❛ 𝘅𝘃. 𝖼𝖺𝖾𝗋 𝖼𝗈𝗆𝗈 𝗎𝗇𝗈.




❛ 𓄼 CAPÍTULO QUINCE 𓄹 ៹


46 HORAS DE ATRACO
DOMINGO 8:30 P.M.


          EL CORAZÓN DE LA CIUDAD ETERNA LATIÓ EXHAUSTO, observando al amor de su vida marcharse, abatido al igual que ella, debido a la discusión no verbal que se había causado. Aún así, como todas las veces que discutían, Berlín le dejó una muestra de su amor —con la intención de disculparse por dejarse manipular— besando su cabellera rubia mientras su dedo pulgar acariciaba la parte posterior de su cuello.

—No lo hagas, Sergio —pidió moviendo inquietamente la pierna debajo de la mesa, mordiendo su labio inferior y conteniendo las lágrimas.

—No me ha dado otra opción.

—Lo controlaré esta vez —prometió con velocidad—. Manipuló mis sentimientos con respecto a ti y tu padre, de lo mucho que vale el atraco para ti que no leí entre líneas, pero no volverá a suceder. De verdad.

Será su responsabilidad, Violeta, eso quedó en claro al tomar la decisión de asesinar a una rehén. Berlín conocía las reglas y no lo pensó dos veces al romperlas.

—Bueno, Tokio hirió a dos policías cerca de causarles la muerte. Perdóname pero ellos me parecen más importantes que una secretaria. Y, oh, ¿Qué crees? No le sucedió nada a la versión barata de Mathilda —sollozó—. Es tu hermano mayor, por favor, piénsalo dos veces antes de hacer algo al respecto. No solo estarás poniendo en peligro su futuro, el mío también. Recuerda que ni siquiera le queda un año en nuestras vidas.

Violeta, es mi última palabra, y te lo repito por última vez. No haría algo que pudiera afectarte, que te quede claro también. Y no quiero recibir una llamada al respecto. Él tiene razón —tartamudeó—, debo controlar su curso y eso es lo que haré.

—¿Estás seguro de eso? —limpió los restos de lágrimas, cambiando su tono suplicante a uno mordaz obteniendo una respuesta positiva—. ¿Quieres herirlo? Adelante, hazlo, pero lo que sea que tengas en mente para él, más te vale hacérmelo a mí también. O yo misma lo provocaré.

          TAMBORILEA SUS DEDOS SOBRE EL ARMA QUE TIENE ALREDEDOR DEL TORSO, caminando de un lado a otro en la cima de las escaleras mientras observa de reojo a los rehenes sentados como indios.

—Roma —llama la atención Oslo, acercándose a ella a pasos pesados.

—¿Qué pasa, Oslito de mi corazón? —se gira a él con una sonrisa en sus labios.

—Mujeres en oficina —responde tosco, pensando las palabras—. Ellas hablar contigo.

—¿Conmigo? —frunce el ceño confundida, sin embargo, se encoge de hombros caminando hacia aquella puerta con Oslo siguiendo sus pasos—. Permiso. ¿Qué tal? ¿Querían hablar?

—Sí, sí —una de ellas balbucea mirando al resto, insegura—. Es que, eh...

—Uno de los tuyos se ha llevado a una de las niñas del colegio —a quien identificó como Ariadna, una de las trabajadoras de la fábrica, alzó la voz hablando tan rápido para luego bajar la mirada que Roma apenas logró atrapar las palabras.

Roma suspira, masajeando su sien. —¿Quién?

—Be–Berlín —dice una señora.

Violeta tensa la mandíbula apenas escucha el nombre de su marido salir de los labios de aquella mujer, ladeado rígidamente su cabeza.

—Descuiden —le quita el seguro a su arma y la carga, provocando brincos y gritos ahogados de las mujeres—, que yo velaré por la seguridad de esa niña. Y si alguien pierde los cojones en el proceso, pues una lástima para el desgraciado.

Después de preguntar a dónde se había dirigido el líder, y de obtener una respuesta parcial, envolvió con fuerza sus dedos en la culata y el guardamanos, dirigiéndose a pasos determinados y pesados al área de trabajadores, entrando abruptamente en cada oficina, con las persianas cerradas, que se cruzara en su camino.

—Berlín, joder, hasta que por fin te encuentro —azotó la puerta detrás de ella, entrando al pequeño cuarto y mirando por el bienestar de la adolescente. La susodicha se encontraba muda, sentada sobre la mesa con la mirada en sus manos atadas, no parecía haber signo de lo cual preocuparse.

—¿Qué sucede, cariño? —Berlín se apartó de la pared en la que se encontraba recargado.

—Pues que me quedó mal sabor de boca cuando te fuiste después de la discusión —excusa, pensándola rápidamente—. Sabías que Tokio no valía ni el tiempo que invertiste en la llamada con el Profesor.

—Pero si tenía un arma, Roma —sonríe de lado, posando sus manos alrededor de su cintura.

—No te podía disparar, Berlín —brama, debido al enojo lo aparta de su cuerpo sin querer caer en sus tentaciones, y ni estando del humor para soportar sus juegos—. Eres el maldito líder del plan. Sin ti todo se viene abajo.

—Aún quedarías tú, cariño.

—Si tú mueres me da un brote psicótico y la termino matando a ella arruinando el plan más de la cuenta —se cruza de brazos, irónica.

—Está bien, Roma, está bien. Tienes toda la razón —flaqueando, la rubia acepta que las manos de su hombre se muevan alrededor de su cadera, juntando sus pechos con su torso, él acariciando con gentileza pura sus mechones—. La verdad es, deseaba provocar al Profesor y sus reglas moralistas.

—Y ahora por tu estúpido deseo arruinará nuestro futuro —el arma ha desaparecido de su posesión, por eso sube sus manos hasta el cuello de Berlín acariciando su piel, bajando y subiendo de sus hombros hasta la unión de este con su cuello.

—A, solo arruinará el mío, cariño —una sonrisa divertida surca en sus labios—, y B, él no me hará nada, porque entonces estaría arruinado el plan.

La Ciudad Eterna lo miró con el ceño fruncido, atentamente a sus micro reacciones. Al no encontrar ninguna agarró el mono del mayor entre sus dedos empujando sus labios a los de ella, introduciendo su lengua como demanda y furia contenida, pero apartándose al recordar a la adolescente en el mismo espacio.

—Solo no olvides que te lo advertí, Berlín —se giró a la chica atando sus piernas, antes de voltearse para encarar al hombre—. Él me prometió hacer algo respecto contigo y tu insolencia, así que yo lo amenacé con hacérmelo a mí también —abrió la puerta después de agarrar su arma, esperando a que el pelinegro la cruzara—, porque en caso de no hacerlo me encargaré yo misma de que se sepa quién soy.

—Podría darte unos azotes por tu rebeldía —sintió su núcleo calentarse por tenerlo así de cerca, su pesada respiración poniendo su piel de gallina, soltando esa oración en susurros—. Pero, debo admitir, que sabes lo mucho que me pone cuando te pones de ese modo.

—Bueno, después de ponerles la televisión a los rehenes para que se enteren de a por quién iban a ser intercambiados en su lugar, podemos darle la debida estrenada a ese despacho que tienes —lo mira coquetamente entrelazando sus dedos, cruzando la puerta y dejando a Berlín cerrar.

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