La habitación seguía en silencio cuando Jimin despertó. Como todos los inicios, el omega tenía la impresión de que había imaginado la agitación en su pecho antes de fallar, por primera vez, en una entrega de TRASH.
Sin embargo, las cortinas de seda color azul cielo, y las ventanas donde la ciudad de Tokio parecía un paisaje ciberpunk, le daban la razón a lo que su lado racional ahora ordenaba.
Alguien lo había secuestrado y este era el sitio donde sus captores lo tenían recluido. Aunque… la duda llegó mientras reparaba en sus manos. Si lo habían secuestrado por qué no encontraba las ataduras en sus extremidades o la mordaza en su boca.
Por qué había despertado sobre almohadas cómodas y sábanas de seda en una habitación donde se imponía el orden y un relajante aroma a sándalo y café negro en una mañana después de la lluvia.
"Es un placer conocerte… precioso mío."
Un escalofrío traicionero le recorrió la nuca. Jimin apretó los puños en la suave tela de la sábana.
—¿Qué demonios está ocurriendo?
Musitó con suavidad, pero su voz fue suficiente para que la sombra que lo estaba esperando abandonara el balcón de la habitación y se materializara en su presencia. Los increíbles ojos color cielo del omega se expandieron por completo.
Yoongi tuvo ganas de olvidar toda aquella parte protocolar donde tenía que ofrecerle opciones, y tomarlo en brazos, solo para saciar el ansia de su lobo de aspirar el dulce aroma que el omega emitía.
—Buenas noches, precioso. Disculpa la descortesía de mis sombras hace unas horas, pero dudo que hubieras accedido a tener esta entrevista por voluntad propia. Tengo una propuesta que hacerte, pero creo que ya vamos ganando la mitad. Gracias por diseñar un sistema de seguridad tan confiable. El Loto Rojo te lo agradece.
Desde que aquel extraño había iniciado su discurso, Jimin tenía la extraña sensación de conocerle aunque su parte racional opinara lo contrario. El alfa que le devolvía la mirada era, sin dudas, uno de los más atractivos que había enfrentado en su existencia.
Honestamente, Jimin, no era de los omegas que prestaban atención a la casta que por jerarquía debía ocupar el centro de sus intereses. A una edad tierna, había decidido que había jamás dependería de un alfa para salir adelante.
Quizás por esa misma razón no se esforzaba por hacer algo con su aspecto más allá de la comodidad de las holgadas sudaderas y los vaqueros deshilachados. Tampoco había escuchado a quiénes le señalaban cómo un omega con nulo interés por actividades artísticas o de decoración de interiores.
Jimin había sido el hijo único de una omega que se conformaba con ser la amante en lugar de la protagonista. Aunque nunca le reprocharía a su difunta madre ese hecho, muchas veces, como en este justo instante, mientras observaba al hombre a solo un metro de distancia, recordaba que era omega y que tenía cero aprecio por su apariencia externa.
"Precioso mío."
Lo había llamado de esa manera, como si el sentimiento de reconocimiento y pertenencia fuera mutuo. Jimin sacudió ese pensamiento antes de sentarse derecho en la cama. Yoongi pudo leer entre líneas antes que el omega frunciera el ceño y una nota de mandarina amarga se percibiera en su aroma.
—Nunca le he visto en mi vida. Señor…
—Min Yoongi… pero solo debes llamarme Yoongi o como gustes en el futuro, pre…
—¡Deje de tutearme así!—explotó el menor y para ese entonces se había salido de las cómodas sábanas para estar casi en frente del mayor. Yoongi se mordió el labio inferior para ocultar la sonrisa—¡Exijo que me dejen en libertad ahora mismo!
—¿Eres todo un gallito, verdad, precioso?
—¡Le he dicho que… qué demonios hace, suélteme!
Los gritos de Jimin alertaron a la seguridad que patrullaba esa sección del piso de uno de los hombres más buscados por los servicios de inteligencia de media Asia y Europa. Yoongi terminó cediendo al impulso de reír a carcajadas mientras le palmeaba el trasero al omega que colgaba sobre su hombro.
—¡Suélteme!
Insistía Jimin rojo de ira mientras el pasillo de lo que parecía un condominio dejaba ver algunos hombres en trajes oscuros con expresiones diseñadas para hacer que se te saliera el pis en los pantalones si tenías la suerte de cruzar por el mismo camino.
Yoongi parecía entretenido hasta que un despacho donde el olor a madera y whisky era más intenso fue el destino final. Jimin aterrizó de manera nada suave sobre un sofá de cuero que descansaba frente a la imponente mesa con molduras que semejan a las fauces de un tigre.
Antes que pudiera intentar otro berrinche, su atención fue atrapada por el estandarte de un tigre dorado mordiendo una flor de loto de pétalos rojos. La miniatura del mismo animal había estado en sus propias manos horas atrás.
Otro omega habría bajado la cabeza y mudado de color cuando los ventanales que reflejaban el cruce de Shibuya se cerraron desde dentro. La multitud de pequeñas pantallas que cubrió los paneles comenzaron a reproducir un bucle de imágenes que lo colocaban a él en el centro del huracán.
El tono divertido abandonó las facciones del hombre que lo había arrastrado hasta ese momento. La oscuridad sobre la mitad de las facciones de Min Yoongi hablaba de su verdadera naturaleza mientras el omega rubio esperaba con el corazón agitado.
—Park Asakura Ji Min, veintinueve años. Uno sesenta y ocho, aunque prefiere que le adjunten un metro setenta de estatura, cincuenta y tres kilogramos, tez cremosa como los duraznos, cabello rubio ceniza y ojos azules. Grupo sanguíneo B positivo, segundo género: omega. Situación marital: soltero y sin interés en tener relaciones con alfas, omegas o betas. Profesión: programador para la compañía de Seguridad Informática TRASH desde hace tres años. Tiempo exacto en que quedó huérfano después de perder a su madre omega producto a un tumor cerebral. Aún en proceso de pagar las prestaciones al hospital y servicios médicos que asumieron el tratamiento. Solo tiene a un omega que se ha autoproclamado su mejor amigo, y ese es Kim Seokjin. Vecino del apartamento que heredara de su difunta progenitora. A excepción de ese omega pelirosa, Park prefiere el silencio y el anonimato. Es meticuloso en su trabajo y conocido por cumplir con sus encargos a TRASH, para la cual diseña sistemas de seguridad asignados con una antelación de un mes. Excepto por su último encargo, de solo una semana de pedido, aunque, he de señalar que hizo un trabajo estupendo.
Las imágenes de Jimin en la habitación de su modesto apartamento trabajando hasta deshoras de la madrugada o de Seokjin visitando su casa, removieron algo en las entrañas del pequeño rubio.
Sus ojos pasaron de otras fotos donde aparecía en su recorrido habitual por el cruce de Shibuya hasta imágenes más antiguas, donde su madre aún respiraba y algo de esperanza habitaba en su corazón.
El logo del tigre dorado mordiendo al Loto Rojo volvió a marcarse a fuego en su cabeza. Le habían tendido una trampa, y no cualquier persona. Si su instinto no fallaba, frente a él, se alzaba como una montaña imponente, el líder de una de las mafias más recalcitrantes de los últimos tiempos.
Gold Tiger, el código cero para TRASH. Dios, era tan ridículo que le estuviera sucediendo esto. Precisamente a él. Una risa histérica comenzó agitar el pecho del más joven. Yoongi no dudó en cerrar la distancia hasta tomar al omega por los hombros y obligarle a devolverle la mirada.
—Vamos, seguro ahora llega la parte donde apuntan a mi cabeza si no les doy algo a cambio. Aunque… pueden hacerlo con gusto. Como su investigación apuntó, hace años que estoy muerto por dentro.
La sonrisa rota en el rostro angelical de aquel omega removió algo igual de agresivo en el pecho del líder de Gold Tiger. Yoongi no sonreía esta vez.
—¿Qué de divertido tendría el hecho de capturar a la mente más prodigiosa de TRASH solo para convertirlo en un desastre de sesos?
—¿Tiene miedo a que le ensucie la alfombra con los restos de mis neuronas?
Ironizó Jimin y la mandíbula de Min se apretó. Nunca, en sus treinta y tres años, lo habían enfrentado de aquella manera.
—Pequeño inconsciente, tienes suerte que mi lobo se empecine en proteger al tuyo. Otra persona ya estaría llena de plomo por algo mucho más insignificante que eso…
—¿Entonces… cuál es el propósito de esta reunión inútil? Si investigaron por completo cada aspecto de mi vida, ya saben que no tengo nada que perder. Si intentan hacerle daño a Seokjin tendrán que vérselas con su padre, uno de los jueces más irascibles del país, y si es información de TRASH, temo decirle que…
El discurso venenoso de Park Jimin fue cortado por la cercanía de aquella boca cruel a la suya. El omega pegó otro respingo cuando Min cambió de su boca al sitio donde su glándula de olor latía dolorosamente.
—Tienes una lengua peligrosa, precioso mío. Pero es preferible al monótono silencio que sueles cargar. Llevo tanto tiempo observándote que me sabe a poco estar así… tan cerca y al mismo instante tan lejos —antes que el omega pudiera soltarse, las manos de Yoongi apretaron sus muñecas detrás de la delgada espalda. El instinto de pasar su lengua sobre el punto que el olor a jazmín nocturno y pastel de mandarina se hacía más intenso quedó en la caricia de su nariz. Jimin entrecerró los ojos para evitar un ronroneo de parte de su omega. La mezcla de su aroma y el de aquel alfa arrogante amenazaba con doblar sus rodillas.
—Jiminnie… después de esta noche… no sólo entenderás que ya no hay opción para ti fuera de mi dominio. Tú eres mío… lo has sido desde mucho tiempo atrás…
—Estás loco, yo…
La receta del desastre podía ser muy simple para un omega inexperto. Una nueva trampa se había tejido cuando la impulsividad de Jimin lo llevó a girar el rostro y defenderse.
Su primer beso… ese del que su madre había dibujado tantas expectativas, no debía ser bajo las pupilas dilatadas de un alfa arrogante que lo acababa de proclamar suyo como si se tratara de alguna propiedad.
Aún así, el roce de los labios de Yoongi sobre los suyos duró lo suficiente para que un toque en la puerta del despacho los separara por completo.
Con un chasquido de los dedos que ya no le apretaban las muñecas, los paneles cargados de fotos diseñadas para aterrar a cualquier persona cuerda, volvieron a desaparecer sobre el vidrio del ventanal.
El hombre que había empujado la puerta era alto y de complexión atlética. Sus ojos marrones centellearon en reflejos dorados antes de tocar el ala de un sombrero del mismo color oscuro de su gabardina.
—Buenas noches, parece que me perdí la mayor parte de la reunión.
Articuló el desconocido y el alfa más pálido torció el gesto.
—Yo no diría que te saltaste la mayor parte. Más bien la notificación para que nuestro nuevo hacker sea consciente de lo que nos jugamos aquí.
—¿Y lo sabe? ¿Lograste decirle al ermitaño de Park Jimin que sin su ayuda es imposible llegar a obtener el código ZAPHIRO?
—¿Código ZAPHIRO?
Se escuchó la voz del omega y hasta ese momento la burbuja de calidez y confusión que había creado el beso robado dejó de existir. Jimin fulminó con la mirada a ambos alfas antes de cruzarse de brazos.
El código ZAPHIRO era un mito entre los de su profesión. Una llave informática capaz de destruir cualquier sistema de seguridad y si es posible, desencadenar un conflicto bélico mundial si alguien lograba hacerse con él.
Quince años atrás, un omega había conseguido infiltrarse en una red que manejaba archivos clasificados. Tuvo la mala suerte de ser parte de los primeros en notar que ese sistema para preservar datos, en realidad era todo un arsenal para poner de rodillas a gobiernos enteros.
La fórmula base del famoso código ZAPHIRO quedó sepultada con aquel omega y su equipo. De los archivos en la organización secreta que dirigía la investigación, sólo quedaron unos menos escalofriantes donde se insinuaba que el código ZAPHIRO tenía que ver con las especies licántropos raras y la meta de obtener a soldados alfas con la capacidad de ser casi inmortales.
Aquello era lo mismo que pedirle a Pandora que se atreviera a abrir la caja una vez más. Jimin no esperó para intentar abandonar la habitación que de pronto se sentía carente de oxígeno.
—Ni por todo el oro del mundo perseguiría esa locura. El código ZAPHIRO no existe, solo unos lunáticos como ustedes pueden creer en que me prestaría a despertar el Armagedón. Solo…
—¿Y qué sucedería si te dijera que llevas tres años despertando a la bestia?
—No intenten manipularme, señor—les apuntó con el dedo el más bajo—Ninguna mentira es lo suficientemente grande para soportar el hecho de que…
—Está decidido—interrumpió Yoongi con una resolución total—No entenderás el propósito de este acuerdo hasta que lo veas con tus propios ojos. Por eso esta noche iremos al Loto Rojo, para que aquí, mi precioso destinado, entienda la parte de culpa que le corresponde desde que trabaja para TRASH.
—¿Qué?
Tanto Jimin como el hombre que no se había presentado correctamente, se hicieron eco de aquel reclamo. Min Yoongi solo exhibía una sonrisa cómplice mientras las luces en el ventanal capturaban el inicio de la vida nocturna en la ciudad.
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