Capítulo 47

La última clase del día transcurría ante mí, pero mi mente estaba en otro lugar, atrapada en un bucle de recuerdos y palabras que Percy había dejado caer como piedras en un estanque. "No mereces amar a alguien que nunca te amó", esa frase se repetía en mi cabeza, resonando con una amargura que me llenaba de un dolor sordo y persistente.

A pesar de mis esfuerzos por prestar atención, mis ojos se desviaban una y otra vez hacia Félix, quien se encontraba al otro extremo del aula. Nuestras miradas se encontraban ocasionalmente, y cada vez que sucedía, él apartaba la suya con rapidez, como si el simple hecho de mirarme fuera algo que quisiera evitar a toda costa.

Cuando el timbre anunció el fin de las clases, sentí una mezcla de alivio y ansiedad. Todos a mi alrededor comenzaron a guardar sus cosas con una prisa que parecía reflejar mi urgencia interna. Me levanté de mi asiento, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza ante la inminente confrontación que había decidido enfrentar.

Me posicioné junto a la puerta, esperando ver a Félix salir. Y allí estaba, caminando con su grupo de amigos, riendo y charlando como si el mundo fuera un lugar sin complicaciones.

—Félix —lo llamé, mi voz apenas un susurro entre el bullicio de los estudiantes que salían. Él pasó a mi lado, ignorándome deliberadamente.

—¡Félix! —grité esta vez, mi voz rompiendo la barrera de mi timidez, pero él no se detuvo, ni siquiera vaciló. Fui invisible para él, y cada paso que daba alejándose de mí era como una estocada en mi ya maltrecho corazón.

Intenté seguir los pasos de Félix y sus amigos, pero ellos caminaban más rápido, como si quisieran escapar de algo… o de alguien. Me esforcé por alcanzarlos, moviéndome entre los alumnos que, igual de desesperados por llegar a sus hogares, se convertían en obstáculos en mi camino. Pero en un abrir y cerrar de ojos, los perdí de vista.

Después de perderlos de vista en el tumulto de estudiantes que salían del colegio, me apresuré a salir a la calle, esperando alcanzar a Félix y su grupo. La distancia entre nosotros parecía crecer con cada segundo que pasaba, y mi ansiedad aumentaba al mismo ritmo. Finalmente, los vi a lo lejos, caminando del otro lado de la calle, riendo y charlando como si no tuvieran ninguna preocupación en el mundo.

Intenté cruzar hacia ellos, pero la multitud de estudiantes que se dispersaban en todas direcciones me lo impedía. Me sentía como un pez nadando contra la corriente, luchando por avanzar mientras todos los demás parecían empujarme hacia atrás. Cada vez que lograba avanzar un poco, alguien me bloqueaba el paso, y Félix y sus amigos se alejaban más y más.

Cuando finalmente logré safarme de la muchedumbre, empecé a caminar lo más rápido que pude. Mis pasos resonaban en el pavimento, marcando el ritmo frenético de mi corazón. Me escabullí entre callejones y veredas, lugares que conocía bien y que me permitían acortar distancias. No podía perder a Félix de vista, no ahora que estaba tan cerca de confrontarlo, de exigirle las respuestas que tanto necesitaba.

El aire frío golpeaba mi rostro, y mis pulmones se quemaban con cada bocanada de aire que inhalaba. Pero no me detuve, no podía permitirme detenerme. Félix tenía que escucharme, tenía que darme una explicación. Y yo no descansaría hasta conseguirlo.

Caminaba tan apurado, con la mirada fija en la figura que se alejaba, que terminé tropezando con mis propios pies y cayendo al suelo. El impacto contra el pavimento me sacó por un momento de mi obsesión. Al levantarme y sacudirme el polvo de la ropa, una voz me sobresaltó. Era Percy, preguntándome qué hacía allí.

—Voy a hablar con Félix —le respondí, intentando retomar mi camino.

Pero Percy me tomó del brazo, su agarre firme y suplicante.

—Por favor, vete de aquí —me rogó con una urgencia que no pude ignorar. Le aseguré que lo haría, pero solo después de hablar con Félix. Percy insistió, casi desesperado, que hiciera caso a sus advertencias, que no buscara a Félix.

—¿Quién eres tú para decirme qué hacer? —le repliqué, la frustración hirviendo dentro de mí.

Percy me miró con una seriedad que nunca le había visto.

—Por tu propio bien, aléjate de él. Si tienes algo de amor propio y dignidad, aléjate —me advirtió.

Me dijo que Félix ya había obtenido lo que quería y que nunca más me buscaría. La insistencia de Percy comenzaba a irritarme, y le exigí saber qué era eso que Félix había conseguido.

Con el polvo aún adherido a mi ropa y la indignación ardiendo en mi pecho, escuché a Percy revelar la cruel verdad detrás de la fachada que Félix había construido.

—Fue una apuesta —dijo con un tono que denotaba tanto pesar como urgencia—. Una apuesta cruel y despiadada.

Me contó cómo los rumores habían corrido por los pasillos del colegio, susurrados con la rapidez de una brisa otoñal que presagiaba una tormenta. Rumores que hablaban de algo más que amistad entre César y yo, algo que yo sabía que no era cierto.

—¿Cómo es posible que no sepas sobre esos rumores? Prácticamente toda la escuela lo sabe —insistió Percy, y cada palabra suya era como una gota de ácido en mi ya herida autoestima.

Le exigí saber qué tenía que ver todo eso con la apuesta. Con un suspiro que parecía arrastrar consigo el peso de un secreto largamente guardado, Percy me explicó que el reto entre sus amigos había sido claro: Félix debía enamorar a uno de nosotros dos, a César o a mí. Había dinero en juego, y cuanto más rápido lograra su cometido, más grande sería la recompensa.

—Félix decidió que serías tú —continuó Percy—. Dijeron que eras más fácil de manipular en comparación con César.

Las palabras me golpearon con la fuerza de un huracán, dejándome tambaleante y sin aliento. La idea era simple: hacerlo rápido, hacerlo sin piedad. Félix pensó que sería fácil, pero se encontró con una aparente resistencia que no esperaba. Seis meses tardó en lograr su objetivo, seis meses durante los cuales se esforzó por separarme de César, por tejer una red de mentiras y falsas promesas.

—Pero al final, incluso Félix encontró un límite para su juego. Dijo que ya era suficiente —murmuró Percy—. Que ya no podía seguir con el juego.

Y ahí estaba yo, un peón descartado en el tablero de ajedrez de sus vidas, un juguete roto después de haber servido a su propósito.

La traición de Félix era una herida abierta, y las palabras de Percy eran la sal que se vertía en ella. Me sentí vacío, traicionado, y cada parte de mí que había creído en lo que Félix y yo teníamos se desmoronaba, dejando solo escombros de lo que una vez pensé que era amor.

Una lágrima traicionera se deslizó por mi mejilla, una mensajera silenciosa de la tormenta que se desataba dentro de mí.

—Eso no es verdad —le dije a Percy con voz temblorosa, negando la realidad que él pintaba con sus palabras. Más lágrimas brotaron, empañando mi visión, pero mi mente se aferraba a la negación.

—Necesito escucharlo de Félix, que sea él quien me lo diga —insistí, la desesperación tiñendo cada palabra.

Percy me miró con una mezcla de pena y compasión que solo sirvió para profundizar la herida.

—Quisiera poder decirte que no es cierto —confesó—. Pero lamentablemente, es la verdad.

En ese instante, un torbellino de pensamientos y emociones me asaltó, cada uno un golpe que me dejaba más desorientado y dolido que el anterior.

Se acercó a mí, su expresión cargada de un arrepentimiento genuino.

—Perdón —dijo—. Perdón por haber sido parte de esa atrocidad.

Aunque aseguró que nunca participó activamente, el hecho de que hubiera sido testigo sin intervenir parecía pesarle tanto como si hubiera sido el instigador. Intentó posar su mano en mi hombro en un gesto de consuelo, pero me aparté bruscamente, rechazando cualquier contacto, cualquier intento de simpatía.

Me di la vuelta, ignorándolo por completo, pero Percy no se dio por vencido. Me tomó del brazo, su agarre firme y suplicante, repitiendo su advertencia por última vez.

—¡No lo hagas! —dijo con urgencia. Me zafé de él con un movimiento brusco y comencé a caminar, dejándolo atrás con una preocupación que podía sentir en el aire.

Sus gritos me siguieron, advirtiéndome que me arrepentiría, que estaba tomando la peor decisión. Y en lo más profundo de mi ser, sabía que tenía razón. Fue la peor decisión que pude haber tomado, pero en ese momento, impulsado por el dolor y la necesidad de confrontar la verdad, no podía hacer otra cosa.

Con el corazón latiendo desbocado y la desesperación nublando mi juicio, corrí tras la sombra de Félix, dejando atrás a Percy con sus advertencias y súplicas. Mis pasos me guiaron instintivamente hacia aquel lugar secreto, nuestro lugar, donde los recuerdos de los momentos compartidos con Félix se agolpaban en cada rincón.

Al llegar, lo encontré allí, en medio de su círculo de amigos, pasándose un cigarrillo de mano en mano en una danza de complicidad que ahora me resultaba ajena y dolorosa.

—¡Félix! —grité con todas mis fuerzas, rompiendo el murmullo de conversaciones triviales. Todos se detuvieron y voltearon hacia mí, excepto él, que permanecía de espaldas, inmune a mi presencia.

—¡Félix! —volví a llamar, pero no hubo respuesta. La frustración y el dolor se mezclaron en mi voz mientras me acercaba.

—¡Te estoy hablando a ti! —exclamé, sintiendo cómo la ira y la tristeza se entrelazaban en mi pecho. Los amigos de Félix murmuraban entre sí, retrocediendo para dejar un espacio entre nosotros dos. Me acerqué a él, tomé su brazo y lo giré para enfrentarlo.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué cambiaste así de repente? —le exigí, las lágrimas borrosas en mis ojos.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué actuaste de esa manera aquella noche? ¿No te importó hacerme sentir mal, maltratarme y lastimarme? —le reclamé, con la voz quebrada por el dolor.

Le dije que no sabía por todo lo que había pasado, que había pasado noches enteras llorando, sintiéndome mal, sintiéndome la peor persona del mundo, y a él nunca le importó nada.

—¡Explícame todo! —grité, exigiendo respuestas, exigiendo la verdad.

Los amigos de Félix observaban la escena, murmurando y luchando por contener la risa ante mi dolor. Era evidente que para ellos, mi sufrimiento era solo un espectáculo, una diversión cruel que les proporcionaba entretenimiento a mi costa. Sentí cómo la indignación y la impotencia se apoderaban de mí, cómo cada risa contenida era una puñalada en mi ya maltrecho corazón.

Félix finalmente se giró para enfrentarme, su rostro una máscara de indiferencia que no lograba ocultar del todo el destello de culpa en sus ojos.

—¿Qué quieres de mí, Daniel? —preguntó con una voz que intentaba ser firme, pero que traicionaba una nota de incertidumbre.

—Quiero la verdad, Félix. Quiero que me digas por qué —insistí, mi voz apenas un susurro entre sollozos.

La tensión entre nosotros era palpable, un hilo frágil que se estiraba hasta el punto de romperse. En ese momento, supe que no importaba lo que Félix dijera o hiciera, nada podría reparar el daño que había causado, nada podría devolverme la inocencia perdida ni borrar el dolor de la traición.

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