ghosting

Con cada paso que doy me siento más cerca de la libertad, la libertad de la que me privé durante todos estos años. Al llegar a la pradera, permito que mis dedos acarician la suavidad de la hierba, y que mis pulmones respiren aquel aire puro, libre de contaminación, libre de enfermedades y críticas. Me siento más ligero caminando lejos del barullo de la civilización, alejándome así de una sociedad llena de apariencias, una sociedad en la que no puedes confiar en nadie, ni en la sombra que te abandona al cernirse sobre ti la noche.

La madera cruje bajo mi peso mientras voy subiendo las escaleras para admirar aquella casa rural que habían dejado a mi nombre. Un sentimiento de calidez se apodera de mí. Aquí ya no tendré más problemas, no tendré que lidiar con la ansiedad que me produce la hipocresía de las personas, y, sobre todo, estaré lejos de aquel mal que había asolado el planeta.

Siempre supe que los seres humanos eran egoístas, pero, ¿a tal punto? Las personas sacrificaban a otras por su propio bien, y nadie podía impedirlo, ni siquiera un mal común como lo era aquella pandemia.

Nada más pasar el umbral de la puerta, el aroma a polvo se hizo más notorio. Me tomaría mucho tiempo limpiar el lugar, pero estaba bien: tenía tiempo de sobra.

No tardé demasiado en acostumbrarme al lugar, logrando familiarizarme con el ambiente. Había tenido la idea de mudarme a una zona campestre desde tiempo atrás, y ahora que por fin lo había hecho me arrepentía de no haberlo hecho antes. ¿Quién diría que vivir uno solo en compañía de la naturaleza y de un gato perdido sería tan satisfactorio, relajante? No recuerdo la última vez que me sentí así, quizá fue en mi niñez, cuando aún era muy joven para asimilar lo que ocurría a mi alrededor. La casa no era demasiado grande, solo tenía lo necesario para una persona, lo que era perfecto para mí. No necesitaba a nadie más.
Los primeros meses fueron difíciles. No podía sobrevivir solo con la comida que producía, necesitaba más alimentos. Aunque me disgustase la idea, compré un teléfono que solo permitía hacer llamadas, contactando así con una empresa dispuesta a llevarme lo necesario a cambio de un pago extra que no me costaría pagar teniendo en cuenta lo mucho que había depositado en mi cuenta de ahorros antes de desaparecer. Y así, poco a poco, construí un nuevo estilo de vida, logrando con ello vivir una vida sencilla, sin disturbios ni preocupaciones.
Algo de lo que estaba orgulloso era de mi fuerza de voluntad, la cual había hecho posible quedarme en el pueblo. Cada vez que sentía la pequeña tentación de volver a aquella lujosa vida me recordaba cómo era la sociedad y cómo había empeorado con la pandemia que había deshumanizado a millones de personas por el mundo. Nadie se imaginó nunca que en menos de dos semanas aislaran a toda la humanidad en sus casas, y menos aún que esas dos semanas se convirtieran en meses encerrados, sin contacto directo con el exterior. Quizá fue esa la gota que colmó el vaso, la razón por la que me decidí por abandonarlo todo e irme de la ciudad. No podía seguir viendo como morían personas a mi alrededor, personas a las que yo no podía ayudar. La inutilidad de mi persona me asfixiaba, y la del estado ante ello aún más: pero no podía hacer nada. El estrés, ese sentimiento de ahogo, las miradas que te dirigían las personas si no eras lo que se esperaban… Todo fue sumándose, hasta que se me hizo imposible aguantar más. Me estaba perdiendo a mí mismo, no me identificaba ni con mi propio nombre. La necesidad de salir de ahí no me dejaba vivir tranquilo, pero eso ya estaba atrás. Al irme tenía como propósito encontrarme, conocerme, saber quién era, encontrar mi lugar en el mundo, y lo logré.
Cada crepúsculo salía al terreno que tenía frente a mi pequeña casa junto a Dori, colocando la silla de madera que yo mismo había construido en una tarde de tormenta en la que no podía salir a pasear como hacía habitualmente. Me senté, sintiendo como de inmediato el gato se subía a mi regazo, acurrucándose contra mí. Mi mano se dirigió hacia su sedoso pelaje, acariciándolo mientras sonreía por la sensación. ¿Podría haber tenido un momento así si me quedaba en la ciudad? No lo creo. El ambiente, la sensación, los sentimientos… Todo había cambiado a mejor. Vivía por y para mí, una tranquilidad espiritual que no podría haber alcanzado entre la civilización. No tenía por qué sentirme mal por nada, yo controlaba mi vida, yo elegía qué hacer sin pensar en qué haría otra persona. Tomé las riendas de mi existencia, y así me encontré a mí mismo. En el campo pude encontrar una nueva forma de ser, un hogar en el que sentirme cómodo, donde encajar. Entre los frutos me sentía seguro, en las tierras podía disfrutar de todo lo que necesitaba para ser feliz.
Alcancé mi felicidad, y no tenía nada que ver con el dinero. Sentía pena, lástima por las personas que se mataban horas trabajando, buscando un futuro tan válido como el que yo estaba viviendo, sin lograr nada de lo que yo había logrado. Ellos solo pensaban en la paga que recibirían al final del mes, en si los gastos alcanzaban, ¿acaso pensaban en sí mismos? ¿No pensaban en que se les agotaba el tiempo, que en nada podrían estar firmando su jubilación? Eso no sería egoísmo, pensar en uno mismo de esa manera no podía serlo. ¿Cómo podría considerarse egoísmo la búsqueda de la satisfacción, del bienestar propio? Esas personas estaban perdiendo momentos, recuerdos, sentados en sus oficinas frente a sus ordenadores. ¿De qué les serviría después? Todos terminaríamos igual, muertos, pero no de la misma manera. ¿No sería mejor morir con una sonrisa, rememorando todos los hermosos momentos de felicidad que pasaste durante tu vida? Nadie podría atreverse a negarlo.
El campo, con su simpleza, sus frutos y cosechas, sus seres vivos y el aire que mueve las hojas del bosque que lo rodean. Todo eso me daba felicidad, la simple sensación de tu piel acariciando la hierba era suficiente para hacerme sonreír, hacerme sentir que sí valía la pena vivir.
Cada crepúsculo me sentaba, pensaba en todo lo que había logrado haciendo nada, simplemente encontrando. Me sentaba, siempre con una sonrisa, orgulloso de lo que era por primera vez en mucho tiempo.

la verdad es que estoy por no entregarlo por insegura ay,,,,

bueno, que el título es "libertad" pq nunca, nunca, le entregues un trabajo a un profesor de literatura en inglés pq es "más bonito"

espero vuestra opinión <3 ya lo tengo listo but aquí leeré.

pd: me siento un poco expuesta publicando esto.

pd: se me olvidaba, el concurso siempre tiene un tema fijo, el año pasado fue la celebración (que ni sé pq gané si la historia no tenía que ver, duh) y este año es beatus ille sobre el covid, help, básicamente la preferencia de la vida campestre frente a la de la ciudad ambientada en la pandemia. los profesores no me lo dan fácil 🔪

pd: ¿cuál os gustó más? ¿el primero o este?

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