Capítulo Cuarenta


Hoy es uno de esos días que cualquier medico llamaría un día bueno y lo agradezco infinitamente.

Está tarde mi madre volará a Seattle para ayudar a Clarisse a derribar el laboratorio que se encuentra en esa ciudad y para ello, llevarán a Alison como prueba de que todo es real y explicar lo que sucedió con nuestro laboratorio.

—¿Estás segura de que estás bien? Puedo quedarme —mi madre me cuestiona por quinta vez en lo que va del día.

—Voy a estar bien, mamá —respondo—, te necesitan allá más que yo aquí... no me voy a poner peor.

Ella se muerde el labio dudando completamente de mis palabras, pero al final se limita a asentir.

Sarah entra a la habitación detrás de Alison cuando ésta entra corriendo con la boca embarrada de chocolate y vistiendo un bonito vestido del mismo color de sus ojos.

—Había olvidado lo que era tener niños en casa —dice Sarah en un intento por recuperar el aliento.

—Mami, ¿verdad que puedo comer chocolate? —Alison le pregunta a Georgina quien claramente intenta mantener la calma ante el aparente desastre que es ahora la niña.

—No, te dije que no más chocolate —exhala quitándole la nueva barra de chocolate que traía con ella y después centra su atención en mi suero—. Sarah, ¿te importaría? —dice recordándome todos los momentos en que utilizó esa frase mientras yo crecía.

—Estoy en ello —Sarah toma a la niña que se ríe ante las cosquillas que recibe mientras la sacan de la habitación.

—Ha cambiado mucho —reconozco y mi madre me sonríe asintiendo.

—Le dije a Levy que podría venir a visitarte hoy —anuncia al darme un beso en la frente.

— ¿A visitar o a cuidarme? —replico cuando toma sus cosas.

—Te hará bien estar con tus amigos —responde y yo solo suspiro en respuesta—. Te quiero —me recuerda finalmente antes de irse.

Mientras mis amigos discuten sobre cosas a las que no presto absoluta atención, mi cerebro no deja de pensar en todo lo que está sucediéndome e insiste en querer tomar una decisión para Wen antes de que todo esto empeore aún más.

Estoy más débil que un recién nacido, de hecho, un bebé podría tener más fuerzas que yo en estos momentos. Mi cuerpo ya no digiere nada, todo lo que entra a mi boca termina en el suelo. Cualquier toque o golpe pequeño me crea un moretón enorme. Mis riñones están fallando. Cada día estoy más amarilla a causa de mi hígado que parece estar rebelándose contra todo intento por curarlo y mi corazón no se escapa de la lista de fallos subiendo y bajando su ritmo con cada segundo que pasa.

De una manera extraña pero tranquilizante, lo único que se mantiene igual es el dolor. Todo duele como el infierno.

—¿Sigues ahí? —Levy habla demasiado cerca de mi cara y me sobresalto cuando logra captar mi atención—. Lo siento, no intentaba asustarte.

—¿Dónde están todos? —pregunto.

—Se marcharon hace un buen rato —contesta—. Te despediste de todos.

—Parece que mi memoria también está comenzando a fallar —admito y él solo me fuerza una patética sonrisa antes de sentarse a mi lado en la cama—. ¿Dónde está Dylan?

—Con tu madre y Alison en Seattle —responde—, dijo algo sobre un documental...

—¿Realmente lo hará? —pregunto de inmediato cuando al fin soy capaz de recordar algo.

—Eso parece... está emocionado —admite.

—Me alegra —sonrío—. ¿Qué hay de ti? ¿Me perdí de algo? —tan pronto pregunto su rostro se ilumina.

—Jessica y yo al encontramos un apartamento genial en Nueva York —anuncia—. No es perfecto... pero está muy cerca de Columbia. ¡¿Lo puedes creer?! Iremos juntos a la Universidad. —Sus ojos brillan por la emoción que refleja y honestamente no podría estar más feliz por él.

—¡Suena estupendo Levy! ¡Vas a ser un excelente abogado! —reconozco—. ¿Cuándo se van?

—En Agosto —responde—. Tendremos que comenzar a empacar muy pronto. ¿Qué hay de ti? ¿Estás lista para la experiencia de vivir en el campus? —me río por su inútil pregunta.

«¿Acaso nadie ve que realmente estoy muriendo?»

—¿Qué?

—Mírame —le muestro mis manos para que logre ver los cientos de moretones que cada día se multiplican por montones—. ¿Realmente crees que lograré ir a la universidad? —mi voz se rompe al final y la verdad no tengo idea de por qué lo hace.

He aceptado mi destino, estoy completamente convencida de que lo que sea que Wen planeó que suceda pasará y estoy preparada para lidiar con ello. No necesito más pruebas, lo veo y lo siento venir. Solo me queda tomar una decisión.

—Te vas a mejorar —insiste a pesar del hecho de que en sus ojos puedo leer la pregunta que me hago a mí misma a cada segundo:

«¿Acaso esto se va a poner peor?»

—Moriré Levy —confieso y esta vez es él quien suelta la risa incrédula.

—Yo también. Algún día, pero eso no quiere decir que lo vaya a hacer ahora o pronto.

Lo miro en silencio y al percatarse de ello su sonrisa se borra y comienza a sacudir la cabeza.

—No seas tonta Madison, vas a estar bien.

Tomo su mano en un intento por darle el apoyo que necesita, pero él la mueve de inmediato antes de bajar de la cama—. No. No vas a hacer eso conmigo.

—¿Hacer qué? —Mi estómago se transforma en un nudo enorme que le atribuyo a los nervios.

—Todo esto. Tu... tu clase de charla de... estarás bien cuando muera —reprocha—. No me alejaré y tu no irás a ningún lado. ¿Entendiste?

Un ardor increíble, como si tuviera una fogata encendida en mi estomago se apodera de mí y sus palabras solo logran avivar el fuego cuando comienza a caminar en círculos, mareándome.

—Levy...

—¡No! —ladra—. No dejaré que intentes distraerme como lo hiciste con Dylan, como lo has hecho con todos... —se mueve por la habitación, hablando rápido, sin sentido y sin detenerse.

Desvío la mirada para evitar seguir viendo sus movimientos, pero solo consigo marearme más al verlo en el espejo.

El brazalete se enciende.

—Mierda. ¿Qué sucede? —se detiene en seco y yo intento calmarme fijando la mirada en el piso.

—Tengo náuseas —advierto, pero no pasa mucho tiempo antes de que termine vomitando.

Para mi sorpresa, esta vez lo que escupo es rojo. Sangre que quema toda mi garganta a su paso y me hace sentir como si arrancara con ella una parte de mí. Las arcadas llegan una tras otra con más sangre e intensidad en cada repetición.

«¿Así acaba todo?»

—¿Qué hago? —chilla aterrado.

La puerta se abre mientras lloro sin poder detenerme; es desagradable, doloroso y terrible.

—¿Cuándo empezó?

Escucho a Wen y luego siento su mano sobarme la espalda.

—J-justo a-ahorita —tartamudea Levy lleno de pánico cuando al fin consigo calmarme.

—Eso fue todo —me dice Wen recargándome en la pila de almohadas que me ayuda a sentarme.

La manta y la bata que cubrían están ahora manchadas de sangre que continúa escurriendo de mi boca y mi nariz. El hábilmente pone un paño húmedo contra mi nariz y luego inclina un poco mi cabeza hacia atrás para detenerlo.

Cierro los ojos dejando que se encargue de limpiarme la cara y cuando termina simplemente se va. Levy se queda conmigo luciendo tan pálido como un muerto. Ninguno de los dos dice nada. Ambos únicamente nos miramos perplejos hasta que Wen regresa con un nuevo medicamento para mí.

—Haz que... pare» —intento suplicar, pero mi voz no parece querer cooperar.

—No hables, te destrozarás la garganta —me advierte intercambiando el líquido intravenoso.

—¿Qué fue lo que sucedió? —pregunta Levy.

—Se le conoce como hematemesis y pudo haber sido causada por cualquier cosa en estos momentos —explica Wen tocándome las mejillas y la frente con su mano que se siente helada al tacto—. Tienes fiebre de nuevo —señala y luego escucho un rechinido cuando jala el aparato que cuelga sobre mí.

— ¿Qué diablos es eso? —se apresura a decir Levy.

—El Signefrex —responde Wen—. Se encargará de reestablecer sus signos vitales y su temperatura. Está hecha un desastre —agrega haciendo contacto visual conmigo.

«Por tu culpa», intento responderle con la mirada antes de que un millón de diminutos focos se enciendan sobre mí.

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