✙•𝓐𝓵𝓶𝓪 𝓭𝓮 𝓸𝓻𝓸•✙ (2/2) 【𝐴𝑠𝑔𝑜𝑟𝑒】 (CAPÍTULO ESPECIAL)

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Dos semanas después, los preparativos para la gran boda del siglo estaban por comenzar en ese atareado día para los herederos y los reyes.

Criados iban y venían, las damas de Helena se hallaban angustiadas por la compra de los vestidos para que ella eligiera en su boda. ¿Por qué los vestidos? Debían obedecer cada uno de sus caprichos. Si Helena quería el cielo, sus damas debían darle el cielo. Era detestable a la vista de Toriel, pero parecía tener hipnotizado a Asgore. La humana perteneciente a la realeza había abandonado su hogar para dar pie a una nueva vida de mujer, dónde tenía que sacrificar cuerpo y alma al bienestar de su marido, su hogar y ella misma.

Qué estúpido era, eran sus pensamientos.

Para ella, el interior del castillo de la realeza de los monstruos era una de las muchas tantas que deseaba anhelar, esos bienes bien codiciados que de haberlos tenido ya en su anterior hogar, no tenían comparación con los preciosos tapices de la Runa Delta que colgaban como pitorescas cascadas en las paredes de piedra, obras artesanales, sus misteriosas y fértiles tierras, el abundante oro que Gorey aguardaba, las joyas que colgaban del peludo y lacio cuello de Asmín.

Lo bueno de ese casamiento y unión de familias, es que podría tocar cada una de esas riquezas exquisitas para sí, porque cuando ella deseaba algo, lo obtenía. Y vaya forma de tenerlo.

- Qué lastima que nunca tendrás la dicha de casarte con nadie, Toriel, y menos con alguien de la realeza-dijo una tarde que era acompañada por sus dos damas en su habitación individual antes de la boda, sacando y tirando trapos a la cama para la elección de esa tarde. La otra muchacha también era una monstruo, un monstruo pez, igual que ella, una Jefe.

Toriel sólo sonrió débilmente, pero tan rápido como llegó se fue como un destello esa sonrisa. Eso es cierto, tal vez nunca conocería algún hombre siquiera que la acompañara y sacara de esa miseria de vida que tenía, sólo los Monstruos Jefes podían contraer nupcias con su propia raza para mantener la descendencia. Toriel seguía esas leyes, pero, ¡por Zeus, si era así, nunca podría tener hijos, casarse con alguien, envejecer...!

Nadie nunca la aceptaría así como la criada de la princesa del reino humano Helena Darem, nadie nunca le diría lo muy hermosa que se ve hoy, las buenas noches antes de conciliar el sueño y dormir en un nido de amor que disfrutaría hasta el amanecer.

Si alguna vez, tal vez por lástima, uno de su propia raza la sacara de ese infierno, viviría en una choza a los confines del reino de los monstruos, su esposo se ganaría la vida con algún trabajo que apenas y les alcanzara para comer, nunca usaría vestidos de gala como Helena, y tendría que ganarse la vida como ramera en un bar para no depender completamente de la poca fortuna de su esposo.

Toriel no veía futuro por delante de su vida, sólo un oscuro vacío que la llamaba por su nombre.

La muchacha a su lado le tomó la mano dándole un apretón, sus aletas en vez de orejas se movieron y sus labios rojizos se estiraron en una sonrisa amable. Ella era la única cálida llama de esperanza que Toriel mantenía aguardada. Siempre la ha apoyado en tanto, tanto que le debía la vida misma.

Al menos su compañera esperaba un hijo, ¿cómo? Ella ni nadie habían hurgado en su vida íntima, fuera de ser las damas de Helena nunca la había visto con alguien más, o al menos, eso creía ella, ya que no era nadie para estar de metiche en la vida de sus semejantes ni tampoco sabía demasiado sobre su vida privada. Una vez preguntó, pero cambió el tema con algo relacionado con las sábanas de la cama de Helena. No parecía ser algo de lo cuál deseara hablar.

Ambas sólo eran compañeras, dos almas utilizables por una autoridad a la cuál no podían denegar, eran los únicos lazos que unía a esas Monstruos Jefes lamentables.

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A Asgore siempre le ha fascinado la lectura, que aunque no fuera un dote obligatorio para un príncipe, es un don que él mismo cultivó a lo largo de los años al ingresar a ese inmenso y colorido mundo llamado imaginación; su atracción a los libros lo llevaron a fijar su mente a mundos distintos al suyo, conoció los antepasados de los Dreemurr y cuántos lucharon como pioneros para ser lo que son ahora. Su padre era uno de esos héroes, eso hacía que Asgore estuviese aún más orgulloso de ser un Dreemurr. ¿Algún día también lucharía por los suyos?

Sus visitas a la Biblioteca real eran regulares, ahora que su responsabilidad es mayor conforme pasaban los años, ya no podía quedarse de tres a cuatro horas soñando despierto en el alfombrado. Sus entrenamientos en la caballeriza a cargo de Gerson, el Capitán de la Guardia Real y que tiene bajo sus alas a aproximadamente más de mil soldados le costaba la mayoría de las tardes. Asgore conocía cada libro, cada sección, dónde y en qué lugar han sido movidos desde su última visita.

La Biblioteca real era amplia e iluminada, la presencia mágica de un Monstruo Jefe hacía que todo se viera más claro y las antorchas se alzarán firmes sobre la madera, los demonios de cada quién influian también en el elemento.

Al pisar su tan recurrido lugar, aspiró el olor que comúnmente siempre se encontraba ahí por mucho que limpiaran los criados: páginas con años que contar, y polvo, un olor a hogar.

- Buenas noches, Wind Dings.

El aludido sacó la cabeza de entre el libro que tenía en sus manos para ver el rostro del príncipe atravesar la Biblioteca. Wind Dings Gaster, como una sombra siempre se podía percibir al fondo del salón acomodado en algún mueble con un libro a su alcance; con unos lentes rectangulares de vidrio al aire, sus pupilas ámbar bailaban entre las palabras de las hojas sin prestar mínima atención a su alrededor. Desde niño, Asgore siempre que entraba a la gran Biblioteca se encontraba al fondo al monstruo de piernas cruzadas en el sofá individual blanco, como si estuviera separado del resto del mundo a su propia fantasía literal. Casi nadie más además de ellos dos pasaban las tardes ahí. Y su presencia no era para nada molesta, casi siempre la olvidaba.

- Buenas noches, Asgore -respondió con profunda voz sin despegar su vista de la lectura, era el ser además de sus padres y Helena en ese castillo que se dirigía por su nombre. Asgore sonrió a modo de asentamiento.

Conocía poco de aquél hombre, y cada vez que le dirigía la palabra él contestaba con monosílabos, como si supiera que aún Asgore siendo el príncipe lo irrespetaba al dirigirse a un monstruo de autoridad como él, no le importase las consecuencias. Si en el lugar de Asgore estuviera Helena, claramente ella se habría sentido ofendida por tan falta de respeto hacia su persona.

Varias veces ha preguntado por el monstruo de la Biblioteca entre sus padres y los criados, sólo logró, en silencio, obtener su nombre completo; a través de varias investigaciones y unos cuántos interrogatorios supo que él no tenía ningún cargo importante en el castillo. ¿Qué hacía aquí entonces? Ante sus preguntas, sólo recibió una encogida de hombros de parte de Gorey.

Suspiró rendido como en otras ocasiones para sí mismo buscando su propio lugar para acomodarse y leer algo que le desestresara, dispuesto a ignorar la presencia de Wind Dings, aunque no hacía falta del todo, se sentía a gusto con al menos saber que no estaba del todo sólo en medio del silencio invernal de esas anchas y largas cuatro paredes. Miró con deslumbre a través de la ventana, con cierta emoción reflejada en sus jóvenes ojos grises. El invierno se acercaba trayendo tras de sí la fecha próxima a las nupcias. ¿Estaba emocionado? Era difícil de explicar.

Entre las cascadas de conocimiento que escondían aquellos tomos, su peludo índice se topó un gran libro de lomo negro que extrañó no haber notado antes, ¿o tal vez sí?

Hizo una mueca, sacó el grueso y pesado libro haciendo que los que estaban recostados a él ocuparan el hueco faltante, el polvo por el movimiento se hizo de notar. Contempló por unos momentos la gran portada negra, totalmente azabache. Un pequeño corazón dorado descansaba superior a las letras centrales Historia del Destino. Frunció el ceño; desde la creencia de sus antepasados, el destino no era algo de lo que se pudiera hablar mucho. No cambia, sigue su rumbo definitivo sin ninguna interrupción, ningún alma puede salir salvó de las fauces del destino. Este libro claramente no había estado aquí, y si lo estuviera, Asgore ya lo habría abierto hace mucho. Pero se dió de cuenta que contenía un broche con una pequeña cerradura que apretaba fuertemente las páginas. Necesitaba llave.

Genial... Pensó, ahora su curiosidad era extrema y no había llave. ¿Se trataba de alguna broma de mal gusto al lector? Miró en dirección a Gaster, ¿y si él...?

No, sería de muy mala educación irrumpir la lectura ajena. Su madre le había enseñado que cuando alguien está leyendo no podía ser interrumpido aunque el mundo se cayera en pedazos. Tal vez debería esperar... pero en todo el tiempo en el que había observado de aquél desconocido monstruo era que parecía no hacer nada más que leer. Cuando llegaba estaba allí hasta la hora en la que Asgore debía irse. Bueno, ahí se van sus esperanzas.

¡Gorey y Asmín! Deben tener la llave, aunque las posibilidades de que ellos tampoco supieran de la existencia de dicho libro aplanó las esperanzas de Asgore una vez más. Debía intentarlo.

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- Sí, sí, y cuando Seirina dijo aquello lo único que pensé fué: ¡qué absurdo! ¿Será que las de su raza hacían esas cosas?

Las risas no tardaron en aflorar el ambiente en la cena, sólo Gorey se reía. Su risa era profunda. Asgore apenas escuchaba sobre el tema, el cuál se trataba de una tradición entre la raza de Monstruos Jefes de Seirina, la segunda dama de Helena. La nombrada sólo permanecía cabizbaja y con el rubor rodeando sus azuladas mejillas mientras jugaba con sus cubiertos.

La calidez de las velas y el fuego mágico movían las sombras en las paredes como un espectáculo esperado para el público Real, la iluminación no era tosca, la mágia se podía sentir en el aire, ahogando la sensación de intranquilidad para algunos y trayendo paz interna para otros. O al menos eso parecía. Un hermoso pavo, aunque algo quemado pero comestible, decoraba el centro de la larga mesa, puré, ensalada, en fin.

La mesa, lo suficientemente larga para un banquete completo e impecable no parecía aplacar el alivio de Toriel al estar tan lejos de Helena, y aunque la humana estuviera riendo y conversando animadamente con los reyes ajena a su furia interior, no parecía ser suficiente para Toriel. ¿Cómo podría estar hablando con tanta libertad y gracia de la raza ya extinta de Seirina?

Las Sirenas no eran consideradas monstruos como tal, sino como una rareza, un cruce, híbridos de ambas razas, dotadas con una exorbitante belleza exterior y una preciosa voz para enamorar a los más infames pecadores que cayeran bajo sus encantos. Armas de doble filo de la naturaleza. Según cierta conversación con Seirina en secreto, ella pertenecía a un grupo de Sirenas lejanas que apenas llegaron a escapar de las garras de los humanos. Ella era la última, la más joven de su raza, y no le hacía mucha gracia servir a quiénes fueron culpables del exterminio de su familia.

Resopló humo de sus fosas nasales llamando la atención de Asgore, claramente enojada y controlando sus impulsos de incendiar todo el mantel y con ello a la princesa y quemar el pavo más de lo que estaba, ¿la razón? Gorey había decidido cocinar el especial hoy. Toriel jugó con su ensalada, con el ceño fruncido y cabizbaja deseando ignorar su alrededor.

Asgore fijó su mirada en Toriel, ¿por qué estaba tan tensa? Aunque si hubiera prestado atención a la conversación ajena, tal vez él también lo estaría. Asgore no es muy fanático de las burlas. Los ojos violáceos de Toriel ardían en furia, una llama que ciertamente llamaba la atención del príncipe.

- ¿Asgore?

Parpadeó desconcertado al escuchar su nombre, sus padres lo miraban, y Helena de pronto se llenó de curiosidad.

- Dijiste que debías decirnos algo, ¿qué era aquello que querías preguntar, cariño?

Asgore hubiera deseado esta charla a solas con sus padres, pero no tenía nada de malo hablarlo cuando Helena y sus damas estaban presentes, ¿no? Después de todo ya son parte de la familia, deberían ser tratadas como tal. Su futura esposa debía estar consciente de sus inquietudes y problemas.

«Nos arrepentiremos de esto...»

Ignoró a las voces.

- No es algo de verdadera importancia; entré a la Biblioteca y me encontré con un libro que no pude abrir. Estaba cerrado bajo llave -miró el rostro de sorpresa de sus padres, se miraron entre sí, parecían no conocer el libro. Asgore prosiguió distraídamente mientras jugaba con su comida como si realmente estuviera pendiente de ella- me preguntaba si ustedes tendrían la llave para dicho libro. Parecía... importante - frunció el ceño recordando cuan atractivo era el libro a su vista, además de que nunca lo había divisado antes, que estuviera cerrado y estuviera titulado tan inusualmente lo hacía muy interesante. Ahora es que se daba cuenta de que era estúpido preguntarle estas cosas a sus padres: ellos no conocían la Biblioteca como él, no podrían ayudarle.

Ahora la mirada de todos en la mesa estaban en él, incluida la de Toriel. Se sintió ligero, nervioso por alguna razón.

Definitivamente hubiera sido mejor hablarlo a solas con los reyes. Gorey fué quién se decidió a hablarle a su hijo, que aunque era cierto que no encontraba mucha lógica que su hijo ya casi adulto se preocupara como un chiquillo por aquellas cosas tan insignificantes como lo es un libro, conocía ese brillo en los ojos de su menor. Aquel brillo era un reflejo de su propia emoción cuando era joven, ahora en su edad avanzada, su familia era lo único que podía sacar a la luz esa emoción, porque las cosas insignificantes como un pequeño libro ya no tenían significado para Gorey Dreemurr.

- Hijo mío, no, desconozco ese libro y llave del cuál hablas. Hace un buen tiempo que dejé mis visitas a la Biblioteca de este castillo -la expresión de decepción en Asgore fue breve, pero se recompuso, era mala educación mostrar sus emociones negativas abiertamente en una cena.- sin embargo, Helena puede ayudarte con eso. Tal vez tú y ella logren encontrarla. Será divertido, ¿no creén? -Gorey sonrió con cariño, mirando a su hijo y a la humana.

La aludida tosió, parpadeó desconcertada, ¿ella? ¿por qué ella? Tenía cosas mucho más importantes que buscar una estúpida llave por un capricho del mimado de Asgore. Iba a protestar, pero una mirada ardiente en los ojos fuego de Asmín la hizó callar. Asmín sabía lo fiera que Helena se había vuelto, lo descubrió estas últimas dos semanas durante su estadía en el castillo Dreemurr: le había cachado en varias ocasiones mirando con codicia sus bienes, una mirada de anhelo nada sana, le gustaba dar órdenes irrespetuosamente a los criados, y otras pequeñeces más. Casi no reconocía a la chiquilla de cinco años que corría por los largos pasillos de aquél castillo, tocando las paredes con diversos símbolos. Ahora, temía por ese matrimonio que se acercaba amenazante, ¿con qué chica salvaje casaba a su hijo?

Asmín creía que había sido una ilusión, pero desde hace ya un tiempo sus sospechas se afirmaron. Helena claramente poseía un aura oscura rodeando su alma.

- Ciertamente, muy divertido -sonrió falsamente, llevando otro poco de ensalada a su boca con su tenedor. Sólo Toriel y Asmín notaron lo crudo y falso que salieron esas palabras.

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Sus rondas a la Biblioteca a los días siguientes no fueron lo que Asgore había previsto, sobretodo con la presencia inesperada de otra persona. En este caso, monstruo. Había decidido no entrar y mirar desde lejos, a ver hasta en qué momento vería adecuado interrumpir o sólo para curiosear.

Pero, maldición, se estaba cansando. Y como monstruo sumamente paciente no veía la hora hasta que el salón quedase totalmente sólo de nuevo. O, bueno, no completamente sólo. Gaster estaba ahí, como siempre, inmutable.

Toriel paseaba las finas hojas levemente amarillentas bajo la luz de las antorchas y los candelabros en el alto techo, con cuidado de no dañarlas con sus peludos dedos. Ella no dominaba el arte de la lectura, pero hacía lo que podía para entretener su mente que divagaba en su propio mundo, ahora sumergiéndose en otro planeta al leer, no muy rápido, cada párrafo, con sus ojos entrecerrados y cruzada de piernas. A veces se trancaba en ciertas palabras.

Sintió la misma aura que cada tarde se paseaba por allí cerca de las puertas entreabiertas, y no, no era ese hombre del mueble blanco por muy raro que de por sí fuese. Toriel no le había dado importancia al principio, hasta que esa noche se sintió hastiada.

- ¿Qué está haciendo? -preguntó con el ceño levemente fruncido, aunque la curiosidad era más que su enojo.

Asgore dió un respingo, ¡lo descubrió!

«Idiota, ella también es una Jefe»

Oh, cierto.

Abrió las puertas blancas lo suficiente para asomar parte de su cuerpo, si era posible que un monstruo con un pelaje blanco se pusiera pálido pues lo estaba en este momento. Reconoció la mirada de fuego de Toriel, no la alcanzó a verla directamente a sus ojos, aunque era el príncipe y era ella quién debía bajar la mirada. Pero en vez de ello, lo alcanzó con la vista en alto, directamente a sus ojos. Parecía enojada porque la estuviesen espiando. Asgore no sabía mucho sobre mujeres, pero no sabía que por esa acción le enojaste tanto. Lo escudriñaba en silencio, ahora con sus patas sobre el libro en su regazo.

No volvería a repetir la pregunta, ya que en principio lo estaba diciendo a la nada. Él es el príncipe, no podía pedirle explicaciones. Era una de las cosas que Helena le había dicho.

- ¿Qué está haciendo aquí?

Eso debería preguntartelo yo a ti. Frunció el ceño ante ese pensamiento mientras contestaba.

- Su majestad... Helena está durmiendo, quise pasar a a leer un poco... -temerosa de que él le gritase como Helena se levantó dejando a un lado el libro.

- Oh, ¿ya te vas? -se acercó a ella a una distancia prudente, Toriel asintió un par de veces, aún sin mirarle y acomodando el libro en un espacio de uno de los gigantes estantes distraídamente.

- Con su permiso, majestad, tengo trabajo qué hacer.

- Pero si ella está en su habitación, supongo que no querrás interrumpirla en su descanso, ¿no?

Toriel se mordió el labio con el colmillo sin aún voltear a enfrentarlo, bajó un poco la mirada apretando el agarre en su libro, la había descubierto. Ella no tenía obligaciones generales en el castillo, su vida consistía en estar al pendiente de Helena. Pero si ella dormitaba y Seirina estaba en la habitación, ella podía hacer lo que le conviniera, ¿no? Dió un largo suspiro derrotada, dirigiéndose por fin a Asgore. Las pupilas grises de él se dilataron al encontrarse con las de la monstruo.

- Esta Biblioteca da la bienvenida a quién necesite de ella, no eres una excepción-sonrió sutilmente ante esas palabras que dijo sin pensar mirando el gran salón, Toriel seguía mirándolo inmutable, pero claramente sorprendida. Pensaba que él reaccionaria de otra manera. Pero ante la mirada escudriñadora de Asgore en su libro lo abrazó más contra su pecho.- ¿qué leías?

- U-Uhm, un libro de recetas... -ahora era ella la avergonzada. Si Seirina estuviera aquí claramente se habría reído un buen rato.

- ¿Te gusta cocinar?

- Si majestad, aunque mi preferencia es el helado -sonrió dulcemente para sí, como una niña a la vista de Asgore. Sonrió de vuelta.

Para confusión de Toriel, se dejó recostar en el gran sofá blanco que estaba cerca de ambos contra una columna, palmeó dos veces sobre el asiento a un lado con una expresión tranquila. La ojos violetas alzó una ceja, hasta que su expresión de asombró se hizo de notar en sus mejillas y en las puntas enrojecidas de sus largas orejas. ¿Sentarse a un lado del futuro rey? ¿ella, una criada? Era inconcebible.

- Su majestad... no puedo-

- ¿Por qué no?

- No puedo permitirme tal cosa como sentarme a su lado.

- Por Zeus, sólo dime Asgore -rió, una risa suave y para nada burlesca a la vista de Toriel.-. Solamente pido un buen rato de compañía lejos de esas malditas etiquetas que nos dicen qué no hacer o qué hacer. No te estoy pidiendo que me veas como un príncipe, sino como un monstruo común que sólo viene a pasar sus ratos libres leyendo un libro, ¿si, Toriel?

Llena de conmoción y con una pata en su pecho, titubio, recapacitando las posibles escenas de consecuencias que traerá tan solo sentarse junto al príncipe cuando Helena despertase... ¿qué carajo importaba? ¿por qué ella tenía que decidir sobre su maldita vida? Sonriéndole tomó su lugar junto a él abriendo el libro que anteriormente había dejado en el gran y polvoriento estante; intentó lo posible para no hacerse de notar que la lectura no había sido su fuerte... sorprendentemente, bajo la guía y ayuda de Asgore pudo pasar una de las tardes más maravillosas de su vida, y poco a poco dominó más la lectura que su nula educación a temprana edad le pasó factura. Un sentimiento de hogar acarició su alma.

Él en ningún momento se burló de ella, ni la denigró por su corto conocimiento y experiencia en las cosas, lo contrario, la noche se hizo de venir anunciando por fin que criada y príncipe debían volver a sus quehaceres habituales. Toriel al verse sóla, por fin entre aquellas columnas silenciosas, sintió su alma un revuelo al escuchar de Asgore el "Mañana a esta misma hora" , ¿él no tiene mayores obligaciones que encontrarse con una monstruo como ella?

El arcoíris viene después de la tormenta, ahora bien, ¿quién diría que su caso fuese al revés? La tormenta se aproxima, las nupcias se acercan y tal vez esas tardes de lectura y risas son más valiosas de lo que imaginan, el arcoíris que tanto les empieza a gustar.

Dos pares de ojos, los demonios de ambos, y ninguno de los dos se dió cuenta que ni Gaster ni el libro de cubierta azabache se encontraban en la Biblioteca a estas horas.

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La nevada llegó, dejando atrás las hojas doradas dispersas de otoño y los pensamientos malignos, los meses se los llevaba el viento tan rápido como en un resoplido; la nevada llegó no para congelar los corazones sino para, mantener más que nunca el fuego en el hogar y evitar que entre esas cuatro paredes el invierno azote contra las almas débiles.

La nevada llegó como una capa de escarcha blanca, al igual que las estaciones, las emociones cambian, los pensamientos se aclaran y las dudas tienen una nueva y completa solución. El invierno llegó, y las nupcias también, después de aquellos meses que para algunos fué una ansiada espera y otros sólo un día que no querían ver venir.

La celebración se centraría en el salón del trono, de las columnas se columpiaban finas enredaderas tan frescas como los ojos de cristal de Helena, que en esos momentos se encontraba sonriendo de par en par hasta que las mejillas le llegaron a doler, restandole importancia ante el pensamiento de lo que hoy sucederá: ¡por fin, aquella unión finalizaría y ella podría obtener para sí los bienes de los Dreemurr! Aunque no negaba que era obligación de su padre darle parte de su dote a los Dreemurr al cumplir con tal acto.

Con esa afirmación ese día le pareció el más encantador de todo el año, la nieve chispirreando los techos de los hogares, el salón decorado para la ocasión, el banquete y los sacrificios y ofrendas para el altar, incluso al ver a Asgore esa misma mañana le pareció un poco encantador. Sólo un poco, lo suficiente para subirle el humor. Bueno, al menos no se comprometía con un ciudadano cualquiera, o peor aún, ¡un esclavo! Asqueroso, repugnante, ¡inconcebible para una dama con dicha posición como ella!

Su padre no debe tardar, aunque según su opinión ya debería estar aquí acompañándola junto a los testigos que empezaban a llegar de a poco, entre ellas sus damas, Toriel y Seirina. La forma redondeada estaba empezando a marcar su cuerpo y el querer ocultarlo ya no podría ser factible. Seirina estaba embarazada, y, casualmente, esos cambios fisiológicos estaban floreciendo en Toriel también, aunque ésta lo negase mil veces bajo juramento por los dioses y por el rey. ¿Qué estaba pasando? Luzar se negó a aceptar cambiar sus queridas damas, después de todo, ellas se habían ganado un lugar en la familia Real desde aquellos días oscuros dónde el tráfico de esclavos era demandante. Helena se negaba a ello, ocasionandole una que otra rabieta, el pobre y cansado rey solo había negado exasperado y con las canas a punto de arrancarselas de la cabeza ya encontrando las palabras vanas.

Sólo habían pasado meses, ¡meses! Sólo unas muchas semanas desde su estancia en el castillo.

Al contrario de lo que todos pensaban, ese día merecía todo menos una celebración.

Gerson no tardó en hacer presencia tan sonriente como siempre, con un esmoquin de un color verde oscuro y sus ojos joviales, Helena estaba segura que atraería la mirada de alguna joven chica durante la velada. Hablando de joven chica, ¿dónde se encontraba Asgore? Lo había estado buscando por las habitaciones, le había preguntado a los reyes y alos criados e incluso había echado un vistazo en la Biblioteca. No era posible que su futuro marido hubiera desaparecido justo el día de su ansiada boda. ¡Ay, lo que faltaba, era tan frustrante, se sentía fúrica! Cómo no, todos los monstruos sólo se centran en ellos mismos merecedores de la irresponsabilidad. ¡Todos, unos irresponsables, idiotas, cabezas de-

Unos pasos antes de salir del gran salón, vislumbró un pequeño objeto dorado en el borde de un jarrón decorativo. Miró a sus lados por si acaso alguien la estaba mirando, y rápidamente tomó lo que parecía una pequeña llave con un agujero en forma de corazón. La volteó, era de oro. Bueno, el oro abundaba en este castillo. No le sorprendía que una pequeña llave también formara parte de dicha riquiza. Depositó la pequeña llave dentro de su vestido entre sus pechos asegurándose que nadie la haya visto, y se retiró con pasos rápidos a seguir buscando a Asgore por el resto del castillo. Maldito monstruo, tenía que arruinarlo todo.

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Asgore se sentía intranquilo, desorientado de la propia realidad que lo rodeaba como deseando apretujarlo; su presión se sentía un poco alta, pero no tenía mente para ello en esos momentos. Sus pecados empezaban a pesar en su cuello como una serpiente venenosa, recorriendo sus brazos, su hombros, su cuello que parecía querer hacerlo desfallecer emocionalmente. ¿Por qué le había hecho aquello a Helena?.

Ah, Asgore, pecador. Habías cometido adulterio, y apesar de no ser una penalidad para un hombre, era una enorme herida a tu dignidad como monstruo, esposo y amante.

En esos cortos meses hubieron tantos cambios, conflictos internos emocionales para su alma, que poco a poco empezaba a deslizarlo hacia otro camino que no podría decirse equivocado, pero tampoco se sentía bien consigo mismo.

Si tan sólo no le hubiese permitido a Toriel acercarse más a él y colarse más en su alma, si tan sólo hubiera aceptado desde el inicio de sus primeras conversaciones la voluntad de la monstruo con no poder interactuar con ella por ser una criada, no estuviera en estos momentos en su cuarto encorvado en su cama y sus patas juntas, con la vista nublada en el mármol fino y blanco piso reemplanteandose sí salir y hacer como si nada hubiera pasado, o aceptar sus errores y cancelar todo aquello.

No... no fué un error. Nunca lo fué. Y mucho menos esa criatura que se estaba desarrollando dentro del vientre de su amante. Pequeña criatura que es una felicidad para él, pero a su vez una consecuencia por sus actos que en primer lugar no ha debido cometer si estaba comprometido. Salir de su lecho y fingir no era para nada factible, además de que Toriel se sentiría herida, él tampoco deseaba aquello.

Helena la encontraba menos encantadora hace unas pocas semanas que ella cambió de repente, de entre sus suaves labios sólo salían insultos o sarcasmo, su rubio cabello ya no era tan brillante como antes, su risa ahora le sonaba cómo un pato graznando que al oído de Asgore era molesto.

Lo supo desde un inicio, claro. Pero de pequeña era tan amable y gentil, su aura irradiaba aquella oscura nube e incluso podía sentir su olor, que no lo creyó. A sus quince, la primera impresión que sus demonios tuvieron de ella le disgustó, porque ellos enseguida la tomaron como un alma rebelde que claramente se distanciaba más y más de lo que fué Helena a sus cinco añitos.

«Sólo espera» Le habían dicho los entes, pero quién diría que sus ojos se abrirían demasiado tarde, a unas semanas de su boda con ella y cuando había embarazado a una de sus damas.

- ¿Asgore? -la grave voz del otro lado de la puerta lo hizo parpadear y tocar tierra, no la reconocía, o tal vez si lo hacía pero el estrés no le dejaba pensar con claridad.

Suspiró hondamente pasando entre sus dedos hebras de su lacio cabello chocolate hacia atrás frustrado, pero debía verse sereno. Es hora de enfrentar a su padre y contarle la situación. La cama de lujo crujió al no sentir el peso del príncipe y abrió la puerta, olvidando sus penas en un sólo momento y siendo reemplazado por una inmensa sorpresa al encontrar a Wind Dings Gaster frente a él.

Vestía de manera formal para la ocasión en la que todo el castillo había estado esperando.

- Todos te están buscando.

- Gracias, eh, Wind Dings -sutilmente hizo un incapié para que el monstruo se hiciera a un lado y el pudiera pasar. Pero no lo hizo hasta que pronunció las siguientes palabras que, aunque tranquilas e indiferentes venidas de la boca de Gaster tenían un significado catastrófico.

- Luzar ha muerto.

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El golpe tosco de la muerte tocando las puertas no podía ser ignorado, mucho menos el lamento lastimero de la bella Helena que en momentos de ira había gritado a todos los presentes que intentaban apaciguar su estado, gritó hasta que su garganta se desgarró y su rostro se enrojeció.

- ¡MALDITOS SEAN, USTEDES ASESINARON A PADRE!

Sus ojos enrojecidos de cristal se hallaban vidriosos en la oscuridad de su habitación individual, ninguno de los criados ni siquiera Toriel o Seirina se habían querido acercar a ella en ese arrebato de emociones negativas, los demás sólo creyeron que esos sentimientos eran normal en una pérdida tan grande como la de su querido padre, que a la princesa debían darle su merecido espacio para una recuperación por sí sola, aunque lenta y dolorosa; pero ay, que equivocados estaban. Helena lloraba, pero no por sentir la ausencia de su padre en su vida apenas hace unos minutos. No, sino porque sentía rabia, odio hacia todos, hacia su padre, hacia sí misma, hacia su propia familia que decidió que aquello era lo mejor, pero ese rencor que se acoplaba en su alma hacia el exterior lo sentía especialmente hacia los monstruos de los cuáles, si antes les desagradaba, ahora les deseaba la muerte.

Abrazada a su almohada y la mirada perdida en algún punto oscuro de la habitación, los sollozos se apagaron en el material suave, pero no sus pensamientos. Helena estaba segura, que ese había sido un plan desde el inicio, un atentado discreto para conseguir la mano de ella para Asgore, y en un pacto de paz fingido con el Rey humano lo terminarían apuñalando por la espalda a ausencia de su hija. Sí, eso debió ser. Por ello no había divisado ningún soldado cerca, porque habían ido a matar a Luzar por orden de Gorey. Todos saben que ambos Reyes son unos hipócritas, se odian mutuamente.

Pero otro pensamiento hizo que sonriera y riera como si su humor no había sido más humo. Lucero los vengaría, se enteraría de aquello y habría la guerra tan ansiada que para ella desde el inicio había debido ser. Quién sabe, tal vez ya estaría preparando sus caballerizas para el ataque.

Con la imagen de su guapo hermano lanzando gritos y órdenes, los soldados en movimiento y el chirrido de los metales preparándose la ánimo.

Muy pronto aquella pesadilla se acabaría y ella podría regocijarse.

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- No sé cómo... cómo puede ser posible...

- Todas las tierras que estaban bajo el mando de Luzar daban claras señales de agitación, cierto grupo de humanos fueron responsables de algunos atracos a las cabañas cercanas a los límites. Los monstruos residentes, por su puesto, se defendieron.

- ¿Cómo pensamos que esto aplacaría nuestros problemas? - su respuesta raspaba su garganta, porque ciertamente ardía. Luzar y Gorey pensaron ingenuamente que podrían calmar las aguas con un acuerdo que iba mucho más allá de su amistad casando a sus dos hijos, pero sólo alimentó aún más el hambre de sangre de los humanos: ellos no deseaban ningún lazo con esos seres demoníacos, si necesitaban destronar al gobernante que no compartía sus ideas, lo harían. Y lo hicieron.

-Hemos enviado a gente que investigue los hechos, pero por ahora dado la muerte del Rey Luzar y lo violento que los humanos se han vuelto contra nosotros, me temo la cercanía de una guerra -argumentó Gerson, mirando a su señor con cierta muestra de preocupación, pero al ver que Gorey aguardaba silencio pensativo le instó - Mi Rey... todos somos testigos que su majestad y Luzar deseaban evitar que este momento llegara, pero no podemos hacer nada más que contraatacar.

- Estoy consciente de eso, Gerson. También tomo consciencia de que ahora quién reinará en lugar de mi buen amigo es su ambicioso hijo, pero lo que carcome mi mente es la causa de su muerte. Seguramente fué causada en un atentado ayer por la noche por los de su propia gente... -Gorey odiaba pensar que su buen y benevolente amigo, que tanto amaba a su reino hubiera sido asesinado por los mismos sólo porque éstos se oponían que su gobernante tuviera que ver con monstruos.

- Bueno... cierto grupo de mis hombres que venían de patrullar los límites cuchicheaban de cierta columna de humo de gran altura-los ojos del Rey se abrieron repentinamente.- lamento no haberle avisado con anticipación esto... no pensamos que hubira merecido su atención cuando había tanto qué hacer.

- ¿Me estás sugiriendo que Luzar murió calcinado en su propio hogar, con su esposa?

- Es sólo una posibilidad. De cualquier forma, envíamos un grupo de investigadores a escondidas para que se encarguen de recolectar la información que necesitamos. El príncipe Lucero no pasó la noche en el castillo por cuestiones de viaje, así que las únicas víctimas fueron Luzar, su esposa... y la estructura del castillo.

- Por Zeus y todos los dioses, no me imagino el sentimiento desvastador que Helena debe estar sintiendo en este momento -Gorey gimió pasando una pata por su rostro, su trono de pronto se sentía incómodo, porque mientras la carne de su amigo se asaba entre un infierno viviente él estaba charlando jovialmente con su esposa en la cama la noche anterior. Se sintió fatal.

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El mundo daba vueltas a su alrededor, como un espectador ante una película de la cuál no deseaba formar ni presenciar. Asgore daba órdenes a diestra y siniestra, su armadura de plata pesaba. Pero nunca la había tenido que usar en sus entrenamientos. Su voz parecía un murmullo al lado de la de Gerson, que coordinaba a las cuadrillas a organizarse para la batalla que poco a poco se estaba formando, como una olla hirviendo antes de explotar. Todo era un caos, como un grupo de hormigas corriendo para salvarse entre ellas mismas.

Buscaba a Gorey a su alrededor, el Rey no parecía hacer presencia, y eso lo preocupó en sobremanera.

- ¿Tori?

Entró a las caballerizas que estaban un poco más despejadas, Toriel tenía dolores. Él sabía que su parto se había adelantado, pero no que fuera tan inoportuno para que sucediera en una guerra. Lo que se supone que sería el día más feliz de su vida, significaba el comienzo de algo terrible.

- A-Asgore...

- Todo estará bien, ganaremos esto-Pasó su pata mullida sobre su mejilla y acarició con la almohadilla de su pulgar su pómulo, sintió mojada esa zona.

- Seirina... ella está...-los ojos violáceos de ella se cristalizaron. Por eso había estado llorando.

Antes de que el desconcierto lo golpeara, se escuchó en el aire el llanto de un bebé recién despertado. Más específico, parecía ser más una melodía que se inclinaba a una canción lamentable. Sonaba a una...

Entre la túnica de Toriel, ella tenía en brazos a una pequeña Sirena de piel azúl y labios rojizos, escaso cabello rojizo y parecía no querer detener los sollozos.

- Ella murió durante el parto, la partera que había sido invitada no pudo salvarla y huyó para resguardarse de la guerra, aunque, no sin antes darme a cuidarla...-observó con tristeza a la pequeña, quién de repente calló al ver el rostro fornido de Asgore. Alzó sus pequeñas manitas hacia su rostro, y él se dejó tocar cerrando los párpados a la vez que la pequeña reía. La risa de un pequeño en medio de ese caos parecía único e irrepetible.

- ¿Cómo... se llama?

- Undyne. Es el nombre que ella deseó ponerle-miró al monstruo frente a ella, con ojos rojizos y la nariz levemente enrojecida.

- También la protegeré. A los tres-besó con delicadeza su frente, ambos cerraron los ojos.- quédate aquí, grita por si necesitas algo. Enviaré a una criada y a cinco hombres para que se queden a tu lado.

Con dolor en su alma, iba a abandonar dónde se resguardaba su querida amante con el pensamiento de que tal vez era la última vez que veía a su familia, una familia que de un día para otro formó de la nada. Pero no sé arrepentía de nada, claro que no.

- Asgore... -sintió que le tomaba la mano, eso lo detuvo.- ten cuidado, Gorey... -su voz temblaba, no pudo pasar desapercibido por él.

- Lo prometo, Tori.

Tal vez su hogar había sido destruido, su familia, los lazos aliados destrozados por la humanidad corrupta, pero su alma de oro aún estaba con el sentimiento al abandonar a Toriel, que lo perseguía dándole fuerzas para seguir adelante y empuñar su hacha con valor. Porque tenía la llama de la esperanza alentandolo, la llama viva que le decía que vería a Undyne crecer, a Asriel reír, y a Toriel feliz en un futuro no muy lejano, porque él daría todo de sí por su pueblo, y por su familia.

Porque el destino es cambiante, pero los demonios deben ir a dónde pertenecen.
















Ahora sabía a qué se refería con "desatado por un corto tiempo". Ellos serían desatados de sus cárceles mortales y de las cadenas que los ataban a los cabos de la vida, empezando por él.

El alma aprisionada del Rey dió su último respiro, entre el sufrimiento de no tener la oportunidad de vivir más allá de la muerte. Ese pensamiento era para los creyentes, pero él no. Porque él era parte de la corte demoníaca, no merecía salvación.

- ¡ASGORE! ¡PAPÁ, QUÉDATE CONMIGO!

Los gritos de Undyne se escuchaban tan lejanos, como un eco en el espejo de su pasado, un espejo roto y abandonado. Tal vez, sólo tal vez, hubiera deseado sentir de nuevo la felicidad familiar en su débil alma...

El último pétalo cayó sobre la alfombra siendo una mancha negra entre todo ese rojo, dejando un tallo vacío y áspero, desolado.

«Cosechas lo que siembras, Asgore.»

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