19 - 🕯️La sangre y la culpa🕯️
ASANE.
Dudé un poco sobre dónde me llevaba Athena. Tal vez era de día, pero con tantos arboles alrededor, la luz apenas pasaba. Ambas caminábamos de la mano; tal vez ella no quería perderme. Había visto algo extraño en sus ojos luego de la pelea, como si hubiera cambiado algo en ella. En la forma en la que me miraba.
—Él nos está siguiendo —aseguró Athena. Mantuvo la vista al frente todo el tiempo, pero se notaba nerviosa—. Debemos escondernos por lo menos hasta la noche.
—¿Quién nos sigue? —pregunté. Mis piernas me dolían. Con Eloín había caminado mucho en busca de arroyuelos para pescar, pero Athena caminaba tan rápido que comencé a pensar que llegaríamos a otra ciudad.
—Se llama Sahoin —me contestó—. Fuimos compañeros en algún momento. Es un Ahumador. Un Velaroja.
—¿Compañeros?
—Soy..., más bien, era una mercenaria. —Soltó un suspiro avergonzado—. Ya no. No sé qué haré de aquí en adelante con mi vida, además de redimirme. Protegerte.
—Entonces Eloín estaba en lo cierto.
—¿Ya sospechaba de mí?
—Descuida, Athena —le dije para tranquilizarla—. Él sospecha hasta de una piedra. En serio. Una vez detuvo el carromato porque creyó que una piedra en medio del camino era una trampa.
Sonrió. Quizás imaginó la escena, porque en verdad había pasado. Verla sonreír una vez más me tranquilizó. Pasamos a través de mucha arboleda. Llegué a pensar que ya estábamos perdidas. Sin embargo, ella se detuvo.
—Mira arriba —me ordenó.
Miré. Un árbol enorme pasaba desapercibido entre un montón de otros más pequeños. Sus troncos eran gruesos como piernas de gigantes y sus hojas eran tan grandes que me servirían como hamaca.
—Ahí es donde dormiremos esta noche —me dijo Athena—. ¿Sabes escalar árboles, Asane?
—Nunca escalé uno —confesé—. En Eem apenas había unos cuantos árboles, y los que teníamos eran pequeños y no nos dejaban tocarlos.
—Entonces te ayudaré —prometió—. Solo no mires abajo o el vértigo hará que caigas. La Última Velablanca no puede morir cayéndose de un árbol. Sería vergonzoso.
Oír que se refería a mí de esa forma me hizo reflexionar. Nunca me detuve a pensar mucho sobre el tema ya que tenía muy poca información de los Ahumadores y de la Composición. Solo estaba segura de querer llegar a ser una Maestra Ahumadora algún día. Ayudar a los elaníes.
—No entiendo qué me diferencia de otros Ahumadores —le confesé—. Entiendo que puedo Componer todas las habilidades de las otras velas, pero no entiendo por qué soy tan importante. ¿Por qué valgo tanto?
Athena se inclinó, poniéndose a mi altura. Me miró a la cara seriamente y me sostuvo las manos. Su cabello rojizo siempre me llamó la atención, pero al tenerla tan cerca pude observar sus pecas esparcidas por todo su rostro, como una lluvia de chispitas.
—Todavía eres una niña —dijo—, pero tienes algo que todo el mundo creyó un mito habitando tu interior. Un poder cercano a un dios. El que te posea, poseerá el mundo. Eres un potencial arma de destrucción, Asane.
Eso solo hizo que me sintiera más aterrada. No estaba segura si irme a Ashai era una buena idea, ya que Eloín siempre hablaba mal de ellos. No confiaba en ninguno.
—Si el mundo se entera de que existo...
—Una guerra será inevitable —terminó de decir Athena, irguiéndose de nuevo.
—¿Por qué hay tanta guerra? —pregunté casi como un lamento—. Tenemos un poder cercano a los dioses. Deberían usar a los Ahumadores para unificarnos, no para generar más conflicto.
—Debes aprender que el poder corrompe hasta al más puro de corazón, Asane —me contestó. Parecía decirse a sí misma la frase—. La ambición está en nuestra sangre, como un virus esperando la mejor oportunidad para consumirte. Una enfermedad que no se cura.
Le sonreí, comprendiendo. Aún quería hacerle más preguntas, pero...
—Eso fue muy conmovedor —dijo una vigorosa voz detrás de mí—. ¿No es así, Cazadora?
Cuando iba a voltear, Athena me detuvo.
—Pase lo que pase, niña, no lo mires a los ojos —me advirtió. Se levantó, sacando una daga del gran repertorio de dagas que tenía bajo la saya que siempre llevaba—. Creí que ibas a morir, Sahoin.
—Creí que éramos amigos, Cazadora —dijo él—. ¿Por qué no nos contaste sobre la niña? ¿Quieres toda la recompensa para ti sola?
—Ni se te ocurra mover un dedo —amenazó ella— o esta daga irá directo a tu cuello.
No veía lo que hacía el hombre, pero viendo las temblorosas manos de Athena supuse que estaba Componiendo. ¿Qué habilidades tenía un Velaroja? Eloín me había dicho que las moradas y las rojas eran similares. Athena era una Velamorada. Si ella influía sobre la mente, él seguro influía sobre las emociones.
—Aún podríamos repartirlo entre los tres —sugirió el Velaroja. Se acercó cada vez más—. No hace falta pelear. Tengo ventaja, Athena, porque ya estoy en tu cabeza. Puedo hacer que te quites la vida si quisiera.
—No podrías, pagano de mierda —respondió Athena con un bufido—. La debilidad de un Velaroja siempre será un Velamorada. —Arrojó el cuchillo, me tomó de la mano y corrimos.
Entonces lo vi de reojo. Llevaba una camisa blanca y pantalones negros. Dos espadas largas y delgadas. Estaba desaliñado, pero noté que era un alashiano rubio y con las puntas teñidas en rojo sangre. Corrió detrás de nosotras y pudo alcanzarnos.
—¡No lo mires a los ojos! —volvió a repetir Athena.
Yo agaché la mirada y empecé a buscar mi vela en mis bolsillos. Debía ayudarla.
Solo vi un poco, pero el sonido de metales chocando sugirió una pelea reñida entre ambos excompañeros. Athena estaba protegiéndome y resistiendo un sufrimiento psicológico que solo los dioses entendían y podían ver. En verdad era una mujer fuerte.
No pude quedarme con los brazos cruzados mientras ella hacía todo. Encontré mi vela y también mi chispero. Encendí, inhalé. Sentí el poder venir a mí. Estaba Componiendo. Sin embargo, lo miré.
Ojos encendidos en rojo. Se estaba batiendo en duelo con las filosas dagas de la Cazadora. Pude ver en ella varios cortes, pero lo más horrible fue ver su rostro. Estaba llorando. ¿Qué clase de habilidades poseía un Velaroja?
Ambos se detuvieron y me miraron. Ella abrió los ojos sorprendida. Todo parecía ocurrir muy lento.
De pronto, lo sentí. Fue un inmenso sentimiento de culpa, cayendo sobre mí como una montaña. Recordé a papá. Enei. Estaba muerto. La escena de su muerte pasaba por mi cabeza una y otra y otra y otra vez. Me dolía. Fue mi culpa. Si tan solo pudiera haber hecho algo.
—¡Asane!
Si tan solo hubiera usado mis poderes para sanarlo en vez de huir. Huir como una cobarde.
—Escúchame, Asane.
Mis amigos. Mi abuela. Mis vecinos. El alashiano fue a Eem por lo que yo era. Mató a todos por mí. Todo era culpa mía. Ser un Ahumador era una maldición.
—Lo siento.
Solo pude ver el puño de Athena venir hacia mi cara. El golpe fue tan duro que perdí el conocimiento al instante.
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