❛ 𝗶𝘅. 𝗆𝗈𝗌𝖼𝗎́ 𝗒 𝖽𝖾𝗇𝗏𝖾𝗋.
❛ 𓄼 CAPÍTULO NUEVE 𓄹 ៹
—SE OS ESCUCHABA DESDE AFUERA —volvió a hablar el hombre que, Roma con tan solo cinco meses de conocerlo en la finca, asemejaba más como a un padre que a su verdadero.
—Berlín ha mandado a ejecutar a un rehén —es la única respuesta que se da.
—Hija de puta —brama Roma, conteniendo sus impulsos de lanzarse a golpearla por ser tan cruel con el hombre.
—¿Quién ha sido? —pregunta con el temor comenzando a surcar de su cuerpo, al no ver a su hijo Denver en el grupo.
Tokio miró con duda a Río, este le devolvió la mirada, unos segundos después llevándola a Roma.
—Fu–fue... —Roma, por primera vez desde que tenía memoria, tartamudeó sin querer dar una respuesta—. Fue tu hijo, Moscú.
Roma no podía comparar el dolor que sintió Moscú con ninguno que había sentido antes, el dolor y la culpabilidad de haber convertido a su hijo en un asesino al arrastrarlo a ese atraco. A causa de eso, fue el primero en caerse del guindo. Tambaleando, el hombre se giró saliendo de la habitación.
—¡Moscú! —gritó siguiéndole el paso.
EL DÍA NO PODÍA SER MEJOR PARA ROMA, el cielo estaba nublado, pero no tanto como para que se pusiera a llover, y podía oler la magnífica paella que Nairobi preparaba en la cocina, con Helsinki y Oslo como sus ayudantes. Ella no pintaba ahí, no sabía cocinar porque siempre Andrés se encargaba de ello y Nairobi tenía ayudantes suficientes para que ella entrara como estorbo.
En lo que sí podía aportar —al contrario del resto de sus compañeros— era en poner la mesa al aire libre. Decidió esperar a que Andrés saliera a ayudarla, o cualquier otra persona, pero notando que nadie hacía acto de presencia, prefirió sacar ella misma la mesa a rastras.
—Roma, hija, espera —Moscú llegó a ella agarrando el otro extremo y cargándolo junto a ella a su usual lugar—, que te vas a lastimar haciéndolo sola.
—Bueno, quería terminar lo antes posible —se explicó con una sonrisa tímida por la reprimenda—, y cuando Nairobi llegue con la paella estemos listos para comer.
—Pues mira que comprendo el entusiasmo —ambos rieron a la par.
—Eh, Profesor, por favor. Podría ser de ayuda. Qué tal si... —la voz de Denver llamó su atención a la lejanía, siguiendo al Profesor y con este tratando de huir del ojiazul sin éxito, entrando a la finca.
—Vaya, Denver es... —se calló al estar el padre presente.
—Persistente, lo sé —admitió el papá del grupo—, lo aprendió de mí.
—Es impresionante cómo trabajan juntos con tanta facilidad —pasó un mechón tras su oreja poniendo los platos y cubiertos—. Bueno, pienso que ha de ser diferente la dinámica de padre e hijo al de marido y mujer.
—No lo sé, no he trabajado con mi ex mujer, pero al final ambos son familia —sonrió, desvaneciendo su sonrisa al final—. ¿Alguno de ustedes arrastró al otro a este atraco? —preguntó, con la culpa carcomiendo su corazón.
Roma notó aquello, negando al principio. —El atraco nos lo ofrecieron a los dos por igual y lo aceptamos sin decir pío, aunque en algún momento, en algún atraco, sí que lo hicimos.
—Pues yo lo hice con mi hijo —y le contó de la deuda que tenía con un camello.
—Yo hubiese hecho lo mismo por Berlín —asegura con decisión—. Si no hubiese manera de pagar la deuda tan rápido, lo hubiese metido a cualquier robo y yo con él. Se hace todo para proteger a la familia, Moscú —y con eso, terminaron de poner la mesa platicando de sus familias, sin dar tanta información que el Profesor pudiera escuchar.
—Venga, peña, que ya tengo lista la paella —Nairobi salió de la finca con Helsinki y Oslo a sus espaldas cargando el alimento y el resto de compañeros saliendo segundos después.
Cuando cada quién tenía su porción y Sergio había comenzado una de sus tantas lecciones en la mesa, los quejidos incomprensibles de Denver y Roma causaron risas en el grupo.
—¿Qué dicen? —preguntó con gracia Nairobi.
Roma se tragó con disgusto el bocado, tomando un sorbo de su cerveza para quitar el sabor. —¿Que quién le ha echado cebolla a la paella? —se quejó Roma con un puchero.
—Yo lo he echado cebolla a la paella, ¿Qué pasa? —contestó la morocha.
—Pero Nairobi, tía, que esto no es un guiso, que no se le echa cualquier mierda que se pilla en el frigorífico. Qué asco —Denver tiró al suelo su servilleta.
—Nai, nena, cuando hagas la comida, pregunta si alguien tiene una alergia o qué sé yo —Roma se acabó de un trago su cerveza—. La cebolla me provoca malestares peores que los caprichos de Berlín —la mesa volvió a reír admirando el rostro ofendido del de traje, viendo cómo su esposa le quitaba la copa de vino aún sin poder sacarse el sabor.
—Pa' mi la paella es algo sagrado —continuó quejándose Denver—. Que yo me pongo delante de ella y me santiguo. Que espero que sea una obra de arte.
—Pues vete a hacer un bocadillo y le rezas al bocadillo —ordenó su padre con el rostro serio, aunque por dentro estuviera divertido de la situación.
—Eh, cielo, que yo te acompaño a rezarle al bocadillo —la rubia le extendió la mano y el rizado la tomó poniéndola de pie.
—Pues ándense a hacerse una paella vosotros.
—Nena, para eso mejor se lo pido a mi marido —regresó los pocos pasos que había dado dando un beso a Berlín—. Que a él también le sale magnífica.
Diez minutos pasaron y escucharon lo que creyeron que era un torbellino arrasando la cocina, donde Denver y Roma fueron por algo de comer. Y cuando todos estuvieron apenas llegando a la sala para cruzar la cocina, vieron salir a Roma soltando risillas con la ropa cubierta de comida y aderezos, y a Denver saliendo detrás de ella de la misma forma.
El Profesor fue el primero en mostrar su presencia, carraspeando y asustando a la rubia que gracias al aderezo se resbaló cayendo de espaldas, de no ser por Denver y una atrapada perfecta.
—Madre mía, que ha sido él.
—Ha sido su culpa —se justificaron echándole la culpa al otro.
—¡MOSCÚ, espera! —volvió a insistir doblando el pasillo que daba a los baños.
—Tú detente —la exigente voz de Andrés a sus espaldas la detuvo, creyendo que él lograría convencer al ladrón, pero este siguió su camino ignorando a Berlín—. Por última vez, vuelve a tu posición —el sonido del arma sobresaltó a Roma por un momento, antes de estar tranquila pensando que Berlín no le dispararía al mayor porque Moscú estaba cavando su salida.
El hombre se volteó y se acercó a ellos haciendo que bajara el arma a su pecho.
—¿Pegarme un tiro? ¿Y después a quién? ¿A Roma?
—Moscú, por favor.
—¿A todos? ¿Te vas a quedar solo en esta ratonera? —el hombre los miró sin titubear.
—Moscú, no te recomiendo que lo hagas —advirtió la rubia, dolida de lo que podría causar.
—Tengo que afrontar lo que ha causado mi hijo, Roma —Moscú le suplicó con la mirada, ocasionado que su corazón se agrietara.
—Cariño, por favor —Roma extendió su mano al cañón del arma, bajándola y permitiendo a Moscú cruzar la puerta. Al instante reconoció el error que había cometido.
—Hijo —temió preguntar al verlo en ropa interior lavando hasta el mínimo rastro de sangre que quedara en su cuerpo, sin contar su camisa, mono y suelo que al padre le parecía una escena de terror, protagonizada por su hijo—, ¿Has matado a esa mujer?
El ojiazul llevó sus ojos a Berlín y Roma. La rubia fue la única que le devolvió la mirada reteniendo las lágrimas y murmurando un sinfín de disculpas al aire. A Denver no le quedó de otra más que asentir, con un rostro que terminó por romper a sollozar a Roma, sintiéndose mal por padre e hijo.
—Papá.
Moscú se apoyó en una de las puertas, respirando irregularmente. —Nada. No puedo respirar.
—¡Papá!
—¡Moscú! —exclamaron ambos jóvenes corriendo a ayudar al hombre que se había dejado caer al suelo—. Creo que es un ataque de ansiedad. Túmbalo. Túmbalo, Denver. Berlín, ayúdanos —él se acercó a ellos.
Para Roma, ver a Moscú tendido en el suelo casi sin respirar, había sido un golpe por aquel buen hombre. Le ordenó a Denver vestirse como era debido y mandó a llamar Nairobi.
—Papa. Papa. ¿Cómo te encuentras? —Moscú observó los rostros preocupados de Denver, Roma y Nairobi.
—Tengo frío —respondió el minero.
—¿Frío? Trae una manta —la morocha se levantó al instante para conseguirla—. Y, Helsinki, trae azúcar, por favor —pidió la rubia mirando al serbio en la puerta.
—De inmediato.
El gesto que hacía Denver para mirar a Berlín de reojo —que recargado contra la pared no demostraba tener cargo de conciencia— no pasó desapercibido por Roma. Ella negó mirando con desaprobación a su marido.
—Berlín, cariño, ¿Por qué no me acompañas a buscar a Oslo? —pregunta poniéndose en pie—. Moscú, ¿Te parece si te dejo por unos minutos? Buscaré a Oslo para llevarte a la sala de control.
—Tranquila, hija, me han tumbado peores —intenta bromear siendo su debilidad que no le deja. No había cosa peor que tu hijo fuera un asesino.
—Verás como no tardas en quedar frito sobre la almohada —rio saliendo del baño y tomando la mano de Berlín para arrastrarlo al vestíbulo de la fábrica, en donde Oslo montaba guardia—. Oslito de mi corazón —canturreó bajando las escaleras sintiendo la penetrante e intensa mirada de su marido en su espalda al escuchar el apodo para el otro serbio—, necesito que tú y Helsi lleven a Moscú a descansar en la sala, yo me quedaré en lo que lo hacen.
—Ahora mismo seguir orden de Roma —asintió comenzando a subir los escalones.
—Y por favor, llévate a Berlín, que no sé si tengo más miedo de dejarlo con Denver o con los rehenes —Oslo soltó una carcajada que retumbó contra las paredes.
—¿Puedes recordarme por qué seguimos casados? —llevó su mano a su pecho fingiendo estar dolida, unos segundos después sacando su arma de la correa para estar atenta a los rehenes, sonriendo a Berlín.
—Porque amas mi personalidad narcisista y egocéntrica, sin contar mi buen gusto en todo y cómo luzco el mono, mi amor —lo despidió lanzando un beso juguetón.
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