» Capitulo 45

–Eres una traidora– gruñó Viney, forcejeando contra las esposas que la retenían arrodillada en el piso. –Edric no se equivocó contigo– espetó, mirando con desprecio a la vampira frente a ella.

Emira Blight ahogó un gemido, sintiéndose herida ante sus palabras, pero volvió a negar. No la liberaría, no mientras estuviera así. Si lo hacía, no tituberaría al atacar a Reed y entonces… perdería.

No, Viney estaba mejor así, solo necesitaba escucharla.

–Vi, cariño, esto no es lo que crees– insistió Emi, tratando de calmarla, mientras pasaba sus manos sobre el pálido rostro de ella.

La vampira gruñó, mostrando los colmillos.

–¿Entonces qué es esto, Blight?– exclamó, mirándola con furia y dolor, dolor al sentirse traicionada, con aquellos ojos verdes que antaño la habían observado con algo parecido al cariño. –¿Me dirás qué esto no fue una trampa? ¿Qué me tienes aquí de rodillas para tomar el té?– le preguntó, alzando la voz y dirigiendo su mirada hacia la chica rubia detrás de ellas que bebía vino mientras las observaba en silencio.

Viridiana Reed, la reina vampiro, su maldita enemiga.

«¿Cómo pudiste, Emi?».

–Yo…– quiso explicar Emi, pero no sabía ni como ni por dónde empezar.

–Creí que volverías, ¿Sabés?– continuó, volviendo a posar su mirada en ella. –Te esperé, conté las noches que estuviste fuera y cada una era más larga que la anterior y tú… y tú…– la voz se le quebró, las lágrimas se acumularon en sus ojos, –tú no regresaste… ¿Lo intentaste siquiera?– preguntó, imaginando la respuesta en el fondo.

Emi trago saliva, sentía la ira deslizarse sobre su piel, fría y ácida, y después de un instante de silencio, cerrando los ojos con fuerza, respondió. –No, no es así–. «No fue así».

Viney apartó la mirada, su cabeza negó. –No comprendo nada, Emira Blight– dijo, –ni te creo, ni quiero creerte nada–.

–¡Entonces no me creas!– chilló Emi de pronto y se arrodilló frente a ella. La vampira forcejeó cuando tomó su rostro entre sus manos y la obligó a mirarla a aquellos ojos dorados. –No me creas ni una sola palabra, pero tampoco le creas a Edric. Ambos estamos hechos de mentiras–.

Viney la observó, las palabras «tú eras diferente» golpeaban con fuerza contra su pecho, ansiosas por derramarse de su boca, la necesidad de tomarla de las manos y correr lejos de ahí era insoportable, y sus labios, que jamás había besado su boca, temblaban, aguantando el «Emi, te creo todo, pero estoy tan asustada» que ahogaban sus lágrimas.

Y entonces su mirada cayó a su cuello, pálido y desnudo, con dos marcas oscuras a un lado.

Tragó, la saliva ácida y pesada en su boca, y el repiqueteo de pasos sobre el suelo resonó, acercándose hasta ellas dos.

–Tiene razón, no le creas a ella– musitó la reina vampira, colocando una mano sobre el hombro de Emi; un gesto que revolvió el estómago de Viney, –pero tendrás que responderme un par de cosas a mí, y eso, cariño– dijo, imitando la forma en la que Blight se había dirigido a ella, –no esta a discusión–.

Viney volvió a gruñir.

–Por favor, Viri, no seas cruel con ella– pidió Emi girándose hacía la vampiresa, y Viney no pudo evitar notar la familiaridad con la que usó su nombre, la forma en la que tomo su mano y como su mirada miel, aquella que recordaba melancólica y pérdida, la veían con súplica y exigencia.

Y luego la reina pasó un dedo por su rostro, asintiendo.

El corazón ya roto de Viney se rompió un poco más y lo sintió sangrar dentro de ella mientras esbozaba una pequeña sonrisa.

Emi, que jamás había querido pertenecer a nadie más que a ella, había dejado que la mordieran.

«Creí que deseabas enamorarte, como en las novelas que siempre has amado, pero quizás mentiste también en eso».

–Si responde a mis preguntas, no veo necesidad de serlo– le respondió, y la mano que tenía sobre su hombro se deslizó por su brazo, posesiva y dulce, y luego volvió su mirada a Viney. –¿Estás de acuerdo?–.

Ella respiró hondo, ordenó a su ira a retroceder y con toda su fuerza de control, asintió. Y la reina sonrió.

–Perfecto– dijo, y le hizo una señal a su doncella para que abriera los grilletes.

Ahí abajo no llegaban los rayos del sol pero Emi supuso que ya era de día cuando caminó, sin esposas ni guardias, hasta su habitación.

Las lágrimas manchaban sus mejillas y por una vez en mucho tiempo, se permitió sentirse abatida.

Alguna vez había tenido un hermano, una hermana, un padre y una madre, y ahora los había perdido a todos por la muerte, el rechazo y la locura.

Tal vez algún día, uno muy lejano, podría volver a hablar con Amity, ¿Pero Edric? El poder había carcomido su cabeza y ahora sólo quedaba un fantasma en su lugar.

Cerró los ojos y trató de apagar sus pensamientos hasta que todo se volvió negro.

El toc toc toc en la puerta la despertó unas horas después y ella se incorporó, barriendo el sueño de sus ojos con las manos.

–¿Puedo pasar?– preguntó la voz empalagosa de su amante.

«Su amante, su capricho, la chica a la que le había dado su corazón solo porque ya no podía soportar el dolor de tenerlo roto».

–Adelante– murmuró, y Viri entró, cerrando la puerta tras ella.

–¿Estás bien? Te fuiste antes de que terminara y…–.

–Viney era mi única amiga cuándo vivía en Blight Manor– respondió Emi a la pregunta aún no formulada. –Siempre la he querido, ¿Sabes? Aunque no de la misma forma en la que ella me quería a mí, y siempre tuve miedo de romper su corazón, porque sé cómo se siente, y no quería eso para ella– dijo, abrazando sus rodillas contra su pecho. –Y hoy– continuó, –cuando estaba de rodillas, lo supe. Rompí su corazón al irme y no creo poder perdonarmelo alguna vez–.

Viri observó sus ojos llenarse de lágrimas y quiso inclinarse para secarselas, pero entonces Emi alzó la mirada, sus ojos dorados se habían tornado de un amarillo tan pálido que toda su tristeza se coló bajo su piel y de pronto sintió un nudo en el garganta.

–¿Sabés lo que se siente tener el corazón roto, Viri?– le preguntó. La sonrisa en su rostro le heló su poca sangre.

–Lo sé– murmuró, y sus recuerdos inundaron su mente. –También he tenido el corazón roto, y creo que tardó tanto tiempo en curarse que dejó de funcionar–.

Las manos de Emi tomaron las suyas y su mirada, que parecía leer su alma y hacerla pedazos si quería, se posó en su boca.

–¿Y si nunca sanó?–.

–Entonces es una mentira que el tiempo cierra todas las heridas– suspiró.

Su corazón dió un latido, su mente la evocó.

Y entonces se lo dijo.

La verdad, el sueño, la historia de su primer y único amor.

–Cuándo te ví aquella noche, la ví a ella en ti y algo se rompió– confesó. Su corazón dió otro latido. Dolía.

–¿Crees en las almas gemelas?– preguntó Emi en un susurro contra su pecho.

–La verdad es que no– dijo, mirándo el techo y la oscuridad sobre ella. –Pero por mucho tiempo creí en las reencarnaciones. Creí que volvería, que me encontraría, y si lo hacía, esta vez no la dejaría ir–.

Emi cerró los ojos, sus manos buscaron las suyas y entrelazó sus dedos con los de ella.

–Ya te me has encontrado, mi amor–.

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