Capítulo 8


Fue un día de arduo trabajo, acababa de dirigir una compañía que transportaba suministros necesarios para las actividades de la comisión, no podría estar aún en condición necesaria para que Ayaka le asignara encargos que le permitiesen enfrentar bandidos u otras amenazas, y si bien tenía ansias de volver a combatir, tampoco iba a ponerse en riesgo, su salud estaba delicada y apenas si tenía control de su cuerpo, quería sanar física y mentalmente para poder llevar una vida plena y larga, ver crecer a Ayami y acompañar a Ayaka requería de un buen cuidado, quería vivir de verdad, pero no sabía que hoy, debería poner a prueba su voluntad.

—¡Señor! —Le llamó una voz agitada, tanto que parecía colapsaría por la falta de aliento, no sin antes darle las malas noticias. —¡Atacaron la hacienda Kamisato!

Recibida esa declaración, ni siquiera se dejó embargar por la angustia que estrujó su corazón, dejó todo atrás y con esa ferocidad que le llevó a enfrentar a la shogun, corrió hacia la hacienda, donde solo encontró escombros y penumbra bajo una capa de hielo que cubría todo y a todos.

Con prisa corrió y atendió a las personas que yacían heridas en el suelo.

—¿Qué ocurrió?

—Los Fatui. —Dijo uno de los sobrevivientes. —Atacaron por sorpresa.

—¡¿Dónde está Ayaka?!

—Enviamos a la señorita y al joven amo con la resistencia, están a salvo.

Un mal presentimiento embargó su corazón, miró al horizonte y se preguntó; ¿Por qué los fatui atacarían la hacienda Kamisato?

—¿Por qué estaba aquí la resistencia?

—Creo que discutían sobre los asuntos que se llevarán a cabo en el siguiente tratado de paz. —dijo el hombre, —todo pasó tan deprisa, intentamos ganar tiempo, pero eso que atacó era muy fuerte, ni siquiera el señor Ayato pudo enfrentarlo, huyeron hacia la costa. —Terminó por informar, y gokú estuvo de acuerdo, eso no se comparaba al poder de cualquier visión, al menos no de lo que él conocía.

Ellos aún estaban en peligro, y no confió en ninguna fuerza aliada que pudiese mantenerlos a salvo, no con algo tan peligroso.

Poco tiempo le tomó seguir el rastro que le llevó a la costa, allí encontró un indicio del paradero de su familia y restos de una cruel batalla que libraron los soldados de sangonomiya.

Siendo consciente de sus límites voló hacia la dirección indicada, sin embargo, se detuvo, porque a su mente vino la duda que Yae Miko dejó sembrada en su consciencia, entonces retrocedió.

¿Qué era realmente lo que pretendían con todo esto? Si no él no era la razón, ¿Qué había provocado este ataque?

Se encontró incapaz de seguir adelante, ya no solo porque la advertencia de la sacerdotisa parecía ser más un presagio de todo esto, si no que, él mismo presentía que nada estaba bien, y no es que fuese un ser omnipresente, pero su corazón le guiaba hacia otra dirección, como si pudiese percibir la calidez de Ayami aún en la lejanía, similar a la sensación que producían las luces que Yoimiya creaba, más fuerte que cualquier pensamiento lógico, y tan familiar como su propio reflejo, una ubicación que no coincidía con las indicaciones recibidas. Sus sentidos nunca le fallaron hasta ahora, así que, se encomendó a ellos una vez más, y voló.

En la costa de una remota isla observó lo que su ser le venía advirtiendo, aún desde las alturas distinguió a su hijo y los soldados de Kokomi, pero, lo inusual vino cuando esos que se suponía eran sus aliados no blandieron sus armas en contra de esa organización, si no que, celebraban la reunión y fue condenado a mirar la escena que más tarde catapultó su ira, porque su presentimiento y las advertencias cobraron sentido, esos mismos soldados que alguna vez le honraron entregaron a su hijo al enemigo.

Su sangre hirvió de ira, y quienes gozaban del secuestro temblaron ante el estruendo que anunció la llegada del progenitor de la criatura.

La ferocidad de ese Ser pudo respirarse en el aire, y su hostilidad en el aura que de él emanaba, la guardia enemiga se levantó, pero inmediatamente retrocedieron, apenas con la voluntad de blandir sus lanzas, porque no podían ver en su mirada alguna clase de piedad, ni siquiera la fría retina de la shogun se le podría comparar.

—¡¿Cómo nos encontró?!

Cuestionaron temerosamente algunos soldados, incrédulos por lo que para ellos era un acontecimiento que nunca debió darse.

—¡¿Qué se supone que hacen?! —Reclamó con rabia. —¿Por qué están con estos sujetos?

Demandó saber, pero nadie contestó, sin embargo, poco después una voz se levantó, y quien parecía ser el líder y tenía en posesión a Ayami le confrontó.

—¡Hacemos lo que tú no fuiste capaz! —habló con rabia. —¡Aun teniendo la oportunidad de acabar con el reino de terror de la Shogun Raiden, desististe de hacerlo, todo ese poder desperdiciado será usado por los Fatui quienes nos liberarán de este tormento y de una vez por todas gobernaremos por el derecho que nos corresponde!

—¡Nos sé de lo que hablan! ¡Regrésame a mi hijo o tendré que hacer esto por las malas!

—¿Y qué harás? ¡Sabemos que ya no tienes poder, lo único que queda del guerrero que enfrentó a la shogun es su nombre! ¡Morirás, pero tu legado prevalecerá gracias a nosotros!

Todos los guerreros corrieron convencidos de su creer, pero ninguno de ellos consideró que toda fuerza, por más débil que fuese, venía de un hombre que ahora mismo alimentaba cada gota de su voluntad por la ira.

Las lanzas se fundieron antes de siquiera alcanzar a su objetivo, y los ataques de los fatui se evaporaron sin siquiera tocarle, ese fue el único presagio de su error, poco después el miedo se apoderó de ellos cuando fueron conscientes de su posición, y que la misma muerte se encontraba frente a sus ojos, todo terminó en un parpadeo, y lo que eran figuras humanas se transformaron en una lluvia de sangre y carne.

Aquel que era el líder entendió que no vería la luz de otro día si no hacía algo al respecto, y actuó involuntariamente como un instinto de supervivencia, usó a la débil cría del demonio y amenazó con el filo de su cuchillo, más, también supo que nada serviría para prolongar su vida, que su destino fue escrito, y que no habría otro final más que la muerte, pensó entonces que no iba a ser el único que caería.

—¡Si no hubieses sido tan débil de terminar con todo, nada de esto habría pasado!

Su daga se dirigió hacia el cuello del pequeño Son, pero de eso solo quedó esa imagen, porque la sangre que se esparció en el mar no fue otra más que la de ese hombre, y allí el padre que en sus brazos recuperó lo que se le fue robado.

Tal acto de crueldad dejó en claro que ellos no eran seres humanos, que abandonaron su sentido de razón por sus deseos de poder y codicia, si no respetaban una vida tan frágil, no tenían derecho alguno de seguir viviendo también, la verdadera malicia de las personas se reveló ese día, y cualquier acto de crueldad, por más grande que fuese, no pudo compararse a lo que pudo haber sido en ese momento, conoció la ira como nunca antes la había sentido, como si fuese un sentimiento que se ha mantenido enterrado junto a las memorias que perdió alguna vez, porque con seguridad, ese sentir nació con la perdida que le obligó a suprimir los recuerdos, si era así, no iba a permitir que sucediese de nuevo.

Quienes ese día osaron enfrentar esa fuerza sufrieron el destino al que sus actos malvados les conducirían y lo que Ayaka y compañía encontraron entonces fue el rojo que bañaba la costa, y los restos que se golpeaban con la marea, y en medio de la masacre, el homúnculo que sostenía al niño, irreconocible totalmente.

"¿Qué has hecho...?" musitó Kokomi ante la escena que le recibía, consternada porque en ninguna batalla que hubiese librado, se encontró algo así.

(...)

"¡¿Cómo pudiste hacerle esto a tus aliados?!"

Habiendo llegado a la Isla Watatsumi le recriminó uno de los capitanes, señalando ofensivamente al joven que con ira le confrontó también.

"¡Ellos Secuestraron a mi hijo!" respondió Gokú. "¡Iban a entregarlo a los fatui e intentaron matarme!"

"¡Mientes!, ¡su misión era escoltar a tu hijo, si estaban con los fatui es porque tuvimos que dividirnos y después debieron ser interceptados por ellos!" Declaró otro general, sin embargo, solo consiguió causar la cólera del Son.

"¡Ustedes son unos traidores!" Vociferó y tomó del cuello al hombre. "¡Seguro que tú también eres uno de ellos!

"¡Basta!" Dijo Ayato, separando a los dos varones. "Son Gokú, en estos momentos no estás en todos tus sentidos, lo que hiciste no tiene nombre..."

"Ayaka, lo que digo es verdad, lo único que buscan es derrocar a la Shogun y tomar el poder, fue lo que dijeron" exclamó, Pero ella se vio incapaz de decir algo, en sus ojos solo observó temor por lo que hubo visto antes.

"Debemos aclarar la situación, no podemos iniciar un conflicto con las tropas aliadas, es por eso que debemos mantenerte en custodia." Señaló su cuñado. "Por petición de la resistencia, debemos mantenerte en confinamiento, solo hasta que descubramos lo que está pasando."

La noticia le tomó desprevenido, y buscó refugio y compasión en su esposa, la única persona que podría apoyarle.

"Ayaka, debes creerme..."

Gokú suplicó, pero los ojos de la dama no pudieron mantenerse fijos en él, retrocedió con su hijo en brazos.

"Ahora mismo, no sé quién eres..."

Bajo una caverna fue confinado, no podía pensar en nada más que las palabras que escuchó de su esposa, con el pasar del tiempo comprendía que sus actos dejaban mucho que desear, él mismo reconocía que desconocía esa parte de él, pero si algo superaba esa angustiosa meditación, era pensar en la imagen que ahora mismo debe tener Ayaka de él. Al menos le aliviaba saber que Ayami y ella estaban con vida, eso aunque no estén completamente a salvo, no mientras el enemigo esté con ellos, ¿pero qué hacer para demostrarlo? Cómo saber hasta qué punto los fatui estaban involucrados, o quien era el verdadero responsable, para su buena o mala suerte, no tendría que hacer el menor esfuerzo para saberlo.

De repente e irrumpiendo su meditación, una fuerte explosión destrozó las instalaciones, y el frío se inyectó en sus venas, todo cuanto pudiese ver se transformó en un glaciar y la destrucción se asemejó a lo anterior visto en la hacienda Kamisato, desde su desfavorable posición miró a la causante y seguramente quien estaba detrás de toda esta malvada artimaña.

Tembloroso se levantó y confrontó la silueta que se notaba detrás de la estela plateada, la sangre comenzó a brotar de su boca y las heridas abiertas.

—Lo que dicen es verdad, podrás haber derrotado a la shogun, pero todo ese poder parece haberse agotado, es una lástima, así no me eres muy útil. —Exclamó y una pálida mujer se reveló, traía un vestido blanco con detalles rojos y negros, su cabellera rubia se derramaba por un costado de su rostro burlesco. —Estropeaste todos los planes que los fatui tenían en estas tierras, debiste pensar en las consecuencias Son Gokú.

La mujer no esperó a intercambiar más palabras, y lanzó lo que pareció ser una ventisca que pronto se transformó en un torbellino gélido que congeló todo a su paso, le golpeó de lleno, tan así que hizo temblar la prisión subterránea.

Esposado no tuvo oportunidad de esquivarlo, ni la fuerza suficiente para oponerse al poder de la cruel mujer.

—¡¿Quién eres?!

Cuestionó, dejando escapar un quejido con su duda.

—Mis súbditos me llaman Signora, la octava de los once heraldos fatui.

—¡¿Qué quieres de mí?!

—Lo que todos quieren, el privilegio de poseer la fuerza que viene de otro mundo, eso que supera cualquier otro interés que haya tenido en estas tierras.

—¿De qué hablas?

La mujer se burló.

—Dicen por ahí que lo que tienes para ofrecer puede cambiar el destino de este mundo, no hay dioses ni orden celestial que se le pueda equiparar, y tú lo has demostrado, aún en la deplorable condición en la que te encuentras has llegado tan lejos, ya no quedan dudas respecto a ti y al hijo que has engendrado.

—¡¿Y por eso pusiste a todos en mi contra?!

—No fue difícil, no con el terreno preparado para mí. —Informó, cosa que dejó al joven incrédulo. —¿Qué no lo sabes? Desde que estás aquí no han hecho más que usar tu influencia a la conveniencia de todos, incluso los líderes del clan que tanto defiendes.

—¡No es cierto!

La mujer se volvió a burlar.

—Ahora mismo el clan Kamisato controla parte de las actividades de inazuma que eran dirigidas por otros, ¿y quién podría objetar algo al respecto cuando la presencia de semejante guerrero respalda esas acciones? Eso es lo que el líder del clan ha hecho durante todo este tiempo, supongo que dejarte en la ignorancia ha sido muy efectivo.

—¡Ellos no serían capaces de hacerme esto!

—Claro que sí, lo han hecho desde siempre, y lo habrían seguido haciendo incluso sin tu llegada. Lo que no saben, es que hace mucho que controlo al resto de comisiones y usar el resentimiento de la resistencia fue demasiado sencillo.

—¡¿Planeaste esto para poner todos en mi contra?!

—De ese modo, incluso alguien como tú puede caer, y el siguiente será el recipiente que has traído a este mundo, para cuando se hayan enterado, nada tendrá importancia para mí.

Un ataque más se dirigió hacia el hombre, cargado con todo el resentimiento que signora había guardado todo este tiempo, pero, por más perfecto que pudiese haber sido su orquestado plan, ignoraba algo muy importante, y eso era la ira que puede sobreponerse de cualquier límite mental o físico.

Las cadenas se rompieron, el calor evaporó el hielo y el estropeado cuerpo se levantó rígido, débil aparentemente, pero el espíritu que lo poseía era inquebrantable, se notaba en la mirada fría que confrontó a signora, rehúsenle totalmente a morir.

—Eres fuerte. —Se escuchó la voz nacer fría. —¿Y qué importa si estoy débil? No perdonaré lo que hiciste, sacrificaré mi vida si eso significa vencerte y proteger a los demás, no me importa lo que piensen de mí, ¡no perderé a las personas que quiero!

No podrían subestimar la fuerza que hizo temblar todo un continente, ella quien vio con sus propios ojos el poder de este hombre solo llegó a una conclusión, pelear y vencer si lo que querían era vivir, porque no habría escapatoria con el demonio de otro mundo, lastimosamente, su voluntad no sería suficiente para cambiar su propio destino, ni súplica alguna que le salvase.

Tanto signora, como aquellos que planeaban la emboscada cayeron, cada hombre murió entre las sombras y no hubo contacto alguno que llegase a la manta que cubría el delicado cuerpo de Ayami, todo fue silencioso y rápido, tan así que, solo cuando los rayos del sol volvieron, Ayaka se enteró que las dos personas más importantes para ella ya no estaban.

(...)

Unos débiles golpecitos interrumpieron su sueño, mismos que suaves volvieron a resonar llamando al otro lado de la ventana que daba a su cuarto, la somnolencia se le desapareció ante el suceso repentino, y la impresión apareció cuando miró la sangre brillar bajo la luz de la luna, habría saltado de pánico, pero no lo hizo, porque reconoció ese rostro y el sufrimiento reflejado en su mirada.

—¡¿Gokú?!

Recibió al bebé antes de que el padre desplomase en el marco de la ventana.

—Yoimiya, por favor, ayúdame... —le suplicó, casi moribundo, con sus ojos cerrándose poco a poco, con la voz casi apagada.

—¿Qué te pasó? ¡No me asustes de esta forma! —Estupefacta musitó, mientras con fuerza le abrazó.

—Resiste...

La espera por el amanecer pareció ser eterna, y solo el alivio llegó cuando los ojos del joven se abrieron, así, después de mucho tiempo, se reflejaron en la retina del otro.

Tantas calamidades en tan poco tiempo, tanto sufrimiento y decepción, y aún con ello, bastó de ese efímero momento para huir de todo.

(...)

El bebé reposaba sereno bajo las suaves mantas, nada perturbado por la agonía del joven que reaccionaba ante los cuidados de Yoimiya.

—¿No hay forma de que le cuentes todo eso a la comisión?

Yoimiya habló consternada después de haber escuchado todo lo que aconteció la noche anterior, el joven negó.

—Ayaka ni los demás van a creerme, además, de regresar solo los pondría en riesgo.

—¿Qué planeas hacer?

—Aún no lo sé, lo único seguro es que por ahora debo mantenerme oculto, ya no tengo la fuerza para proteger a Ayaka ni Ayami, ella me odia. —Contestó. —Perdóname por todo esto, te prometo que en cuanto pueda moverme nos iremos, tampoco quiero ponerte en peligro.

—No digas eso, puedes quedarte aquí—Aseguró Yoimiya. —De ninguna manera puedo permitir que algo les pase.

—¿Qué?

—Ya cuidé de ti una vez, será fácil. —Dijo ella. —Además, no podría dejarte solo en este estado, al menos hasta que sepas qué hacer...

Felizmente afirmó, al tiempo que posó delicadamente una bolsa de agua fría en su cabeza.

—Muchas gracias. —Dijo él, entregado totalmente al contacto de quien una vez fue su amiga, a ese deseo intenso que durante meses le suplicaba buscarla, perdido en esos labios rojos que se curvaban, saber que aún era importante para alguien, le otorgó vitalidad.

A pesar de todo lo que ocurría en el exterior, Yoimiya nunca se mostró rehacía hacia las declaraciones del joven, por su cabeza nunca pasó que lo que sea que él hubiese hecho, habrían sido por razones egoístas.

Le afligía verlo en tan mal estado, pero se conmovía con la atención que tenía para con su hijo, bebé que por cierto, era tan hermoso que no podría cuestionársele que era hijo de la princesa del clan Kamisato y este hombre, pero le entristecía de cierto modo, porque a pesar de todo lo que pudo haber pasado, era la prueba viviente del amor que ellos se tuvieron, algo que una mujer como ella jamás habría alcanzado.

Fue consciente de que, a pesar del paso del tiempo, aún seguía amando a Gokú, y odió al destino por habérselo puesto de nuevo en su camino, pero al mismo tiempo, sentía la dicha de poder verlo, no podía evitar las ganas de apoyarlo nuevamente.

Fin del capítulo 8

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