𝓒𝓪𝓹𝓲𝓽𝓾𝓵𝓸 𝓷𝓾𝓮𝓿𝓮 | 𝓐𝓵𝓲𝓪𝓷 𝓬𝓸𝓷𝓸𝓬𝓮 𝓹𝓸𝓻 𝓹𝓻𝓲𝓶𝓮𝓻𝓪 𝓿𝓮𝔃 𝓮𝓵 𝓘𝓶𝓹𝓮𝓻𝓲𝓸


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—¡Hoy es un gran día! ¿A dónde te gustaría ir primero? ¿La ópera? ¿El distrito comercial? ¿La corte inver...?

Alian siguió con la vista fija en las ventanas, contemplando en silencio el paisaje frío, desolado y deprimente de la capital, comparándola con el ducado. Los días dentro del ducado habían pasado como corrientes de aire en verano, fuertes y rápidas, lo suficiente para mantenerse a gusto, pero raudos en el acto y emoción, dejándole una sensación de estar disfrutando demasiado algo que solo era pasajero.

—Sigue nevando...—farfulló entre sus dientes, aun examinando cómo gran parte de la variedad de casas dentro de la capital eran sombrías. Los tejados, que anteriormente eran de un color rojo oscuro, ahora yacían de tonos grisáceos a causa de la humedad por el eterno invierno que vivían en el Imperio. Las casas no eran nada resaltantes, y las únicas edificaciones que llamaban la atención eran las que claramente eran propiedades de nobles o comerciantes de alto rango—. ¿No tienen el sistema de hilación?

Ted abrió los ojos sorprendido para luego observar de forma malhumorada su lado de la ventana.

— Debería, el emperador casi nos...—dijo Ted para luego callarse—. Olvidalo, es algo sin importancia.

Asintió en silencio para luego continuar mirando el camino cubierto de nieve. En los últimos días Alian aprendió muchas cosas. Al no hallar nobles que pudieran enseñarle, Agrim tomó el rol de tutor y empezó a dictarle etiqueta e historia del Imperio; Manrih por su parte le enseñaba a resolver problemas con números y otros áreas que él considerara necesarios, como por ejemplo: el sistema de hilación.

—Es complicado, pero primero debes de imaginar algo parecido a unos hilos que se enredan. Todos ellos vienen de ciertos ovillos. ¿Lograste imaginarlo? Bueno, ahora esos ovillos se convierten en núcleos, unas esferas de un tamaño grande.

—¿Esferas? ¿Y donde estarían las esferas?

— Repartidas por todo el territorio de Belona.

—¿Y de qué están hechas?

—...

Manrih no logró aclarar todas sus dudas, pero Alian logro comprender que ese sistema era importante y único en el Imperio. Por ello, había imaginado que la capital debía de tener uno, pero, por la respuesta y reacción de Ted le quedó claro que ese sistema había sido rechazado o ignorado.

El carruaje se detuvo a las cercanías de la plaza central, siendo escoltados por varios caballeros que tenían la insignia de la familia Blinch en sus uniformes en forma de broches hechos de oro. Ambos bajaron del carruaje tomados de la mano, sugerencia de Ted para prevenir perderse durante el paseo.

—Brrrr...—soltó Ted siendo cubierto por el vapor que salía de su boca—. ¿Cómo logran mantenerse vivos?

Algunos rostros se asomaron por las agrietadas de las paredes, entre las ruinas de una casa o desde los tejados. Alian noto que sus expresiones eran de temor, como si la presencia de ellos provocará terror; incluso percibió a niños de su misma edad observar con admiración. Su corazón se estrujo y pudo sentir apretó con fuerza la mano de Ted. Las ropas de los niños eran andrajosas a diferencia de los suyos, se sintió mal y de inmediato giró la mirada hacia Ted, buscando no ver el sufrimiento en los ojos de la gente del Imperio. Una sensación desagradable recorrió su estómago. No era agradable ser el centro de atención, no para ella. El asco se propagó hasta su garganta, y contuvo la respiración hasta ver que entraban a otro sector de mejor aspecto.

—¿Alian? —preguntó Ted con ojos de cachorro—. ¿Pasó algo? ¿Te aprete muy fuerte?

—No...estoy bie...

Miró con tristeza aquel sitio abandonado. Dentro de su cabeza rogó por perdón, esperando que Ur (Dios protector de Mellet y de la tierra) no juzgara sus acciones, y fue entonces que un gruñido salió de su estómago.

Sus mejillas se tornaron rojas y oculto su rostro con sus manos, avergonzada.

—¡Ya sé! ¡Cerdo! —exclamó energético Ted, buscando con la mirada un puesto callejero por toda la plaza—. ¡Tantan! ¡Vamos Alian!

Jaló con fuerza de su brazo hacia una tienda callejera que preparaba comida al paso. Por primera vez Alian conocía esos tipos de puestos y con asombro observó cómo los vendedores preparaban la comida. Extensas bandejas de cerdo frito humeaban frente a sus ojos, el olor provocó que su estómago rugiera, causando gracia a Ted que entre risas saludo de manera informal al vendedor.

—¡Dos pancetas de cerdo en brochetas! ¡Al mio ponle extra salsa roja!

El vendedor asintió, entregando dos brochetas de gran proporción a Ted, quien no dejaba de sonreír.

—Oh, ¿no eres tú la niña del otro día?

Alian se sobresaltó y, con rapidez, se ocultó detrás de Ted, temerosa por las palabras del señor.

—¿Disculpe? —preguntó Ted con curiosidad.

—No, verá...solo...se me hizo parecida —contestó el vendedor, bajando la cabeza. Las características de la familia Blinch eran obvias, la única familia de todo el Imperio en poseer cabellos de tono celeste eran ellos, siendo sencillo para el vendedor el reconocer a Ted aunque nunca lo hubiera visto. Los ropajes que poseían ambos niños, aunque parecían ser sencillos, colgaban un emblema del león, dejando en claro la posición aristocrática que tenían. El vendedor abrió la boca, procurando usar las palabras correctas; los nobles eran impredecibles con los plebeyos, por lo que debía de mostrar respeto —. Hace unos días arribaron nobles para la recolección de bendecidos. Dos jóvenes escoltaban a una pequeña, estaba en muy mal estado y me preocupé. No le busqué sentido, solo, se me hizo familiar. Eso sí, su risa era contagiante, fue agradable escuchar a alguien reír por estos lugares luego de tantos años.

—¡Oh, ya veo! ¡Esa fue mi herm-!

Tiró del brazo a Ted antes de que empezara a hablar sin descanso. Luego de agradecer al vendedor pasaron a sentarse en la fuente de la plaza. Los caballeros se dispersaron a los alrededores por orden de Ted, que deseaba estar a solas mientras comían. Las pancetas de cerdo eran de textura suave, impresionando a Alian. Nunca había probado ese tipo de carne; las hermanas del orfanato le habían negado esa clase de comida, según entendió, por que "era un desperdicio dar de comer algo tan costoso a una buena para nada".

Nunca podría haberse imaginado que terminaría comiendo a gusto, con un niño de su edad, sin regaños y tranquila frente a un pueblo con abundante nieve bajo sus pies.

—Que rico—comentó Alian alegre chupando la yemas de sus dedos, degustando cada mínimo sabor del cerdo—. ¡Es muy rico!

—¿Eh? ¿Nunca probaste cerdo? —preguntó Ted con la boca llena, manchando su ropa con salsa—. Amiga, ¿qué tipo de vida tenías?

Alian sonrió nerviosa, evitando responder. No quería arruinar el paseo que Ted estaba disfrutando, por lo que esquivó la pregunta halagando a Ted por su elección de comida, alzando más el ego de este.

Terminando de comer, Ted continuó con el recorrido, mostrando todas las tiendas lujosas que estuvieran cerca a ellos. Al comienzo, todo era ameno entre los dos, pero, conforme fueron a más tiendas un problema empezó a resaltar.

—¡Ted! ¿Qué hiciste?

—¡Jajajajaja! ¡¿Qué?! ¡No te escucho!

Una violenta ráfaga de viento aumentó la ahumadera que salía de las grietas hechas en una de las boutiques. Alian miró con horror como , la antes tienda de lujo, ahora solo era ruinas. Temió por las personas que estuvieran dentro, a parte, todos los daños costarían demasiado dinero, estaba segura que en algún momento el dueño de la boutique los persiguiera enojado. Pero no, de hecho, segundos después el dueño se acercó a Ted y le pidió disculpas por "un trato inadecuado". Alian no entendía como Ted era capaz de hacer cosas sin pagar las consecuencias, pero, todo eso quedó olvidado cuando Ted echo a correr hacia su siguiente victima.

En total, tres boutiques, dos restaurantes, una biblioteca y la tienda de venta de objetos mágicos terminaron por explotar instantes después de que Ted entrará.

Es muy travieso pensó aterrorizada al ver las ruinas de la última víctima No, travieso es muy poco, está loco.

—Ted...

—¿Si?

Alian grito del susto. Detrás suyo, con una sonrisa ladina, Ted la tomó de la mano y volvió a arrastrarla sin rumbo fijo.

—¡Espera! ¡No puedes seguir haciendo destro...!

—¿No querías ir a un herbolario?

—¿Qué?

—Herbolario. Te escuché, hablabas con Agrim. Aunque dejame decirte que considero que cinco costales de hierbas de Gato es demasiado.

Alian se quedó en shock, luego saltó a abrazarlo y agradeció en voz baja mientras reía en sus hombros. En su última clase con Agrim había sacado el tema del comercio de hierbas medicinales entre Mellet y Imperio. Agrim le explicó que podría empezar un comercio de hierbas medicinales, pues era un mercado no muy abarcado por los nobles, quienes confiaban más en los magos y bendecidos para sanarse. Alian llegó a comprender que las hierbas eran un consumo demandable, por lo que pensó que si tal vez llevaba muchos costales de hierbas que solo crecían en el Imperio, para cuando volviera con su madre podría venderlo y así obtener dinero suficiente para las medicinas de su madre.

—Solo promete que no explotará.

Ted sonrió y ,por un momento, el sol se asomó por los cielos invernales del Imperio. Los copos de nieve brillaron como diamantes apenas fueron cubiertos por los rayos de sol y el pueblo Imperial (nobles y plebeyos) admiraron bajo miradas perplejas por tal acontecimiento.

—¡Lo prometo! ¡O dejo de llamarme Ted Blinch!

Después de haber corrido hasta el callejón más olvidado de Crysma (la capital del Imperio) Alian empezó a preocuparse por no llevar a los caballeros como escoltas. La calle se encontraba rodeada de grandes árboles secos, enredaderas sin vida colgaban entre las paredes de edificaciones en ruinas y ninguna persona parecía vivir en esos lares. Llegaron a una casa maltrecha y vieron salir humo de una chimenea algo torcida. El olor de hierbas medicinales fue rápidamente reconocido por su olfato. Sonrió emocionada y soltó la mano de Ted para entrar, sin escuchar siquiera las advertencias de Ted.

—Wauuu...—exclamó anonadada mientras observaba el interior de la casa, el cual tenía apilado de forma desordenada macetas y costales de hierbas.

Un anciano de forma sorpresiva apareció de entre los costales. Alian retrocedió a trompicones, no había sentido ni siquiera su respiración. El anciano se presentó como el vendedor, y luego de entender lo que buscaba, le indico el precio, siendo recién entonces que notó la ausencia de Ted.

—¿Señorita? ¿Va a pagarlo? —preguntó el anciano con la mirada cansada encima de los costales, vigilando que no tocara la hierba—. ¿Señorita?

—Ah...yo...¡un momento! —exclamó nerviosa, saliendo afuera de la tienda con prisa, buscando a Ted con la mirada.

Camino con temor. Sus ojos no dejaron de buscarlo en la extensa calle desolada. Alzó la cabeza buscando por los aires, era absurdo que alguien estuviera en el cielo, pero el pánico de estar sola en un lugar desconocido hizo que sintiera una sensación de agitación en su corazón. Conforme pasaron los minutos y el cielo empezaba a mostrar indicios de estar atardeciendo, se acurruco en una esquina, apoyada en una casona destruida del cual salian insectos por debajo de los tablones.

—¿Me abandono? —se preguntó a sí misma para luego negar la cabeza— No, tal vez...me separé muy rápido. Si, eso debe ser. Fue mi culpa, yo no tenía que...

Un picor por sus ojos le advirtió el inminente llanto. Odio a su corazón en ese momento. Las lágrimas salieron de sus ojos y pudo volver a escuchar los regaños de las hermanas dentro de su cabeza, haciéndola temblar. Se abrazó a sí misma, como respuesta casi natural a protegerse. Su respiración se tornó rápida, apenas sintiendo que respiraba adecuadamente. Su cabeza comenzó a increpar; no debía de llorar, siempre que lo hacía provocaba problemas.

Eres demasiado llorona, por eso todos te odian escuchó en su cabeza. La voz era de Renia, una de las niñas del orfanato que solía golpearla por hacer mal los mandados que le ordenaba. Aquella vez no había logrado lavar como quería la túnica favorita de Renia, siendo ese motivo suficiente para, luego de golpearla, acusarla con la hermana Sarah, quien era la más severa con sus castigos.

—Yo... lo siento...lo siento...perdón—soltó entre tartamudeos, temblando y ocultando su rostro entre sus rodillas—. Por favor, no me odien...yo no quise...

La risa de Ted empezó a figurar en su cabeza. Él era tan amable a comparación de otros niños que habían convivido con ella en el orfanato. Si bien a veces lograba darle algunos sustos, sabía que no eran intencionales. Los días en el ducado con él eran de hecho divertidos, logrando sacarle alguna sonrisa. Pero ¿Acaso lo volvería a ver una vez que regresara el duque? ¿Podría regresar a Mellet y continuar como si nada hubiera ocurrido?

¿Volvería a ser odiada por todos?

Alian trató de calmarse. Intentó controlar la rapidez con la que su pecho se inflaba y trato de bloquear sus pensamientos negativos. Sus manos aún seguían temblando, aferrándose a su ropa, buscando sostenerse en algo de forma fija. Volvió a respirar hondo una y otra vez, pero no lograba calmar sus músculos, y, en voz baja, solo pudo rogar por ayuda.

Segundos después, tras lo que sintió como una larga agonía, escuchó crujir a la nieve bajo pisadas que se acercaban a ella. Con la cabeza escondida entre sus piernas, se agazapó más contra su cuerpo, temiendo a lo que se estuviera acercando. Apretó sus labios con miedo esperando que nada le pasara. Su corazón se sacudió con fuerza, renovando la agitación de su pecho y los temblores.

Finalmente, los pasos se detuvieron, y tras estar en silencio, abrió los ojos de golpe, estupefacta de ver de nuevo a Ted.

—¿Ted?

Ted asintió con la cabeza, riendo de manera infantil.

—¿Si? ¿Qué haces allí sentada? Te puedes enfermar —exclamó Ted extendiendo su mano—. ¿Y conseguiste ver si tenían las hierbas? Lamento irme sin aviso, fui a ver los alrededores, pero terminé perdiend...

Sin previo aviso, se lanzó hacia él, aferrándose con fuerza a sus hombros de forma desesperada. Sus dedos se aferraron a la tela de su traje temiendo que pudiera desaparecer en cualquier momento. Su cuerpo tembló y un sollozo silencioso se escapó de sus labios, acompañado por suspiros de tristeza. A pesar del llanto, había un matiz de alivio en su voz quebrada, un alivio que se empezó a presentar en sus dedos , los cuales se relajaban lentamente, aflojando su apretón, como si finalmente pudiera dejar ir el miedo que había estado sintiendo hace unos minutos.

El llanto se transformó en risas, confundiendo a Ted, el cual no sabía si Alian estaba feliz o triste. Pero, notando como se relajaba después de llorar, correspondió el abrazo, dando palmadas en su espalda.

—Volvamos a casa—dijo Ted acariciando sus cabellos—. Creo que fue demasiado por hoy día...

Alian asintió y soltó a Ted. Regresaron a la plaza, conversando, o mejor dicho, Ted hablando sin descanso siendo escuchado por Alian quien no paraba de sonreír, feliz de sentir que aun estaba Ted a su lado. Llegaron a la plaza y los caballeros los rodearon con demasiadas preguntas sobre a dónde habían ido sin protección.

—¡Ya! ¡No ven que estamos cansados! —gritó Ted haciendo pucheros. Los caballeros suspiraron con cansancio. Conocían bien a su joven amo, por lo que se alejaron antes de que iniciara un berrinche.

Antes de retirarse de la plaza, Ted notó a un artista callejero. Una idea se asomo en su cabeza, y tomando la mano de Alian, la arrastró hacia el dibujante que estaba mendigando por algunas monedas. Lanzó al aire un Goldre y lo atrapó a media caída, señalando con el dedo al dibujante.

— Un dibujo a carboncillo ¡Y no omitas ningún detalle! ¡Vamos!

El dibujante empezó su labor entre tropiezos. En minutos un retrato de ambos estaba ya listo, dejando sorprendida a Alian por la velocidad y talento.

—Para que siempre recuerdes este paseo —dijo Ted con una sonrisa, entregando el dibujo a sus manos—. Claro que el dibujo no le hace justicia a mi belleza, pero, espero que este sea un recuerdo memorable para ti y podemos seguir siendo amigos por varios años más.

Alian abrió los ojos, perpleja por las palabras de Ted. Sus labios empezaron a formar una sonrisa llena de ilusión, y sus mejillas se coloraron por el júbilo que tenía en su corazón. Ella también esperaba ser amiga de Ted por mucho tiempo, incluso si regresaba a Mellet, quería seguir en contacto. Tal vez podría convencer a su madre de vivir en el Imperio; la próxima vez que viera a Agrim le preguntaría si estaban contratando sirvientes. Tal vez podrían entrar al servicio de la familia Blinch.

Los pensamientos de Alian se llenaron de esperanza al ver posibles alternativas.

—Yo también...yo también deseo ser tu amiga por más tiempo —exclamó apretando el dibujo en su pecho—. Gracias Ted, lo atesorare con todo mi corazón.

Ted mostró una sonrisa amplia, despejando por el momento su mente llena de inquietudes. Caminaron de regreso al carruaje, tomados de las manos, mientras seguían conversando sobre sus planes a futuro. El sol seguía brillando en el cielo, y cuando el carruaje se embarcó con ellos de regreso a la mansión, pudo ver por la ventana como los nubarrones se presentaban, volviendo al gélido clima de siempre.

Había sido un día hermoso y caótico. 


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