Capítulo 9
Sol y Lucía se encontraban sentadas en una mesa del bar en el que solía tocar la banda de David. El show sería en la noche del día siguiente, por lo que ese jueves debían asegurarse de ensayar todas y cada una de las canciones seleccionadas. En general se trataba de covers de bandas conocidas, pero siempre cerraban con alguna de sus canciones. Esas eran las que más práctica requerían.
David se había tomado muy en serio su rol de líder del grupo y desde que habían llegado, no hacía más que dar indicaciones y sugerencias a sus compañeros, quienes ya comenzaban a evidenciar un notable fastidio. Sol estaba un poco preocupada por él. No era algo aislado de esa noche o los nervios propios del show.
Hacía días que lo notaba raro, en especial cuando estaban solos, pero cuando le había preguntado al respecto, él le restó importancia y alegando que estaba cansado, se esforzó por comportarse de forma normal. No obstante, no logró convencerla del todo y verlo tan nervioso esa noche le confirmaba que había algo que no le estaba contando.
Lo que más le llamaba la atención era que también su prima se comportaba de forma extraña o, mejor dicho, más extraña de la habitual. Lucía siempre había sido introvertida y solitaria. Solía esconder su cuerpo para que nadie notara sus atributos y evitaba cualquier tipo de relación. Su círculo social era limitado —por no decir escaso— y solo salía con ellos o con su hermano. Sin embargo, últimamente ni siquiera eso. Facundo estaba muy ocupado con su nuevo trabajo y apenas tenía tiempo para visitarla. Al igual que su novio, negó que algo le pasara cuando se lo preguntó.
Esa noche estaba siendo de lo más inusual. Solo estaban ellos en el bar ya que era temprano y aún no habían abierto las puertas al público. Aun así, todos estaban tan concentrados en otras cosas que ni siquiera notaban su presencia. No pretendía ser el centro de atención, pero tampoco un mueble más. Realmente comenzaba a aburrirse.
Su novio parecía estar obsesionado con dar el mejor show y no se apartaba ni un minuto de su guitarra. Los chicos seguían sus órdenes y repetían, una y otra vez, la misma canción hasta dejarlo conforme. Por su parte, su prima se la pasaba detrás de su cámara sacando fotos o bien pasándolas a la notebook para que luego eligieran las que más les gustaban y subirlas a la página web.
—¿Me estás escuchando, Lucía? —le reclamó con impaciencia.
—Perdón, es que estoy preocupada por esto —dijo alzando la mano con la que sostenía la cámara—. No hay una que me guste del todo. Ninguna está saliendo como debería. No quiero que se moleste conmigo y me critique por hacer mal mi trabajo.
—¿Quién se va a molestar con vos? ¿David? —le preguntó con el ceño fruncido.
Al verla asentir, giró la cabeza hacia el escenario donde este se encontraba discutiendo con Iván mientras que Joaquín, el baterista, los miraba, resignado.
—Mirá, no sé qué le pasa últimamente, pero no deberías dejar que eso te afecte. Son solo fotos, Lu y aunque es mi novio y lo quiero mucho, si quería que fuesen mejores hubiese contratado a un profesional. ¿No te parece?
—Sí, lo sé —dijo, no muy convencida—. Solo que...
—¿De verdad es por eso o pasa algo más?
—No, no pasa nada. ¿Por qué lo decís? —respondió a la defensiva.
—Solo preguntaba —respondió encogiéndose de hombros.
Sol se la quedó mirando fijo a los ojos. La conocía lo suficiente como para saber que le estaba mintiendo. Algo le pasaba. Sin embargo, no iba a insistirle. Nunca lo hacía. Cuando estuviese lista para conversar de lo que fuese que le estuviese preocupando, allí estaría. Si no, esperaba que, al menos, buscara a su hermano para desahogarse o pedirle consejo como siempre hacía.
Facundo y ella tenían una relación muy cercana. Siempre había sido así y aunque de pequeña solía ponerla celosa, con el tiempo descubrió que eso jugaba a su favor. De ese modo, solo debía lidiar con la sobreprotección de su padre y no también con la de su hermano.
—Voy al baño. Ya vuelvo —dijo, de pronto, dejando la cámara sobre la mesa.
—Está bien. Yo voy a pedir una cerveza.
Ambas se pusieron de pie a la vez y caminaron en diferentes direcciones. Mientras Lucía desaparecía en el pasillo que conducía a los baños, Sol avanzó hacia la barra donde había visto al dueño acomodando unas cosas.
Matías García tenía veintitrés años. Era atractivo, simpático y muy carismático. Oriundo de una localidad de la costa atlántica ubicada a unos trescientos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, había venido al cumplir su mayoría de edad y, gracias a la ayuda económica de sus padres, se había recibido de relacionista público. No le resultó difícil asentarse y luego de un par de años pudo abrir ese maravilloso lugar.
Como amante de la música, en especial la de los 80' y 90', creó ese lugar para rendirle tributo a los grandes músicos del Rock y del Pop, tanto nacional como internacional, de todas las épocas. Además, era una forma de ayudar a bandas que recién comenzaban a tocar covers y buscaban darse a conocer. Por otro lado, aquellos que deseaban pasar un buen rato, podían disfrutar de los shows mientras tomaban algo.
—Ey, ¿cómo está mi chica preferida? —la saludó al verla, con tono seductor.
—Seguro que eso mismo le decís a todas las que vienen acá —replicó ella con una sonrisa maliciosa.
—Sabés que solo tengo ojos para vos —contratacó él sonriendo también.
La risa de Sol no se hizo esperar.
Se conocían desde hacía algunos meses cuando la banda estaba en busca de un lugar para tocar y su hermano, quien iba con frecuencia, se los había recomendado. Desde entonces, solían conversar en cada ensayo y se sentaban juntos durante los shows. A Sol le gustaba pasar tiempo con él. Sentía que podía hablar de cualquier cosa y disfrutaba de su compañía.
Era una persona muy instruida y como sus padres eran médicos, la entendía cuando le hablaba con terminología médica. Eso le encantaba y solía ponerlo a prueba con palabras nuevas que aprendía, superándolas con éxito la mayoría de las veces. Por otro lado, era un gran conocedor de la música y siempre le enseñaba canciones que creía que iban a gustarle y que ni siquiera sabía que existían.
—Bueno, galán. ¿Me servís una...?
—¿Cerveza bien fría? —la interrumpió mientras destapó una botellita y se la entregó.
—Veo que me conocés bien —le dijo, sorprendida.
—Más de lo que creés —respondió, esta vez serio.
Sus ojos celestes estaban fijos en los de ella y a diferencia de otras veces, esto le provocó un cosquilleo inesperado. Sintiéndose un poco confundida, apartó la mirada al instante y giró la cabeza hacia el escenario donde su novio seguía con lo suyo. No quería volver a mirar a Matías. No sabía por qué, pero, de pronto, temía hacerlo. Lo que le había dicho recién y la intensidad con la que la había mirado, hizo que sintiese algo diferente. Para su sorpresa, eso le había gustado. Más de lo que jamás hubiese pensado.
—Ya estoy de vuelta —avisó Lucía apareciendo de repente—. ¿Me das una a mí también, Mati?
—Claro, ojitos —respondió él con su típico buen humor.
Ella no pudo evitar reír ante aquel apelativo.
—¡Vos también los tenés claros!
Este se encogió de hombros.
—Sí, pero no son tan lindos como los tuyos.
—Son bonitos igual —le dijo, divertida.
—Ay, gracias —respondió alargando la palabra mientras parpadeó varias veces de forma exagerada.
Esto provocó que la risa de Lucía aumentase. No obstante, a Sol no le causó ninguna gracia. No sabía que se estaba apoderando de ella, pero algo en ese jueguito entre los dos no le gustó. A pesar de que siempre bromeaba así con él, que lo hiciese con su prima le molestó. Sin decir nada y sin siquiera mirarlos, se alejó hacia el escenario.
Matías frunció el ceño ante esa reacción. Nunca la había visto irse así sin emitir palabra alguna y tuvo la impresión de que estaba celosa. Sin embargo, debía estar confundido. Eso simplemente no podía ser cierto. Desde que la había conocido, poco menos de un año atrás, le había gustado y aunque sabía que era algo imposible, no pudo apartarla de su mente.
Cada vez que la tenía en frente no podía dejar de mirarla. Sol era increíble, espontánea, auténtica. Tenía una personalidad fuerte, bien definida y una alegría arrolladora. Era cálida y su sola presencia iluminaba el lugar. Su belleza era innegable, así como su franqueza y su sentido del humor. ¡Dios, como le gustaba!
Ni siquiera le importaba el hecho de conocer a su hermano o que ella estuviese de novia. Nada habría podido impedir que se fijase en ella y nada haría que dejara de hacerlo. Estaba arruinado. Conocerla lo había arruinado para otras mujeres y eso sin siquiera haberla tocado. No quería imaginar lo que sería de él si algún día lo hiciera.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué se fue así? —le preguntó Lucía mirándolo fijo, a la espera de una explicación.
—No sé. Hasta recién estaba bien —dijo, igual de desorientado.
Volvieron a mirarla. Ella había aprovechado el momento entre canciones para acercarse a David y susurrarle algo al oído. Advirtieron su sonrisa en respuesta y cómo a continuación la sujetó del rostro para besarla. En ese momento, Matías apretó los puños apartando la vista en el acto. Lucía resopló molesta mientras se dio la vuelta negando con un movimiento de su cabeza. La miró intrigado. Sabía a la perfección la razón por la que a él le desagradaba verlos juntos, pero la de ella era todo un misterio.
—¿Estás bien? —le preguntó en un intento por distraerse. Necesitaba borrar de su mente la imagen que acababa de ver.
—La verdad es que no. Siento como que ni siquiera debería estar acá —dijo antes de tomar un trago de su bebida.
—¿Por qué?
—Por las estúpidas fotos —exclamó frustrada—. Creo que me equivoqué al aceptar ser yo quien lo hiciera. Debería haberme negado y haberles dicho que llamasen a un profesional. Estoy segura de que no les gustan mis fotos, al menos no a David. Eso lo sé con certeza y ya no soporto más. Desde hace días que no deja de presionarme para que sean perfectas. En todas ve un error, todas le parecen mal. No sé qué le pasa conmigo. Al principio no quería saber nada con la idea de Iván y ahora parece estar obsesionado. Lo peor de todo es que me estoy dando cuenta de que quizás no sirvo para esto.
—No creo que sea tan así.
—¿Lo de David? Sí, te juro que sí —continuó sin pausa—. La otra vez fuimos a un estudio de grabación y después de ignorarme toda la noche, al día siguiente me mandó un mensaje para encontrarlos y que le muestre las fotos que había sacado. Le dije que no porque tenía que estudiar y además porque creía que mi prima debía estar presente. Se enojó y me cortó. Realmente no sé qué le está pasando, pero no me dan ganas de seguir adelante con esto. Si no me voy es por Iván. Siempre le puso buena onda y no quiero fallarle.
Matías estaba sorprendido por toda la información que acababa de recibir en tan poco tiempo. Era increíble lo mucho que podía decir una mujer estando enojada, pero, lejos de divertirlo, lo preocupó. No le gustaba nada todo aquello. Su intuición le decía que ese nene que se creía todo un rockero no estaba jugando limpio y, de seguro, Sol saldría lastimada. Hasta el momento, no se había metido, pero todo cambiaría si la veía derramar tan solo una lágrima por su culpa.
—No era eso a lo que me refería —dijo, tras aclararse la garganta—, pero entiendo que te sientas así.
—Uy, perdón. Creo que me dejé llevar y hablé demasiado.
—No te preocupes. No me molesta para nada. Pero sí quiero que entiendas que no pasa porque no sirvas para esto. Nadie nace sabiendo y solo necesitás práctica. ¿Hiciste ya algún curso?
—No, aún no. Pero, ¿no debería ser más fácil? ¿Algo así como aprender a perfeccionar un don que uno ya tiene?
En ese momento, su mirada se dirigió al cuadro más cercano que había colgado en la pared. Siempre lo hacía cada vez que iba. No conocía la identidad del fotógrafo. Solo sabía que era un amigo de Matías del lugar en el que creció. De todos modos, no necesitaba hacerlo para admirar su trabajo. Esas playas de por sí ya eran preciosas, pero lo que las hacía perfectas era la forma en la que él había captado los diferentes momentos del día en ellas.
Las olas rompiendo en el mar, la hermosa puesta de sol, la luz de la luna reflejada en el océano en medio de la noche, una tormenta eléctrica cayendo sobre la gran masa oscura de agua. Todas y cada una de ellas tenían un toque mágico y transmitían diferentes emociones que lograban cautivar a quien las contemplara. Eso era lo que ella quería lograr. No importaba que solo se tratase de un grupo de adolescentes tocando diferentes instrumentos musicales. Deseaba ser capaz de captar la esencia del momento y cautivar, de alguna manera, a quien viera sus fotos.
Matías había seguido el recorrido de su mirada y sabiendo lo que estaría pensando, esperó a oír la ya rutinaria frase.
—Ojalá fuese tan buena como él. Sus fotos son perfectas.
—Lo son —acordó—. Pero tampoco él nació sabiendo. Le llevó años perfeccionar su técnica.
Lucía lo miró intrigada y se encontró deseosa por conocer más de la historia de ese fotógrafo. Sin embargo, justo en ese momento, Iván los interrumpió llamándola a lo lejos.
—Perdoname —le dijo y se apresuró a volver a la mesa donde la esperaba su amigo para ver las fotos que había tomado.
Al quedarse solo, Matías buscó a Sol con la mirada. Seguía en el escenario junto a su novio. Estaba de espaldas a él y los brazos del chico rodeaban su cintura. Frunció el ceño al darse cuenta de que David tenía sus ojos fijos en Lucía. Más aún, cuando la expresión de su rostro se endureció al oírla reír con el que creía era el bajista.
¡Que estúpido había sido! ¿Cómo no se había dado cuenta de eso antes? Evidentemente, había estado tan pendiente de Sol que había ignorado todas las señales que ahora parecían tan claras. Vio como Sol, advirtiendo que algo más acaparaba la atención de su novio, intentó mirar en esa dirección. Pero él se lo impidió al volver a sujetarla del rostro y besarla una vez más.
Al verlos, sintió unas intensas ganas de ir hacia allá y apartarlo de un empujón. No obstante, no podía hacer eso. Debía controlarse. Estaba por dar la vuelta y encerrarse en su oficina cuando el guardia de seguridad de la entrada le hizo una seña con la mano para que se acercase. Al llegar a su lado, le informó que afuera había un hombre que preguntaba por él. Se sorprendió al oír su nombre y se apuró a salir a su encuentro.
Se quedó petrificado al verlo. Su amigo de toda la vida estaba allí en la ciudad justo frente a él. A pesar de su aspecto cansado y la barba crecida de varios días, sus ojos verdosos se iluminaron al verlo y una sincera sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡¿Dante?! —exclamó, avanzando hacia él—. No puedo creer que estés acá.
—Ni yo, Mati, ni yo —respondió dejando caer el bolso que llevaba en la mano para devolverle el efusivo abrazo—. Pero finalmente me decidí. Necesitaba un cambio y qué mejor que hacerlo junto a mi mejor amigo.
—Me alegra que hayas venido —le dijo palmeándole la espalda, feliz de volver a verlo después de tantos años.
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