Capítulo 15

Cuando el momento llegó, Edgar dudó de si tendría el valor suficiente de hablar con Sylvia, de mencionar tan siquiera le tema, pero se dijo que no lo haría si no era durante el primer receso. Sabía que entrarían a la biblioteca, hablarían un rato sobre lo que habían hecho antes de regresar a clases y seguramente le recomendaría un libro, pero en algún momento tendría que hacerlo.

Es tu meta, se repitió mentalmente durante las clases, esforzándose en prestar atención y concentrarse en los apuntes, es tu meta, no te vayas a caer. Se lo repitió las veces que pudo, hasta que finalmente sonó el timbre de salida. Ahora o nunca.

Como pensó, Sylvia lo puso al corriente de todo lo que había hecho, que no era mucho. Un viaje a las montañas de Trujillo y Mérida, llamadas con su tía, todavía silencio y ausencia por parte de su madre, y cada vez más cercana a su padre. Cuando fue su turno de hablar, decidió no darle vueltas al asunto. Así evitaría acobardarse.

-Pues... -Se humedeció los labios, repentinamente secos-. Estuve pensando en algo, y creo que... No sé, a lo mejor podría, creo que podría... Pues...

-Escúpelo -lo alentó ella con una sonrisa divertida. Edgar le devolvió el gesto, nervioso.

-El concurso. -Se le cortó el aire por una fracción de segundo-. Creo que podríamos participar.

-¿Cómo dices? -La expresión de Sylvia cambió por completo. No te acobardes. Ni pienses en echarte para atrás. Al menos termina de hablar.

SILENCIO. Agradeció a la voz nueva, y que Sylvia no dijera nada sobre sus labios en ese momento.

-Eso, creo que, esto, bueno, podríamos entrar. Estuve escuchando tus canciones, y me gustan mucho, creo que podrían gustarle a los demás. -Edgar se contuvo para no respirar hondo varias veces.

-Digamos que sí, perfecto, estamos inscritos, yo toco, como sea que pueda hacerlo, y no lo tomes a mal, por favor, aunque sé que lo vas a hacer, ¿pero y tú?

Ahora o nunca.

-Pues... Esto...

Escúpelo.

-Escúpelo -lo presionó de nuevo, levantando una ceja-. Te prometo que no me voy a reír.

-Me da igual si lo haces. -Ja. Ja-. Sé bailar -dijo de golpe-, o bueno, creo, lo intento, lo hago a veces. -Bajó la mirada, ignorando a Sylvia, quien había abierto los ojos. Edgar no se dio cuenta. Su boca cobró vida propia-. Desde hace unos años me puse a ver videos por internet, empecé a practicar, me miraba en el espejo, y pues creo que me sale bien, o por lo menos lo disfruto, y a veces me grabo y siento que...

-Momento, momento, para, ¿te grabas? -Edgar asintió, todavía sin verla-. Pruebas, quiero ver, ahora sí me interesó la idea.

-Claro -dijo con un hilo de voz. Buscó el video más reciente, verificó que tuviera buena resolución, e hizo de tripas corazón cuando le entregó el teléfono a Sylvia junto con los audífonos-. Este, es de hace... una semana, creo.

Sylvia no dijo nada. Se puso los audífonos, verificó el volumen, y le dio al ícono de reproducir. Edgar ladeó la cabeza, sintiendo las lágrimas a punto de brotar. Desde donde estaba podía escuchar la música retumbando en los oídos de su amig... Novia, corrigió la voz nueva. El corazón le retumbaba en los oídos cuando Sylvia se quitó los audífonos.

-¿De verdad eres tú? -Señaló el teléfono en donde se veía su imagen congelada. Edgar asintió, aterrado. ¿Por qué u corazón no dejaba de latir por un segundo? Solo uno, era todo lo que necesitaba-. Creo que me gustas más ahora. -Sylvia soltó una risa al ver que su cara se encendía como un tomate-. Hey, de verdad, es increíble -dijo con una sonrisa en la cara-, te juro que si no lo hubiese visto pensaría que es era una broma o algo, no sé, pero con lo nervioso que estabas sabía que era verdad.

-¿En serio? -Edgar apenas logró subir la mirada. Sus ojos brillaban, su sonrisa parecía sincera. Se sentía más expuesto que nunca, tan desnudo que analizaba cada palabra, cada gesto, cada señal y movimiento en Sylvia.

-Que me parta un rayo si es mentira. Edgar, de verdad, no sabía que podías hacer eso y me encanta.

-Gracias. -Apartó la mirada por un segundo, abrumado. Hasta donde recordaba, nadie lo había mirado así, salvo sus padres en alguna ocasión.

-Por mí, adelante, no tengo ningún problema en inscribirme.

Las palabras de Sylvia lo despertaron.

-Ya va, ¿es en serio?

-Hey, no me mires así, la idea fue tuya -dijo ella levantando ambas manos.

-Sí, sí, pero... No sabía, bueno, no creí que dirías...

-Lo dije, me encanta, me encantas. -Otra risa cuando Edgar se ruborizó-. Será... Interesante, digamos, ¿por qué no? Es el último año, y podría ser un buen recuerdo.

-Claro. -A menos a que metas la pata. Edgar apretó las manos, desechando la idea.

-A todas estas, ¿nadie sabe? Me refiero, a que...

-No -la cortó él-, nadie, ni mis padres, y no quiero que sepan, por favor.

-Soy una tumba, que no cunda el pánico ni panda el cúnico, pero se enterarán en algún momento, ¿no crees?

-Bueno, sí, pero no ahora, ni hoy, ni mañana.

-Bueno, todos de un solo golpe, me gusta, un solo dolor. -Sylvia sonrió ante la idea. Se sentía tan aliviado que no tenía como describirlo con palabras. Entrelazó los dedos de sus manos para evitar que estas siguieran temblando. ¿Desde cuándo le temblaban?-. Entonces, ¿cuándo empezamos?

Edgar no pudo evitar soltar una risa por lo bajo. Aquello había salido mucho mejor de lo que se había planteado. Aunque esperaba lo peor, mantuvo la esperanza de que al menos Sylvia lo dejase hablar. Claro que al final había necesitado un empujón, pero al menos así había sido, y no solo eso, sino que su reacción había sido cualquier cosa salvo lo que esperaba.

-No sé, tú dime.

-Pues esta semana no creo que hagamos nada, ¿te parece vernos en mi casa? Papá últimamente sale mucho y podemos practicar en la sala, aunque creo que primero tenemos que inscribirnos y tener algo de música.

-Bueno, sí -admitió él-, aunque las inscripciones eran hasta... -Cuando lo recordó, sus ánimos se fueron por el suelo.

-¿Y qué? -Levantó la vista ante la pregunta retadora de Sylvia-. Ya me animaste, y por lo menos podemos preguntar. Tampoco estamos tan tarde, es el primer día. ¿Quién dijo miedo?

Sylvia se levantó sin esperar a que respondiera. Caminando a la coordinación, Edgar sintió que apenas sentía el suelo debajo de los zapatos. ¿Cómo podía sentirse tan bien? Incluso evitó desviar la mirada cuando vio a Víctor, sentado desde una de las bancas, al lado de Cristina. Edgar siguió caminando y volteó la cabeza hacia Sylvia, esperando no parecer tan nervioso como se sentía en ese momento.

El ambiente cambió una vez dentro de la coordinación. La profesora lucía mucho más relajada que de costumbre, incluso tenía el cabello más largo. Levantó la vista sorprendida cuando los vio entrar.

-Edgar, Sylvia, qué bueno verlos -dijo con una sonrisa-, buenos días.

-Buenos días, profesora Magaly. -Edgar no se sorprendió al ver que ella sonreía igual. Creyó que así era como Sylvia fingía no tener miedo-. Queríamos hablar algo, pero nada malo, es que teníamos algunas dudas, Edgar y yo, sobre el concurso.

-Claro, tomen asiento, pero les recuerdo que ya las inscripciones pasaron. -Edgar creyó escuchar algo de incredulidad en la respuesta-. Fueron hasta diciembre, Sylvia.

-Sí, lo sabemos, pero queríamos saber si aún habría oportunidad, aunque sea con menos tiempo que los demás participantes.

-Debieron haber venido antes de las vacaciones. -Los ojos de halcón los vieron a ambos, primero a Sylvia y luego a Edgar, como estudiándolos-. ¿Puedo preguntar por qué ahora?

-No queríamos que se hiciera tarde. -Necesita ayuda, pensó Edgar al escuchar a Sylvia.

-¿Y por qué esperaron justo a que ya fuese tarde? Los profesores lo dijimos claramente, solo podían inscribirse hasta diciembre.

-Fue por Víctor -dijo Edgar sin pensar-, quería participar, pero no le dije nada a Sylvia hasta ahora porque... Pues...

-Nos tenía intimidados, prácticamente a ambos -completó Sylvia, más relajada-, y si se enteraba, pues...

-Claro. -La profesora inhaló profundo-. A ver, muchachos, creo que los entiendo, ¿sí? Pero no puedo prometerles nada. Voy a tener que conversar esto con los demás organizadores para saber qué piensan al respecto, y dudo que vayan a estar de acuerdo, pero, en cualquier caso, voy a necesitar saber qué talento desean demostrar en el concurso.

-Sylvia es compositora -dijo Edgar al segundo siguiente-, o bueno, hace música electrónica.

-Bien, perfecto. -Ella desvió los ojos de ambos para anotarlo en la computadora.

-Y Edgar baila, bastante bien -intervino Sylvia cuando vio que la profesora dejaba de teclear. Esta asintió, añadió algo más y se levantó con una carpeta llena de papeles y un bolígrafo en la mano-. Pero no nos gustaría que nadie más que los profesores sepan algo. -Edgar respiró tranquilo cuando escuchó a Sylvia. Quería decirlo él, pero las palabras no le salían y los pensamientos se le cruzaban unos con otros.

-Bueno, en ese caso, voy a conversarlo inmediatamente, porque justo en unos minutos tenemos la primera reunión académica. Mañana les daré respuesta. Búsquenme a esta hora, y vayan directo al salón.

En efecto, justo al salir de su oficina, el timbre de entrada sonó por todo el patio, por lo que ambos bajaron corriendo las escaleras para evitar llegar tarde. Sin embargo, una sonrisa de esperanza adornaba sus rostros.

Esa noche, mientras Edgar miraba el techo de su cuarto, se preguntó si realmente podría hacerlo. Sus coreografías, al igual que sus dibujos, sus poemas y sus pensamientos, eran demasiado privados como para compartirlos. Puede que hasta más. Era su forma más honesta de hablar y no sabía si estaría listo para hacerlo en público.

Si bien había hecho la excepción con Sylvia, era porque confiaba en ella y porque la conocía, pero con los demás era muy distinto. No quería darle más armas a sus compañeros con las cuales hacerle daño.

Ya las cosas eran suficientemente complicadas en ese momento como para echarle más leña al fuego. Guardar secretos incluso es sano, se dijo. Y en parte era así. No tenía motivos para decirles todo a todos. Nada ni nadie lo obligaba a ser transparente. Además, ¿qué podría ganar? No tenía sentido, nunca lo había tenido para él, así que la opción quedó descartada por mucho tiempo desde la primera vez en que se planteó la situación.

Sin embargo, las cosas eran distintas ahora. Edgar desconocía las razones exactas, pero todo se sentía y se veía distinto desde hace un par de meses. Quizás esa mudanza había traído más que solo una casa y un colegio nuevo.

Pareciera como si todo lo que conocía hasta entonces de sí mismo y lo poco que conocía de la vida, aunque en su momento le pareció demasiado, fuese cualquier cosa salvo real. Se preguntó en qué momento cambiaron tanto las cosas como para considerar bailar al frente de una multitud de desconocidos. La idea aún lo aterraba, le apretaba el corazón, así que se concentró en la respuesta. Desde que empecé a hablar con Sylvia.

Tan simple como eso.

No podía señalar un día en específico, un momento concreto, pero había un antes y un después de ella. Se sentía bien pensar en su rostro, en el sonido de su voz, en su mano con la de ella, aunque no dejara de preguntarse qué podía ver en alguien como él.

Inseguro, torpe, introvertido, cobarde, a veces incluso tartamudo. ¿Qué clase de partido era él? Ella era valiente, inteligente, divertida, siempre sabía qué decir y cómo decirlo, mientras que él tenía que pensar mucho, ir con cautela para no equivocarse. No le pasaba en mucho tiempo, pero aquello no significaba que estaba lejos de sentirse más relajado al respecto.

Las conversaciones importantes le ponían nervioso. Recordar la charla que tuvo con Mateo meses atrás aún le ponía los pelos de punta, aunque lo había manejado bastante bien. La de Dante no tanto, eso era seguro, pero se repitió varias veces que no era su culpa que el chico fuese un idiota. A pesar de ello, lo extrañaba, y sabía que Sylvia y Mateo también.

Se preguntó si sería prudente escribirle un mensaje, pero lo descartó al ver que eran casi las once de la noche. Mejor escribirle en la mañana, pensó, y lo escribió en un papel usado para no olvidarlo, aunque seguramente lo haría de todas formas.

Su verborrea interna lo calmó y cansó lo suficiente como para quedarse dormido, y despertó mucho más tranquilo de lo se había sentido en mucho tiempo. Viendo el mensaje para sí mismo con respecto a Dante le generó rechazo esta vez, por más que fuese su propio miedo a la interacción.

A la mierda todo, pensó al tomar el teléfono. Buenos días, todo bien?

Edgar se había olvidado del mensaje para cuando llegó a clases, más temprano de lo normal. Dante estaba allí, y lo abordó en el acto.

-Buenos días -dijo tan pronto lo vio, aunque sin darle la mano como solía hacer-, acabo de leer tu mensaje, sí, todo bien, ¿por qué? -Algo en su cara lucía extraño.

-Ah, no, por nada, solo para saludar. -Claro. Silencio.

-Bueno, pues sí.

-En realidad. -Edgar comenzó a decir cuando vio que Dante tenía intención de retroceder. Buscó rápidamente en su memoria, cualquier comentario, pero falló miserablemente. Decidió ir con la verdad. Su pecho se apretó cuando abrió los labios-. En realidad, me refería, ya sabes, al tema...

-Claro, me imaginé. -Dante desvió la mirada, y comenzó a caminar. Edgar asumió que quería que lo siguiera, y así lo hizo-. ¿Él te pidió hacerlo? -Preguntó mirándolo a la cara.

-No, aunque sé que te extraña porque yo también, y Sylvia también. -Edgar sentía la boca seca a medida que hablaba-. Y, pues, ninguno está molesto contigo. Solo quería que lo supieras, y, eso.

Dante guardó silencio por un momento, apretando los labios. Edgar cuidó de no hacer ningún gesto que delatara que estaba nervioso, así que solo se reacomodó el morral a su espalda.

-Lo sé -dijo el pelirrojo al fin-, y hemos sido amigos por tanto tiempo que... es extraño no estar con él, no es lo mismo, y a veces no entiendo por qué.

-Porque lo que hacías era con él, ¿no? -Edgar parecía entender lo que quería decir-. No es solo lo que hacías sino con quién.

-Supongo, creo que sí. -Un leve asentimiento de cabeza le hizo saber a Edgar que por primera vez Dante entendía lo que le pasaba-. Creo que hasta estuve celoso de ti y Sylvia -dijo sonriendo.

-¿Ah? -El comentario lo tomó totalmente desprevino, y Edgar no supo qué responder.

-Es que siempre habíamos sido dos, y de repente llegaron los dos, y pues... Durante estos días incluso pensé que estaban en una especie de conspiración para quitarme a mi amigo.

-Claro, es que ella y yo nos conocimos antes de clases y lo planeamos todo.

-Estúpido. -Ambos rieron ante la idea.

-Pero, ya en serio, de verdad que nos hace falta estar contigo.

-Y yo los extraño también, pero no dejo de darle vueltas a lo que me dijo Mateo. -Eso terminó de frustrar a Edgar. Las palabras brotaron solas de su boca.

-A ver, ¿te pidió algo? -Dante lo miró extrañado, pero él siguió-. ¿Te dijo que quería hacer algo contigo? -Esta vez él negó, aunque Edgar siguió como si nada-. Muchos menos te habrá pedido que seas su novio o algo, ¿cierto? -El rostro de Dante pareció contraerse de golpe y perder todo rastro de color, pero Edgar no se inmutó. Estaba harto-. Te dijo algo que necesitaba decir, sin pedir que le correspondieras de ninguna forma y sin insinuar nada, y estoy seguro de que solo era porque sabía, o creía que podía confiar en ti, eso fue todo lo que pasó. No te hagas ideas en la cabeza, porque sí, puede que le gustes, perfecto, o puede que ya no, no lo sé, casi no tocamos el tema, pero siguen siendo amigos, y él lo único que quiere es que nada cambie entre ustedes.

-Llevabas mucho rato queriendo decirlo, ¿no? -Dante lo miró enarcando una ceja, visiblemente avergonzado.

-Sí, en realidad sí, y creo que corriste con suerte de que fuese yo y no Sylvia quien lo dijera.

-Sí, creo. -Aunque se rió por lo bajo, Dante se veía aún incómodo por lo que acababa de escuchar. Sus ojos estaban fijos en el suelo-. Yo, em... Tienes razón.

-No me lo tienes que decir a mí. A él sí. -Dante siguió el pulgar de Edgar. Mateo acababa de llegar. Tenía puesta una bandana de Naruto, un recuerdo de una convención a la que había ido días atrás, según les contó a él y Sylvia por teléfono.

En cuanto vio a ambos chicos conversando, se paralizó en donde estaba, mirándolos a uno y al otro varias veces. Dante tragó grueso, asintió para sí, y se levantó de la banca en donde habían estado conversando.

-No sabía que podías ser tan persuasivo. -La voz de Sylvia lo hizo voltearse. Saltó desde atrás y tomó el puesto en donde había estado Dante. Edgar la miró sorprendido, sin entender de dónde había salido-. Estaba saliendo por el pasillo de atrás, y los escuché.

-Creo que me dejé que llevar -confesó Edgar, apenas procesando lo que acaba de decirle a Dante.

-No dijiste nada que no tuvieras que decir, y créeme, tuvo suerte. -Ambos sonrieron.

-Sí, digamos. -Su corazón dio un pequeño vuelco cuando la mano de Sylvia se posó en la suya.

-Es lindo que hagas eso -comentó ella.

-¿Qué cosa?

-Dar esos pequeños saltitos, y que te pongas rojo, como ahora. -Aunque lo intentó, Sylvia no pudo evitar soltar una risa, pero fue lo suficientemente benevolente como para cambiar de tema al instante-. ¿Crees que por fin hagan las paces?

-Espero, ya esto duró mucho. -El timbre de entrada sonó en ese momento.

-Bueno, ya nos enteraremos en clases.

Ambos se levantaron y fueron caminando. Para su sorpresa, o tal vez no tanta, Mateo y Dante volvían a hablar, puede que no tanto como solían antes, pero... Ya es un avance, pensó Edgar, y uno muy bueno. Se le aceleraba la respiración cuando recordaba el regaño que le había dado a Dante, pero parecía haber surtido efecto.

Para cuando llegó la hora del primer receso, Sylvia lo tomó de la mano y lo llevó a la oficina de la coordinadora sin preguntarle nada. Edgar lo había olvidado completamente por un momento, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Sylvia pareció darse cuenta a tiempo de su nerviosismo sobre tomar las riendas de la conversación, así que tan pronto como la coordinadora los saludó, demostró que era una digna hermana de Miriam, atrayendo toda la atención para sí.

-Bueno, les digo que no fue un tema fácil cuando lo planteé -empezó la coordinadora-, pero se puede resumir en que sí, están dentro del concurso porque hay tiempo suficiente, aunque serán los últimos.

-No será problema. -La sonrisa de Sylvia era más radiante que cualquier otra que Edgar hubiese visto en ella-. Muchas, muchas, muchas gracias.

-Su desempeño académico también los ayudó bastante, así que no se descuiden en ningún aspecto, por favor.

-Claro que no. -Para alivio de Edgar, Sylvia se levantó, dando por finalizada la conversación-. Muchas gracias, de verdad.

-Gracias -murmuró él antes de salir detrás de la chica, quien saltaba de la alegría-, no sabía que te importaba tanto -dijo al cerrar la puerta.

-Ni yo -admitió ella-, hasta que dijo que sí.

Edgar no sabía cómo sentirse al respecto. Volvió a preguntarse si había sido buena idea. Reprimió un gemido cuando vio la mueca divertida que les dirigió Víctor desde donde estaba, del otro lado del pasillo. Él y Sylvia bajaron por donde habían subido, y cuando Sylvia bajó, diciendo que no deberían decirle nada a nadie hasta la gran noche, Edgar se volteó. Víctor ya no estaba allí.

Eso lo tuvo nervioso por un buen rato, aunque el día se desarrolló sin problemas. Al final, Dante y Mateo se fueron juntos hablando sobre algo que ninguno de ellos dos consiguió escuchar, pero les alegró ver que todo parecía estar bien una vez más, o que por lo menos iban camino a ello.

De regreso en su casa, Edgar se quedó mirando el techo antes de empezar a hacer los trabajos, porque los suyos eran el tipo de profesores que no entendían que uno necesitaba un par de días antes de resignarse al regreso a clases. Sin embargo, no era por eso que estaba pensativo.

Le daba infinitas vueltas a la idea de bailar frente a todos. No podía soportarlo, mucho menos encontrar una razón lógica por la que había aceptado finalmente hablar con la profesora. Ver a Sylvia a los ojos le había jugado en contra, pero era lo que le hacía falta.

Su cuerpo se estremecía cada vez que se imaginaba en un escenario, con las miradas y las luces puestas en él. Muchos soñaban con los reflectores, pero no Edgar Torres. Tragó grueso, repitiéndose mentalmente que algo se le ocurriría, porque tendría que pensar en algo. Ya no había vuelta atrás.

Quería gritar, llorar, apretar los dientes más de lo que ya los apretaba, a pesar de que sabía que no haría nada de ello. Normalmente pondría algo de música para dejar de pensar, pero hacerlo en ese momento le parecía de pésimo gusto. No estaba de humor.

Antes de darse cuenta, gran parte de la tarde había pasado. Edgar apenas se había movido de su cama, y sabía que sus padres estarían preguntándose qué le pasaba. Se levantó de donde estaba, quitándose por fin el uniforme de clases para darse un baño y salir con los cuadernos hacia la sala.

Para su fortuna, tanto Ángela como Roger estaban ocupados hablando sobre algo que no alcanzó a escuchar. Se asomó a la cocina, solo para que ambos le dijeran que no pasaba nada. Se sentó en la mesa de la sala y se puso a trabajar para salir de ello cuanto antes.

Sus músculos se tensaban por momentos en que volvía a pensar en el concurso. Sacudía la cabeza de vez en cuando para concentrarse en lo que hacía, regresando al presente. El resultado dejaba mucho que desear, pero tendría que servir hasta que encontrara un método mejor.

-Cariño. -Se volteó al escuchar la voz de su madre. Esta posó una mano en su hombro, preocupada-. ¿Todo bien? Te ves demasiado tenso.

-Sí, sí -balbuceó nervioso-, es que me cuesta entender algunas cosas. -Por la forma en que torció la boca, Ángela no se dejó convencer por la sonrisa que le dirigió Edgar.

-Bueno, no te desgastes tanto, puedes seguir mañana.

-Prefiero salir de esto hoy. -Y tratar de cansarme para no pensar antes de dormir, pensó.

-Buenas noches, hijo -dijo ella luego de un suspiro. Se veía cansada.

-Buenas noches.

La escena se repitió en líneas generales con su padre, y Edgar agradeció el silencio que lo rodeaba. Era cuestión de tiempo antes de que le molestara, pero lo disfrutaría mientras tanto.

El sonido de su lápiz mientras tomaba notas, sin voces de fondo, música, ruidos viniendo la calle, ni nada que lo pudiese distraer lo ayudó a relajarse lo suficiente como para terminar. Los ojos se le cerraban solos por el cansancio, y era justo eso lo que había esperado.

Se levantó agotado. Sacó el queso, el jamón, el pan, y lavó todo antes de acostarse, aunque tuvo que devolverse para recoger sus cosas y preparar los libros del día siguiente Si no lo hacía, su mañana tenía altas probabilidades de ser un desastre, como casi siempre era el caso cuando se olvidaba de hacerlo. Cayó rendido en la cama, cerrando los ojos casi al instante.

Despertó en la madrugada, con el corazón acelerado sin razón. Haber olvidado la pesadilla no borraba el efecto, así que se levantó y se puso a leer hasta que hubo señales de vida en la cocina.

Pasaron varios días en esa rutina, hasta que Sylvia chasqueó los dedos en frente de él mientras estaban en la biblioteca. Edgar la miró, de regreso al mundo real.

-¿Estabas en Neptuno o Plutón? -Levantó una ceja al hablar. Quiso sonreír, pero solo logró una mueca-. ¿Qué pasa?

-¿Se puede sufrir de pánico pre-escénico? -Admitió él con una sonrisa nerviosa.

-Supongo, pero es normal. A ver, respira hondo. -Sylvia inhaló hondo, y aunque se sintió ridículo imitándola, Edgar reprimió una sonrisa y lo hizo, igual que cuando ella exhaló. Ciertamente no esperaba que surtiera efecto-. ¿Qué es lo que te da más miedo? -Edgar sintió que su corazón se encogía-. Se supone que debes confiar en mí y viceversa, así funciona esto de las relaciones.

-Sí, lo sé. -De nuevo esa molestia en la garganta-. ¿Hacer el ridículo, tal vez?

-Me considero una persona honesta, creo que te has dado cuenta -comenzó Sylvia.

-Excesivamente honesta, diría yo.

-Puede ser, pero el punto es que no me da miedo decir las cosas de frente, porque sé que tengo razón, casi siempre. -Se rió ante la mirada que le dirigió Edgar-. Ya, en serio. No harás el ridículo, Edgar, solo vi un video y me convenciste.

-Solo lo dices porque soy yo. -Edgar quería salir de allí. La conversación le incomodaba cada vez más.

-¿Mateo o Dante? -Edgar la miró confundido-. Escoge uno de los dos, les muestra el video, y estoy segura de que dirán lo mismo.

-Ni de chiste. -Su cara se quedó sin color con solo pensarlo-. Estás loca.

-Hey, no es que lo hagas hoy o mañana. -Sylvia lo tomó de la mano cuando vio que tenía intención de irse-. El concurso es en más de tres meses, seis, si no me fallan los números.

-No ayudas mucho. -En realidad, lo que él quería era evitar tocar el tema. Ya le empezaba a irritar, y tenía sentimientos encontrados sobre si dejar que Sylvia se diera cuenta o no.

-A ver, tú dime cuándo, y a quién primero, pero te va a ayudar bastante que alguno de ellos dos vea un video, el que sea.

-Ajá.

-Lo digo en serio. -Edgar se sentía demasiado culpable por estar tan cortante cuando Sylvia le hablaba con tal suavidad-. Les va a gustar, a ambos, y sé que te dirán lo mismo que yo, que todo estará bien.

-Ni siquiera sé por qué me dejé convencer por esto. -Las lágrimas estaban por salir de sus ojos. Llegó el momento de entrar, y ambos miraron a la puerta de la biblioteca.

-Porque sabes que es así, y le tienes miedo al éxito. -Sylvia se levantó luego de apretar sus dedos con los de él. Edgar apretó los labios tanto que le dolieron.

Las palabras de Sylvia le dieron vueltas en la cabeza durante todo el día y los siguientes hasta que llegó el viernes. Para entonces, Mateo y Dante parecían haber hecho las paces por completo, como si nada hubiese pasado.

-Entonces, ¿qué te pasa? -Edgar se atragantó con el jugo cuando escuchó a Mateo. Dante y Sylvia estudiaban juntos para un examen de química.

-¿Ah? ¿Qué? -Enfocó la vista en la bandana para esquivar su mirada-. ¿Otra vez la trajiste?

-No soy idiota, Edgar. Sé que te pasa algo, y desde hace días. -Las palabras se quebraron en su garganta cuando intentó hablar. Sintió ganas de llorar cuando lo escuchó, pero se contuvo. Demasiada gente cerca-. No tienes que decirme ahora, ni mañana, pero si quieres hablar, pues, para eso somos los amigos, ¿no?

-Sí, Ajá. -Sonrió nervioso. Edgar miró a los lados, incómodo por el comentario.

-Voy con los muchachos.

Edgar agradeció que lo dejara solo en ese momento. Mateo entendía más que cualquier otra persona que a veces él necesitaba estar solo, pensar, meterse en su mundo de vez en cuando, y lo respetaba.

No es que Sylvia no lo hiciera, pero ella era más reactiva, mientras que Mateo tenía un carácter más suave. Mientras que ella lo hacía sentirse seguro y fuerte, Mateo le daba calma y paz. Hablar con él le tranquilizaba, pero era impensable decirle sobre las rutinas, sobre su pasión por el baile.

En su mente, Edgar estaba seguro de que todos se reirían de él ¿Quién podía respetar a un muchacho que bailaba? Se había fijado bien. Sus movimientos no eran fuertes e imponentes, sino fluidos y detallados. Lo notó varias veces, y aunque trabajaba en ello, incorporando pasos más masculinos, el cambio era apenas se notaba.

Le gustaba sentir que sus pies apenas tocaban el suelo, que sus brazos trazaban formas imposibles en el aire, que su cuello iba al son de la brisa y que todo su cuerpo flotaba por el aire. A pesar de que a veces la brisa era un huracán y de que la tierra a veces temblaba bajo sus pies, Edgar sabía que sus coreografías estaban lejos de ser lo que se esperaba de un hombre.

Además, estaba el tema de sus padres. ¿Cómo demonios iba a decirles que bailaba escondido en su habitación? Quizá su padre no fuese tanto problema, pero su madre siempre había sido bastante dura con él, tanto que apenas suavizó su carácter para con él cuando entró al bachillerato. Pensar en que ella supiera algo sobre el tema le secaba la garganta.

Estaba por levantarse cuando escuchó la voz de Víctor acercándose. Hablaba con alguien. Su corazón se encogió y perdió sensibilidad en las piernas. ¿Por qué seguía sintiéndose así? Había mantenido una distancia más o menos cómoda para Edgar desde que él y Sylvia hablaron con la coordinadora. Edgar ignoraba lo que esta habría dicho o hecho entonces, pero logró que Víctor se mantuviese alejado de él.

No te puedes esconder toda la vida. Además de que eso no significaría vida, para empezar. El miedo es un mecanismo de supervivencia, se repitió recordando lo que leyó tiempo atrás en una revista de animales. Demuestra que reconoces los riesgos. Solo que Edgar no quería seguir reconociendo los riesgos.

Evaluando las posibilidades, a Edgar le pareció que lo más sensato sería esperar a que Víctor solo se fuera a otro lugar, que decidiera comprar, o hacer algo que no fuera estar en el pasillo que llevaba hacia el patio. Como parecía ser la elección más sabia, decidió solo sacar el teléfono y revisar cualquier cosa hasta verlo pasar por un lado.

Su corazón se encogió. Demasiado cerca para su gusto. Para su fortuna, había seguido de largo. Si lo había visto o notado su presencia, cosa que era muy probable, no dio signos de haberlo hecho. Edgar guardó el teléfono y se controló para no salir corriendo, convenciéndose de que tampoco escuchaba una risa sofocada a sus espaldas. Se humedeció los labios mientras salía.

Se sentía más seguro en un ambiente libre, muy a pesar de que eso no era garantía de nada. Se acarició el pecho, recordando una vez más el impacto de meses atrás. Aún sentía que le quemaba cuando estaba solo, así que solo caminó en piloto automático, entrando a la biblioteca.

Una idea se depositó en su cabeza. Se forzó a tragar cuando entró. La bibliotecaria lo saludó igual que cualquier otro día, apenas levantando la cabeza del libro que tenía en manos,un recetario en esa ocasión. Edgar le dirigió una sonrisa amigable y siguió caminando.

***

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