Capítulo 5
Edgar siempre se encargaba de que el camino a casa fuese tranquilo. No daba muchos detalles y dirigía la conversación para que fuese su padre el que hablara. Solo le decía que estaba adaptándose al nuevo entorno, a los compañeros y que estaba tranquilo, lo cual parecía ser suficiente para su Roger. Era fácil hablar con él la mayoría del tiempo, a pesar de todo.
También era sencillo mentir. Edgar llevaba ya seis años haciéndolo, y se estaba volviendo suficientemente bueno como para engañar a dos adultos con experiencia que, según decían las leyes de la naturaleza, lo conocían mejor que nadie. Aquello le daba una satisfacción que siempre venía bien.
Estando en casa, almorzando los tres juntos, era todavía más sencillo pretender que nada pasaba, que todo estaba bien y que no había nada que contar o que no hacía falta. Ángela siempre se encargaba de que el ambiente fuese jovial, ligero, tranquilo, y siempre tenía una sonrisa en la cara sin importar las circunstancias.
Cuando Edgar estaba solo, en su habitación o en cualquier otro lugar, se preguntaba cómo lo hacía su madre, de qué manera lograba minimizar a tal grado los problemas, los obstáculos, las malas noticias, y cualquier otra cosa que la pudiera sacar de sus casillas. Muy pocas veces la veía con el semblante serio o cansado, pero Ángela cambiaba el rostro en el acto, decía un chiste, ponía música, o simplemente le decía que necesitaba descansar.
Roger era más transparente. No ocultaba sus sentimientos tan bien como lo hacía su esposa, pero se le notaba el esfuerzo. Edgar lo veía irritado, con los ánimos bajos, a veces incluso deprimido, pero solo cuando su padre estaba con la guardia baja o no esperaba verlo.
Casi siempre era nostalgia lo que Edgar identificaba en sus ojos, el deseo de volver en el tiempo, la añoranza, el querer recuperar algo que ya parecíadar por perdido. Lo veía también en los suspiros que dejaba salir cuando creía que él no lo veía, cuando, al igual que Edgar, estaba seguro de estar solo, pero tenía cuidado de que no fuese tan seguido.
Seguro por eso a mí me va mejor, se decía a veces, cuando se preguntaba por qué sus padres no se daban cuenta de que se derrumbaba por dentro noche tras noche. Los tres eran buenos disfrazando sus sentimientos, solo que Edgar se estaba convirtiendo en un experto.
Igual que había pasado en su escuela anterior, los días se hicieron iguales, diferenciados solo por las ocasionales salidas que tenían sus padres a las que los acompañaba de vez en cuando. Prefería estar en casa la mayor parte del tiempo, aunque no fuese la mejor manera de lidiar con sus pensamientos, sus demonios y sus recuerdos. Era más sencillo así, si los mantenía al margen.
Ambos pensaban que su hijo era más bien hogareño, tímido, retraído, y aunque siempre le decían que debía abrirse a hacer más amigos, que mientras algunos padres querían que sus hijos no salieran tanto ellos querían que él lo hiciera más, Edgar solo les decía las mismas mentiras gastadas. Quizá así llegaría a creérselas él mismo, aunque lo dudaba.
Sylvia y él se veían regularmente, aunque Edgar seguía manteniendo las distancias y había días en que era ella quien lo evitaba. A veces tenía una expresión preocupada que lo repelía por completo. Cada vez que eso pasaba, él quería abordarla y preguntarle si todo estaba bien, pero las facciones de la muchacha cambiaban al punto de que era irreconocible. Se volvían más afiladas, puntiagudas y pronunciadas, comparadas con la suavidad que tenían la mayor parte del tiempo.
-Es confuso a veces, ¿sabes? -Le dijo Sylvia un día, estando en la biblioteca. Edgar la miró confundido, sin saber a qué se refería o cómo responderle-. A veces me pregunto por qué estoy aquí. -Sonrió con sarcasmo.
Como si reaccionara, cambió la conversación al instante. Había dicho algo que no debería, y se lo recriminaría durante todo el camino a casa. Le pasaba muy seguido en las últimas semanas, cada vez más, al igual que el cambio en sus facciones. Seguían hablando, intercambiando libros y comentándolos, pero nada más allá de eso.
La música también los unía más conforme pasaban los días, aunque era más un pasatiempo que otra cosa. Sylvia no solía prestarle mucho su teléfono, como hacía Edgar, sino que seleccionaba algo al azar y le daba los audífonos para que escuchara. Las nuevas canciones lo inspiraban, le daban ideas para nuevos pasos, terminaba las coreografías con más facilidad, y ver los videos cuando se trataba de sencillos también ayudaba.
Edgar solía quedarse en el mismo lugar, pero con los gustos de Sylvia por música más pesada, y a veces más movida, se encontraba a sí mismo repasando pasos igual de intensos. Solía grabar videos en su computadora para ver los cambios y el resultado, aunque siempre con cuidado de que no se viera su cara, que prefería no ver en pantalla.
Un mes luego de iniciadas las clases, era claro que Sylvia estaba enfocada en sus estudios. Edgar había visto que casi todos sus exámenes y trabajos tenían la nota máxima. Aunque no fuese un estudiante ejemplar, sí sacaba buenas notas, pero no perfectas, ni con un desempeño como el de ella. Ni de cerca.
-Sylvia... Em, ¿puedo preguntarte algo? -Se aventuró a decir en el primer receso.
-Bueno, ya eso cuenta como una pregunta -le respondió ella con una sonrisa, haciéndolo reír también-, pero tienes derecho a hacer otra.
-Esto... ¿Me puedes ayudar con... algunas clases? -Sentía la boca seca, como si no hubiese bebido agua en todo el día.
-Claro -respondió ella al instante, disimulando su asombro. Aquello no era propio de Edgar. En ese corto tiempo, se había dado cuenta de lo poco que solía compartir sobre sí mismo, sobre lo que sentía o lo que quería. Incluso le costaba mirarle a los ojos en ocasiones-. ¿Con cuáles?
-Casi todas las que tienen que ver con números -dijo con una sonrisa nerviosa.
-Por mí no hay problema -respondió ella despreocupada-, no tengo nada que hacer en mi casa. -Edgar levantó la cabeza. Algo sonaba diferente en esa frase. Había algo más que no identificaba-. ¿Con cuál quieres empezar y cuándo?
-Em... -Recolectando sus pensamientos y recordando cuál era la que más le daba problemas, Edgar guardó silencio por un segundo, mirando hacia la mesa-. Matemáticas -dijo al fin-, matemáticas, ¿crees que puedas?
-Claro, sin problema -le aseguró, todavía sonriendo, como si Edgar le estuviese haciendo un favor. Sylvia llevaba el cabello suelto ese día, más largo de lo habitual, y el negro se veía más brillante que de costumbre. Edgar se ruborizo al darse cuenta de que le gustaba más verla así-. Es solo prestar atención a los símbolos adecuados y no tanto a los números. Estás en buenas manos.
-Claro -dijo para no quedarse callado, forzando otra sonrisa nerviosa.
-¿Quieres que sea aquí o en otro lugar?
-¿Ah? -La pregunta lo tomó desprevenido. Levantó la cabeza y la miró confundido.
-Las clases, ¿prefieres que sean aquí o en otro lugar? -No quiere estar en su casa. No lo mencionó, o al menos no directamente.
-Puedo hablar con mis papás para reunirnos mañana en mi casa, si puedes -se apresuró en agregar-, digo, si te parece bien, o pasado mañana.
-Mañana está bien. -El timbre de entrada sonó en ese momento, aliviando el nerviosismo que comenzaba a tomar control de Edgar.
-Bueno, pues, te aviso entonces.
-Me escribes un mensaje.
Sylvia se levantó y salió de la biblioteca, dejando a Edgar aún más confundido, hasta que recordó que tenía su número, o se suponía que lo tenía. Camino al salón, intentó recordar en dónde es que lo había guardado.
Cuando entraba, Víctor lo empujó con fuerza suficiente para que terminara en el piso.
-Más cuidado, estúpido. -Edgar no tuvo tiempo para quitar la mano. El zapato negro le despedazó los dedos, y estaba seguro de que Víctor retorció el pie cuando lo pisoteó.
Edgar soltó un chillido de dolor antes de poder pensar. El corazón le dio un vuelco, se paralizó y los ojos dejaron de funcionarle por un segundo. Cuando volvió a ver, seguía estando solo. Salvo por dos muchachos que lo miraron de reojo, nadie se le acercó.
Entonces Sylvia llegó corriendo.
-¿Estas bien? -Sin esperar respuesta, se agachó en donde él estaba y le tomó la mano-. Ven acá.
Con cuidado pero con fuerza, Sylvia lo ayudó a levantarse, siempre estando pendiente de no tocarle la mano, que se veía rojiza y llena de tierra. Edgar escuchó que alguien se reía, y no tuvo problemas en identificar que eran tanto Víctor como Cristina.
-Estos malditos -dijo Sylvia para sí, llevándolo a una banca que estaba cerca.
Los pies de Edgar se movían por inercia, pero su mente se enfocó en los estudiantes que ahora sí se acercaban para saber qué había pasado. Edgar no entendía como es que, si ya había sonado la entrada, todos estaban lejos. Los pocos que sí lo habían visto simplemente hicieron la vista gorda, y algo le decía que Víctor sabía que eso pasaría.
-¿Todo bien? -Edgar se volteó al escuchar la voz de un hombre adulto. Reconoció la cara del profesor de inglés, Néstor, que venía en camino con una mirada extrañada en la cara. Perdió la sensibilidad en los pies en el momento en que Sylvia se levantó.
-Queremos hablar con la coordinadora, profesor -dijo cuando lo tuvo suficientemente cerca.
-¿Pasa algo, Sylvia? -el profesor miro al salón, como buscando a alguien en particular. Edgar solo mantenía la mirada baja y los labios apretados.
-Víctor lo tiró al piso y le pisoteó la mano. -Cada palabra era como un puñal en la garganta a medida que Edgar las escuchaba.
-¿Moreno? -Pregunto el profesor, a lo que Sylvia asintió-. Vengan conmigo.
Edgar no supo cómo sentirse al respecto. En su colegio anterior, estaba acostumbrado a que nadie hiciera nada, a que los profesores le dijeran que se lavara la cara o tomara aire fresco. Las cosas parecía que serían distintas aquí.
Caminando detrás del profesor Néstor, Sylvia se veía segura, radiante de felicidad, mientras que Edgar se debatía entre qué decir y qué hacer. Quería salir corriendo de allí, olvidarse del asunto. Sería más sencillo, pero todo lo que podía hacer en ese momento era ver los puntos negros y marrones de la cerámica del piso. Solo esperaba que no le tocara confrontarse con Víctor, porque de lo contrario daba la discusión por perdida.
Una vez en la coordinación, Edgar explicó como pudo lo que había sucedido, maldiciendo lo tartamudo que se volvía cuando estaba nervioso. Por suerte, Sylvia y el profesor aclararon todo, y más suerte fue cuando la coordinadora se dio la vuelta para ver algo en la pantalla de la computadora que tenía a su derecha.
La oficina era pequeña, pintada con un color amarillo mostaza que, extrañamente, le daba un aire cálido al lugar. Las muebles de madera y techo blanco afianzaban el efecto, aunque no dejaba de tener un aire imponente al tener estantes con libros y carpetas de actas por todas partes, junto con los premios estatales y regionales que había ganado el colegio.
-¿Hace cuánto fue? - Magaly Molina no era una mujer que anduviera con rodeos. Sus ojos oscuros miraron a Edgar por encima de los lentes. Este no entendía cómo es que resaltaban tanto si ella tenía la piel igual de oscura y el cabello de un negro opaco, que caía en rizos pronunciados hasta sus hombros.
-Cinco, cinco minutos -respondió el, desviando la mirada. Sabía que Sylvia lo miraba directamente, pero prefirió no verla y apretó los labios. La coordinadora asintió y tecleó con rapidez. En segundos, un video se abrió y reprodujo justo lo que había pasado.
-Es lo que les he estado diciendo -acusó Sylvia, mirando a ambos adultos-, estas cosas han pasado durante todo el mes, prácticamente desde el primer día de clases. -Los profesores se miraron uno al otro, como teniendo una conversación que solo ellos escuchaban-. Incluso le dejan notas en los cuadernos -siguió Sylvia-, y son de las que no quieren leer.
-Vamos a tener que hablar con Moreno, después de todo -dijo finalmente la profesora Magaly, buscando un papel en su escritorio.
Escribió algo rápido en un formato ya impreso, verificó algo en la computadora y le entregó el papel al profesor Néstor. Este salió sin decir ninguna otra palabra, por lo que Sylvia y Edgar lo siguieron, sin saber que esperar.
Ni bien habían llegado al salón cuando el profesor llamó a Víctor a su escritorio, le entregó el papel, borrándole la sonrisa de la cara, y lo hizo salir. Edgar bajó la mirada apenas este se dio la vuelta, sintiendo el peso de sus ojos. Por inercia y curiosidad masoquista, se dio la vuelta, consiguiéndose con que Cristina tenía los ojos fijos en él. Se dio la vuelta de inmediato.
-No les prestes atención -le dijo Mateo. Edgar solo asintió y se concentró en la clase.
Cuando Víctor llegó media hora después, parecía echar fuego por la cara, no porque la contorsionara, sino por la calma asesina que reflejaba. Edgar había aprendido a temer ese tipo de miradas más que cualquier otra. Aquella zona donde la espalda perdía su nombre se tensó ante los recuerdos. Recuerdos de cuando no quería jugar.
Sylvia no se había equivocado con respecto a las notas. Se lo había comentado durante una conversación en la biblioteca luego de que ella viera los borrones extraños que plagaban las páginas de casi todos sus cuadernos. No había leído ninguna, pero Edgar le contó el tipo de mensajes, amenazadores y sádicos, que borraba a diario.
-Tienes que cortar esto de raíz -le había dicho preocupada.
-No pasa nada, ya se cansarán -le respondió él. Así había sido en su otro colegio, y así sería en este también. Se levantó casi corriendo al escuchar el timbre de entrada.
Su huida serviría de poco, pues Sylvia siempre se sentaba a su lado desde el segundo día de clases, facilitándole algunos apuntes o mostrándole la respuesta a algún examen. El hacía lo mismo, devolviéndole el favor, solo que no tan seguido.
Igual que ya venía sucediendo, el resto del día transcurrió sin novedades hasta la hora del almuerzo. Luego de más de un mes, ya empezaba a considerar esa su nueva casa y no un lugar extraño. En realidad se estaba acostumbrando muy rápido.
-¿Puede venir una amiga mañana? -Preguntó de golpe cuando terminó de comer, y se arrepintió al instante-. Me va a ayudar con matemáticas.
-Claro -dijo su madre en el acto, emocionada-, ¿a qué hora?
-No sé -admitió Edgar, ya sintiéndose incomodo-, después de clases.
-Por mí no hay problema, dile que venga.
-Igual -dijo su padre-, además, es solo para estudiar, ¿no?
-Si, solo eso.
Edgar se levantó con prisas, dejó el plato al lado de las ollas sucias y se fue de allí con el corazón latiendo con fuerzas e ignorando el reclamo de su madre hacia Roger, quien se reía. Edgar no podía culparlo. Era el tipo de bromas su padre hacía a veces sin importar hacia quién estuvieran dirigidas.
Luego de cepillarse con fuerza, tanto que escupió sangre, Edgar se dio un baño y se sentó con la espalda apoyada en la cabecera de su cama. Quería y no quería que Sylvia estuviera allí con él, que conociera a sus padres, que lo viera fuera de la escuela. Quería saber qué debería sentir, qué era lo más correcto, si rechazo o ansias, si miedo o deseo. Claro que no podían ser ambos.
¿Por qué es que se le había acercado, en primer lugar? Era una pregunta que le rondaba la cabeza desde hace varias semanas, literalmente desde el primer día, pero era lo suficientemente cobarde como para no hacerla en voz alta, aunque sí estaba llenando de poemas el libro que había armado, junto con algunos dibujos, de los cuales varios se parecían a Sylvia.
Edgar silenció sus pensamientos como mejor sabía hacerlo. Cerró la puerta con seguro, corrió las cortinas de las ventanas, seleccionó una canción y subió el volumen hasta un nivel en que sabía que no se escuchara tan fuerte fuera de su habitación. Luego de unos segundos en los que no supo cómo empezar, sintió su cuerpo moverse con vida propia. Trazaba formas imaginarias con los dedos, los brazos, círculos con la cabeza, y sus pies se movían al ritmo de las pulsaciones, cada vez más aceleradas.
Viendo varios videos por internet años atrás, Edgar se había atrevido a hacer algunos intentos. Sus movimientos eran torpes, chocaba con todos los muebles, se desconcentraba en los pasos más sencillos, pero al final de ese primer intento, aunque sentía vergüenza de sí mismo, también estaba satisfecho.
Era algo que jamás había hecho, una pequeña aventura privada de la que nadie sabía nada, y no tenían que saber. Era su secreto, un placer que ocultaba con desespero y envidia. Luego de esa primera noche, Edgar supo que no habría necesidad de cortarse tan seguido, como venía haciéndolo desde hace un año.
A pesar de que las heridas eran solo superficiales, sabía que en algún momento le quedarían marcas, y serian difíciles de explicar si en algún momento llegaban a verle las rodillas. Bien podía ahorrarse esa charla, usar pantalones cuando estuviera acompañado y retrasarlo lo más posible. Porque llegaría el momento, claro que llegaría. No le cabían dudas.
Desde esa primera noche, Edgar practicaba rutinas que veía por internet cada vez que podía. Sentía que su cuerpo y su mente respiraban, que su corazón se calmaba y que sus pensamientos se callaban por primera vez en todo el día. Era una anestesia demasiado efectiva, y se volvió adicto a ella en poco tiempo.
Sus padres comentaban de vez en cuando que se veía más flaco, que estaba bajando de peso, así que comenzó a comer más de lo normal para compensar los kilos que bajaba todas las noches. No notaron nada extraño en su ropa, pues casi siempre practicaba antes de bañarse, a menos a que la casa estuviese tan fría que fuese imposible sudar.
Siempre se equivocaba, se adelantaba o se atrasaba, pero el paso del tiempo no había sido en vano. Meses después de empezar, luego de colocar la cámara cuando sentía que podía verse en la pantalla a excepción de su rostro, Edgar revisaba las grabaciones más antiguas y las comparaba con las recientes. El cambio era obvio.
Cada vez se movía con más soltura, más confianza, sentía que decía más que con las palabras. Era como lo decían en esa película, Sucker Punch. Una de las chicas decía que el baile de cada persona contaba una historia. La suya era una danza de liberación, un baile que rompía las cadenas y la vergüenza. La danza era un juicio final a su favor.
A veces soñaba con hablar, con contarlo todo, pero el corazón se le paralizaba de solo pensarlo y la lengua se le trataba al intentarlo. Cada vez que se decía que ese sería el día, los nervios lo traicionaban, y terminaba posponiéndolo. Le aterraba la respuesta de los demás, su reacción, lo que dirían y lo que pensarían. Quería sentir alguna clase de apoyo primero, pero no era el caso. Las cosas no funcionaban así.
Sin darse cuenta, la canción se había repetido en bucle varias veces. Al terminar, Edgar se detuvo con los ojos llenos de lágrimas. Sentía que se ahogaba a pesar de haberse movido como si su vida dependiera de ello. Le faltaba algo, quería algo más, y sabía lo que era, pero no quería ceder al impulso. No caería sin luchar primero.
Apagó la música, tomó su cuaderno y empezó a garabatear de nuevo. Mismo proceso, mismos pasos, pero con un resultado distinto.
No puedo decir si esto es sueño o realidad,
No sé si es mentira o si es verdad.
No sé qué fue o lo que será,
Si quedarme dormido o despertar.
Ser o no ser, preguntan todos,
Mismo dilema con distinto rostro.
Mismas preguntas, mismas dudas,
Sin una respuesta absoluta.
Preguntas, preguntas,
Tantas bajo las alas del ruiseñor.
Preguntas, preguntas,
Rogando el perdón.
Un error por pagar,
Palabras por tragar,
Errores acumulados,
Mentiras en la piel,
Recuerdos infectados,
Maldición nocturna,
Tortura diurna.
Nadie está aquí,
Nadie que venga a ver.
Este sepelio queda en silencio.
Edgar se dio cuenta de que, en realidad, el resultado era el mismo. No se reconocía en esas palabras, no del todo. Había ideas que le sonaban similares a lo que solía pensar, aunque tenía que leer muy entre líneas para entenderlas, para verlas con claridad.
Dejó el cuaderno de lado, esta vez asegurándose de colocarlo en su armario, lejos de donde pudiera confundirlo con cualquier de sus cuadernos de estudio, y tomó el ejemplar de Frankenstein que Sylvia le había prestado días atrás. No caería sin luchar primero.
Tal y como ella le dijo al principio, la historia era densa, pesada, a veces las descripciones se le hacían innecesarias o más extensas de lo que debería. Posiblemente era porque Mary Shelley había escrito varios diarios de viajes, o quizás era tan simple como decir que ese era el estilo de la época, pero la historia como tal le gustaba. Ahora entendía la fama.
Entendía por qué era un clásico, del horror, aunque era más bien una trama con tintes filosóficos. Una idea tan novedosa seguramente fue motivo de escándalo en su tiempo, pero Edgar se encontraba disfrutando de ella con cada página que leía. Esperaba que Sombra Nocturna, la novela que le había prestado a cambio de Frankenstein fuese tan interesante para Sylvia como para él.
Le impresionaba la forma en que Mary captó la idea de ser un paria social, más aún en un mundo dominado por hombres. No le extrañaba que en un principio los editores pensaran que era una historia obra de su amante, Percy Shelley, quien estaba casado con otra mujer.
Por momentos, Edgar se sentía identificado con el engendro, como lo llamaba Víctor, y entendía los deseos que tenía a lo largo de la novela. Lo que sí le costaba creer era el cambio tan brusco de ideales del propio Víctor, como de un segundo a otro pasaba de estar obsesionado con su creación a aborrecerla.
Se dio cuenta de que había oscurecido, y de que tenía las luces apagadas, cuando los ojos le lloraron. Dejó el libro por un lado y bajó a la cocina, ya hambriento. El silencio que había le hizo saber que sus padres no estaban, seguramente por hacer una salida de último minuto. Revisando su teléfono, vio unos mensajes que no recordaba haber recibido.
Tu mama se siente mal. Salimos a una farmacia y ya volvemos.
No lo pensó dos veces antes de llamar a su padre, que contestó en el acto.
-¿Pa'? -Preguntó cuando respondió-. ¿Todo bien?
-Sí, sí -dijo él de inmediato-, no te preocupes. Parece que hay un virus dando vueltas por el ambiente. -Al otro lado de la línea, Edgar escuchó a su madre estornudar-. Salud. Es solo una gripe, pero tiene que guardar reposo y tomarse una pastilla. Ya vamos de regreso.
-Bueno, voy a adelantar la cena entonces.
-No te preocupes, en unos minutos estamos allá.
Edgar se puso a cocinar de todas formas. Estaba exagerando, pero no le gustaba saber que alguno de sus padres estaba enfermo o se sentía mal. Bien podía ser ese el motivo por el que ninguno de los dos permitía que los viera en ese estado muy seguido, la razón de que usaran máscaras al frente de él, pero no le importaba.
Decidió irse por lo sencillo. Puso pan en la tostadora, unos huevos con tomates y cebollas picadas en la sartén, sacó el jamón, el queso y la mermelada de naranja que encontró en la nevera, casi nueva. Cuando estuvieron listos los primeros panes, colocó otros, y otros, y otros, hasta que llegaron sus padres.
-Creo que te pasaste un poco, solo un poco -dijo su madre al ver el plato con los panes. Tenía la nariz enrojecida, la cara pálida y los ojos llorosos, pero conservaba la sonrisa.
-Tú tranquila, yo me encargo de las que sobren -bromeó Roger, sentándose a su lado en la mesa. Edgar estaba sacando tres vasos de vidrio y una tetera con té negro, lavanda y miel. Era la mezcla favorita de Ángela.
Luego de saludarlos a ambos y colocar las pastillas encima del microondas, Edgar sacó los platos, los cubiertos y los tres cenaron con calma, como si estuvieran cansados. Hasta ese momento, no había reparado en lo agotado que se sentía, mucho menos en las ganas de dormir que tenía, como si hubiese estado estudiando toda la tarde.
En realidad, solo le había dedicado un par de horas a sus deberes, así que se repitió mentalmente que, tan pronto hubiese lavado todo y recogido la mesa, revisaría cada uno de sus cuadernos. Una voz le decía que se olvidaba de algo importante.
Se acordó al levantarse. Voló a su habitación y buscó el número de Sylvia. Al cabo de una hora, sin saber cómo lo había olvidado, lo tomó de la gaveta en donde estaba guardado desde hace casi un mes.
Hable con mis papas, y no tiene problema con que vengas. A qué hora te parece mejr?
Lo envió a pesar de los errores. Siempre se cuidaba de escribir bien, pero con las prisas que tenía por parecer responsable y cubrir las apariencias no le importó en ese momento. Luego de ese, le envió un mensaje con la dirección de su casa.
Desactivó el modo silencioso del teléfono, preguntándose en que momento lo había colocado, y escuchó que llegaba una respuesta mientras se cepillaba los dientes. De nuevo, escupió sangre. Maldijo por lo bajo al recordar que no le había dicho quién era en el mensaje, y salió todavía más apurado.
Oka! A las 3 te parece bien?
Ah, claro, es que Sylvia seguro estaba esperando ese mismo mensaje de otras cinco personas. Edgar suspiró aliviado, aunque no había razón para sentir angustia. Era solo un mensaje. Y ya.
Claro. Nos vemos a esa hora entonces.
Su estómago se removió de nuevo ante la expectativa de que Sylvia estuviese allí. Sería como tener a cualquier otro compañero consigo, solo que con ella sí tenía cosas en común, sí hablaban seguido y sí se entendían uno con el otro. Edgar se acostó a la expectativa, dejando una ventana libre a las posibilidades. Seguía sin saber qué esperar, pero se dijo que era mejor así, que sería una pequeña aventura para él, aunque en realidad no contara como tal cosa.
Lo es para mí.
A la mañana siguiente, no recordaba si lo había dicho o lo había pensado. Le dio igual. Se alistó para salir, desayunó, feliz de verle a su madre un mejor semblante y a su padre más tranquilo, y al llegar, Sylvia fue la primera a la que vio.
-Buenos días -lo saludó al acercarse.
-Hola.
-¿Sigue en pie lo de hoy?
-Claro. Ah, por cierto. -Dejando su bolso en el suelo, Edgar sacó el libro y se lo entregó a Sylvia-. Lo terminé cuando venía en camino. Estuvo bueno, más de lo que esperaba, en realidad.
-¿En serio? -Edgar asintió ante su pregunta animada-. Pensé que dirías que era una historia lenta o algo así.
-Sí se pone lenta y tediosa, pero la trama es buena. Y pensar que lo escribió una mujer -dijo fingiendo sorpresa.
-¡Hey! -Sylvia le propinó un manotazo en el brazo que apenas pudo esquivar. Ambos reían mientras caminaban a una de las bancas.
Mientras que se hacia la hora de entrada, todos los estudiantes se juntaban en alguna de las bancas o se sentaban directamente en los pasillos del colegio, conversando sobre cualquier cosa. Ellos preferían una banca alejada en donde hacia bastante sombra, cerca de las escaleras que precedían al baño de las mujeres, que estaba contrario al baño de los estudiantes varones.
-Entonces -comenzó ella-, ¿con qué tienes problemas específicamente en cuanto a matemáticas? -Pero Edgar no alcanzó a responder. Alguien le golpeó la cabeza desde atrás-. ¡Zorra!
Edgar supo que se trataba de Cristina. Sylvia se levantó, maldiciendo por lo bajo que un pie se le enredara con su bolso. Cuando estuvo de pie, Víctor y Cristina estaban lejos, y se veía con claridad que ambos reían.
-Déjalos -dijo Edgar con calma, como si no le importara.
-Un día de estos, te juro que un día de estos les voy a arrancar los ojos.
-Y los asarás a la parrilla y se los darás a los perros -siguió él, riendo.
-¿Quieres que se mueran o qué?
El timbre sonó entonces, por lo que cada quien tuvo que ir a sus salones. Dante los miraba a ambos desde donde estaba, pero Edgar no se preocupó por entender. Caminaba hacia el salón igual que ellos, solo que más adelante. Dando un vistazo rápido hacia atrás, no llegó a ver a Cristina o a Víctor, y se sintió culpable por sentirse aliviado.
Cobarde, dijo una de las voces en su cabeza. Poco hombre. Edgar apretó los dientes.
Su mente divagaba constantemente mientras trataba de prestar atención a lo que explicaba la profesora de biología. Sabía que conocía el tema, pero algo se le escapaba.
-Bueno, guarden todo.
Edgar abrió los ojos. El examen. Claro. Se había dicho mil veces antes de dormir que tenía que revisar sus cuadernos, que algo le faltaba, que tenía que repasar. Había olvidado por completo que ese día tendrían una evaluación por un tercio de la nota total.
Leyó rápido los títulos de los temas anteriores, que para su fortuna no eran tantos ni muy complicados. Los conocía bien, pero conociendo sus nervios, temía que lo confundiera y que olvidara las respuestas más obvias.
-Torres. -Las piernas se le durmieron cuando escuchó que la profesora Lissette lo llamaba. Levantó la cabeza, esperando una bala-. El cuaderno, por favor.
-Sí, voy. -Tragó grueso cuando lo hizo. Escuchó que alguien se reía por lo bajo. Una chica, y luego un chico. No necesitaba voltearse para saber quiénes. Sylvia hizo una mueca de desprecio a su lado.
-Tomen una hoja y pasen las demás al compañero que tengan detrás -explicó la profesora, dando a los primeros alumnos de cada fila un manojo de papeles engrapados-, y pobre del que vea mirando a los lados.
Ya habían tenido exámenes con ella, y Edgar sabía que la mujer era detallista. No se debía dejar engañar por su apariencia dulce, el cabello rubio y sus ojos azules. Bien podría haber sido francotiradora en esta o en otra vida por lo bien que veía.
-Hay dos tipos de exámenes. Unos tendrán los tipo A, otros los tipo B, así que tampoco se molesten en preguntarle al compañero.
Edgar no era de los que solía hacerlo, pero escuchar el tono retador en la voz de la profesora lo hizo sudar frío. Bajó la cabeza al momento, concentrando en escribir sus datos en la hoja fotocopiada y leer las primeras preguntas.
Para su sorpresa, eran más sencillas de lo que esperaba. Ve por las sencillas primero, por las que sepas. Las palabras de su madre resonaron en su cabeza. Luego vas por las complicadas. Así lo hizo, ignorando a los demás, que iban entregando sus exámenes conforme pasaba el tiempo. Edgar se repitió varias veces que no había necesidad de apresurarse, aunque sabía que Lissette no recibiría nada cuando terminara la clase.
-Quince minutos -anunció ella, apenas levantando la mirada para ver a los alumnos que estaban en la parte trasera del salón.
Mierda. Mierda. Mierda. Ignorando los varios resoplidos y quejas, Edgar soltó el aire, revisó las respuestas que había colocado, y respondió las últimas que quedaban en blanco. Cuando entregó su examen y fue de regreso a su puesto, la profesora se levantó haciendo caso omiso de quienes iban detrás de ella, pidiendo que aceptara también los suyos.
Edgar se dio cuenta en ese momento de que respiraba con dificultad. Tomó aire, una vez más, feliz de haber terminado. Apenas, pero terminé. Sylvia lo miró con curiosidad.
-Intenso, ¿no? -Le preguntó en tono de broma, arqueando una ceja perfectamente maquillada.
-Algo -admitió-, ¿qué tal te fue? -No había notado cuándo había entregado ella su examen, pero estaba seguro de que lo había hecho. Antes de levantarse, por el rabillo del ojo, notó que no tenía la hoja y que guardaba todo.
-Bien, me puso a dudar con algunas... -Una bola de papel impactó con la mano de Sylvia, que la había alzado en ese momento. Siempre hablaba moviendo los brazos, casi siempre para darle mayor impacto a lo que decía-. A la mierda.
Las palabras se le atoraron en la garganta a Edgar cuando quiso hablar. Sylvia se levantó, fue directo hacia Víctor y Cristina, en el lado derecho del salón, justo al lado de la puerta, y desde donde estaba, del lado izquierdo, Edgar escuchó los gritos de Sylvia.
-¿Quién de ustedes fue? ¿Ah? -Hubo una pausa en la que Edgar supuso que ellos respondían-. ¿Acaso hablo mandarín? -Por su tono, parecía que los cortaba-. ¿Quién lo hizo? ¿Fuiste tú, putita?
-Cuidado con lo que dices. -El tono que usaba Víctor hizo que Edgar se estremeciera. Los ojos le escocían.
-Perdona, ¿entonces fuiste tú, macho man?
-¿Y qué si fui yo?
Se escuchó una cachetada, seguida por un grito de horror. Edgar supo que era Cristina. El infierno se desató entonces. Varios asientos sonaron, chirriando a medida que se arrastraban por el piso. Edgar volteó, y vio a Sylvia en el suelo, sollozando. Cristina se cubría la boca y la nariz con ambas manos, llorando. Víctor solo miraba a los lados, regresándole una mirada de odio a los que lo miraban atónitos.
Corrió hacia Sylvia, sintiendo que le fallaban las piernas, pero moviéndose tan rápido como podía, brincando por encima de los puestos ahora vacíos.
-¿Y tú qué? -Preguntó Víctor-. ¿Te sientes valiente, marica? -Edgar lo ignoró agachándose sobre Sylvia y tomándola de la mano para levantarla.
Ella lo miraba con lágrimas en los ojos. El rímel se le corría, manchándole toda la cara. Alguien lo tomó del brazo y lo obligó a darse la vuelta, golpeándolo con varios asientos. Cayó de espaldas, mirando a Víctor directo a la cara. Tenía una mejilla enrojecida.
-Me miras cuando te hablo, maricón. ¿Qué te pasa? ¿Quieres que no se le corra el maquillaje a tu novia? -Una sonrisa sádica apareció en su cara-. Debes saber de eso, ¿no? Por eso es que se juntan todo el tiempo, para jugar a las muñequitas uno...
-Moreno. -Una voz lo cortó. Víctor miró al frente, y por un segundo, solo por un segundo, su rostro perdió la compostura que siempre exhibía. Su pecho se desinfló, sus ojos se desorbitaron y palideció. Fue solo por un momento, luego del cual, la fachada de hombre macho alfa volvió, con más prepotencia si era posible-. Dirección.
Cristina tomó el brazo de Víctor, quien se soltó con brusquedad, antes de salir con el profesor Sandoval. Edgar se volteó hacia Sylvia, quien ya se había levantado con ayuda de otra chica, mientras que Dante y Mateo la llevaban a la salida. Edgar se levantó, ignorando la mano que le tendía alguien, para ir directo hacia Sylvia.
Las palabras sobraban en ese momento. Con una decisión que luego le sorprendió, Edgar sostuvo a la muchacha, relajando a los dos chicos de su trabajo. Asintió con la cabeza, como para agradecerles, sin decir nada, y la llevó al exterior.
Fueron directamente al baño de mujeres, en donde la ayudó a lavarse la cara y secarse, aunque sabía que aquello haría poco por el dolor. Una de las cocineras se alarmó en un primer momento, pero al ver que Sylvia se sostenía la cabeza, desapareció para regresar con un vaso de agua y una pastilla blanca.
-Es para el dolor. -Edgar sostuvo a Sylvia mientras tragaba, como si fuese una muñeca frágil.
En realidad, la chica era un hueso duro de roer. Se había dado cuenta desde el primer día. Aunque estaba adolorida y se sentía mal, Sylvia contenía las lágrimas e intentaba que la dejaran caminar por su cuenta, a pesar de que la adrenalina entorpecía sus pasos.
La coordinadora llegó con prisas cuando se sentaban.
-Santo Padre, amor. -Se acercó como si se hubiese roto la cabeza. La parte mórbida en la mente de Edgar se preguntó si un golpe así sería suficiente o si era necesario uno más fuerte. Agitó la cabeza, con el estómago revuelto-. Ven conmigo, vamos a llamar a tus padres.
-Ed... Edgar -susurró al levantarse.
-¿Quieres que venga contigo? -Sylvia asintió, sin mirar a la coordinadora-. Torres, ¿correcto? -Edgar asintió, poniéndose de pie y caminando al lado de ambas mujeres, inseguro de qué hacer.
Aún estaba en estado de choque, rebobinando la escena varias veces en su cabeza, preguntándose por qué no había actuado antes, por qué no reaccionó cuando Sylvia se levantó. Igual que muchas veces, se odió por ser un cobarde, y a diferencia de esas veces, el odio mezclado con culpa era más intenso que de costumbre.
Sylvia no se separó de Edgar mientras esperaba a que llegaran sus padres, al igual que él de ella. El ojo se le estaba hinchando cada vez más. Ninguno decía una palabra, pero las miradas que se dirigían a cada minuto era suficiente para las autoridades escolares.
Entre el ir y venir de los profesores, supieron que Víctor sería suspendido, que ya se había ido a casa y que estaban esperando a reunirse con sus padres. Edgar se preguntó si podrían expulsarlo, y se preguntó si Sylvia se planteaba la misma pregunta. A veces, como en ese momento, deseaba poder leer la mente de los demás, saber cómo se sentía, o que alguien le dijera qué debía sentir, cómo debía actuar.
Ese tipo de situaciones no eran parte de su día a día, y le confundía de sobremanera tener que pasar por ellas. ¿Cómo debía verse? ¿Como el amigo preocupado, el chico herido? ¿Avergonzado o ansioso? Su cara se contraía en muecas leves, inseguro de qué expresión tomar, y sus manos se agitaban en su regazo como con vida propia.
De un momento a otro, tomó aire. Sus manos se detuvieron, su cara se tranquilizó, su mente se aquietó y su corazón latió con normalidad. Miró a Sylvia, que había dejado de llorar, y cuya respiración apenas comenzaba a normalizarse.
-Lo siento -susurró con apenas fuerza en la voz. Sylvia levantó la vista, viéndolo a los ojos-. Lo siento. -Esta vez, lo dijo un poco más alto, lo suficiente para que Sylvia fuese la única que lo escuchara, o por lo menos leyera sus labios con claridad. Ella le sonrió, haciéndole saber que sí lo había escuchado.
Ella negó con suavidad.
-No pasa nada -dijo con debilidad.
El carro azul de los padres de Sylvia llegó en ese momento. Ella se fue y Edgar regresó al salón, sintiendo que caminaba dormido. No le importó la mirada de odio que le dirigió Cristina al entrar. Tenía los ojos rojos por haber llorado. Pasó de largo y fue a su puesto como un sonámbulo. Las clases siguieron como si nada hubiese pasado.
Edgar prefirió estar solo durante el segundo receso, escuchando música en la biblioteca hasta que le dolieron los oídos, preguntándose por qué no había actuado, hecho algo, en vez de quedarse paralizado. Se dijo que tenía que cambiar desde ese día. Se concentró en las clases al entrar de nuevo al salón y salió con el teléfono en la mano. Recibió la respuesta al entrar al carro con su padre.
-Eh, ¿pa'? -Edgar le leyó la dirección de la casa de Sylvia-. ¿Qué tan lejos queda de la casa?
-Ya va, ya va, poco a poco. ¿Qué pasó?-Su padre lo miró como si Edgar estuviera demente.
-Es que golpearon a una amiga en clases y quiero ver cómo está.
-¿Cómo que la golpearon? ¿Quiénes? -La respuesta perfecta se formó en su cabeza mientras que su padre manejaba.
-Un muchacho la provocó, ella lo cacheteó y él la golpeó. -Técnicamente, no era una mentira. Solo omitía los detalles vergonzosos.
Su padre dejó salir cuanto improperio conocía, cada insulto y cada vejación ante la idea de que golpearan a una chica. Parecía haberse olvidado de que su hijo estaba allí. Su padre llegó a la casa en tiempo récord, explicándole a Ángela por qué harían una visita imprevista.
Edgar se preparó para el interrogatorio, conociendo a su madre. A ella nunca se le escapaban los detalles.
-Sylvia... -Edgar asintió, confirmando la pregunta tácita-. ¿Estudia contigo? ¿Es de tu salón? -A cada una, Edgar asintió, tomando bocados de pollo en salsa y arroz con vegetales al vapor-. ¿Es la chica de la que nos preguntaste ayer? ¿La que iba a venir a ayudarte estudiar? -Asintió una vez más, sintiendo vergüenza por el interés que su madre estaría segura de que tenía en Sylvia-. Pero algo tuvo que hacer para que la provocara este muchacho.
-Él es así. -Edgar levantó la vista del plato por un segundo para mirar a su madre antes de seguir comiendo-. Hace lo que le da la gana.
-Ten cuidado con esta Sylvia, de todas formas, y con el muchacho.
-Sí, ya sé. ¿Me pueden llevar, entonces? -Tentaba a la suerte, pero no se iba a quedar tranquilo hasta saber.
-¿En dos horas está bien? -Preguntó ella.
-Sí, yo estoy listo. -Su madre no parecía estar muy convencida de que fuese lo correcto, pero no dijo nada al respecto y cambió de tema, preguntándole a Roger por el trabajo.
La empresa de venta de carros en donde trabajaba parecía estar expandiéndose y su padre se encargaba de las nuevas relaciones. Significaba un esfuerzo extra, menos horas de sueño y muchos cálculos para los presupuestos que no paraban de pedirle, pero los números ya estaban subiendo.
Edgar disimuló su apuro en esta ocasión. Dudó de qué tan bien lo hacía, pero era mejor confiar en que la actuación era lo suyo. Adelantó las tareas en su cuarto y salió a la sala cuando estuvo listo. Su padre estaba cerrando su laptop y Ángela escribía algo en la suya. Se despidió de su madre y salió de la casa.
Edgar se mantuvo con los audífonos puestos en todo momento, escuchando Dark Passion Play por millonésima vez, su álbum favorito de Nightwish. Así evitaba pensar.
Le incomodaba que sus padres pudieran estarse haciendo ideas erróneas. Hacía mucho, mucho tiempo que no invitaba a nadie a la casa, mucho menos una muchacha, y seguramente por su edad ellos estarían haciéndose una cantidad impresionante de preguntas.
Según los libros que leía, los padres siempre estaban ausentes en las vidas de sus hijos, o tenían poca relevancia. A veces era así, como si estuviera solo y ellos fuesen solo personajes secundarios en una trama más interesante que su día a día, y quizás lo mismo sucedía con los padres de vez en cuando. Quizá sus hijos perdían el protagonismo de sus historias a veces.
Edgar quería hacer una parada rápida, pero prefirió guardar silencio. ¿Se suponía que llevara algo? Era la primera vez que iría a la casa de Sylvia, y no sabía si podía entrar con las manos vacías. Su padre decidió por él y se detuvo a comprar una caja de galletas. Al menos no son chocolates, pensó él.
La casa de Sylvia lo impresionó cuando la vio. Aunque la estructura era sencilla, se veía que su familia estaba... bien acomodada. Una muralla de cemento rodeaba el lugar, y al entrar había un garaje blanco, una piscina que le seguía a la izquierda y luego la entrada a la casa. Delante de todo, estaba un camino baldosado color naranja, con arbustos y árboles floreados a ambos lados.
Un hombre entrado en años, con el rostro maltratado y el cabello rubio ceniza, apenas con algo de color, los recibió a él y a su padre. Parecía preocupado por algo, y no era de extrañar. Edgar se preguntó si demandaría al colegio.
-Edgar, ¿correcto? -Asintió-. Un gusto, soy Franco, el padre de Sylvia. -Edgar le estrechó la mano en cuanto se la tendió. ¿Y su madre?
-Igualmente.
Controló la sorpresa al ver que, justo entre la piscina y la entrada de la casa, había una parrillera y una mesa rústica. Guau, fue todo lo que pensó. Su padre lo miró antes de entrar, y él tragó grueso. ¿Acaso lo había dicho? Sus piernas se apagaron por un momento.
El interior de la casa era igual de acomodado, aunque sin perder la sencillez. Había un incienso prendido, pero Edgar no identificó el olor. El piso de cerámica blanca contrastaba con la pintura verde oliva de las paredes y los muebles blancos. A su derecha había un televisor de plasma tres veces más grande que el de la sala de su casa, enmarcado por unos estantes llenos con lo que Edgar asumió eran películas, series, y algo más, junto con un reproductor y dos consolas en la parte baja que no identificó. La entrada a la cocina estaba en la izquierda.
Una mesa redonda ocupaba el centro del espacio, rodeada cerámica, mármol y acero inoxidable. El lugar se extendía hacia la izquierda, con una... ¿isla, se llamaba? Edgar no lo sabía. Tenía unas sillas altas a su alrededor, seguidas por otros muebles color café, a juego con las paredes color vino tinto. Al fondo se veía la entrada al pasillo que seguramente llevaba a las habitaciones.
Decir que era una casa amplia no era suficiente, y aunque dejaba ver a leguas que la familia de Sylvia estaba muy bien acomodada, tampoco parecía gritarlo. Notó por el rabillo del ojo que había varias fotos familiares pegadas a la nevera y del lado del microondas.
Sylvia salió con una cola de caballo y un conjunto negro sencillo. El ojo se le veía morado, pero no tanto como Edgar había pensado. Al menos no tenía ninguna marca y sonreía igual que siempre.
-Estoy probando un nuevo look -bromeó cuando se acercó-, algo estilo Jackson Pollock.
-Búscate otro -rió él, abrazándola antes de darse la vuelta.
-Mucho gusto, Sylvia -su padre se acercó.
-Igualmente.
-Mi señor padre.
-No me digas, Sherlock.
-Sylvia -la regañó el suyo, aunque igual sonreía. Ambos se fueron a la sala, mientras que Franco y Roger conversaban en la cocina.
-Entonces, ¿vas a sobrevivir?
-Se supone que sí. Ya no duele, en realidad, es puro color.
-Ni lo pienses. -Edgar se estremeció al ver que acercaba un dedo a la mancha que tenía en la cara. Aunque no había ni una gota de sangre, lo hematomas también lo incomodaban.
-No seas dramático -se rió ella-, y así se esfumó la clase que teníamos.
-Creo que puede esperar -admitió Edgar con una risa nerviosa.
-Bueno, sí. -Algo en la forma en que lo dijo le pareció extraño, pero no estaba seguro. Sylvia cambió de tema y le mostró las nuevas bandas que estaba escuchando, por lo que perdió la oportunidad.
También le extrañó mucho no ver a su madre por ningún lado. Notó cierto parecido al ver las fotos en la cocina y el par que había en la sala, pero no había salido ni siquiera. Puesto que Sylvia no dijo nada, él prefirió tampoco hacerlo.
Al cabo de unos minutos, salió su padre, quien se despedía de Franco.
-Pues... Nos vemos mañana, ¿no? -Se aventuró a preguntar, aunque ya conocía la respuesta. Mañana era viernes, todavía tenían clases.
-Claro, no te preocupes por eso. Hace falta más que solo un golpe para dejarme fuera. Puede que hasta participe en ese concurso. -Ambos sonrieron ante el recordatorio.
-Si participas, yo también. -Edgar le tendió la mano, como haciendo un trato, y Sylvia se la estrechó sonriendo.
-Trato hecho.
Su padre lo llamó con la mano mientras iba hacia lapuerta. Edgar le sonrió una última vez antes de salir.
***
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