CAPITULO 10


AMELY
La punta de la flecha al impactar certero y a gran velocidad en el medio del circular y centro de una silueta humana, dibujada con un trozo de ladrillo sobre la pared del jardín trasero del viejo campanario.
Se clava precisa y frente a mi nariz con mi boca abierta, de asombro al ser testigo.
Cuando le pregunté al diminuto.
Aguerrido.
Singular.
¿Y mejor amigo?
De mi muertito en vida.
Cuál era su mérito extra parroquial que todo él irradia, aparte de profetizar la palabra del Señor y de ser el oído como el perdón de las fechorías y pecados de Constantine en sus confesiones.
- Mierda... - Sale de mí, sorprendida y tapo mi boca con ambas manos por mi blasfemia con mirada de súplica, al estar frente no solamente del párroco.
Sino.
En este lugar sagrado.
La risa del bajito Pablo, se hace sonoro en todo el jardín trasero mientras saca la flecha impactada de la pared de un movimiento y sopla la punta de este, por dejos de sedimento con sus dedos.
Camina hacia mí, de los más tranquilo haciendo oídos sordos a mi juramento.
- Mi familia inglesa por generaciones, se destacó en la arquería... - Relata a mi lado. - ...como mis ancestros... - Rueda sus ojos divertidos. - ...bla bla bla de abuelo, padre y luego yo, como hijo mayor... - Justifica su hazaña y disciplina, sintetizando.
- Pues chico, eres grandioso... - Acoto, aún sin poder creer su precisión exacta desde tal distancia en que lo hizo.
Y un rubor tímido, cubre sus mejillas por mi halago sobre su sonrisa, pese a su barba tupida y rojiza como prolijamente cuidada, que cubre gran parte de su rostro.
Dándole un aspecto más aniñado por su pequeñez como contextura física.
Como también.
Dulcemente adulta.
Estira ambos brazos con flecha y arco a mí.
Sonríe más.
- ¿Quieres intentar?
Suelto una risa insegura y retrocedo un paso, negando con mis manos.
- ¿Yo? - Vuelvo a negar nerviosa. - Soy muy mala con cualquier artefacto... - Justifico con miedo frente a ese poderoso arco, que tiene poco más de la mitad de mi altura y al notar también, la potente flecha con su rígida y filosa punta de acero, en el momento que aparece por la puerta trasera Constantine.
Y casi, me hago pipí encima.
Y no, por el pánico del ofrecimiento de Pablo.
Sino.
Cubro mis ojos, negando con una mano.
Por mis jodidas hormonas prostitutas, que afloran con solo verlo.
Dios...
¿Por qué, es tan hermoso este hermano Kosamé?
Ya no lleva su traje medieval y justiciero Qurash.
Fue por su muda de ropa que obviamente guardaba aquí, para la luz del día.
Solo, unos jeans claros con una sencilla camiseta y aunque, está algo marcada con pequeñas arrugas por tanto tiempo precaver doblada en alguna habitación del campanario de su amigo.
Es de un blanco tan limpio, como las nubes del mismo cielo que ahora nos cubre.
Y yo, suspiro...
Porque toda su altura como porte y condenadamente haciendo a un lado su pelo negro como la noche, que caen siempre enamorados sobre esos ojos rasgados, cristalinos y color hielo con sus dedos y dejando sobre un lado de la pared el gran morral que carga.
Denotando esa sencillez como arrogancia.
Poder.
Trasmitiendo ese linaje egipcio y monarca que corre por sus venas y que lo hace.
Muy.
Pero muy caliente, maldita sea.
Esa sonrisa escurridiza se dibuja a un lado de sus labios sobre su siempre mirada seria y sin dejo de emoción, al escuchar mis últimas palabras de mi perpetua inutilidad para la mayoría de las cosas.
Sip.
Porque, es la pura verdad.
Soy muy mala para todo.
De pequeña.
Excepto, para dos únicas cosas.
Para la fotografía.
Bajo algo la mirada, avergonzada.
Y para amar a Constantine...
Una bofetada de calor ardió en mis mejillas, al ver que toma tanto el arco como la flecha de las manos de su amigo con naturalidad, seguido a posicionarse detrás de mí y con su otra mano libre y sobre mi vientre, me empuja a él de un movimiento, robándome un jadeíto inoportuno, chocando mi espalda a la totalidad su torso.
Y cierro mis ojos por dos gloriosos segundos.
Para sentir.
Solo, sentir...
El contacto de su cuerpo con el mío y pese a nuestras ropas.
La piel con piel.
De su firme y tonificado pecho apoyado contra mí, donde me deleito llena de alegría silenciosa sobre el aletear de docenas de palomas desde los techos del campanario con su revuelo de su suave, pero algo acelerada respiración bajando y subiendo, que le provoca nuestro acercamiento y pese a ese control en que se rige todo él.
Sintiendo toda su mirada imperturbable, inspeccionándome por unos segundos desde su lugar callado.
Como deliberando.
Para luego su cálido aliento, al entreabrir sus labios a milímetro de la base de mi cuello y hombro, para murmurar bajito.
- Ma tasammunah al'iiftiradi alkhass bik hu'aezam fadilatan bik aistighlal bldy farashatan...(Lo que llamas tu defecto, es tu virtud más grande por florecer mi mariposa). - Me susurra suave, mientras posiciona tanto el arco como flecha frente a nosotros y rodeándome con ellos, entre sus poderosos brazos.
Incitando con ese movimiento a la vez de protección cubriéndome, como de enseñanza a que extienda los míos y entrelace mis dedos por bajo los suyos y sin nunca abandonar bajo una leve caricia de su pulgares, sobre mis nudillos envolviéndome.
Pero, dándome el mando completo del arco extendido frente nuestro y sobre la rígida flecha tensa en él, lista para ser lanzada amenazante con su filo.
Delante nuestro.
Sacudo algo indecisa mi cabeza a él como a Pablo, que solo nos mira en silencio pero con su eterna sonrisa entre sus labios, desde su rincón apoyado y testigo de todo esto.
- ...no creo poder lograrlo, Constantine... - Niego nerviosa e intentando tranquilizar el temblor de mis manos bajo las suyas y que no repercuta sobre el arma.
Siento que cierra sus ojos, al inclinarse y arrimar más su rostro al mío.
- El arco como flecha tienes que sentirlo como parte de una extensión tuya... - Dice suave sobre mi oreja, sin hacer caso a mi pánico y expandiendo más el arco contra el blanco, que espera a la distancia.
Cambio de peso de uno de mis pies, incomoda por todo lo que Constantine provoca en mí, al sentirlo, como sus fervientes palabras de confianza en mi persona.
Guau.
- ...siendo ambos, una misma cosa... - Continúa posicionándolo más y donde consigo captar la mira del arco sobre mi nariz. - ...como... - Prosigue acomodando más, nuestra puntería al dibujo hecho por Pablo, sobre la pared del viejo campanario.
- ...parte de ti... - Dice suave, al percibir algo mi confianza y notar que me aferro más segura al arco y flecha con mis dedos y ya, sin temblor por escucharlo atenta.
Siento su sonrisa en mi oído por ello y cuando concluye al fin, con un.
- ...como tú, de mí... - Finaliza con un susurro, abriendo sus ojos y acariciando apenas con la punta de su nariz, el lóbulo de mi oreja.
En el preciso momento.
Que me decido a lanzar la flecha.
Y carajo, por eso.
Siendo motivo suficiente esa delicada caricia, para que caiga algo mi puntería de lanzamiento, por la suba de mi libido.
Pestañeo, perpleja.
¿Eso fue, una muestra de cariño pública de Constantine a mí?
Y elevo mis ojos curiosa, encontrándome para mi desgracia feliz.
La suya totalmente, con ese color de ese frío hielo.
Seria, como siempre.
Pero, tierna sobre mí...
- Dulce niño Jesús, eso debe doler como el infierno...
Una exclamación de dolor, nos saca a ambos de nuestra burbuja y de mis dos segundos de abalanzarme sobre él.
Para comerlo a besos.
Y de hacerle cosas muy indebidas y que Dios me perdone por ello, por estar en su tierra santa.
Girando ambos y notando a Pablo con una mueca de dolor teatral, señalar el otro extremo con su barbilla.
Más bien.
La vieja pared, donde se encuentra dibujada la silueta humana.
Y cual, mi flecha lanzada.
Tapo mi boca con ambas manos, para no reír a carcajadas.
Reposa.
Impactada en la entrepierna de la figura dibujada.

CALDEO
- Sayyid... - La voz de Cabul apareciendo sobre la butaca vacía a lado mío, me saca de la profundidad de mis pensamientos y lectura, de las hojas que llevo entre mis manos con el informe como documentación y fotos impresas, del suceso de ese atentado o ajustes de cuentas.
Entre esa mafia y el ladrón del traje de mi hermano, en el parque Shar de Erbil de la noche pasada.
Señala mi cinturón de seguridad, que yace sobre mis lados descansando.
- ...nahn qaribun min wusulih 'iilaa matar arbyl, ya sayidi...(Estamos próximo a arribar el aeropuerto de Erbil, mi señor). - Murmura, tomando asiento frente mío y como yo ante sus palabras, abrochando estos.
Mi mirada va a la ventanilla de mi avión privado, sobrevolando el país Iraqui.
Donde las tenues y dispersas nubes que atravesamos desde los cielos con nuestra altura, nos permite ver la extensión de esta antigua Mesopotamia Asiática.
Y que a la lejanía, se puede apreciar los ríos Tigris y Eufrates, cruzando y recorriendo este milenario imperio tanto Sumerio como Macedonio.
De una cultura, tan rica en historia como mi pueblo mismo.
Muerdo el aro de mi labio totalmente en mi silencio, pero con mi mente llena de preguntas como conjeturas, intentando entender todo esto que dicen los papeles, que yacen sobre mi regazo.
Poco más de tres años, rigiendo sobre mi país.
Mi gente.
Mi pueblo.
Que me enseñaron lo que se me privó de niño.
No solamente de conocer como crecer en mi nación, llena de leyendas valiosas y abundantes de nuestra historia Qurash y siendo cuna nuestra tribu, de centurias de un clan con sangre real, recorriendo por nuestras venas.
La Baru Hashim.
La Ur de Caldeos.
Del hijo del profeta Abraham.
Sino.
Que estos antiguos continentes hermanos, unidos por la vieja biblia y eruditas de su sabiduría, como historias entrelazadas.
Paradógicamente.
Y donde mi pueblo fue su sol naciente en ellos.
Existe sobre sus países crisis como conflictos, provocando guerras civiles entre ellos y al exterior y donde el nuestro, manteniéndose leal a las convicciones decretadas por mi hermano en su momento al poder y ahora respetadas como legisladas por mí, como conseguir una economía avanzada, sostenible y diversificada para el bien de nuestra gente.
Que nuestro pueblo no está exento de ellos, por más paz mundial al Medio Oriente, promulguemos.
Y elevo por eso, una de las hojas con más informe en detalle que ordené.
Donde es contaminado mi país ante esa vulnerabilidad, como Iraq por sus guerras y coalición multinacional ocupándola post conflictos por mandos extranjeros.
A ser sede de estas mafias, por su salidas a mar como por aire ofrecido ante ellos a otros estados como continentes.
Por gente.
Frunzo mi ceño con desdén, ante la foto del hombre impresa renglones más abajo.
Por personas siendo parte de una cofradía o jodida hermandad, como detalla el informe y que se dedican en varios punto estratégicos de los cinco continentes, a la trata y venta de blancas.
Como dice en el informe y desconocía.
Los pétalos rosas.
- Mihail Varcovich... - Repito el nombre escrito, bajo la imagen y que fue parte de la carnicería de anoche.
Y froto mi mandíbula sobre mis ojos, otra vez en mi ventanilla que me regala la vista desde nuestro alto del aeropuerto internacional Rey Abdulaziz, de la ciudad Islámica a donde estamos a punto de aterrizar desde la lejanía.
Por las dos únicas preguntas que rondan en mi mente, pero no logro concebir respuestas sensatas.
¿Quién carajo es el hombre, que robó el traje de mi hermano?
Ya que, no es un bandido cualquiera.
Sabe manejar sus armas de forma certera, como el traje mismo y fuera de toda la vida.
Y como tal y fotos capturadas sobre su persona, demuestran.
Gallardía y porte.
Y eso se logra, bajo años de una educación refinada.
Como entrenamiento y adiestramiento itanto intensivo y físico.
Algo que a mí aún, me falta mucho por recorrer con la educación de mi maestro.
Cabul.
Lo miro bajo su eterna calma sentado y bajo su túnica como turbante a juego en la gama de los azules en sus sedas, mientras disfruta de a lectura del libro que tiene entre sus manos.
Resoplo, por la segunda.
Y la que más carcome mi cerebro desde anoche, imposibilitando y manteniéndome en vela muy tarde, hasta el punto de preocupar algo a mi cachorra por mi desvelo.
En cómo hizo este simple y ratero mortal.
Para saber antes que yo, siendo el mandatario de nuestro país.
¿De semejante red de tráfico, golpeando esta?
¿Cómo localizó informantes para ofrecerle data precisa del lugar y dar el golpe justo anoche en el parque y contra estos mafiosos, haciendo justicia con mano propia?
Y con un acto de valor heroico, pese a llevarse tantas muertes este asesino.
Frunzo más mi ceño.
Porque solo gente cercana a mi estado, podría dar con ello y tener acceso a esta información, si yo lo ordeno.
Mis ojos vuelven a Cabul que de forma tranquila, da la vuelta de una página de su libro.
- ¿Se sabe ya, la identidad de la americana que secuestró en su huida, el ladrón de mi hermano? - Pregunto de la nada.
Su mirada apenas se alza de su lectura, para mirarme a través de sus viejos ojos llenos de historia de mi pueblo.
- Qaribann ya sayidi...(Muy pronto, mi señor). - Me promete, bajo una imperceptible sonrisa y volviendo a su lectura.
Niego desconforme y algo impaciente.
- Quiero que nuestros hombres se contacten con la policía musulmana para más detalle de esa mujer, como también manden una vez arribando mi hotel y me preparo para la gala, la lista con nombres de todas la extranjeras de nacionalidad americana que abordaron Erbil semana anterior hasta la fecha y por todas las movilidades. - Le ordeno. - Sea marítima, coche o avión, Cabul... - Bufo por ansias de más información y por ese enigma, mirando por la ventanilla y casi a punto de aterrizar. - ...quiero llegar al fondo de todo esto y darle fin, al ladrón de Constantine... - Gruño entredientes y mirando a los asientos, pasillo por medio.
Donde reposa.
Uno de mis bolsos.
El especial.
Donde me aguarda mi traje guerrero.
Como mis armas.
El sonido del libro cerrado por las ambas manos por Cabul, hace que voltee a él.
Pero su mirada, no está en mí.
Está en su ventanilla y el cielo azul, que momentos antes yo contemplaba.
- ...tu justicia con sed de venganza por tu hermano, pide un final... - Murmura pausado, por mi último dicho. - ...pero en tu vida, mi Sayyid... - Reposa su vista ahora sí, en mí. - ...lihadhih alghay, yaeni bidayatan jadida Kosamé...(ese final, significa un nuevo comienzo para los Kosamé). - Finaliza, volviendo a lectura interrumpida de su libro.
No contesto a su reflexión siempre certeras.
Sabias como precisas.
Pero, últimamente.
Confusas para mí...

CONSTANTINE
- ¿Y por qué no, si se puede saber? - Me dice porfiada por sobre mi espalda y cruzando sus brazos sobre su pecho, mientras acomodo mejor sobre la base de mi cuello y camisa de vestir, la pajarilla de mi smoking negro frente al espejo de la habitación del hotel.
Y por tercera vez.
Pidiendo por esa santísima calma, que toda la vida rigió en mí.
A Alá.
Pero ahora sin un gramo de ella, por la única persona que puede corromperla.
La mariposa.
Y con un simple.
- La (No). - Le vuelvo a negar en mi idioma y mirándola por sobre el espejo y como si nada, mientras peino mi pelo aún húmedo por la ducha con ambas manos.
Una especie de chillido frustrante con sus manos en alto, sale de ella ante mi tercer negativa caminando sobre la habitación y tipo leopardo enjaulado.
Para luego detener su andar y con ambas manos en la cadera y descansando un pie su peso, mirarme de forma odiosa desde su extremo.
Me encojo de hombros.
La yahmini (No me importa).
Un día pasó, desde que llegamos del campanario de Pablo.
Esperando de forma prudente tales horas al salir y con vestimenta civil para pasar desapercibidos y ante posibles miradas curiosas, tomar el metro en dirección al hotel para que se calmen algo las cosas y siendo un tiempo cauteloso, no solamente para resguardarnos.
Sino.
Para que mis informantes mediante Cabul al teléfono, me dieran certeras ubicaciones del ruso con su gente en la ciudad, después de nuestra confrontación en sus últimos movimientos y antes de dar el gran golpe.
Mientras bajo todo ese informe logrado y la mirada curiosa de Amely.
Transcurrió la mañana como gran parte de la tarde, planificando sobre la mesa como mapas, los lugares remarcados.
A mi cambio de planes.
Por recibir dos jodidas buena y mala noticias.
La buena.
Un gran baile de gala que con la fachada del Cónsul de la Unión Soviética, dará esta noche en una prestigiosa cadena hotelera.
Donde su fin a tras fondo, es y como cortina de esta, la subasta y puja de algunos pétalos rosas de la hermandad, bajo su pasaporte Escarlata.
En algún recóndito lugar de ella y gran hotel en el transcurso de la noche, para posibles compradores magnates, que asistirán de gran parte del mundo.
Y cual, todo remarca como aval con su presencia para dar calma a lo sucedido noche anterior al parque Shar, sin sorprenderme, pero sí, llamando totalmente mi atención.
Pese a que nunca se la vio y solo es un mito viviente como real, en este mundo de mierda y jerga de tráfico humano, en estos últimos años.
La presencia misma de la reina madre, en todo esto.
Para asegurar a los posibles clientes compradores, la garantía de que todas las transacciones por las compras, van a hacer echas con sumo éxito y privacidad.
Y la mala.
Donde eso si me asombra, pese a los justificativos de Cabul contra mi enojo por ello y bajo las palabras del Cónsul Soviético a su fiesta de gala.
De la presencia sorpresiva de mi hermano en ella, como invitación a todos los mandatarios reales como legislativos, Euro-Africano-Asiático.
Para consolidar y afianzar los lazos políticos.
Y por ende.
Sin que me reconozca y sobre la lejanía.
Vigilar y proteger su persona.

AMELY
- ¡Es injusto! - Sigo chillando, una vez fuera en el patio trasero del pintoresco hotel al seguirlo, pero cubierto con una bonita enredadera de flores como hojas naturales sobre el, mientras acaricio el cuello de Eadhab que mastica tranquilo y bajo suaves relinchos por mis caricias sobre su lomo, la alfalfa junto a un rincón que fue dejado para el.
El sonido ronco y fuerte de su enorme motocicleta negra al ser montada y encendida por Constantine, es toda la respuesta que recibo.
En una palabra.
Me ignora el muy cabrón, asegurando su casco puesto sobre él.
Y yo babeo sobre mi furia.
Porque jodidamente es tan sexi y caliente el muy cretino, con ese smoking de alta costura y de vestir que lleva puesto.
Y donde la estrechez del traje como camisa ciñéndolo, remarca con cada movimiento involuntario, ese cuerpo marcado de belleza egipcia que su Dios árabe le dio, sobre esa motocicleta oscura que sacó de una de las abandonadas cocheras del lugar, sacudiendo el polvo de la manta que la cubría y de vaya saber desde cuándo.
Porque, todo Constantine Kosamé.
Es así.
Pura pasión y guerra.
Y blanqueo mis ojos.
Enigma...
Mi rabia como impotencia, me puede.
- Prometiste que sería parte de esto y que juntos lucharíamos... - Acoto dejando su caballo y sobre su segunda acelerada verificando el motor, con su eterna mirada de nada en mí y a mis quejas.
Pero que pendejo, pendenciero y sin emoción...
- Voy a ir. - Amenazo y me gano su mirada ahora si con atención, pero fulminante.
- No. - Me dice, sobre el motor rugiente. - Es una fiesta cortina en manos del ruso y su gente. Te reconocerían... - Me advierte.
Sacudo mi cabeza.
- No lo harán, Constantine... - Niego sobre mi lugar. - ...yo seré prud...
Y ahí, me quedé sobre su tercer acelerada y mis palabras a medio decir sin hacer caso a ellas.
Al salir por un lateral del viejo edificio y perderse entre las oscuras calles.
Y mis manos sobre mis lados se hacen puños, frente a mi pedido y su completa ignorancia sobre mí.
Dejándome sola.
Un duro pisotón de impotencia doy contra el suelo, para luego un grito de frustración inclinada sobre mis rodillas flexionadas, que resuena en todo el jodido, solitario y oscuro vecindario Musulmán.
Donde, no viene a mi reencuentro o como replica por ello.
El jodido Constantine cabrón, Kosamé.
Sino.
Siendo la respuesta, el aullido de un solitario perro desde la lejanía.
Chillo peor.
CA.RA.JO.
Y maldita seas Constantine, murmuro para mis adentros volviendo sola y triste al interior del viejo hotel y para subir de forma aburrida cada puto escalón de la escalera, que me lleva al piso de nuestra habitación.
Saludo con una mano al aire a la dulce y silenciosa viejita, dueña de lugar.
Pero me detengo a mitad de ellos al notar su esfuerzo por querer subir los mismos y llevando entre sus ancianos brazos, una tupida pila de ropas prolijamente dobladas que dice a grito que es Musulmana, por su fina seda como estampas y delicados bordados trabajados.
Acudo a su ayuda alivianando su carga y ofreciéndome en llevarla yo, mientras subimos a su lento y costoso ritmo cada peldaño.
- ...'amirat fi almustaqbal ealaa wajjahaha aljmyl, la ynbghy 'an taekis alhuzn sayidati...(Una futura princesa bajo su bello rostro, no debería reflejar tanta tristeza). - Murmura tenue, cuando llegamos al lobby de mi piso.
Y sacando un manojo de llaves de su delantal que tranquilamente por su cantidad, competirían contra las de San Pedro.
Y para mi sorpresa.
Abre con una de ellas la puerta frente a la nuestra, siendo su propia habitación mientras sonrío por su forma de llamarme.
Y suspiro manteniendo esta, abierta por ella.
- De princesa, no tengo nada... - Murmuro afligida.- ...sería muy mala en ello también... - Le digo, mientras juego con las siluetas que se componen como dibujan con su tallado, la antigua puerta con mi dedo.
- ¿Sayiyat lilghayat hawl hdha almawdue, ayda? (¿Muy mala en ello, también?). - Repite mis últimas palabras curiosa y haciéndome seña con sus viejitas como pequeñas manos a que ingrese a ella, invitándome a su interior.
Y bajo sus pintorescos mobiliarios como decoración antañas, pero bien cuidadas y con un dulce y tibio shay (té) de amapolas que prepara para las dos y sobre unas poltronas.
Descargo con sinceridad y no me pregunten, el por qué.
Pero, necesitaba hacerlo.
Como también y de solo haberla cruzado un par de veces desde nuestra estadía y por obvias razones para el mismo Constantine, es uno de sus escondites donde confía.
Yo también, lo hago.
Y le narro.
Toda mi jodida historia con el cretino.
Desde cómo llegó a nuestro país en busca de su hermano mellizo y enamorándome perdidamente de él años atrás.
Lo sucedido después del casamiento de Juno con Caldeo, cual escucha muy atenta.
Para luego, en cómo se convirtió y descubrí viviendo en mi África querida.
En mi muertito en vida, juntándonos la vida otra vez.
Su galeón.
Sus mares atravesándolo.
Su vida marina como justiciera que eligió por modo de vida bajo su mentira.
Y que, por ende.
Estamos acá.
Resoplo triste, dando el último sorbo a mi infusión de flores y culminando mi historia, con lo sucedido hora antes con su partida a la fiesta sin mí.
Su arrugados labios propia de su vejez, hacen una mueca pensativa luego de escuchar toda mi historia.
Lo que me hace suponer que no le es indiferente, mientras deja también su pocillo vacío al lado del mío y sobre la baja mesita frente nuestro, para luego verla ponerse de pie y contemplarla, mientras camina de forma pausada a la pila de ropa musulmana que momentos antes, ayude a traer y que dejé sobre un sillón junto a su cama.
Sus manos de forma afanosa, busca entre ellas algo y con una pequeña sonrisa dibujando su boca, señala que lo encuentra, cuando lo extiende con ambas manos y se gira a mi dirección.
Y una exclamación de asombro escapa de mí, poniéndome de pie para acercarme y contemplar ese hermoso género de tela, como el diseño de la túnica femenina que noto que es, mientras me relata en su idioma que era de ella cuando joven.
Un tipo vestido.
Largo como elegante.
Algo ceñido y de un color en su estampado en la gama de los rojos y verdes en toda su seda.
- Es precioso... - Digo acariciando ella muy suave entre mis dedos y a todo su largo.
- 'Ami...(Mami). - Se señala. - ...qul lli, 'ami...(solo dime, mami). - Murmura con cariño.
Sonrío haciendo una reverencia frente a ella y ese precioso vestido Musulmán, aún sobre nuestras manos.
- 'Ami... - Repito y su sonrisa se amplía al escucharme.
Y yo también lo hago, porque me gusta al decirlo.
Levanta este y me toca con él.
- Póntelo... - Me dice en mi idioma, asombrándome porque no sabía que lo hablaba y apoyando su tela sobre mí. - ...bunti 'amirat almustaqbal ...(futura princesa).
Río sin entender, pero niego divertida a la diminuta anciana.
- Es muy hermoso. - La miro y elevo mis hombros, por no comprender el motivo. - ¿Pero, para qué?
Y para mi sorpresa.
La respuesta llega de la dulce anciana, cuando se sonríe ahora más y de forma inteligente.
Rejuveneciéndola.
Mientras me entrega de forma definitiva el vestido y palmea mi manos con cariño, señalando el baño para que vaya.
Oh mierda...
Y oh con mis saltitos de alegría sobre mi lugar, por su idea que dibuja su rostro mientras sonrío festejando y pensando con mi mejilla, acariciando la tela feliz y corriendo a la otra habitación.
En la cara de Constantine, al verme esta noche en la fiesta...

CONSTANTINE
Cruzo el gran y elegante salón, atestado de centenares de invitados.
Que tanto mujeres como hombres, entre sus finas copas de champagne entre sus dedos y charla de por medio.
No solamente denotan estilo, alto nivel adquisitivo y distinción colmando el lugar.
Sino también y bajo las máscaras que cubren casi la totalidad de sus rostros por la temática de la velada.
Sus procedencias extranjeras y de otros continentes, como etnias bajo sus elegantes vestimentas.
Acomodo mejor la mía para no ser reconocido, bajando los tres únicos escalones que separan a la gran pista de baile que muchas parejas se deleitan con ella y del escenario montado en un extremo.
Donde bailarinas con sus gasas.
Sedas.
Colores.
Y danzas.
Nos regalan a la vista y placer.
Su baile del Medio Oriente con música de mis raíces.
Robo una copa a un elegante camarero, de un espumante vino blanco al pasar por mi lado, con bandeja en mano.
Mientras doy un sorbo y con disimulo bebiendo y a través de ella, escaneo todo el lugar para encontrar entre el gentío, algún movimiento que me acuse de sospecha o la posible presencia del ruso y sus hombres, mezclados entre la multitud y con sus máscaras.
Frente a una posible charla.
O negociación.
De potentes como posibles compradores de pétalos rosas.
Camino y comienzo a reconocer en mi trayecto por sus posturas y por sus voces cuando paso por su lado.
Tanto a mandatarios como políticos y grandes empresarios, disfrutando de la fiesta y charlando entre sí, de mi época al poder.
Avanzo esquivando los invitados, cuando noto una delicada mano muy bien cuidada advirtiendo por ello, con su suavidad como delicadas uñas esculpidas y pintada de un mora tan intenso, como el ajustado y elegante vestido de noche que lleva puesto, reposa en mi brazo y me detiene.
Elevo mis ojos de mi brazo prisionero en mi silencio y entre los comensales, pasando por nuestro lado, para mirar a la dueña de ese cuerpo sexi como sensual vestido.
Su máscara es casi completa y no me permite ver su rostro.
Alkaraf.
Solo el labial de un rojo puro y que me acusa unos labios llenos, muy marcados y besables sobre una cascada de pelo color rubio como cobrizo por su elegante recogido, que cae sobre un lado de uno de sus hombros desnudos, por el diseño de su curvilíneo vestido de gala.
Y una sonrisa, dibuja esos labios al hablarme.
- ¿Extranjero como yo, en este país? - Pregunta suave y alegre, denotando que es americana.
Estrecho mis ojos por ello detrás de la mía y solo me limito a asentir, con una reverencia hacia su persona ante su pregunta.
No es bueno que escuchen mi voz.
Suelta una risita por ello, halagada y cubriendo más su rostro ya por su sexi máscara, con una especie de abanico con bordados en oro, pero a juego con su vestido que lleva su otra mano.
Para luego, envolver más mi brazo que tiene atrapado, pero ahora con ambas manos.
Y gruño para mis adentros por ello, mientras me conduce a adentrarnos más a la pista donde una suave melodía comienza a llenar el ambiente y muchas parejas con su tranquilo ritmo, se mueven al compás de ella.
Otro camarero viene a nuestro encuentro, para recibir nuestras copas ya vacías y poder bailar de forma cómoda.
No puedo negarme.
Rechazar un baile en este tipo de eventos, llamaría poderosamente la atención entre los invitados ante una mujer, siendo negada a ello por falta de caballerosidad.
Como un insulto a ello.
Si llega a ser hermana, hija o esposa de algún dignatario.
Envuelvo con delicadeza mi mano sobre su estrecha cintura, mientras la otra entrelaza su mano y frunzo mi ceño al notar que entreabre algo sus labios por cierto temblor, ante mi contacto y bajo la tenue canción.
Su estremecimiento me pone en alerta.
¿Acaso, nos conocimos?
Sonrío levemente tratando de memorizar sus ademanes como los pocos rasgos de ella que deja ver, por algo de información a mi cerebro.
Pero fracaso, porque jodidamente no la recuerdo en mi años al poder de mi país.
Mientras ella, falla en su disimulo por su reacción.
También.
Ante mi constante roce, pero con decoro como yo, intenta cubrirlo bajo nuestro baile de protocolo.
Siendo algo muy claro.
Que intenta hacer memoria como yo.
Carajo.
Tengo que salir de esta mierda...
- No, nos hemos presentado... - Intenta, sonsacar información. - ...me llam... - Murmura recorriendo y dibujando una porción de mi brazo con demasiado detalle.
Pero algo, nos interrumpe.
En realidad.
Me interrumpe y me aleja de su voz suave como femenina.
Porque, algo llama mi atención.
Una presencia.
Por otra mujer.
Que logro localizar entre la muchedumbre y desde su rincón.
Alllah min alssama'...(Dios de los cielos).
Y palpitaciones, dentro de mí.
Cuando veo y noto.
A mi Argema Mittrei.
A la mariposa que pese a su máscara oriental cubriendo ese dulce rostro que tiene, la podría reconocer a la distancia.
Jodidamente, kilómetros...
El casi fin de la canción, me da pie a mi despedida a mi pareja de baile.
Que con postura perpleja y besando su mano con una reverencia y modo despedida, me alejo de ella y entre los invitados, sin darle tiempo a una réplica por mi espontánea partida.
'Ana asaf, wayughib. (Lo siento, señorita).
Pero, tengo cosas más importantes que hacer.
Como corregir a alguien.
Duro.
Por desobediencia, para luego seguir con mis planes esta noche.
Me ubico de forma solitaria y desde un ángulo estratégico para observar a Amely.
Esperando.
Agazapado.
Y a la espera del momento oportuno.
Pero con mi furia latente.
Mucha furia.
Por no acatar mi orden por su seguridad y lo disimulo desde mi lugar.
No solamente, por ser una insufrible mujer irresponsable y potencialmente peligrosa para la atracción a los problemas la muy descarriada, mientras la miro como habla de forma animada y sin abandonar nunca su rostro, la sonrisa de sus labios cuando entabla conversación con una pareja de ancianitos desde su lugar.
Pero al mismo tiempo y con disimulo, mirando por sobre cada invitado del gran salón.
Sonrío, dentro de mi ira.
Buscándome...
Y un suspiro sale de mí, al verla y llenándome de ella.
Porque, tiene una de las sonrisas más lindas del mundo.
Como también, reconocer.
Provocando hasta el punto, de moverse mi pene entre mis pantalones.
De las ganas de meter mi lengua, dentro de su bonita boca.
Entre otros sitios...
Y una sensación me colma por sobre mi furia y ante su desobediencia.
Cóctel peligroso.
La devoción.
Al verla y recorrerla lentamente con mi mirada y bebiendo cada centímetro de su cuerpo.
Y una media sonrisa, se dibuja en mis labios por ello.
Al notar.
Lo condenadamente hermoso y caliente.
Que le queda ese vestido largo musulmán...
Y sobre ello, mi paciente espera tiene sus frutos.
Cuando mi mariposa, bajo una cortés reverencia a la pareja anciana.
Se retira en dirección a los baños de dama.
Y sonrío más, bajo mi máscara mientras con las manos en los bolsillos de mi pantalón de vestir.
Lleno de calma.
Y de un leve empujón de mi hombro sobre la pared en que estoy apoyado, tras mirar con disimulo a mi alrededor por no ser visto.
Me encamino.
Sigiloso.
Y muerdo más mi sonrisa por ello, frotando mi barbilla ante la idea.
Por un castigo...
Para mi desobediente y no puedo creer, por lo que voy a decir.
Mujer...
Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top