Capítulo 20

Se escuchó un suspiro de alivio colectivo en el salón cuando terminaron los exámenes finales.

-Ya era hora. -Sylvia recogió sus cosas antes de salir al receso y se acomodó la cola de caballo que tenía. Acababan de presentar el examen de física, del cual apenas dos de sus compañeros se salvaron.

-No sé si fue cosa mía -comentó Dante al levantarse-, pero este estuvo más fácil que los demás.

-Vete a la mierda -respondió Mateo. Los cuatro ya se dirigían a la salida.

-Habría que celebrar, o algo -dijo Dante, una vez que estuvieron afuera.

-¿Ahora? -Sylvia lo miró dudando-. Se puede hacer pero cuando termine el año definitivamente.

-Cuando seamos libres -rió Dante.

-Hey, hablando de eso, ¿ustedes ya saben qué van a hacer? -Mateo los miró a los tres mientras iban a comprar el desayuno.

-Ni idea -dijo Dante muy relajado-, pero no me preocupa. Tengo dos meses de vacaciones, mínimo, y no quiero saber nada mientras tanto.

-No suena mal -lo apoyó Sylvia, pero mirando a Mateo-, aunque yo... Me gustaría estudiar música, supongo. ¿Y tú?

-Me gustan los idiomas, pero Comunicación Social... No sé, suena... -Mateo se encogió de hombros-. Interesante, supongo. ¿Edgar?

-Em... -No quería decir que estaba perdido en las nebulosas. Ni siquiera había buscado opciones de carrera-. No lo he pensado. No sé -admitió derrotado. Sylvia le dirigió una mirada que no supo interpretar-. Pero seguimos teniendo tres meses de bachillerato, ¿no? Tengo tiempo -dijo sonriendo.

-Ve pensando -le dijo Sylvia-, Dante sé que será feliz haciendo lo que sea...

-¡Perra! -rió él.

-Pero tú sí tienes cerebro.

-Ya veremos qué se me ocurre. -Edgar se rascó la nuca, dudando.

Le gustaba bailar, leer, y le iba bien con los idiomas. La prueba de aptitud vocacional que había hecho el año pasado en su anterior colegio había dado más o menos esos resultados, pero... ¿qué campo podía tener estudiar una Licenciatura en Letras? Sabía de personas que lo hacían y les iba bien, pero no se veía allí. Baile estaba tachado de la lista. Ni hablar. Lo cual le dejaba Idiomas.

Sonaba... bien, si era sincero. Odiaba los números, así que tendría que irse por humanidades con total seguridad. Cualquier tipo de medicina estaba vetado desde hace tiempo por su fobia a la sangre, lo cual era muy irónico, y no era lo suficientemente valiente como para estudiar leyes.

Todavía tenía tiempo, como había dicho, y había sido una suerte que sus padres aún no le preguntaran al respecto. Están esperando a que yo tome la iniciativa. Obvio. Ya ellos habían hecho su parte, así que le tocaba a él. Se preguntó si estarían de acuerdo con que estudiara Idiomas, bien sea como carrera o haciendo cursos por cada idioma. Esa también era una opción, puede que no la más ortodoxa, pero era posible.

De los cuatro, fue el que menos habló cuando se sentaron a comer. Le gustaba solo escuchar y reírse de las bromas. Estar en el colegio aún le causaba inseguridad, por más cómodo que se sintiera con su grupo.

Le sorprendió darse cuenta de que no extrañaba su anterior colegio. Allí no tenía amigos, solo compañeros, conocidos, personas cuyo contacto no le importaba mantener. Había crecido con ellos, pero lo fueron desplazando año tras año que le daba igual. Sus días eran solamente para ver videos, escuchar música, hacer los trabajos, prepararse para los exámenes y cumplir un horario.

Notaba de vez en cuando la mirada extraña entre Mateo y Dante, esas que significan que ambos tenían una discusión mental. Eran de las pocas personas, además de sus padres, que Edgar conocía podían comunicarse con solo verse. Todavía le costaba creer que se hubiesen distanciado tanto hace unos meses.

Igual que antes, el día estaba tranquilo, e igual que antes, la calma duraría poco. Edgar levantó la cara en un momento y notó que la cara de Mateo estaba más blanca que el papel. Arqueó las orejas sin entender.

-¿Mateo? -Se sintió culpable de cortar el ánimo de Sylvia y Dante, que parecían discutir sobre sus películas favoritas-. ¿Pasa algo? -Pero no le salieron las palabras. Escuchaba comentarios al aire y miró a los lados.

Un círculo de gente rodeaba a Valentina, quien les mostraba una foto a todos desde el teléfono. Edgar sintió que perdía el aire cuando escuchó que esta pronunciaba el nombre de Mateo. La cara de este perdió todo el color.

-Me iba a dar algo cuando me enteré -rió en medio del gentío.

Sylvia se levantó de golpe. Parecía haberlo escucharlo también, al igual que Dante, que miró al muchacho sin entender. Edgar fue detrás de Sylvia, dispuesto a mantenerla calmada si pasaba algo, pero lo que vio en el teléfono lo dejó boquiabierto.

Era una foto de Mateo, completamente desnudo, de pie en lo que supuso era su ducha y sosteniendo con una mano su entrepierna, la cual llegaba casi hasta su ombligo.

Edgar perdió el equilibrio por un momento. Todos los que estaban allí miraban la imagen abochornados, burlándose o incrédulos. Antes de poder evitarlo, Sylvia se acercó hacia ella y le arrebató el teléfono de la mano.

-¿Te parece muy chistoso? -Habló con una calma que aterró incluso a Edgar.

-Sylvia -dijo él con un susurro.

-¿De dónde sacaste esto? -Preguntó ella sin prestarle atención.

-Desperté y alguien me lo había enviado. -Valentina habló sin inmutarse, aunque insegura. Guiñó un ojo como para compensarlo.

-Maldita... -Edgar la tomó del brazo antes de que Sylvia fuera hasta ella. Quizá la estaba apretando con más fuerza de la necesaria, pero al menos sus manos no temblaban.

-Dame el teléfono, por favor. -Incluso a él le sorprendió lo calmado que sonaba. Desvió la vista cuando Sylvia hizo lo que le pedía-. ¿Le enviaste esto a alguien más?

-¿Qué te importa? -Valentina comenzaba a alterarse-. Dame mi teléfono.

-Claro. -Edgar confirmó que conocía el modelo con solo verlo. Sus padres se lo regalaron cuando cumplió catorce años, recién salido al mercado. El de él había sido negro, pero el de Valentina era blanco, cubierto de calcomanías por la parte trasera. Sus dedos se movieron rápido.

-¡Hey! -Valentina apenas se movió cuando Sylvia la sostuvo. Le costó encontrar la primera opción, pero luego de eso el resto fue más sencillo.

-Si te le acercas te corto la garganta, por Dios que lo hago. -Edgar se equivocó al escuchar la amenaza. Sentía el ambiente más denso que antes. Respiró hondo. Tenía que darse prisa.

-¡Es mi...!

-Me importa un carajo que sea tuyo. -La cortó Sylvia. Solo un par de segundos más y... Listo. Edgar le entregó el teléfono a Sylvia, que lo miró extrañada, pero se lo dio a Valentina de todas formas. Esta se lo arrancó de las manos.

-¿¡Pero qué mierda hiciste!? -La muchacha los miró furiosa. La pantalla estaba en negro.

-No creo que quieras que te expulsen a ti también -dijo Edgar-, y yo estoy harto de problemas, los cuatro lo estamos.

Edgar se dio la vuelta sin decir nada más y buscó a sus amigos con la mirada. No estaban por ningún lado, pero algo le dijo que los encontraría en la biblioteca, así que fue hasta allá.

-¿Qué hiciste? -Sylvia aún se veía alterada, pero mantuvo su voz controlada.

-Formateé el teléfono -dijo directamente-, aunque quería estrellarlo contra el piso, pero después todos estarían haciendo preguntas, llegaría a oídos de los profesores, y se formaría otro problema. Así sé que morirá callada.

-¿Cómo? -Preguntó asombrada. Hizo un esfuerzo por contener la risa- ¿Y los demás? Ellos también podrían hablar.

-Pues confío en que no lo hagan, o espero, o no sé. -Le tembló la voz al final. Ya le costaba controlarse-. Maldita. -Sí, necesitaba respirar.

Tanto Mateo como Dante estaban sentados en una de las mesas afuera de la biblioteca, y el primero lloraba sin parar. Aquello hizo que Sylvia y Edgar se olvidaran de la foto, de Valentina, de las risas y del colegio entero. Mateo estuvo a punto de levantarse e irse, pero Dante lo tomó con fuerza y lo mantuvo a su lado.

-Me quiero morir -dijo cuando estuvieron los cuatro juntos. Sostuvo su cabeza con ambas mano, apoyándolas en la frente, y cerró los ojos sin dejar llorar. Su cuerpo entero temblaba.

-Sigues siendo nuestro amigo, no me importa lo que haya sido eso. -Sylvia le tomó una mano, pero Mateo seguía sin responder-. Pero para ayudarte tenemos que saber qué pasó.

-Tampoco es que tienes que decirnos todo justo ahora -dijo Edgar-, pero...

-No -lo cortó Mateo-, solo que... -Se le cortó la voz cuando vio a Dante. El pelirrojo asintió y apretó los labios antes de hablar.

-Conoció a alguien por internet, un chico llamado Esteban, y parecía que se llevaban muy bien. Me contó que tenían muchas cosas en común, que se reía demasiado y todo esto, pero me parecía raro, había algo...

-Demasiado bueno para ser verdad -completó Sylvia. Dante asintió al seguir.

-Exacto. Era demasiado perfecto, todo color de rosa, y me preocupé, más aún cuando me dijo que estaban intercambiando fotos y todo eso. -Mateo intentó suprimir sin éxito un sollozo al escucharlo-. Le pedí una foto a Mateo, que me la compartiera, solo para quedarme tranquilo...

-Y no era él. -Dante volvió a asentir cuando Sylvia habló. Edgar escuchaba sin decir nada, esperando que su expresión no delatara nada.

-Sí. Hay un perfil, un Thomas, de Estados Unidos, con esas mismas fotos. Todas.

-Y le escribí a Esteban. -Mateo tenía los ojos hinchados y rojos cuando levantó la cabeza-. Le pregunté por las fotos, pero me bloqueó cuando leyó el mensaje.

-Malditas ratas...

-No sabemos si fueron Víctor y Cristina. -Edgar le tomó la mano a Sylvia-. Pero sí, yo también creo que fueron ellos.

-Es que parecía tan real.

-En fin. -Dante suspiró-. Thomas dice que puede rastrear esas fotos, y tiene amigos que lo pueden ayudar. Fue un golpe de suerte. -La sonrisa no llegó a los ojos de Dante cuando lo hizo-. Aún no ha dado con nada, pero... Peor es nada, supongo.

-Y ahora todos...

-Pues no -lo cortó Sylvia. Mateo la miró extrañado, aún con lágrimas en los ojos-. Edgar ya se encargó de todo.

-¿Ah? -Edgar sonrió cuando este lo miró.

-Sylvia le quitó el teléfono a Valentina, y yo se lo pedí antes de que lo partiera contra el piso.

-Ganas no me faltaron -admitió ella.

-Y lo formateé. Lo dejé limpio.

-Momento, ¿qué? -Dante lo miraba atónito.

-Tuve ese teléfono hace años. Tuve que recordar un poco, pero lo dejé limpio, como salido de fábrica. Igual vieron la foto -dijo con el tono más bajo-, pero...

-Gracias -lo cortó Mateo, riendo-, podría besarte.

-Pueeeees te tengo malas noticias, amorcito. -Como reclamando su puesto, Sylvia tomó la mano de Edgar y entrelazó sus dedos con los de él.

-Otro golpe de suerte. -Dante sonaba más animado.

-Y ya deja de llorar. -Sylvia miró a Mateo-. Aquí no ha pasado nada. No importa lo que digan los demás o lo que piensen, eres mi amigo, nuestro amigo, y no sé estos dos -dijo señalando a Dante y Edgar-, pero le voy a sacar los ojos a quien diga algo.

-Me encanta que no tengo que cuidarte ni nada -dijo Edgar riendo igual que los otros dos chicos.

-Sí, soy la sicaria del grupo. -Aquello terminó de cambiarles el ánimo a todos, justo cuando sonaba el timbre de entrada. Tanto Sylvia como Edgar se levantaron-. Y yo que ya me estaba animando.

-Vayan ustedes -dijo Mateo- quiero ir un momento al baño. -Nadie objetó nada porque le hacía falta. No se podía hacer nada con su cara hinchada o sus ojos enrojecidos, pero al menos podía refrescarse.

-Pero no te tardes, tenemos inglés y ya sabes cómo es el profesor Néstor-lo previno Sylvia.

-Sí, sí.

Mateo llegó cuando ya casi todos estaban en el salón. Varios ojos se posaron en él, pero mantuvo la mirada hacia abajo, ignorando magistralmente a cuanto indiscreto había, y se sentó en su puesto como si no pasara nada, aunque sus músculos estaban más tensos de lo normal. La mano le temblaba de a ratos cuando escribía, al igual que los labios, pero su atención estaba puesta en la clase.

Como advirtiendo que algo pasaba, el profesor hizo pasar a Edgar al frente cuando puso unos ejercicios, aunque sus ojos se posaron varias veces en Mateo. Este copió lo que tenía en su cuaderno, imaginando que había solo cuatro personas además de él en el salón. Soltó el aire que había sostenido hasta entonces cuando terminó. Apenas sentía los dedos al entregarle el marcador al profesor.

-Perfecto como siempre, Torres -dijo mirando al pizarrón-, vaya a su puesto.

-Gracias -dijo él por lo bajo.

Sin importar de qué clase se tratara, Edgar odiaba pasar al frente, principalmente porque casi todos en el salón odiaban ver lo bien que lo hacía. Varios estaban corrigiendo lo que fuera que tuviesen en el cuaderno cuando se dio la vuelta. Igual que Mateo, ignoró las miradas y se sentó como si no pasara nada. Tampoco es que pase nada.

Aunque ninguno dijo nada, les sorprendió que la coordinadora no apareciera en todo el día. Los cuatro esperaban verla en cualquier momento antes de salir, ya enterada de lo que había pasado en la mañana, pero no fue el caso. Se apresuraron en recoger sus cosas cuando sonó el timbre de salida. No fuese a pasar que la susodicha llegara a último minuto.

-¿Todo bien? -Le preguntó Sylvia a Mateo.

-Supongo... -Los labios le temblaron al hablar-. Voy a hablar con mis padres luego de almorzar. -La noticia descolocó a los tres amigos. Esta vez ninguno pudo esconder el asombro-. Mejor que se enteren por mí que por otro. -Intentó parecer tranquilo, pero el pánico de Mateo era demasiado evidente.

-Puedo ir cuando lo hagas, si quieres -dijo Dante-, y sí, me estoy auto invitando. -Los cuatro sonrieron, aunque nerviosos.

-No estaría mal, pero... -Mateo tomó aire-. Quiero hacerlo solo.

-¿Seguro que es el mejor momento? -Edgar caminó preocupado detrás de él a medida que salían del salón.

-Fuera de que tengo ganas de vomitar y no siento las piernas, sí, es perfecto. -Más risas nerviosas.

-Cualquier cosa que necesites, nos llamas, a cualquiera, y sí, hablo por todos. -Sylvia miró a Dante y Edgar, retándolos a decir lo contrario.

-Hey, quieta, fiera -la fastidió Edgar-, nadie dijo que no.

-Qué bueno.

Nadie dijo gran cosa hasta que cada quien se fue. Edgar se despidió de Dante y Mateo cuando fue su turno, viendo a lo lejos que los padres del segundo ya estaban cerca.

-Todo va a ir bien. Tranquilo. -Este asintió antes de que Edgar se fuera.

Recibió un mensaje apenas llegó a su casa. Sylvia.

¿Nos vemos hoy?

Claro. ¿Misma hora?

Duuuh

Okas

-¿Qué tal el examen de hoy? -Preguntó su padre cuando se sentaron a comer. Claro...

-Bien, creo que respondí todo bien.

-¿Tampoco te dieron la nota?

-No, en la próxima clase, igual que con los demás.

-Bueno, ni modo. -Las ganas de alargar la discusión se le veían a Roger en la cara, así que Edgar decidió dar el paso.

-Y he estado pensando... Gracias. -Acercó el plato cuando su madre le sirvió una porción de pollo en salsa con puré de papas. Su padre lo miraba atento. Se veía más cansado desde el incidente en Navidad-. Pues... Creo que me gustaría estudiar idiomas.

-¿Idiomas? -Mierda. Mierda-. ¿Seguro?

-Bueno... -No te acobardes ahora-. Me va muy bien en inglés, y me gustaría aprender otros.

-¿O sea que quieres hacer puros cursos?

-No sé, estaba pensando que...

-Lo que tu padre quiere decir, Edgar -intervino su madre-, es que un curso lo hace cualquiera, pero así no vas a destacar.

-Ah. -Pues tenía razón.

-Puedes estudiar cuantos idiomas quieras, ¿pero y luego? -Su padre lo miró fijamente.

-No sé, solo se me ocurrió. Puedo ser traductor o profesor, ¿no? -Algo se removió en su estómago. La discusión no iba como esperaba.

-A ver. -Roger tomó aire-. No es que esté mal, Edgar, puedes hacerlo, pero no puedes empezar una carrera sin saber que vas a hacer.

-Bueno... -También tenía razón.

-Hay una carrera de idiomas en la universidad del estado -continuó su padre-, y puedes complementarla con los cursos. También puedes estudiar política, o comunicación, y complementarla con los cursos.

-Ni sueñen con política -lo atajó Edgar, mirando a ambos padres-, ni de cerca.

-Es solo un ejemplo. Por ejemplo, vamos con comunicación. -Edgar asintió, más convencido-. Podrías ser representante o gerente de comunicación de una empresa o una organización, y puedes abrirte las puertas tú solo. O si quieres ser periodista, puedes aspirar a trabajar fuera del país. El inglés lo habla cualquiera y lo sabes. -Edgar asintió de nuevo. Tenía razón-. Pero, por ejemplo, si estudiar francés, italiano, y portugués, que son los que se me ocurren, ya son cinco idiomas.

-Claro, sencillo -se rió su madre.

-Tu hijo es el que quiere ser políglota, a mí no me mires. Entonces, si tienes varios idiomas... exóticos, digamos, ya resaltas. -Edgar se mantenía en silencio, siguiendo las ideas de su padre-. Así puedes viajar a donde te dé la gana y los demás te pagan los gastos.

-No suena mal -dijo riendo.

-Pero no va a pasar en el primer día, cariño -lo previno su madre-, tienes que demostrar que lo vales. Nosotros lo sabemos y sé que podrás, pero tienes que demostrártelo a ti y luego a ellos -dijo señalando hacia afuera.

-O puedes estudiar cualquier otra cosa, y complementas con idiomas -siguió su padre-, porque siempre te abrirán puertas, siempre.

-Tengo que pensar, pero sí... Creo que... Ya me duele la cabeza -admitió con una sonrisa.

-Piénsalo, y puedes preguntarnos para estar más seguro. -Finalizó su madre, levantándose con su plato ya vacío.

-Amor, ¿lo saboreaste tan siquiera?

-Me gusta mi comida caliente, gracias. -Tanto Edgar como su padre sonrieron.

-Ah, por cierto, hoy me reúno con Sylvia -dijo antes de olvidarlo.

-¿Otra vez?

-Sí. Queremos repasar algo.

-Bueno, avísame cuando estés listo y te llevo. Tengo salir en un rato.

-Claro.

Edgar ignoró la mirada de su padre, salió de la cocina y se fue a alistar. Revisó su teléfono antes de bañarse, pero no había nada. Seguramente todo había salido bien con los padres de Mateo, pero preferiría estar seguro.

Holas, ¿todo bien?

Dejó el teléfono de lado y volvió a ver cuando salió. Sin respuesta. No le prestó atención y salió para vestirse. El día estaba inusualmente nublado, considerando que acaban de iniciar abril. Era una linda sorpresa.

Voy en camino

La respuesta de Sylvia llegó casi al mismo tiempo.

Okiss

Cuando salió, cubierto de negro una vez más, salvo por una muñequera de líneas negras y blancas, su padre veía un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, un tema al que parecía estarse aficionando. Últimamente lo había visto leyendo bastante al respecto.

-No estarás pensando en volverte Hitler -bromeó cuando Roger tomó las llaves.

-Por ahora no, gracias -dijo este-, pero te aviso si cambio de opinión.

El camino a la casa de Sylvia fue más tranquilo de lo que Edgar esperaba. La calle estaba inusualmente despejada y los semáforos estaban casi todos en verde. Sacó el teléfono de su bolsillo apenas llegaron.

-Estoy afuera.

-Okis, ya voy.

-Creo que voy a estar listo en dos horas -le dijo su padre cuando colgó-, ¿suficiente para estudiar?

-Sí, claro -dijo él al bajarse.

-Me avisas cuando estés listo, ¿o te llamo yo?

-Llámame si terminas y no te he escrito. -Roger asintió y Edgar se dispuso a bajar cuando el portón se abrió.

Igual que siempre, la casa estaba sola a excepción de Sylvia. Edgar sospechaba qué harían ese día, así que se concentró en no pisar líneas ni grietas cuando entró a la casa, esperando que su padre no se diera cuenta de que estaba nervioso. Lo último que necesitaba era insinuaciones o comentarios con doble sentido.

Su padre se despidió sonando la corneta del carro cuando Sylvia salió a recibirlo. Esta lo saludó con la mano mientras se alejaba.

-Creo que nos merecemos un descanso, ¿no? -Dijo ella cuando cerró, ya adentro. Edgar la miró expectante, aunque ya sabía que no practicarían o estudiarían nada ese día.

-Supongo -respondió él, nervioso. Le gustaba la idea de hacer algo más con ella, pero se sentía... incómodo al no saber qué esperar. En lugar de ir al cuarto, Sylvia fue hacia el televisor de la sala.

-Papá y yo compramos unas películas recientemente, y creo que algunas te pueden gustar.

-Claro. -Edgar sonrió a pesar de los nervios. Era solo una película entonces, nada de qué preocuparse.

-Escoge la que prefieras. -Sylvia sacó le mostró varios discos y se acomodó el cabello detrás de la oreja-. Voy a preparar algo.

Cuando ella se levantó, una ola de perfume a rosas embriagó a Edgar. Sus brazos se tensaron por un momento, sobrecargado por la sensación. Le encantaba. Demasiado. Apretó los labios y se concentró en las carátulas para no pensar en lo seca que estaba su boca.

Reconoció varios títulos, algunos nuevos y otros no tanto, pero le llamó mucho la atención una reciente adaptación de Drácula. La Historia Jamás Contada, leyó en su mente. Parecía una de esas historias en donde querían explicar por qué se lo consideraba un villano. Había escuchado sobre ella. Tenía críticas de todos los tipos, pero los trailers parecían interesantes. Solo por si acaso, escogió también La Quinta Ola, una película juvenil que le mencionó Mateo días atrás, Inframundo: Guerras de Sangre, la única de la saga que le faltaba por ver, y Victor Frankenstein.

Las apartó del resto y fue a la cocina para ayudar a Sylvia con lo que fuese que iba a traer. Su sorpresa fue grande al ver dos tazones, uno con papas y otro con cotufas, junto con una botella de refresco de naranja y dos vasos que Sylvia acababa de poner al lado, quien dio un pequeño salto al darse la vuelta.

-¡Carajo! -Su cara perdió todo color por un momento-. No te escuché -admitió sonriendo.

-Ni yo a ti preparando todo esto. -Lamentó el comentario apenas lo dijo-. ¿Necesitas ayuda? -Esperó que fuera suficiente distracción.

-No es nada -dijo mientras servía los vasos-, pero puedes llevarte los tazones o los vasos. -Edgar tomó los segundos, sabiendo que estarían bien fríos por lo empañados que se habían puesto en apenas unos segundos. Sylvia fue detrás de él-. ¿Te llamó la atención alguno?

-Sí, cuatro, en realidad. -Dejó que Sylvia se sentara primero y él hizo lo mismo, dejando los vasos junto con los tazones en la mesa de vidrio que había entre el sofá y el televisor-. Son estas.

-Ooooh, ¿te gusta Inframundo? -Preguntó ella con solo ver la carátula. Estaba de primera.

-Sí, es la única que no he visto, y pensé que podríamos verla si quieres.

-Pero claro que sí, amorcito. -Sylvia lanzó un beso al aire en su dirección, haciéndolo sonrojar y sonreír, antes de poner el disco-. La historia a veces no me convence del todo, pero igual me encanta -comentó mientras iba a apagar las luces.

-Mientras tenga sangre, bien por ti, ¿no? -Edgar enarcó una ceja cuando Sylvia se sentó.

-No siempre, pero sí le da muchos puntos.

Ambos se quedaron en silencio apenas empezó la película, y sus ojos se mantuvieron fijos en la pantalla, absortos. Ni él ni Sylvia hacían muchos comentarios, pero ya estaba acostumbrado a estar en silencio con Sylvia. Ambos reían ante las escenas, sonreían con las batallas, especialmente Sylvia, y más aún cuando Selene despedazaba a los demás personajes.

Edgar se dio cuenta de que, cuando tenía el cabello corto, Sylvia tenía un aire similar a la vampira. Sus facciones eran más suaves, sus ojos grises en vez de azules, pero todavía podía ver algo de ella en la muchacha, algo sobrenatural, casi inmortal.

Aún le sorprendía lo diferente que era ella de las demás chicas, particularmente de las de su edad. El común denominador era que hablaran de chicos, música pop, chicos, chismes, y más chicos, o al menos así eran en los dos colegios donde había estudiado hasta entonces. De vez en cuando escuchaba comentarios inteligentes, cuando su cerebro parecía despertar, pero eran pocas las veces, sin importar lo mucho que todas dijeran ser únicas y diferentes.

Sylvia era caso aparte. Sonrió al recordar cómo había cambiado su mirada, carajo, todo su cuerpo y hasta su aura, cuando encaró a Valentina. Estaba seguro de que le hubiese arrancado los ojos a la muchacha si él no hubiese estado allí. Era muy diferente a la chica que tenía a su lado en ese momento.

Tenía los ojos brillando por la emoción, concentrada en la película, los dedos alrededor del vaso ya casi vacío, y su cabello imposiblemente largo por encima del hombro derecho, dejando su perfil iluminado bajo la luz del televisor.

Demasiado iluminado.

Edgar parpadeó, bajando la mirada poco a poco. Se había dado cuenta de que la sala estaba más oscura que de costumbre. ¿En qué momento...? Da igual. Tampoco tenía prisas por ir a su casa

Para su sorpresa, recordaba gran parte de la película cuando terminó. Si Sylvia se había dado cuenta de que había estado mirándola, no dio signos de ello cuando se levantó y estiró los músculos.

-Estuvo mejor de lo que esperaba -dijo ella al ponerse de pie.

-Sí, en realidad pensé que arruinarían la historia.

-¿Por qué? -Le preguntó cuando se volvió a sentar.

-Cuando alargan algo que tuvo un buen inicio, sea una serie, libros o películas, o lo que sea, casi siempre terminan cagando la historia.

-Bueno, sí -admitió Sylvia riendo. De repente, apoyó la cabeza en su hombro, entrelazando sus brazos y los dedos de sus manos. Edgar soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Era demasiado fácil estar con ella, y no parecía molestarle que Edgar estuviese tan callado. En realidad, ni siquiera él entendía bien por qué no había hablado casi desde que llegó. Quizá tenía algo que ver con que prefería escucharla y verla a ella.

Sintiéndose valiente, Edgar liberó su brazo para pasarlo por la espalda de Sylvia, posar su mano en su cintura y atraerla hacia él mientras se acostaba en el mueble una vez más. Ambos rieron cuando sus piernas se enredaron al subirlas, incluso podía sentir la sonrisa de la chica cuando apoyó la cabeza en su pecho. Seguramente tendría los ojos cerrados.

El mismo perfume hizo que a Edgar se le cerraran los suyos cuando respiró teniéndola cerca. Era adictivo, peor de lo que pensó que podrían ser las drogas, solo que sin los efectos negativos. Tampoco creía que pudiera haberlos, tratándose de Sylvia.

Su respiración fue haciéndose lenta con cada latido, hasta ir al mismo ritmo que la de Sylvia. Allí estaba de nuevo, esa magia que había sentido días atrás, como si ese momento fuese sagrado, algo que les pertenecía solo a ellos dos, una electricidad tan sutil que podía desvanecerse en un suspiro, incluso en un parpadeo.

-Gracias -dijo ella con la voz ronca, apenas rompiendo la magia. Porque claro que su voz no podía hacerlo.

-¿Por qué? -Preguntó él en un susurro. Le acarició la mejilla con suavidad. Se sentía más cálida de lo que esperaba.

-No sé -rió contra su pecho-, solo... eso. Por estar aquí, por ser tú... Pero por estar aquí, más que otra cosa.

Edgar no respondió. Trazaba espirales, líneas y formas confusas en la mejilla de Sylvia, hasta que pasó por el cuello, el hombro, y su brazo. Ahora el silencio era doble, por él y por ella, incapaces de articular palabra.

Su piel blanca se sentía tan suave, tan delicada, que Edgar no podía pensar en otra cosa más que seguir acariciándola. Su corazón se aceleró por un segundo cuando ella pasó un brazo y una pierna por encima de él, solo un poco, pero abrazándolo con todo su cuerpo.

Con los ojos fijos en el techo, recordó la primera vez en que la había visto. Los músculos tensos, el cabello mucho más corto, su mirada desafiante, pero con el mismo brillo en los ojos que últimamente no desaparecía. Quizás él también había cambiado.

No se sentía tan solo, perdido en una jungla, como le había pasado la mayor parte del tiempo. Se había acostumbrado tanto a estar por su cuenta y perdido en su mundo que no entendía cómo había pasado el tiempo tan rápido. Los días se iban volando desde que se acercó a Sylvia.

Era imposible saber cuándo había pasado eso, quizá alrededor del día en que ambos decidieron inscribirse en el concurso, puede que antes o después, pero era un punto de referencia bastante fiable. Suficiente para Edgar.

Esta vez la magia terminó por el repique de su teléfono. Edgar apretó los labios y frunció el ceño, al mismo tiempo que Sylvia se levantó y le dio una mano para levantarlo. Carajo. Era su padre. Se aclaró la garganta antes de contestar.

-¿Aló?

-Hijo, ¿estás listo?

-Ah... -Miró a Sylvia, como si ella pudiera darle una respuesta, pero solo alzó los hombros y sonrió-. Sí, sí, ya hicimos todo y repasamos.

-Bueno, paso por ti en... ¿quince, veinte minutos?

-Sí, claro.

-Te llamo cuando esté cerca entonces. Le llevo unas medicinas a un amigo y voy para allá.

-Bueno. -Edgar guardó el teléfono en su bolsillo cuando colgó-. Se me había hasta olvidado -admitió con una sonrisa, y recordó de repente-, hey, ¿y tu papá?

-Debe estar haciendo las compras -dijo ella al levantarse-, a veces sale tarde del trabajo y pasa por un mercado antes de venir.

-Ah, bueno.

Era extraño pensar en lo cómodos que estaba tan solo unos segundos antes. E incómodo. Sin embargo, Sylvia ya se había adelantado.

-Tu papá dijo... ¿veinte minutos?

-Sí.

-Hay chance para una partida, si quieres. -Edgar sonrió al instante.

-Claro.

El tiempo pasó volando. Roger llamó por segunda vez cuando menos lo esperaban.

-Edgar, ya estoy cerca.

-Ah, ya salgo.

Se sintió mal dejar a Sylvia sola en esa casa, aunque fuese la suya. Edgar quería esperar un poco más, un par de minutos, por lo menos hasta que Franco llegara, pero su padre no veía muy bien de noche. Tampoco era para tanto, así que se despidió de ella con un abrazo y fue hacia el portón, con un morral negro en el hombro que no había abierto en toda la tarde.

Para su sorpresa, tenía más sueño del que creía. Apenas terminó de cenar, fue a su cuarto, se cambió y se dejó caer en la cama. Había sido un día entretenido, con sus altibajos, pero con un broche de oro para él. Recordó entonces que no sabía nada de Mateo. Apretó los ojos al buscar su teléfono.

Hola, ¿cómo va todo? La culpa lo torturó mientras esperaba a que llegara la respuesta, que no tardó mucho.

Hola. Bien, en realidad muy bien.

Bueno saberlo. J Ya eso lo dejaba mucho más tranquilo. ¿Te dijeron algo?

Solo por las fotos... Pero nada más.

¿En serio?! Edgar miró el mensaje, incrédulo.

Jajajaja, sí, lo tomaron todo muy bien. Demasiado.

¡Buenísimo! Una sonrisa se dibujó en su cara. Y este chico, el de internet, ¿ya dio con algo?

Thomas. Ah, claro. Aún nada, pero... Mueres callado.

¿Okay? Aquello era extraño, pero Edgar le siguió el juego de todas formas.

Estamos hablando, él y yo, me refiero.

Sí, bueno, ya eso lo sabía. ¿En dónde estaba la novedad?

No seas pendejo. .l. Me refiero a que él me cuenta cosas y yo también. Alerta roja.

Momento, ya va, ¿cómo así? Claro que entendía, pero era extraño. ¿Justo después de un mal trago como el que había pasado ese día?

Solo como amigos, no exageres. Edgar esperó a que terminara de escribir el segundo mensaje antes de responder. Es raro, porque lo vi desnudo sin conocerlo ni siquiera, pero, pues, nos llevamos bien.

¿Cómo? Edgar se debatió entre si preguntar más o dejarlo pasar, pero no podía hace lo último.

Ya va, ¿cómo que lo viste desnudo?

¿Las fotos? ¿Se te olvidó? Carajo, claro. Claro. "Esteban" me pasó fotos, pero eran de Thomas.

Ah, sí, claro.

Bueno. Fue extraño al principio, pero es bastante agradable. Es bueno hablar de esto con alguien.

O sea que nos cambiaste.

Que no seas pendejo.

Sí, sí, ya sé jajajajaja. Edgar dudó, aunque al final igual terminó de escribir. ¿Puedo preguntar por qué él tiene fotos así por internet? Ya se imaginaba la respuesta, y Mateo la confirmó.

Las sube a su perfil. Es modelo.

Khé?

Sí, bueno, jeje, tiene un par de años más que yo. Ya eso era... ¿cuál era la palabra? Palabras Mayores. Ya eso era demasiado.

¿Y le estás pasando fotos también?

No, no, nada que ver. Ni siquiera me las pide. Bueno saberlo. Edgar respiró más relajado. En realidad, tampoco me las envía. Yo las veo por internet.

Bueno, creo que es mejor así, no sé, supongo.

Sí, igual somos solamente amigos.

Momento, amigos somos tú y yo. Creo que entre ustedes hay algo más jjajaja

Sí jajajaja lo sé, pero lo trato como amigo, solo como eso, y él igual a mí. Es más simpático que Esteban o quién sea.

Igual ten cuidado, ¿sí?

Obvio. Aprendí, por las malas, pero aprendí. ^^'

Bueno, me quedo tranquilo entonces.

Por favor. Y buenas noches, me caigo del sueño. Leer ese mensaje hizo que Edgar se sintiera igual.

Igual yo. Descansa.

Puso el teléfono a cargar y lo dejó en la mesa de al lado. Lo tomó una vez más para verificar que las alarmas estaban habilitadas y que el sonido estaba al máximo, igual que todas las noches, y luego sí lo dejó definitivamente bloqueado.

Lo último que pensó antes de dormir fue que al final Sylvia y él sí habían celebrado el fin de los exámenes.

***

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