❛ 𝘅𝗶𝗶𝗶. 𝗍𝖾𝗋𝗋𝗈𝗋𝖾𝗌 𝗇𝗈𝖼𝗍𝗎𝗋𝗇𝗈𝗌.
❛ 𓄼 CAPÍTULO TRECE 𓄹 ៹
Un semestre antes...
EL CUERPO, de la morocha en ese entonces, se detuvo rígidamente frente a la bonita puerta de la residencia León, escuchando del otro lado las risas y voces de sus compañeros de clase. Suspiró, en verdad no quería estar ahí, pero su madre la había obligado —en uno de sus únicos días sin trabajo y en el que la había ido a visitar— a hacer recados por ella, uno de esos devolver a la madre de Raúl unos costosos vestidos que había compartido con Mónica.
Irritada, sacude su cabeza presionando con fuerza sus ojos, buscando energía para mantenerse en pie. Esperando que también funcione, mueve sus hombros hacia atrás en círculos, alguno de los huesos en sus hombros tronando en el proceso.
Con valentía, alzó la mano para oprimir el timbre, reteniendo el aire dentro de sus pulmones al encontrar a Raúl del otro lado de la puerta.
—Vengo a devolver estos vestidos de tu madre —murmura. Muerde la carne de su mejilla interior, manteniendo el suficiente contacto visual con el ojiazul. Él asiente, echándose a un lado y permitiéndole la entrada brindando una sonrisa amistosa—. No creo que sea buena idea. Tus amigos...
—Tú no te preocupes por ellos que esta es mi casa —la morocha asintió, sin embargo, al observar los rostros anonados de todos y el silencio que se produjo, supo que levantar su caparazón fue la idea correcta.
—¿Dónde dejo los vestidos? —pregunta, ignorando las presencias de Natalia, Pablo, Isabela, Gerry, sus dos gorilas y María.
—En el sofá está perfecto —cuidadosamente los deja en el lugar señalado.
—No mames, Raúl, ¿Tienes a Carmen de criada? —ese no podía ser nadie más que Gerry, el resto siguiendo su juego al reír.
—Cállate, pendejo —el castaño subió la mano a la espalda de la chica, demostrando su apoyo a ella—. Es mi vecina.
—¡No chingues! —exclamó Darío, sorprendido.
—¿Desde cuándo?
—¿Por qué no nos lo habías dicho, wey?
—No me digas que ella te pegó lo freak de su amiga.
—A ver, a ver, pérate, ya —lo calla, ignorando sus burlas—. Déjala en paz. ¿Quieren ver algo chingón? Levántense y espérenme en el pasillo. A menos que quieran seguir aquí estudiando —sin más palabras el grupo se levantó haciendo caso.
González se giró a su vecino una vez quedaron solos, fingiendo una sonrisa que no llegaba hasta sus ojos cansados, adornados con dos bolsas oscuras bajo de ellos. —Mónica lo agradece, y manda saludos a tu familia.
—¿No quieres venir y averiguar qué es eso tan chingón? —inquiere, mientras le tiende su cerveza con una sonrisa sugerente.
Carmen bufó. —Es mejor estar aquí que con mi madre —accede, pero deja la cerveza en la barra antes de seguir los pasos de Raúl.
Después de pasar a una habitación oscura, Raúl ingresó los dígitos de seguridad a una nueva habitación, el resto de adolescentes encontrándose en ella pinturas que lucían antiguas, esculturas, objetos tallados en oro y un montón más.
Carmen admiró el lugar en silencio, al contrario del resto, observando con un enorme y particular interés las pinturas y esculturas.
Ella se mantuvo en una esquina, viéndolos lanzar fajos de dinero, saltar y hacer un bullicio con cada cosa que se encontraban, claro, grabando hasta el más pequeño de los anillos.
Se encogió en su lugar al ver la figura imponente del padre de Raúl en la puerta, mirando seriamente las acciones de los amigos de su hijo.
—Señor León —saludó en un murmullo tímido la morocha, consiguiendo que el hombre se aparte de la puerta para dejarla salir, con el resto apenas notando su presencia.
NO HABÍA VUELTO A DORMIR. Los terrores nocturnos invadiendo y aterrorizando sus sueños, acompañados de los gritos y expresiones fulminantes de sus padres, despertándola en la madrugada con un temblor frío y sudoroso envolviendo su cuerpo, la agitación en su respiración errática y el miedo que no lograba apaciguar desde entonces.
Su cabeza rebotó contra la gélida superficie de la mesa, espantando el adormecimiento debido a el golpe de temperatura, girando a sus lados desorientada. Cuando decidió no estar siendo observada, cruzó sus brazos sobre la madera, enterrando su rostro y cerrando los ojos para dormir.
Mientras soñaba, las imágenes y voces no eran claras dentro de su imaginación, pero reconoció los sentimientos de decepción, furia y miedo ser provocados. Se agitó, como un fósforo siendo encendido instantáneamente, aparecieron sus padres hostigando la memoria de su hija. Aquel —al igual que el resto de sus terrores— había sido el único fragmento que logró recuperar antes de ser sacudida con brusquedad.
Alex, tras la huida de Sofía del salón, observó a su mejor amiga acostada sobre sus brazos. Comenzó inusual, removiéndose en su silla mientras de un momento a otro soltaba una patada o un golpe brusco de hombros, captando la atención de la azabache. Después, su respiración se volvió pesada y la notó transpirar, para ese punto la adolescente se había preocupado levantándose de su lugar y agitando el cuerpo de Carmen.
La morocha despertó soltando un grito aterrado, colocando su espalda recta contra el respaldo de la silla, intentando regular su respiración. Al momento, el salón quedó en un completo silencio.
Su cara ruborizada, sus pupilas dilatadas, sus ojos abiertos más de la cuenta y verse asustada fueron las cosas que se reflejaron en la mirada preocupante de Alex sobre ella.
Carmen sollozó silenciosamente, derramando un par de lágrimas antes agarrar su mochila entre sus brazos y salir disparada del lugar, trastabillando.
AL DÍA SIGUIENTE, en la madrugada, Carmen se encontraba en su lugar habitual, el techo del Colegio Nacional. Abrazaba sus piernas, recargando su mentón en ellas e intentando no quedar dormida, parpadeando con pesar mientras mantenía los ojos fijos en el cielo, disfrutando del silencio sepulcral.
Su conciencia se encontraba despegada de la realidad, flotando en su imaginación, que notar la presencia de Raúl le fue difícil hasta que escuchó su voz.
—¿Qué te pasa? —Carmen sonrió con ironía.
—La sutileza no parece ser tu fuerte —se burla, refugiándose dentro de su suéter sin poder evitarlo. Aún así, se encoge de hombros decidiendo responder—. Estoy agotada. Sé que cuchichearon con respecto a Sofía y a mí, después de la escena de ayer ya no voy a fingir estar bien. Pero aunque yo lo deje de hacer, el resto se mantendrá como hipócritas.
—No sé si todos.
—Tus amigos, tú —balbucea la última palabra, mirando su reacción de reojo esperando no molestarlo—. Están viviendo unas vidas que no son reales. Fingiendo ser los reyes del mundo, y adultos jugando con su futuro.
—No sabía que la filosofía te pegaba —la morocha no puede evitar dejar escapar una sonrisa, jugando con los múltiples anillos en sus dedos.
—No te preocupes, solo se me pega cuando es temprano —ahora fue el turno del castaño de sonreír—. Pero, ¿No te cansas? Actúas diferente cuando estás con ellos, lo he notado.
—¿Me estás stalkeando? —Carmen titubea, pero gira su cuerpo hacia Raúl, negando.
—Somos vecinos, no tengo nada más interesante que ver las fiestas que montas —muerde su labio inferior, bajando la mirada al cristal empañado—. Solo digo, que sería mucho más fácil si todos dijéramos la verdad, no ocultar secretos. En lugar de engañar y lastimar a las personas que aprecias.
Sin nada más por agregar, se levantó para marcharse, siendo detenida por los dedos de Raúl alrededor de su muñeca.
—Sabes que puedes venir a mi casa también, ¿No? —sus ojos azules recorren el rostro de González, esperando alguna reacción—. Recibir el mismo apoyo que me das.
—Gracias, de verdad —asintió haciendo de sus labios una línea recta, tratando de sonreír de nuevo.
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