Capítulo 59

Me quedé helado al escuchar las palabras de Percy. "Félix ha muerto". La frase resonaba en mi mente como un eco interminable, y el mundo a mi alrededor parecía detenerse. No podía procesar lo que acababa de escuchar. El shock me dejó sin palabras, incapaz de moverme o reaccionar. Todo lo que podía hacer era mirar a Percy, esperando que de alguna manera, me dijera que había entendido mal.

El aula, la lluvia, los murmullos de los demás estudiantes, todo se desvaneció en un ruido sordo. Mi corazón latía con fuerza, y una mezcla de emociones comenzó a invadirme. La tristeza me golpeó primero, una ola abrumadora de dolor que me dejó sin aliento. A pesar de todo lo que había sucedido entre nosotros, la pérdida de Félix era devastadora.

Mientras trataba de asimilar la noticia, el remordimiento comenzó a asomarse. Recordé la última vez que lo vi, demacrado y pidiendo ayuda con su mirada. Me pregunté si podría haber hecho algo diferente, si de alguna manera, podría haberle ayudado. La culpa se apoderó de mí, un peso aplastante que no me dejaba respirar.

Al mismo tiempo, sentía una especie de alivio. Era difícil de admitir, pero la muerte de Félix significaba el fin de una fuente constante de dolor y angustia en mi vida. Sin embargo, este alivio estaba mezclado con culpa. ¿Cómo podía sentirme aliviado por la muerte de alguien, incluso alguien que me había hecho tanto daño?

Mis pensamientos se entrelazaban en una maraña de confusión y dolor. Pensé en los momentos que compartimos, tanto buenos como malos. La ira que había sentido hacia él se disolvió en tristeza y compasión. Nadie merecía morir así, especialmente alguien tan joven.

Mientras trataba de encontrar un sentido a todo esto, recordé las palabras de mi abuelo esa mañana. "A pesar de los malos momentos, también debemos agradecer por ellos, ya que también de eso se aprenden buenas cosas." Me di cuenta de que, a pesar de todo el sufrimiento, había aprendido mucho de mi relación con Félix. Me había hecho más fuerte, más consciente de mis propios límites y necesidades.

Levanté la mirada y vi a Percy, que aún me observaba con preocupación. Sus ojos reflejaban su propio dolor y tristeza, pero también su apoyo incondicional. Sabía que, a pesar de todo, no estaba solo.

—Gracias por decírmelo, Percy —dije, mi voz temblando un poco.

—Lo siento mucho, Daniel. Sé que esto debe ser muy difícil para ti.

Asentí, intentando encontrar las palabras adecuadas.

—Lo es. Pero creo que... creo que estoy listo para enfrentar esto. Con tu ayuda y la de los demás, sé que puedo hacerlo.

Percy me abrazó, y en ese momento, sentí una ola de gratitud y esperanza. Sabía que, a pesar de la tristeza y el dolor, podía salir adelante. Y aunque Félix ya no estaba, su recuerdo siempre sería una parte de mi historia.

Después de la conversación con Percy, me sentí como si estuviera atrapado en una pesadilla. Necesitaba respuestas, necesitaba entender por qué Félix se había quitado la vida.

—¿Cómo murió? —le pregunté a Percy, mi voz apenas un susurro.

—Al parecer, el atentó contra su propia vida —respondió Percy, su voz llena de tristeza y pesar.

Mi mente retrocedió al día anterior, recordando la carta que Félix había dejado con mi abuelo. La había desechado sin siquiera abrirla. Sentí una punzada de culpa y desesperación al darme cuenta de lo que podría contener.

Las clases terminaron, pero no pude concentrarme en absoluto. Las palabras de los profesores eran solo un murmullo lejano, y mis pensamientos estaban completamente absorbidos por la carta que había tirado. La muerte de Félix era el tema de conversación en toda la escuela, y cada vez que alguien mencionaba su nombre, sentía que me clavaban un cuchillo en el corazón.

Tan pronto como sonó la campana, corrí por los pasillos, empujando a través de la multitud de estudiantes. La lluvia no había cesado desde la noche anterior, y las calles mojadas se convirtieron en un desafío. Corría con tanta prisa que casi resbalé un par de veces, pero no me detuve.

Llegué a casa jadeando, mi corazón latiendo con fuerza. Entré rápidamente, sin saludar a mi abuelito, quien me miró confundido mientras pasaba a su lado. Subí las escaleras de dos en dos, cada paso resonando en el silencio de la casa. Aventé mi mochila al suelo y me lancé hacia el cesto de basura con la esperanza de que la carta todavía estuviera allí.

Para mi suerte, el sobre arrugado seguía en el cesto. Lo tomé y lo desarrugué con manos temblorosas. Los nervios me invadieron mientras contemplaba lo que estaba a punto de leer. ¿Qué diría aquella carta? ¿Qué palabras había dejado Félix para mí? Sentía una mezcla de miedo, culpa y desesperación.

Sabía que debía abrirlo, pero la idea de enfrentar esas palabras me aterrorizaba. Sentado en el suelo de mi habitación, con el sobre en mis manos, me di cuenta de que, a pesar de todo, necesitaba saber. Necesitaba entender.

Mis manos temblaban al abrir el sobre. Era como si el miedo y la anticipación se hubieran apoderado de mi cuerpo. Cada movimiento se sentía torpe y pesado, como si mis manos fueran de gelatina. Mi corazón latía desbocado, golpeando contra mi pecho con una fuerza que casi dolía.

Tomé una respiración profunda, intentando calmarme. El aire frío de la habitación llenaba mis pulmones, trayendo consigo un leve temblor que recorría todo mi cuerpo. Finalmente, desdoblé la hoja y comencé a leer el contenido, escrita con el puño y letra de Félix. Cada palabra parecía gritar desde el papel, y sentí una oleada de emociones intensas mientras avanzaba.

Querido Daniel,

No sé por dónde empezar. Las palabras se me atragantan al intentar expresar el inmenso dolor que llevo dentro. Te he hecho daño, un daño irreparable, y no hay nada que pueda decir para justificarlo.

Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. Tus ojos, llenos de tristeza y confusión, me miraron con una intensidad que me perforó el alma. En ese momento, supe que te había perdido para siempre. Me convertí en un monstruo, en alguien incapaz de reconocer el bien que tenías delante.

Cada noche, antes de dormir, me sumerjo en un mar de recuerdos donde tú eres la ola más dolorosa. Veo tu rostro, lleno de tristeza, y siento el peso de mi culpa aplastarme como una roca. No hay un solo día en que no desee poder retroceder el tiempo y deshacer todo el daño que te causé.

Sé que no hay excusa para lo que hice. El alcohol y las malas compañías fueron cómplices, pero la decisión de herirte fue solo mía. Me avergüenzo de haber sido tan cobarde, de no haber tenido el valor de ser sincero contigo.

A veces, cuando la noche es más oscura, imagino un mundo en el que febrero tenga 30 días, un mundo donde el tiempo se detenga y pueda pedirte perdón una y otra vez. Pero sé que eso es solo una fantasía, un deseo imposible de cumplir.

Mi vida se ha convertido en un infierno. Cada día es una lucha constante contra la culpa y el arrepentimiento. Y aunque quisiera, no puedo escapar de este castigo que me he impuesto.

Daniel, perdóname. Sé que no tengo derecho a pedirlo, pero necesito hacerlo. A pesar de lo que pudiera parecer, disfrutaba cada momento a tu lado. Me tragaba mis sentimientos por miedo a lo que dirían mis "amigos". Fui un cobarde, incapaz de enfrentarlos ni de aceptar lo que realmente sentía.

Gracias por cada sonrisa que me regalaste, por cada instante en el que me hiciste feliz, a pesar de todo. No merezco tu perdón, ni de Dios, ni de nadie. Mi destino es arder en el infierno por la eternidad, y es un destino bien merecido.

Tal vez algún día, cuando sea 30 de febrero, puedas encontrar en tu corazón el poder perdonarme. Me despido con la certeza de que mi sufrimiento es solo una consecuencia de mis propias acciones. Soy un cobarde por no haber tenido el valor de pedirte perdón en persona, y por no saber expresar bien mis sentimientos. Un cobarde por no haber tenido el valor de enfrentarme a las consecuencias de mis actos. Por no saber expresar mis sentimientos y por no aceptar lo que realmente era.

Sé que mi sufrimiento finalmente está por llegar a su fin, pero quiero que seas feliz. Espero que un día puedas recuperar esa hermosa sonrisa que tanto iluminaba mi vida.

Si llegas a leer esta carta, quiero que sepas que te llevo conmigo a todas partes. Eres una parte de mí que nunca podré olvidar.

Cuídate, Daniel. Vive tu vida con la felicidad y la paz que mereces.

Con todo mi pesar,
Félix

Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente mientras leía la carta. Cada palabra atravesaba mi corazón como una daga, trayendo consigo una mezcla de tristeza, culpa y compasión. Sentía el peso del dolor de Félix, su lucha constante con la oscuridad que lo había consumido.

Me quedé sentado en el suelo de mi habitación, con la carta en mis manos temblorosas, sintiendo cómo una tormenta de emociones se desataba dentro de mí. El ambiente de la habitación se sentía más pesado, y el sonido de la lluvia contra la ventana era un reflejo de mis lágrimas.

A pesar de todo lo que había pasado, no pude evitar sentir una profunda tristeza por la pérdida de Félix. Sus palabras resonaban en mi mente, y su imagen en el semáforo volvía a aparecer en mi mente. Sabía que no podría olvidar esta carta, ni las emociones que había desatado en mí.

Después de leer la carta, sentí que necesitaba salir de la casa. Todo en mi interior gritaba por un respiro, un escape a la vorágine de emociones que me estaba consumiendo. La llovizna continuaba, y aunque el cielo estaba gris, sentí que reflejaba perfectamente mi estado de ánimo. Caminé sin rumbo fijo, dejándome llevar por mis pies hasta llegar al parque cercano a mi casa.

Al llegar, busqué un rincón apartado. El parque estaba prácticamente desierto, y el sonido de la lluvia suave golpeando las hojas y el suelo creaba una melodía melancólica. Me dejé caer en el suelo, sin importarme que estuviera mojado. Necesitaba sentir el frío, necesitaba conectar con la realidad de alguna manera.

Las lágrimas comenzaron a caer, primero despacio, y luego en una cascada incontrolable. Lloré, dejándome llevar completamente por el dolor. Félix no merecía ese final, no importaba el daño que me hubiera hecho. En lo más profundo de mi ser, sabía que nadie merecía terminar así.

El día parecía compartir mi tristeza. La llovizna persistente, el cielo gris, y el parque vacío todo contribuía a esa sensación de desolación. Pero en medio de todo, llorar se sentía como un alivio. Necesitaba sacarlo, dejar ir todo el dolor acumulado, por última vez.

La lluvia seguía cayendo suavemente, cada gota mezclándose con mis lágrimas mientras dejaba salir todo el dolor y la tristeza acumulados. Sentía que el peso del mundo se derrumbaba sobre mí, y cada sollozo era una liberación dolorosa. De repente, noté una presencia detrás de mí. Un paraguas se abrió sobre mi cabeza, protegiéndome de la llovizna fría y persistente.

Al principio, pensé que se trataba de mi abuelito preocupado o de Percy, que había venido a buscarme. Pero cuando levanté la mirada, lo que vi me dejó completamente desconcertado. Mis lágrimas se detuvieron por un momento, y mi corazón comenzó a latir con una fuerza desbocada. Creí que estaba soñando, pero no, esto era real.

Con la voz temblorosa y llena de incredulidad, apenas pude susurrar una palabra:

—Mamá...

Ahí estaba ella, mi madre, después de tanto tiempo sin verla. Sosteniendo el paraguas, observándome con una mezcla de amor, ternura y preocupación. Sentí como si el tiempo se detuviera y todo lo demás desapareciera en ese instante.

Sin pensarlo dos veces, me levanté y me lancé a sus brazos. Su abrazo era cálido y reconfortante, y en ese momento, todo el dolor y la tristeza se transformaron en una avalancha de emociones. Mi llanto volvió con más fuerza, pero esta vez, era de emoción y alivio al volver a ver a mi madre.

—Te he extrañado tanto —dije entre sollozos, mi voz quebrándose—. No puedo creer que estés aquí.

—Yo también te he extrañado, cariño —respondió ella, su voz suave y llena de amor—. Estoy tan feliz de verte.

Nos quedamos abrazados bajo la lluvia, dejándonos llevar por el momento, diciéndonos lo mucho que nos habíamos extrañado y lo felices que estábamos por volver a encontrarnos. Sentí su calor, su cariño, y me aferré a ella como si nunca quisiera soltarla. La lluvia seguía cayendo a nuestro alrededor, pero debajo de ese paraguas, me sentí protegido y amado.

Era como si todo el sufrimiento, todas las angustias, se disiparan en ese abrazo. No era un sueño, era mi madre, de carne y hueso, volviendo a mi vida en el momento más oscuro.

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