Capítulo 45


Me desperté aquel día con una mezcla de emociones que me resultaba difícil descifrar. Por un lado, la emoción del inicio del ciclo escolar y el reencuentro con César me llenaba de una energía renovada. Pero por otro lado, la incertidumbre de volver a ver a Félix me envolvía en una sensación extraña, como una neblina que no podía disipar.
Días después de lo ocurrido, decidí buscar a Félix en su casa. Necesitaba saber si estaba bien, ya que había pasado tiempo sin tener noticias de él. Además, quería hablar sobre lo sucedido entre nosotros, quería enfrentar la situación y entenderla. Pero cuando llegué a su casa y toqué la puerta, nadie respondió. No hubo señales de vida, ningún sonido detrás de la puerta cerrada. Regresé un par de veces más, pero el resultado fue el mismo: silencio y ausencia.
Intenté llamarlo, enviar mensajes, pero todos quedaron sin respuesta, como si se los tragara un vacío. La rabia se apoderó de mí, una rabia ardiente que me consumía por dentro. Sentía que Félix me había utilizado, y esa sensación me llenaba de un dolor que se transformaba en lágrimas de frustración y enojo.
Cuando la situación comenzaba a empeorar, cuando me sentía caer en un abismo de desesperación, Gus llegaba a mi rescate. Ese angelito sin alas de cuatro patas estuvo a mi lado en todo momento, ofreciéndome su presencia silenciosa y su compañía incondicional.
Con el uniforme puesto, bajé a la cocina donde mi abuelo, que había regresado hace días, ya estaba despierto. Me saludó con una sonrisa y me invitó a sentarme a la mesa. A pesar de ser muy temprano y de que mi estómago se negaba a aceptar comida, tomé un café y una tostada, intentando encontrar en ese sencillo desayuno la normalidad que parecía haberse esfumado de mi vida.
Mi abuelo, siempre tan atento, se ofreció a llevarme a la escuela ese día. Acepté su oferta con una sonrisa, agradecido por su generosidad. Nos subimos al auto y él lo puso en marcha. El camino fue tranquilo, lleno de charlas y risas. Me contó historias de su viaje, de cómo había ido a visitar a mi prima Andrea con mi tía Camila. Sus relatos eran un agradable preludio para el día que me esperaba.
Al llegar, me despedí de él con un abrazo y palabras de gratitud. Aún era temprano, así que decidí no entrar de inmediato. Me senté en una de las jardineras exteriores, esperando la llegada de César. Observé cómo los minutos pasaban y los estudiantes comenzaban a llegar poco a poco, llenando el ambiente con una energía de anticipación.
Una multitud de jóvenes se acumulaba en la entrada, ansiosos por ingresar al campus. Entre ellos, creí ver a César. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, y comencé a caminar hacia él, tratando de abrirme paso entre la muchedumbre. Pero apenas podía moverme entre tanta gente. Mi sorpresa fue grande al darme cuenta de que no era él. La sonrisa se borró de mi rostro tan rápido como había aparecido. Suspiré pesadamente, sintiendo una oleada de tristeza y decepción.
Entré al recinto y tomé asiento en una de las bancas cerca de la entrada, manteniendo la mirada fija en la puerta con la esperanza de verlo aparecer. Pero esa esperanza se desvaneció cuando la puerta se cerró, y el timbre sonó, marcando el inicio de las clases. Con el ánimo caído, me dirigí al auditorio para el discurso de bienvenida de las autoridades escolares, sintiendo cada palabra como un eco lejano que no lograba alcanzar mi ánimo desalentado.
Las clases de aquel día transcurrieron con una pesadez que se adhería a mí como una sombra. Mi ánimo estaba por los suelos, y no logré concentrarme en ningún momento. Cada palabra que el profesor pronunciaba, cada ecuación que escribía en el pizarrón, todo me parecía distante, como si estuviera envuelto en una niebla que no me permitía ver con claridad.
Félix tampoco asistió ese día, lo que añadió un vacío a mi ya confuso estado de ánimo. La posibilidad de verlo, de enfrentar lo que había entre nosotros, era algo que, aunque temía, también deseaba. Su ausencia dejó un hueco en mi día que no supe cómo llenar.
Pero lo que realmente me incomodaba eran las risas y miradas que compartían sus amigos cada vez que volteaban a verme. Era como si estuvieran secretamente hablando de mí, susurrando cosas que yo no podía oír pero que, de alguna manera, sentía que me concernían. Cada risita, cada codazo disimulado, cada ojeada furtiva me hacía sentir más aislado.
Me preguntaba qué estarían diciendo, qué historias o rumores habrían tejido a mi alrededor. La paranoia comenzó a anidar en mi mente, haciéndome cuestionar cada interacción, cada palabra que me dirigían. ¿Era mi imaginación, o realmente había algo de lo que no estaba siendo parte?
El día se arrastró con esa incertidumbre colgando sobre mí, y cuando finalmente sonó el timbre de salida, me sentí aliviado y agotado al mismo tiempo. Me levanté de mi asiento, recogí mis cosas y salí del aula, deseando estar en cualquier otro lugar menos allí.
Esa mañana, en medio de la 'emoción' y el caos, olvidé mi teléfono en casa. Me encontraba incomunicado, incapaz de enviarle un mensaje a César. Desde la noche anterior, no había sabido nada más de él. Pensé que tal vez aún no había llegado, o quizás estaba tan ocupado con la mudanza que había mencionado, que no había tenido tiempo de contactarme.
Sin respuestas y lleno de preguntas, decidí ir a su casa para descubrir los motivos de su ausencia. Caminé tranquilamente por las calles, dejando que mis pasos marcaran un ritmo constante en el pavimento. César vivía al otro lado de la ciudad, y aunque la distancia era considerable, la necesidad de verlo y hablar con él me impulsaba a seguir adelante.
A mitad del camino, la distancia comenzó a pesar sobre mis pies, y decidí tomar un taxi. Me acomodé en el asiento trasero, observando cómo la ciudad pasaba a través de la ventana, cada calle y cada edificio acercándome más a César.
Después de unos minutos en el taxi, finalmente llegué a mi destino. Le pagué al chofer y caminé el resto del camino hasta la casa de César. Sentí un alivio al pensar que pronto tendría las respuestas que tanto buscaba.
Pero al llegar, algo me dejó paralizado: un letrero de "Se Vende" adornaba el pequeño jardín delantero. Mi corazón comenzó a latir con desesperación y corrí hacia la puerta, tocando varias veces, pero nadie respondió. Me asomé por una ventana sin cortinas y vi que la casa estaba completamente vacía.
Sabía de la mudanza de César; incluso antes de irse, me había prometido que me pasaría la dirección de su nuevo hogar. Con más dudas en la cabeza y pocas respuestas, me sentí abrumado por la tristeza al no tener éxito en ver a César y volví a mi casa.
Al entrar, fui recibido por Gus, mi perro San Bernardo, que se abalanzó sobre mí, tumbándome al suelo con su peso. No pude evitar reír y comencé a jugar con él, olvidándome por un momento de mis preocupaciones. Mi abuelo salió a recibirme y sonrió al ver aquella escena de alegría espontánea.
Cuando me puse de pie, mi abuelo me preguntó cómo me había ido en mi primer día de clases.
—Bien —respondí, intentando ocultar mi desánimo. Luego, con una mirada llena de curiosidad, me preguntó cómo me había ido con mi amigo César. Había pedido permiso esa mañana para llegar un poco tarde a casa, pensando que saldría con César como siempre lo hacíamos, pero no contaba con su ausencia.
Subí a mi habitación, sintiendo el peso de la incertidumbre en cada paso. La esperanza de encontrar un mensaje de César en mi teléfono era lo único que me mantenía en movimiento. Pero al encender la pantalla, mi corazón se hundió; no había nada, ni una palabra, ni un saludo.
Con dedos temblorosos, envié mensajes, uno tras otro, implorando una respuesta. Llamé a su número repetidamente, pero solo encontré el vacío de una llamada que nunca se conectaba. La voz de la operadora se convirtió en un mantra desalentador, diciendo que el usuario no estaba disponible.
La tarde se deslizó entre mis dedos como arena, cada mensaje enviado sin respuesta era un grano que caía en el vacío. La ausencia de los dos tics azules en la pantalla de mi teléfono era como un cielo sin estrellas, oscuro y sin guía. La foto de perfil de César, que tantas veces había sido un faro de conexión, ahora era solo un recuerdo, una imagen que ya no estaba allí.
La desesperación se apoderó de mí mientras intentaba contactarlo por todos los medios posibles. Redes sociales, mensajes de texto, llamadas... cada intento fallido era un golpe más a la esperanza que se desvanecía. Me quedé mirando la pantalla, esperando, deseando, pero el silencio digital era la única respuesta que recibía.
¿Dónde estaba César? ¿Por qué no respondía? Las preguntas giraron en mi cabeza, sin respuestas, solo el eco de mi propia confusión y preocupación.

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