❛ 𝗶𝘅. 𝖾𝗅 𝗌𝖾𝖼𝗋𝖾𝗍𝗈 𝖽𝖾 𝗊𝗎𝗂𝗇𝗍𝖺𝗇𝗂𝗅𝗅𝖺.




❛ 𓄼 CAPÍTULO NUEVE 𓄹 ៹




          ¿ESTÁS BIEN? —el par de mejores amigas se acercó a Javier, quien había decidido refugiarse en el techo del colegio mientras el caos disminuía en pasillos y salones, de primera vista pareciendo estar consternado y con la necesidad de respirar con profundidad.

—Sí.

—Entonces, ¿Cuál es tu secreto? —pregunta Sofía, mientras recargaba sus brazos en el barandal junto a Javier.

—Ninguno.

—Te pusiste un poco nervioso cuando llegó el mensaje —murmuró Carmen como la razón de su pregunta, moviéndose al lado izquierdo de Javier para hacerlo quedar entre ambas, recargando su espalda contra las barras de metal.

—Todo mundo se puso nervioso —replica por tercera ocasión, sin mirar a ninguna y con tono de voz cortante.

—También te pusiste así en la fiesta de Raúl... Con lo de la alberca —la castaña mira dubitativa a la azabache, sin saber el curso en el que estaba llevando su curiosidad.

—No estaba nervioso, estaba enojado. Me molesta todo lo que está pasando con el hacker —giró su mirada hacia Carmen, frunciendo el ceño—. Y tampoco me gusta lo que está pasando contigo y Raúl.

—¿Qué tiene Raúl?

Deberías mantenerte alejada de ese idiota. No es nada bueno para ti, Carmen —González prefirió mantener la boca cerrada, no estando de humor para discutir su relación con Raúl, la cual no le incumbía a Javier—. ¿Qué pasó cuando me fui, chicas?

Carmen se rascó la nuca nerviosa, tragando saliva, por lo que Sofía había decidido contar con calma cada detalle que Carmen le había dicho aquella mañana, desde ambas versiones —la de Sofía cuando perdió a Javier y decidió quedarse en la fiesta y la de Carmen a partir del momento en que salió de la piscina— hasta llegar a cuando el hacker las había secuestrado.

—Lo voy a matar —declaró—. Cuando lo encuentre lo voy a matar.

—Solo quería hablar —lo excusó Sofía, Carmen, por instinto, subiendo su mano a la piedra de cristal.

—No, no solo quería hablar —rodeó el cuerpo de González y poder así verlas a la cara—. Todo mundo está abajo sufriendo. Ustedes están mal, las secuestró, yo no la estoy pasando bien y Luis está en el hospital, está internado a punto de morir.

—A ver, lo vamos a encontrar.

—¿Ustedes creen que solo quería hablar? —interrumpe el morocho, exaltado. Carmen mira a Sofía, incómoda del ambiente que se ha desatado, decidiendo esconder parte de su cuerpo detrás de la azabache.

—Tengo todas las piezas en mi cabeza, solo... Necesito acomodarlas —Javier asintió.

          LA DROGA QUE EL HACKER USÓ EN ELLAS PARA TRANSPORTARLAS LAS HABÍA DEJADO FUERA DEL JUEGO EN EL INTENTO DE RECORDAR HASTA EL MÍNIMO DETALLE QUE LES PUDIERA AYUDAR EN SU BÚSQUEDA, pero pese a su intento por despistarlas omitió sin cuidado alguno el tiempo en el que el efecto se desvanecía, lo que resultó en la captura mental hecha por Sofía de su alrededor dentro de una camioneta.

—Okay, decía Freaky Pizza.

—¿Freaky Pizza? —preguntó Alex con burla, girando su cuerpo hacia la computadora y tecleando las palabras—. Pues no creo que haya muchos.

—Sí.

—Ahí está. Hay tres.

—Pudo haber sido peor —Carmen ladeó la cabeza con una mueca—. Es un buen comienzo. ¿Qué más recuerdas, Sof?

—Bueno, a lo mejor uno que estuviera alrededor... —opina Alex, ante el silencio.

—Creo que deberíamos callar —la castaña rubia posa su mano en el brazo de la azabache, deteniendo su voz, mirando expectante a su mejor amiga.

—Busca Tintorería Escarlata —habló a los segundos, acercándose a ellos.

—No, es que hay cuatro.

—No pasa nada —afirmó ella—. Solo tenemos que comparar los puntos en los que se encuentran los Freaky Pizza y las tintorerías, en qué camino cada uno de estos se cruzan.

—Y preguntar el rango de entrega —añade Sofía—, armar una correlación y hacer nuestro perímetro de búsqueda. ¿Entendieron?

Alex volteó a Carmen y ella a la chica, frunciendo el ceño como respuesta antes de desviarse a Sofía.

—¿En teoría? Sí. ¿En práctica? No sabría qué hacer —se encogió de hombros, dubitativa.

—No —suspira Alex—. Pero, ¿Qué quieres que haga?

—Mándanos eso a nuestro celular.

Los tres se despidieron de Alex, tomando camino a cualquiera que Sofía los estuviera guiando, hasta que un chico de ojos azules se cruzó en la vista de Carmen.

Se inclinó escondido detrás de la pared, haciendo señas para que ella tomara cercanía. —Oigan, necesito ir al baño, problemas con los cólicos, pero ustedes adelántense y envíenme su localización. Adiós —no esperó a respuestas de sus amigos antes de salir trotando a Raúl, quién la recibió envolviendo sus brazos alrededor de su cintura y dejando un suave beso en sus labios.

—Creí que volverías a desaparecer —se mofó el castaño, colocando sus mechones sueltos detrás de las orejas y así poder acariciar con libertad sus mejillas.

—¿Y abandonarte una segunda vez? Necesitas mucho más si quieres deshacerte de mí.

—¿Cuánto es mucho más? —su rostro adquirió una expresión levemente seria, bajando ambos brazos para entrelazar su mano derecha con la izquierda de Carmen.

—Me lo estoy pensando.

Raúl asiente sin mirarla a los ojos. —Tienes un bonito collar, ¿Qué le pasó al otro? —se interesó.

—Oh —pensó brevemente, antes de sonreír y seguir los pasos del castaño—, el otro iba mejor con el vestido, este me gusta mucho más. El blanco es mi favorito.

—Lo sé.

—¿A dónde nos dirigimos?

—A un lugar un poco más privado —y como si añadiera esto a su respuesta, atrajo sus caderas a las suyas besando con deseo y desesperación encubierta sus labios, sintiendo los dedos de Carmen ceñirse a su torso.

—Vaya, me gusta esa respuesta —se separó de él limpiando el brillo labial de sus comisuras, decidiendo tomar el mando—. Y conozco el lugar perfecto.

Entre risas y a prisas se dirigieron a uno de los auditorios del Colegio, el menos utilizado en horas escolares, siendo Carmen quién abre una de las enormes puertas para encontrarse con la imagen de la secretaria de Quintanilla montando al susodicho. De la sorpresa e ira surcando su interior sacó su celular y tomó una secuencia completa de ellos dos, antes de correr junto a Raúl al ser descubiertos.

—Si el hacker arruinará la vida de mis amigos, de paso que arruine la vida de ese pendejo hijo de perra —masculló dando pasos furiosos conforme mandaba todas las fotografías al chat del hacker, siendo observada atentamente por el ojiazul.

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