𝓒𝓪𝓹𝓲𝓽𝓾𝓵𝓸 𝓬𝓾𝓪𝓽𝓻𝓸 | 𝓛𝓲𝔃𝓮 𝔂 𝓵𝓪 𝓻𝓮𝓬𝓸𝓵𝓮𝓬𝓬𝓲ó𝓷 𝓭𝓮 𝓫𝓮𝓷𝓭𝓮𝓬𝓲𝓭𝓸𝓼
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Vuelve
vuelve, paloma
No me hagas sufrir
Vuelve
Vuelve paloma
No me dejes
La misma triste melodía sonaba, acompañada por instrumentos de viento y castañuelas chocando entre sí. Alian abrió lentamente los ojos, sintiendo la frescura de algunas gotas de agua en su piel. El sonido de la melodía y el suave murmullo de un pueblo en constante movimiento la envolvieron, mientras su cuerpo, aún pesado, comenzaba a responder. Se frotó los ojos con esfuerzo, tratando de enfocar su vista. Noto la cálida luz del sol filtrándose a través de las hojas de los árboles, creando un juego de sombras y luces que la hizo sentir segura, a pesar de la extraña posición en la que despertaba.
—Sí, son bendecidos —dijo una voz ronca, casi desgastada por la edad. Alian levantó la vista y vio unos ojos cansados posándose cerca de ella—. ¿Pero quién los dejó aquí? Se supone que deben ser llevados al punto de recogida.
Levantó la vista, procesando con lentitud las palabras recién recibidas. Vio cuatro niños mirándola con curiosidad. La fragancia de las flores la rodeaba, dándole una sensación de calma y familiaridad. Sin embargo, el peso en sus hombros la inquietaba. Al intentar moverse, pudo ver la cabeza de Siro y una opresión desconocida la hizo palidecer, alarmando al señor que los había encontrado.
—Ha...ha...—exclamó con horror al recordar lo sucedido en el bosque—. Me comió, yo...yo...
El señor suspiró con cansancio. No comprendía los sonidos entrecortados de la niña recién hallada. Estaba harto de tener que lidiar cada año con niños que no hacían más que llorar, quejarse o sentirse especiales. Su paciencia estaba al borde de agotarse.
—Niña, no estoy de humor para escucharte—soltó el señor y la agarró de la muñeca—. Sube.
Alian abrió los ojos con sorpresa. El señor la cargo sin dificultad, como si se tratase de una pluma liviana. Ya dentro de la otra carroza, notó cómo los demás niños la miraban con un fastidio reflejante en sus ojos. A comparación de ella, sus ropas estaban limpias, tranquilos y sin verse con las muñecas amarradas, libres de todo dolor.
—Iugh, huelen mal—comentó un niño pecoso hacia una niña.
—Creo que son de las provincias, son los únicos salvajes que visten así.
—¿Eh? ¿Pueden haber bendecido esos lugares?
—Por los dioses, tal vez son débiles, seguro serán llevados como sirvientes.
Un sentimiento de molestia se asentó en su pecho, pero no pudo decir nada. Toda su corta vida había sido adoctrinada a ser siempre abusada, golpeada, culpada por el más mínimo error dentro del orfanato por lo que nunca aprendió precisamente a defenderse, ni física ni verbalmente. Agacho la cabeza como estaba acostumbrada a hacerlo y trato de minimizar su disgusto, lo cual sólo provocó las risas burlonas de los niños.
Siro por otro lado, acomodado dentro de la carroza, siguió durmiendo, siendo eso lo último que vería Alian de él.
La carreta marchó y el pueblo de Lize se levantó ante la mirada de todos. Las casonas de dos o tres pisos dominaban la capital, con balcones que recordaban a las grandes capillas. Algunos eran de colores pálidos, mientras que otros lucían acabados detallados, reflejando la importancia de sus ocupantes. Las calles adoquinadas, bordeadas por árboles frutales, añadían un encanto particular al lugar. La plaza estaba llena de vida, con mercados pequeños al aire libre donde se podían encontrar desde frutas frescas hasta artesanías. Las risas y la música llenaban el aire, creando una atmósfera de alegría. Una gran fuente de agua se encontraba en la plaza, donde niños jugaban con flores hechas de papel, y las tiendas más visibles a lo largo del camino eran de gran tamaño, ofreciendo productos desde orgánicos hasta lujosos, como joyas e instrumentos mágicos. A medida que avanzaban, Alian veía a la gente del pueblo saludar cordialmente, algunas personas reuniéndose en las terrazas de los cafés y disfrutando del día soleado. Alian sintió un nudo en la garganta mientras miraba las imponentes estructuras del pueblo. La tranquilidad y la belleza del pueblo contrastaba fuertemente con lo que ella conocía. A pesar de la belleza que la rodeaba, no podía quitar la sensación de que todo era una ilusión, un mundo ajeno en el que no encajaba. Sintió que ese estilo de vida era muy distinto al de su pueblo; era tan distinto que la abrumaba.
El camino se amplió después de unos minutos, dividiéndose en dos rutas. La carroza siguió el camino de la derecha, entrando en un amplio del claro dentro del bosque. Los árboles, altos y frondosos, rodeaban el claro, creando un techo natural que filtraba la luz del sol, el aire estaba impregnado de la fragancia del musgo y hojas caídas, escuchandose por lo bajo el murmullo de un arroyo cercano, añadiendo un toque de serenidad al entorno. El relinchar de varios caballos llamó su atención, asomándose por la ventana, notando a lo lejos varios carruajes y personas con ropajes elegantes que estaban seleccionando a los niños que ya se encontraban fuera de las carrozas.
—¿Qué nos harán? —preguntó con temor Alian mientras regresaba a sentarse en posición fetal. —¿Qué? —contestó la niña de cabellos naranjas, con un tono hostil—. ¿No lo sabes?
—Esas personas van a cambiar nuestras vidas —dijo alegre el niño de cabello rapado—. Los nobles siempre quieren bendecidos. Escuché decir a mi padre que cuando no obtienen uno dentro de sus familias piden uno plebeyo para adoptarlo o hacerlo sirviente de la familia.
—Entonces, ¿nos harán sirvientes? —preguntó Alian con cierto alivio, pues eso significaba que podría regresar a casa.
—A ustedes—contestó la niña empujándola a un lado con brusquedad para luego señalar con el dedo a ella y Siro—. Seguro acabarán limpiando o haciendo cosas menores, pero nosotros... —dijo, enalteciendo a su grupo con señas de superioridad—, nosotros estamos destinados a ser nobles, incluso podríamos terminar en el Imperio.
Alian ladeo la cabeza, confundida.
—¿Imperio?
Los cuatro niños la observaron con sorpresa, para luego reírse en voz alta.
—¿No sabes qué es el Imperio? —cuestionó socarronamente el único niño que había estado en silencio—. Vaya, realmente no tienen nada en la cabeza los de provincia.
—¿Qué esperabas? Son los que siempre están pidiendo en esas redadas por comida.
—Oigan, contrólese, no queremos que explote y nos ataque —se burló la niña para luego mirar a Alian como si se tratara de alguien insignificante—. Bueno, no creo que te sirva saberlo, no terminarás en nuestro mismo estatus.
Alian mordió sus labios con tristeza. Sintió un picor en los ojos y ocultó su rostro. ¿Era malo ser ignorante? Sabía contar hasta cien, podía leer más rápido que los niños mayores del orfanato, las serpientes comprendía sus palabras y podía identificar las hierbas venenosas de las medicinales. ¿Acaso eso no era suficiente? Se sentía perdida y confundida, sin poder comprender por qué su existencia no era valorada.
Un quejido interrumpió las burlas. Siro parecía estar sufriendo entre sueños y Alian volvió a recordar lo sucedido en el bosque. Una enorme cosa viscosa la había arrastrado y, a partir de ahí, todo se había vuelto negro. Las ganas de mencionar aquello empezaron a inundar su cabeza, pero, luego de pensarlo un rato, decidió guardarlo. El recuerdo se estaba volviendo borroso, como si estuviera viendo a través de una niebla.
—¡Llegamos!—gritó el señor desde fuera, deteniendo la carroza de forma lenta—. Bajen con cuidado y suerte, la necesitarán.
Los cuatro niños emitieron sonidos de emoción, bajando de forma cuidadosa, con una actitud distinta a la que acaban de mostrar. Ella, dubitativa, se quedó aún dentro de la carroza vigilando a Siro.
—Siro, llegamos —murmuró en tono bajo, cuidadosa para no molestar el sueño de su compañero de viaje—. Uhm, no sé si me escuchas, pero, gracias por estar conmigo.
Sonrió con tristeza. Una sensación dentro de su corazón parecía advertir que debía agradecer a Siro, pero no recordaba la razón exacta. Luego de estar observando, notó la herida en su mano. Intentó tomar su mano con delicadeza e inspeccionar, pero un llamado la hizo detenerse.
—¡Niña, baja!
Miró a Siro y al señor con nerviosismo, intercalando miradas entre ambos con rapidez. Se encontraba incapaz de elegir qué hacer, sin embargo, el señor no estaba en la misma situación; subiendo a la carroza, la sostuvo de la cintura, cargándola fuera de la carreta. Con fastidio por todo el tiempo desperdiciado a causa de Alian, empezó a regañarla sobre actuar con rapidez, provocando un sentir de deja vu a Alian.
—Quieta—ordenó el señor, sacando una rama y haciendo runas en el aire—. ¡Niña de cabellos negros como el carbón! ¡Proveniente de provincias! ¿Alguien?
El grito pasó desapercibido. Los nobles ignoraban su llamado, centrados en ver a los niños que aún se mantenían en espera.
—Oye, ¿cómo se llama tu pueblo?
—Ha-haura.
—¿Qué? ¿Existe ese sitio?
Alian asintió con fuerza, intentando no soltar más palabras, y el señor volvió a gritar. Su corazón latió por la preocupación. Si llegaba a ser la sirvienta de alguna familia noble, ¿Cómo volvería a su hogar? ¿Los nobles abusarían de ella? ¿Le permitirían ir a visitar a su mamá?
"Por favor, dioses, que nadie me busque. Déjame volver con mi mamá, por favor"
Rogó a los cielos con fervor mientras entrelazo sus manos, en señal de oración. Sus ojos cerrados temblaron, influenciados por recuerdos fugaces de su madre. Podía verla claramente, con su sonrisa cálida, esa sonrisa que siempre lograba iluminar incluso los días más oscuros en el orfanato. Recordó el aroma de la comida caliente que su madre preparaba, la mezcla de hierbas frescas y el sabor reconfortante del guiso casero; podía aún sentir el sonido crujiente de la paja cuando se movía y las nanas de su madre tarareando alguna canción para que se durmiera o las aventuras que tuvo con su sapo mascota. Aquellos recuerdos la hicieron sonreír levemente, sintiendo como algunas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
De repente, una voz resonó frente a ellos, cortando de manera abrupta los recuerdos felices.
—¿Alian Silver?
Alian abrió los ojos rápidamente, encontrando la mirada inquisitiva de dos jóvenes. La voz, profunda y autoritaria, aún resonaba en su cabeza. Había sido inesperada, ronca y grave, como el murmullo de un río pasando debajo de la tierra. Alian, por reacción, retrocedió tropezando, buscando refugiarse en el adulto más cercano. El señor, sin embargo, la detuvo tomándola del hombro y la empujó hacia los jóvenes que preguntaban por ella.
—¿Alian Silver? —preguntó el joven noble dirigiéndose esta vez al señor—. ¿Está incapacitada del habla?
El señor lo negó y empezó a conversar con los jóvenes, palabras que Alian omitió mientras apretaba sus manos con temor. Intentó que su boca soltara un sonido, pero no lograba obtener resultado, solo sonidos ahogados que aumentaban su impotencia.
—La niña es vuestra, lords. No olviden abonar por el transporte —comentó el señor, enrollando un pergamino que el otro joven acababa de firmar—. Vamos, niña, ve, son tus nuevos due-
Alian negó con la cabeza. Su boca no podía emitir ruido, pero reuniendo mucho valor logró mover la cabeza con fuerza, reflejando su negativa y sus sentimientos de no querer irse.
—¡Niña inso—! —exclamó el señor, alzando la mano para golpear su espalda.
Alian cerró los ojos, poniéndose en la posición de defensa que más conocía. Si tenía suerte, tal vez no terminaría con moretones tan severos como los que la hermana Silvia le había provocado hace años. Su cuerpo tembló por costumbre a las situaciones vividas, su respiración se entrecorto, y el miedo se instaló en su corazón. El tiempo parecía ralentizarse mientras esperaba el golpe, agobiando a su mente por el dolor que le esperaría.
—¿Estás bien? —La voz del joven resonó de nuevo.
Sus ojos se abrieron con lentitud, encontrando una mirada cansada y vacía, desprovista de emociones.
—No puede lastimarla —exclamó el otro joven, cuya apariencia era casi un reflejo exacto de su compañero con un tono de voz más autoritario—. Es nuestra bendecida, absténgase de intervenir.
El señor, irritado por la situación, bajó la mano lentamente frente a los demás nobles. El ambiente se sentía tenso, y los nobles a su alrededor observaban la escena con interés. Alian sintió una mezcla de alivio y miedo. El golpe que esperaba no había llegado a lastimarla, pero la autoridad que demostraron ambos jóvenes le dejaba en claro que su vida ahora estaba en sus manos, tal cual se tratase de un objeto.
El joven que parecía ser más autoritario se agachó a su altura y le extendió un pequeño dulce transparente.
—Ten —dijo con la misma mirada vacía que la del otro joven—. Alian Silver, vienes con nosotros.
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