❛ 𝗶𝗶𝗶. 𝖻𝖾𝗌𝗈 𝖽𝖾 𝗍𝗋𝖾𝗌.
❛ 𓄼 TERCER CAPÍTULO 𓄹 ៹
—¿QUÉ PEDO, cabrones? —Carmen frunció el ceño, apartando a Raúl de la cámara para acercarse a ella.
—Para empezar, no me vuelvas a llamar así —levantó un dedo, amenazante. No le gustaba que la llamaran de aquella manera, a lo mucho respondía a ❛ wey ❜—. Y para terminar, ábrenos, ahorita te explicamos.
Recorrieron las calles y avenidas hasta llegar a donde vivían, dando un visita rápida saludando a Gemma junto a sus compañeros de trabajo —quienes se encontraban en el hogar preparando el caso de González contra González—, negando con sonrisas y excusas cuando se les ofreció comida.
—Alguien se robó mis llaves —justificó Raúl al encontrarse cara a cara con el ruloso.
—Hola, Gerry —Carmen dibujó en sus labios una mueca que pretendía ser sonrisa, palmeando amistosamente el torso de Granda.
González —sin el conocimiento acerca de Raúl y Gerry— tuvo la intención de hacer las paces por igual con Gerry, pero no en el momento al enterarse que su novio lo trajo a vivir a su casa.
El encuentro abrupto con Granda la dejó pasmada, incrédula y con una ira comenzando a arder dentro de su corazón. Lanzó gritos, mientras lágrimas caían por sus mejillas, contra el ruloso y contra el castaño, haciendo mención al asesinato, a la policía y la búsqueda, antes de obligarse a sí misma a calmarse.
Cuando se acostumbró a la presencia del tercero, con insistencia y empujones, lo obligó a permanecer en una habitación encerrados, intercambiando culpas y rencores hasta salir a la hora de la cena.
—TE ODIO POR LO QUE LE HICISTE A LUIS —afirma Carmen de brazos cruzados y una mirada fatal—. Nada de lo que viviste crea una excusa para haber sido un malnacido con él, pero si tú lo estás, estoy dispuesta a perdonar y dejarlo atrás.
—¿Cómo se supone que haga eso, wey? —ella rueda los ojos.
—Comprometiéndote a dejar toda esa mierda de bully atrás. A cambiar drásticamente para mejor. Tú mismo debes perdonarte —intercambiaron un silencioso asentimiento, terminando con un incómodo abrazo.
—VERGA, hermano. ¿Qué...? —se cortó a sí mismo al notar la condición de suciedad y heridas en Raúl—. ¿Qué pedo? Qué putiza. ¿Qué te pasó, cabrón? ¿Te caíste, imbécil?
—Ya quisiera —murmuró entre dientes González subiendo por detrás a la izquierda de Raúl, Gerry siguiendo sus pasos justo detrás de él.
—¿Qué te pasó, cabrón?
—Nada —contestó, ambiguo.
—Si no les pago a los Mendoza, a Ernesto y Darío, le deshacen la cara.
—¿A los Mendoza? —parpadeó—. Fuiste a la escuela, ¿Verdad, pendejo?
Raúl protesta y rehúye a los comentarios de Gerry y Carmen, estando de acuerdo aquellos sobre lo irracional de su acto de aparición en el Colegio Nacional, siendo interrumpidos al escuchar el timbre.
—¿Los siguió alguien? ¿Los siguió alguien– pendejo? —Gerry se calla el insulto a la morocha al cruzar con sus ojos feroces.
Los tres se inclinan, viendo por la pantalla el rostro de Sofía frente a la cámara de seguridad, antes de verse entre ellos.
—Nos jodieron. Nos chingaron.
—No necesariamente —musita Carmen, y mordiendo su labio inferior le desliza de Raúl la tira de la mochila fuera del hombro—. Gerry al cuarto, tú debes confrontarla y hacer que se vaya lo más pronto posible.
—¿Por qué yo? —pregunta a la defensiva.
—Porque tú fuiste a la escuela, cabrón —secunda Granda a González palmeando su costado como muestra de ello.
Desde el piso superior, Carmen escuchó el golpe que le plantaba su mejor amiga a su novio, reclamando el mal que ocasionó a su familia y acusándolo de ser el nuevo agresor. Varios segundos de silencio le tomó a Sofía para preguntar si alguien más se encontraba ahí, Carmen de manera nerviosa saltando y revelando su presencia en medio de las escaleras.
La caída de un objeto de cristal desde las habitaciones detuvo a Sofía para mirar al castaño y a la morocha.
—¿Y eso?
—Fue afuera —balbucea Raúl.
—Yo lo escuché acá.
La azabache se acercó, girando lentamente de la manija, volteando su cuerpo inesperadamente con dirección al cuarto al lado derecho de Raúl y Carmen, de donde salía Natalia abrochando su blusa.
—Mis amores, no me dejen tanto tiempo solita —Carmen abrió los labios de sorpresa por su aparición, su expresión eclipsada al encontrarse con los labios de la rubia sobre los suyos; Natalia habiendo empujado a Carmen por la nuca y a Raúl por la cintura hacia ella, conectando así los tres sus labios—. Sofi, cero incomodidad, te quedas en tu casa. No te molesta, ¿Verdad? —al no estar a la vista de Sofía Carmen se volteó a Raúl, confundida e incrédula, los ojos abiertos a más no poder—. Es más, ya sé. Se ve que ustedes tres tienen muchísimo de qué platicar, entonces voy a hacer una cenita y cenamos los cuatro, ¿Va?
—No —Sofía se deshizo de su agarre—, acabé ya lo que tenía que hacer aquí —sigue su camino a la salida.
—Yo... —Carmen saca su teléfono del bolsillo, frunciendo el ceño tras leer un mensaje, pero no tenía pensamientos para ello—. Rayos, ¿Y eso?
—¿Qué? —preguntó la rubia con falso tono de inocencia—. No es que hayan engañado al otro, yo los besé, Carmen. Y deberían de agradecerme por eso.
—Pero, quiero decir, ¿Era así de necesario? —balbucea, sus ojos se dirigen a Raúl que se encoge dubitativo, igual de confundido que su novia.
—Solo fue un beso y ya, no es para tanto —rueda los ojos—. Pero estoy segura de que alguno de ustedes usó la lengua, ¿Algo que decir?
Sin palabras en mente —ninguno de la relación— cerraron los labios escuchando el insistente zumbido del teléfono de la morocha, Carmen hartándose decidió contestar.
—Sí, sí, Gemma —respondió—. Que ya voy.
—Para hoy, Cam —apura sin dejarla despedirse, aunque ella tampoco se molestó por ello.
—¿Qué pasa, Gemma? —cuestiona un tanto ida, desplomando su cuerpo sobre el sofá al momento de entrar a su hogar.
—Debemos construir nuestra defensa y preparar tu testimonio —responde Santiago, el amigo y compañero de Gemma, por ella, mirando de manera distraída unos papeles.
—Oh —parpadea perezosamente, regresando a la realidad—. ¿Puedo comer pizza antes?
—Durante —interrumpió el tercer compañero, Daniel, dejando caer con sutileza un plato con dos porciones de pizza de pepperoni y cátsup sobre su regazo.
—Si me siguen alimentando así, pueden poner tantas palabras en mi boca como quieran —se apresuró a morder la punta de la primera rebanada, recibiendo tres pares de ojos molestos.
—No puedes decir eso, Cam —niega Gemma sentándose al otro extremo del sillón.
—Bien, me callo.
SU PIE PISÓ EL FRENO ESCANDALOSAMENTE, las ruedas expulsando un chirrido por la fricción imprevista generada mientras se deslizaba sobre su costado para abrir la puerta del copiloto. Su preciado método de transporte devuelto justo al anochecer.
—Eh, el rescate llegó —diez minutos atrás recibió un mensaje de Sofía, pidiendo buscar tanto a ella como a Javier en la calle detrás de la casa de Luis. Ahora, poniendo el automóvil en marcha cuando Sofía ocupó el asiento a su lado y Javier el asiento entre ellas detrás—. ¿Y bien? ¿Me explicarán por qué las ambulancias giran a la calle de Luis y ustedes están detrás de su casa?
—No sabemos, wey —Sofía se encontraba acelerada—. De pronto se incendió y tuvimos que salir por el techo.
—Eso no explica por qué estaban ahí.
—Sofía pensó que podríamos encontrar algo —dice Javier, inclinándose entre los asientos.
—¿Y lo hicieron?
—Pues unos dibujos —se encogieron de hombros.
—¿Me dices que casi mueren incinerados por unos dibujos? —chilló Carmen deteniéndose por segunda vez con un chirrido frente a una luz roja.
—Casi —repite Sofía con un deje divertido, Javier acompañando su sonrisa para el escepticismo de Carmen.
—Oh, ustedes algún día serán mi muerte.
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