cuero con agua fresca y que cuelga del otro mástil.
La descorcha y bebe mirándome a través de ella.
- ...yo, no cuido a nadie. - Es tajante. - Si no mantienes tu mirada en el horizonte, vomitaras y no quiero esa mierda tuya en mi barco... - Da otro gran trago, limpiando su boca con el dorso de su mano.
Jesús Bendito.
Quiero ser esa mano que acaricia esa boca promiscua de pensamientos impuros, para luego abofetearlo por su poca caballerosidad.
Su mirada, me recorre duramente de abajo hacia arriba.
Lento.
Muy lento.
Y enfadado.
Desde mis pies descalzos a mi rostro.
¿Qué le hice?
Y creo que con cierta fijación a mi pelo suelto que vuela por el viento.
Creo, dije.
Sus dedos corren a un lado un aparejo que parece esas jaulas para pesca de cangrejos, para quitar una camisa que está a su lado y del color de su pantalón para ponerse.
Elevo mis brazos frente a él, para mostrar las vendas que me cubren.
-...ni por curar mis heridas?
No se lo abotona, pero sacude su cuello para acomodarlo y regalarme otra mirada de mierda y a juego con un resoplido, sin darme tiempo a babear de lo caliente que se ve.
- ...tú, eres fuente de problema... - Mis ojos se estrechan y cruzo mis brazos por eso y como puedo sobre mi pecho y capto cierta chispa en sus ojos agua, ante lo que parece una sonrisa que se quiere curvar.
Pero se niegan esos labios dibujados de los lindos que son por el mismo Dios Ra, Alá o alguna naturaleza divina.
- ...no te iba dejar morir en la vergüenza, de ser comida por aves... - Me arquea una ceja con suficiencia.
Pero, que hijo de...
- ...cualquiera y el más tonto sabe que los caracoles Achatina Fulica que predominan en mi país, son una fuente tanto de nutrientes como afrodisíaco para esas aves... - Pasa por mi lado ignorándome. - ...ahora, eres una carga como los peces que llevo... - Rumea.
Lo sigo con la mirada.
- ¿Carga? - Repito, haciendo que detenga sus pasos y voltee a mí, asintiendo en silencio.
Sus ojos van de vuelta a mi mano y mi cintura que lucha por sostener los pantalones que llevo y no caigan.
Y a su vez, aferrarme a la soga que me auxilia con el vaivén, del movimiento del barco sin responder.
Putos hermanos Kosamé y esa mierda de silencio perpetuo, que llevan en la sangre.
- ¡Carga! - Chillo otra vez. - ¿Y por qué, no me dejaste en mi departamento luego de sanar y no seguir siendo tu, "fuente de problemas?" - Recalco.
Niega.
- Porque, no puedo ser visto por mucha gente...me reconocerían...- Su voz se desvanece. - ...lo mejor era que cures y lo hagas por ti misma...
Inclino mi cabeza, corriendo mi pelo a un lado.
Y mis ojos van al cielo, ya que ciertas nubes como la brisa, ahora son más fuertes y han aumentado.
Como también, mi curiosidad de saber y preguntar, por qué hizo todo esto.
¿Cuál fue su causa, que lo determinó?
Y lo más importante.
¿Qué ganó, matando al viejo Constantine para darle vida a este?
Un humilde pescador, viviendo en un viejo galeón...
Pero las líneas de determinación en su rostro, no se relajan como tampoco la rigidez de sus labios, ya fuera de esa sonrisa escurridiza que intentaba disimular.
Sería en vano preguntar.
Porque, no va responderme.
Por ahora...
- ¿Y ahora, viajo contigo? - Miro la inmensidad del mar y los ciertos de nubarrones grises que trae consigo el viento del norte que no me pasa desapercibido que con su llegada, aumentó la intensificación del oleaje y que golpea la proa, con cierta fuerza ahora el barco.
Constantine también mira el cielo como yo, pero sin un dejo de temor.
- ...debía zarpar de madrugada hoy... - Me mira. - ...no me quedaba otra opción...
¿Madrugada?
Guau.
¿Acaso, dormí más de 24 horas?
- ...pero, despertaste... - Vuelve sus pasos a unos escalones de popa más arriba, donde en un pequeño espacio se encuentra el timonel. - ...a la salida del sol, estaré en las coordenadas de las costas cerca del palacio del Sayyid... - Se detiene en tercer escalón, para mirarme sobre uno de sus hombros, con su ceño totalmente fruncido. - ...unos kilómetros y serás recibida por mi hermano y 'amira Juno...
Y arruga más, este.
Lo que no sé, si es por ser esa molesta carga como me bautizó o por las insipientes gotas de agua que comienzan a caer del cielo.
Una.
Dos gotas.
- ¿Kilómetros? - Exclamo, agarrando nuevamente de la soga que escapa de mi mano por el viento que crece.
Lo miro con odio.
- ¿Me dejaras en la nada de los riscos de las costas, para que camine hasta el palacio de tu hermano?
Se encoje de hombros como respuesta.
- Eres sana, podrás con ello. - Seco.
Puto cabrón sin sentimiento.
Y más gotas, empiezan a golpear sobre mí y él.
Suelto la soga para caminar hacia él, con ira y con ayuda de lo que encuentro en el camino.
Jodido barco, que se mueve mucho.
Y docenas de más gotas insipientes, comienzan a caer y dibujar de forma húmeda el piso en madera anunciando la lluvia.
Una tras otra.
Muchas.
Cientos.
La mirada de Constantine se oscurece de un gris plomizo, como las nubes que cubren el cielo al verme caminar a él y observando lo que nos rodea, haciendo su pelo mojado por la lluvia para un lado.
- ¡Quédate, donde estas! - Su rostro se transforma, al gritarme con brusquedad y bajando los escalones de un salto. - ¡Easifa Sahara! (¡Tormenta del Sahara!).
Pero no me importa, como tampoco entiendo lo que me grita.
Come mierda, manda más.
Como jodido viento que se levanta y hace que pierda el equilibrio, pero con ayuda de la pared de un lado del galeón, me sostengo.
- ¡Púdrete! - Chillo y agradezco la copiosa lluvia que comienza a caer sobre nosotros, que disfrazan mis primeras lágrimas y que se deslizan sobre mis mejillas.
Me las limpio con odio, como la lluvia abundante que me moja e impide ver bien de mis ojos.
- Maldi... - Intento decir.
Pero un fuerte oleaje, golpea contra un lado del casco, trayendo agua consigo y al interior, inundando parte de ese lado, mojando y cubriendo mis tobillos desnudos.
Miro mis pies.
Su frío contacto me hace estremecer y perder el precario equilibrio que a duras penas sostengo.
Y no puedo escuchar lo que Constantine me vuelve a gritar o advertir, por el sonido del viento golpeando y arremolinándose de forma fuerte en las velas.
Pero sí, ver el motivo.
Un segundo oleaje, viniendo hasta donde estoy.
Carajo...
Aunque su tamaño no es grande, su golpe es duro al chocar contra mí e invadiendo nuevamente el casco y su piso.
Mis pies en el intento de aferrarme a algo, pierden completamente la estabilidad y resbalo sobre él, cayendo contra el piso y llevándome consigo la corriente de agua al otro extremo del barco y con una leve inclinación de este, parte de mi cuerpo voltear al lado del mar, mientras me sujeto de su borde.

CONSTANTINE
El cansancio por el dolor y el fuerte ungüento de preparación casera a base de hiervas medicinales de mi pueblo con el yodo en manos de Cabul, la habían sedado.
Luego de despojarla de toda prenda, secarla con cuidado y recostarla con suavidad en la cama de mi camarote y verificar sus vendas por última vez.
Subí escaleras arriba dejando algo de ropa mía sobre los pies de esta, para que vistiera cuando despertase por desgarrar con mi daga la suya.
No podía devolverla a su departamento.
Como Cabul, tampoco.
Viste como pescador pobre para venir a verme y yo, otro tanto cuando estoy acá.
Vernos cargando una americana, levantaría sospechas.
Esas sospechas a la guardia real.
Y tales...a los oídos del Sayyid.
Mi hermano.
El plan era simple.
A media mañana del día siguiente y con sus heridas ya sanas.
Dejarla en las costas y a pocos kilómetros del palacio.
Caminar es salud, dicen.
Y por otra simple razón.
No me tenía que importar.
A la mierda.
Nada de la mariposa.
Muchas coincidencias.
Y siempre ella.
Kaf.(Basta).
No más.
Y luego de mi confesión, más decidido en ello.
Ya que sus sospechas fueron confirmadas por mí, mismo.
Imposible, no.
Eso o dejarla ser atacada por las aves.
Nadie hubiera llegado a tiempo para salvarla en esta precaria y zona alejada del puerto.
Y aunque, me tendría que invadir un sentimiento de preocupación por saber de mi verdad la mariposa.
Aparte de mi maestro y mentor Cabul con almuharibin alnnar. (guerreros de fuego).
No las hay.
Yo no lo siento.
No me pone en alerta.
Y eso, me preocupa más.
Estoy en sosiego ante ello.
Calma absoluta.
Como esa suave paz, que se desata entre dos terremotos.
Y niego, saliendo hacia las afuera de la escotilla.
Mala señal, Constantine.
Para tu corazón...
Un fuerte resoplido sale de mí y dando un salto a la punta de la proa, sosteniéndome fuertemente desde su barandal de madera y diseño viejo labrado por mis antepasados artesanos.
Y mis nudillos se ponen blanco por ello.
El viento golpea contra mi pecho de forma cálida por hacerle frente sin escudo y en la cúspide de este, mientras relajo mi pecho tenso por lo que me provoca la mariposa dormida, escotilla abajo.
Cierro mis ojos y me dejo llevar, por el movimiento de mi galeón en su meneo cruzando el mar.
Mi mar...
Y el que cruzaron mis antepasados.
Hijos del pueblo de Abraham.
Los Ur de Caldeos para convertirse.
Y convertirme, también.
En un sangre Qurash y lo que corre en mis venas con pasión.
Seguir nuestro mundo, bajo la voz ancestral de nuestro mayores para que lata siempre la memoria de nuestra gente y nuestro clan no se extinga.
Un nómade guerrero para y por la paz de mi pueblo.
Sea del corazón o no.
Y no, para ser llenados con sentimientos por ella.
Eso, no son buenos para mis planes y contra la reina madre.
Pilar fundamental de la mierda contra la que voy a luchar, ni la lacra principal y bajo su mando.
El ruso.
Y mi pecho me traiciona con una fuerte punzada, en solo pensar a la mariposa metida en todo esto.
En Varcovich con sus manos manchadas de sangre, por piel de flores rosas como la llaman en ese argot podrido y genócida sobre Amely.
La imagen de su bonito cuerpo desnudo y solo vestido por las vendas que cubrí para sanar sus heridas y braguitas puestas, vienen a mi mientras la recostaba con cuidado para no despertarla.
Jamás lo permitiría.
Mi Argema Mittrei, nunca.
NUNCA.
Por eso, tiene que odiarme.
Alejarla de mí.
Y más doloroso que el filo de mis dos espadas, para lograrlo.
Es mi propio yo, contra ella...
Pero mi control y meta que me odie, se desploma como naipes sobre la brisa y como el viento de la tormenta tropical que nos ataca.
Porque mis ojos se estrechan al notar las nubes grises cubriendo el cielo, bajo la abundante lluvia que nace de ellas y sobre sus reproches viniendo hacia mí, cuando despierta y aparece de la escotilla.
Trastabilla por su poco equilibrio, pero logra reincorporarse bajo las primeras gotas de agua cayendo sobre nosotros y nuestra discusión, para convertirse en una abundante y poderosa lluvia.
Alllaena...(Carajo).
El colateral tropical de un monzón proveniente del Sahara, que convierten estos vientos alisios y secos del Nordeste en un cinturón húmedo de este lado del océano, transformándolas en una amplia tormenta de vientos ligeros y temporarios.
Que como las de arena o polvo, hay que aguardar que su cola pase.
- ¡Easifa! (¡Nada!). - La alerto desde los escalones que subí hacia mi timonel para alejarme de esa fuerza divina de atracción que ejerce sobre mí, como el primer día que la vi años atrás en el Hospital.
Y de esas ganas y fuerza como nuestra estrella Orion rogarle, para no amarrarla contra el mástil que se aferraba y atarla a esa soga que la sostenía y cogerla con brutalidad.
Duro.
Salté y corrí, por ella.
Pero un oleaje con la fuerza de dos vientos, golpea e inunda el casco.
Su cuerpo choca contra mi Sambuk y sin darle tiempo a reaccionar, sucumbe en otro ataque de una segunda ola que la arrastra hasta la borda, dejando parte de su cuerpo siendo tragado por el océano por colgar de ese lado.
Y mi corazón se paraliza al verla luchar para no caer, bajo el temporal del mar y la copiosa lluvia.
Escupe el agua que traga y a duras penas respirando, tratando sostenerse.
Su pelo suelto y desordenado, que minutos antes me costaba dejar de contemplar como verla vestida con mi propia ropa, ahora cubren de forma desordena y pegajosa su rostro por hundirse bajo el agua y volver a recuperarse en la borda.
No pierdo tiempo.
No durará mucho.
Con un movimiento tomando la cuerda que utilizaba para sostenerse, la amarro a mi cintura de un solo nudo diestro luego de verificar su fuerte agarre contra el mástil, cuando el mar se la lleva consigo.
- ¡Nada, mariposa! - Grito otra vez, corriendo a ella y contra la lluvia, al verla que lo intenta a duras penas.
Pero, las olas la alejan del galeón.
Y de mí.
Como si el Dios Bahamut la quisiera para él y pidiera a sus sirenas las olas, llevarla con él.
A su reinado.
Las profundidades.
Y gruño por ello.
JAMÁS.
Su cuerpo se inclina para atrás, volviendo a sumergirse entre ellas que la abrazan y la arrastran, creciendo la superficie de distancia.
No, maldita sea.
Sus brazos como sus pies, luchan por mantenerse a flote en la tempestuosa agua oceánica mientras a gritos me pide ayuda.
Cerré mis ojos y con un último jadeo desafiando la tormenta, di un salto por la borda lanzándome al mar con la soga atada.
Su frío y húmedo contacto, me colma al sumergirme en su profundidad.
Su turbulencia me impide ver, cuando lucho nadando con ferocidad contra ella y grandes bocanadas de aire, obligo a mis pulmones a tragar mientras con cada brazada de fuerza voy hacia ella.
- ¡Farashatan la shy'! (¡No dejes de nadar, mariposa!). - Grito tragando agua y sin dejar yo también de hacerlo, buscándola sobre las tormentosas olas y haciendo mi pelo a un lado como despejando mis ojos del agua helada.
Pero la fuerza de una, me impulsa y logro agarrarla.
Alhamd lillah. (Gracias Dios).
La abrazo contra mí y sin perder tiempo, la giro sobre el oleaje atacándonos para que la soga que me envuelve, la aferre a ella también pegando nuestros pechos.
Ambos jadeamos sin dejar de luchar, bajo las olas crecientes como la copiosa lluvia.
Sus hombros, caen como la fuerza de sus brazos.
Dios, no.
Rodeo su cuello con un brazo para atraerla junto a mí, más y escupo el agua que trago que una ola me obliga y grito para que me oiga sobre la lluvia.
- ¡Debes nadar, mariposa! ¡No te detengas! - La salinidad, quema mi garganta.
Sus brazos vuelven a intentar, mientras enrosca sus piernas sobre mi cintura.
- ...soy mala en eso, también... - Gime abatida, mojada y sin ya fuerza, pero sin dejar de luchar.
¿Dijo, también?
Y no puedo, cavilar mucho en eso.
Acuno mis manos en sus mejillas y la obligo a que me mire como focalice en mi rostro y mirada fija en ella sobre la tormenta y el agua.

AMELY
Me mira de forma dura.
Sus manos acunando mi rostro, me obligan a ello.
Pero sus pulgares, limpian y acarician mi mejillas y ojos de restos de agua que me cubre una y otra vez, por las olas y la lluvia que nos invade nadando en el mar.
- Es un monzón húmedo de vientos ligeros... - Jadea, al nadar por los dos.
Yo lo intento, pero no puedo.
La frialdad del mar y luchar contra ellas como sus olas, empiezan a entumecer mis extremidades.
Y Constantine lo nota y me rodea por sobre mis hombros con su poderoso brazo, atrayéndome más a él.
Me incentiva y quiero proseguir, pero una nueva oleada nos sumerge bajo una gran respiración de ambos y se lleva mis pocas fuerzas.
En la turbulenta profundidad, me aprieta contra él.
Fuerte.
Y pese a la turbia agua tempestuosa en las que nos sumergimos, nuestras miradas se encuentran bajo ella y conteniendo el oxígeno.
Dios...
Sensación extraña y hermosa, bajo las aguas del color de su mirada y mimetizada con ella.
Aprieta su frente a la mía y con un impulso de sus fuertes piernas, nos lleva de vuelta a la superficie.
Ambos escupimos agua y yo me ahogo con ella, procurando recuperar aire de mis pulmones.
- ...tormenta temporal... - Lucha y jadea asegurándonos más a la gruesa soga que nos envuelve. - ...es la cola de ella... - Prosigue y me obliga a mirarlo nuevamente.
Las olas nos golpean.
Nos quieren separar.
Sumergiéndonos y sacándonos de ella.
Una y otra vez.
Pero, Constantine no lo deja.
No lo permite.
Él.
No me abandona...
Pero el miedo está en mí y es como un escalofrío helado que me recorre por todo mi cuerpo y espina dorsal, acoplándose a la frías aguas que estamos inmersos.
- Es solo la cola de un monzón... - Sigue diciendo.
Me alienta obligando a mi rostro a que lo mire e intentando por ambos nadar al barco.
- ...va a pasar... - Jadea imperioso y con cada brazada que da en dirección a su barco. - ...confías en mí? - Grita, sobre la lluviosa tormenta.
Yo niego sincera temblando y su mirada se clava en mí, por eso con odio y curiosidad.
Estrecha sus ojos hielo.
- ...confías en mí? - Repite otra vez con su fuerte voz como su rostro.
Una piedra.
Y asiento rápido limpiando los míos, empapados por la lluvia y sobre su mano en mi barbilla sin dejar de nadar a su galeón.
He hice bien.
Porque, no sé si fueron minutos o tal vez horas.
Pero con cada nado que hizo por los dos sobre las bravas aguas y con la fuerza que le sobra como ese ímpetu que es todo Constantine luchando contra ellas y la lluvia, la tormenta de a poco se fue disipando y mermando.
Y tanto las olas como la tromba se convirtió de a poco en un suave oleaje, bajo una típico chaparrón de verano de un cielo gris.
Con su ayuda y la soga, logro subir al barco cuando llegamos y lo abordamos, cayendo ambos sobre el casco de este, jadeantes y contra el piso húmedo de forma pesada.
La lluvia ahora leve, golpea nuestros rostros con cada gota que cae agitados y mojados como nuestro cuerpos, por estar recostados contra el piso mirando el cielo cargado de nubes en ese gris aplomado por agua.
- ...Dios... - Susurro, temblorosa del frío. - ...nos salva...mos... - Gimo, intentando regularizar mi respiración agitada y palpando mi pecho dolido.
Pero, solo logro que una tos ahogada de agua y bronquial, se escape de mí.
Su rostro también agitado, por procurar respirar lo mejor posible, se gira a mí.
Como su gran cuerpo y frunce su rostro, al escuchar mis bronquios.
Y todo, después sucede rápido.
- Tus pulmones suenan... - Se abalanza sobre mí. - ...hipotermia... - Sale de él y como si, sintiera un sentimiento de familiaridad por ello.
Con su cuerpo sobre mí, desgarra la camisa de él que llevo puesta con un movimiento de ambas manos.
¿Eh?
- ...ambos... - Prosigue, obligándome a incorporarme y con un brazo bajo mi espalda y la otra, envolviendo mis rodillas y sin hacer caso a mis senos desnudos y como algo natural.
Me alza contra su pecho y en el camino, despojándome de los grandes pantalones que llevo puesto.
- ¡Estoy desnuda! - Chillo, con otra tos ahogada. - ¿Qué haces, Constantine? - Exclamo tapando mis chicas con mis brazos cruzados sobre mí y mis mejillas ardiendo por la vergüenza.
Pero, no contesta.
Haciendo a un lado su pelo algo largo y con un movimiento de cabeza para descubrir sus ojos.
Solo dice, bajando por las escotillas a su camarote y conmigo en sus brazos.
- Calor, mariposa... - Sale de él, una vez dentro de la habitación, pero no me recuesta.
Solo, me deja de pie al bajarme.
- ...sufriremos de una hipotermia severa, si no lo conseguimos... - Continúa, deshaciéndose de su camisa empapada y desnudando su torso, para tirarlo contra un rincón. - ...padecemos descenso de producción de calor... - Jadea tanto por el frío, como yo. - ...no podremos regular nuestra temperatura corporal, si no la buscamos con estas ropas mojadas... - Prosigue, desatando el precario hilo que sostiene sus pantalones de lino claros...
Oh Dios.Oh Dios.Oh Dios.
¿Se va a desnudar?
Pestañeo.
Mucho.
Porque...lo hace.
Sus pantalones, caen bajo él.
Duro contra el piso en madera y de forma pesada por estar mojados.
Y dulce y querido Jesús.
Constantine, no lleva ropa interior puesta.
Mis ojos como yo, caen asombrada sobre su gran desnudez y desde toda su altura frente a mí, mirando su pene.
Dorada.
Perfecta.
Grande.
Dura.
Y erecta desnudez.
M.I.E.R.D.A
Algo me envuelve de calor, despertándome de mis pensamiento y fijación.
- Abrazzame fawayrati mawi...(Abrázame muy fuerte). - Me susurra en árabe al envolvernos en una vieja, pero cálida cobija.
Entiendo lo que dice, pero no escucho su orden, que pese a que todo él es imperioso.
Porque, me lo dice de forma suave.
Como la lluvia calma, que ahora es el único sonido que se siente y cayendo sobre el techo en madera del camarote.
Como el aroma salino y a mar agradable llena de frescura, que ahora nos envuelve y llega por la única y pequeña ventana junto a la cama.
Como las bajas olas, lejos ya de ese temporal golpeando y ahora, en ese ya familiar sonido contra el galeón de Constantine navegando y cruzando sus aguas.
Extiende sus brazos sobre mí, para rodearme y ofrecerme con esa cobija y sobre él, la desnudez y el calor de su cuerpo sin pedirme permiso.
Y mi cuerpo, obedece.
El silencio invade.
Y algo temblorosa mezcla del frío por el mar y por la situación, me dejo abrazar.
El roce de su cuerpo desnudo y aún, húmedo sobre su piel fría como la mía, se contrarresta con el dulce calor que se ensambla con la proximidad y contacto de su piel desnuda con la mía.
Me sostuvo la mirada en su dulce silencio, mientras me dejé envolver y sin nunca bajarla, me atrajo más contra él y una ola sonó sobre una leve exhalación de él, al pegar nuestros cuerpos y sus manos cubrirme abriendo ellas, en mi baja espalda con una caricia.
Sus dedos con cierta aspereza por el trabajo forzado de la pesca y vivencia propia en un barco, era una descarga eléctrica de placer y para cada poro de mi desnudez, haciendo erizar mi espalda con esa torpe, pero suave caricia propia de este hombre ermitaño.
- ...wala tatrikuha farsha...(No me sueltes, mariposa). – Me dijo con voz ronca y llevándonos a la cama.
Me mira fijo.
- ¿Confías en mí? Repite nuevamente, la pregunta que antes dudé.
Y mi entrepierna, se humedece más.
Y Dios, al sentir reafirmar sus manos en mi baja espalda con otra caricia.
Mi voz no sale.
La obligo, pero se pierde entre mi corazón y pecho.
Creo.
Pero ahora afirmo sin dudar, bajo su mirada pidiendo por ello.
¿Y rogando?
Y una sonrisa leve, se dibuja en mis labios asintiendo.
Y otra, se dibuja en Constantine.
Pero, no en esos labios llenos y cincelados que su Dios esculpió por él.
Sino, en sus ojos.
Unos ojos cálidos irradiando calor, en su color agua de un frío hielo cristalino.
Me envuelve más contra él y con una flexión de su piernas, aferrándose más a mí y de un movimiento sosteniendo mi trasero desnudo, me alzó y obligo a rodear mis piernas sobre su cadera robándome un jadeo sin jamás perder nuestras miradas niveladas, mientras nos recostó en la cama.
- ¿Descansar? - Titubeo, sin moverme a un lado de él y con nuestros pechos desnudos pegados y aún, esa cobija rodeándonos sobre la suavidad de las sábanas en seda negra entre nuestras piernas enroscadas. - ...soy muy mala, en eso también... - Susurro.
Sus ojos cansados, se sonríen al escucharme decir eso y creo, que sus labios también por curvarse levemente para arriba.
Pero, solo se limita a negar y cerrarlos al acomodarse sobre la cama y provocando que su erección, golpee mi vientre robándole un duro suspiro por ese movimiento involuntario de agotamiento y para descansar junto a mí, como al mismo tiempo notando una mueca de mi parte por dolor en uno de mis brazos heridos por ello.
Pero, no nos separamos.
De ese contacto inoportuno que no nos negamos y late entre nosotros con una dulce atracción, pidiéndonos a gritos atención para sentirnos.
Yo, muerdo mi labio.
Porque su mirada es una lucha interna, bajo su pelo negro azabache medio oculto y cayendo sobre él por la postura.
Hace a un lado el mío y que cubre mi frente, de forma desprolija con una mano.
Para luego, con cuidado y una leve inclinación, besar sobre la venda húmeda y de forma casta cerrando sus ojos a esa herida de mi brazo.
- ...'Iillah alssama'a, 'aetani alquwwat bik wasawf turdi...(Dios de los cielos, dame tu fuerza y voluntad, por favor). - Susurra al fin, con sus labios sobre mi piel vendada y con ternura.
Y atrayéndome, más a él...
* BAHAMUT: Dios e ídolo árabe, con forma de pez que soporta la tierra.
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