4. 𝔄𝔭𝔲𝔢𝔰𝔱𝔞𝔰.
—...agregaré 30 galeones para cada uno —señaló Nayleah, tocando el pecho de Fred a su derecha y el de George a su izquierda.
Los gemelos intercambiaron miradas cómplices. —¿Sin ninguna clase de ayuda?
—Así es —sentenció la muchacha, poniéndose un mechón de obscuro cabello tras la oreja—, yo armaré la de las chicas. Quien termine primero se lleva el botín y acepta la condición del otro.
El señor Weasley asintió con diversión, motivando a los gemelos a tomar el desafío. Ginny y Hermione lucían seguras de que Nayleah podría ingeniárselas más pronto que Fred y George. Harry, por su parte, estaba aliviado de no tener que armar esa cosa porque estaba tan perdido, quizá más, que los gemelos Weasley.
Nunca antes había acampado.
—De acuerdo —resolvió Fred, extendiendo su mano—, que gane el mejor.
La cuenta regresiva fue una cortesía del señor Weasley, quien no perdía de vista a sus retoños y se aseguraba de que siguieran las instrucciones al pie de la letra. Ginny se unió como apoyo a Leah, pues no podía batallar con las varillas por ella misma, cuestión a la que la otra parte involucrada estuvo de acuerdo.
Tras hora y media de malabares, gritos de frustración y uno que otro golpe con el mazo, Leah admiró con satisfacción su trabajo.
—Permítanme echar un vistazo.
Como juez del pequeño desafío, Arthur Weasley asomó la cabeza al interior y cuando salió, levantó el pulgar, otorgándole el triunfo a las chicas.
Nayleah no pudo evitar saltar de emoción al conseguirlo. —¡En sus pecosas caras!
Derrotados, Fred soltó el mazo a milímetros del pie de Ron. Estrecharon sus manos nuevamente y Leah los ayudó a terminar con la construcción de su tienda. Indicándoles con paciencia en qué fallaron anteriormente y lo que les hizo fracasar en su primer intento.
El interior de la tienda de los chicos era mucho más grande que el de las chicas, por obvias razones. Nayleah sintió su corazón dar un brinco al ser capaz de presenciar la genuina reacción de su hermano al adentrarse y descubrir que había mucho más de lo que podría percibir desde el exterior.
El camuflaje contra los muggles era el indicado, a menos que alguno viese entrar a diez personas en la misma tienda; eso sí que levantaría sospechas.
—¡Potter, Granger y Ron, vayan a conseguir agua! —sentenció el padre de familia.
Por inercia, Nayleah volteó al escuchar el apellido familiar, pero Fred se encargó de detenerla cuando estaba por partir a cumplir la tarea. George negó disimuladamente un par de veces y señaló a Harry con la barbilla. Para la joven era frustrante, pues a veces olvidaba su verdadero origen y se acostumbraba a ser llamada Leah Tonks, luego anhelaba ser reconocida por su verdadera identidad y ocurrían este tipo de cosas. ¿Exactamente cuándo podría revelarle la verdad al mundo? Era una interrogante que nadie le respondía por más que hubiera indagado.
Ni siquiera el mismo Dumbledore estaba seguro de que algún día pudiese volver a retomar su apellido que, por todas las leyes mágicas, le correspondía. Poco a poco, Nayleah Abigail Potter, estaba perdiendo la esperanza; ser reconocida como parte de la familia Tonks no le molestaba, al contrario, se sentía muy agradecida porque otros en su lugar le habrían cerrado las puertas, sin embargo, no quería vivir en una mentira para siempre.
El único rayo de esperanza que la alumbraba en aquel obscuro camino de incertidumbre era que, cuando Voldemort dejase de existir, ella podría desenvolverse como un miembro más de los Potter. O incluso hasta compartir apellido con los Tonks como mero agradecimiento y reconocimiento a su excelente labor como padres.
—¿Estás bien? —preguntó Ginny, acercándose a ella una vez partieron los otros.
La pelinegra se avispó. —Sólo pensaba.
—¿Quieres un chocolate? —ofreció Fred, tendiéndole una enorme barra— Te juro que no tiene nada.
Rogando a todos los magos que realmente no fuese una trampa, aceptó un trozo de la tableta y lo saboreó en su boca. El sabor a frutas era delicioso. Miró a los gemelos intentando descifrar qué era lo que estaba degustando en este momento.
—No todo lo que hacemos es para algo malo, Leah —reprochó George, sentado sobre una mullida silla, frente a ella.
Relamiéndose los labios, la chica habló. —Me gusta, dejaré que conserven los 60 galeones que me deben, siempre y cuando me hagan un cargamento de esto.
Cerraron el trato una vez más y Fred le lanzó el resto de la barra desde la pequeña cocina. Conversaron sobre la inminente llegada de las clases y, sin perder oportunidad, sobre las apuestas que harían.
—En esta ocasión apostaré por Irlanda —resolvió la joven, admirando un póster animado, colgado de una de las paredes de la tienda.
Ron, quien para entonces ya había vuelto con el agua, bufó. —¿Estás demente? ¡Viktor Krum juega como buscador para los búlgaros!
—Eso no garantiza que ganarán, Rony.
Los gemelos concordaron con la hermana de Harry, demostrando su apoyo con un asentimiento firme. El pelinegro dudó, pero terminó decidiendo que apoyaría a su mejor amigo por no dejarlo solo.
—Ustedes se perdieron de las decoraciones de las tiendas cerca de la fuente —comentó Ron emocionado—. Los fanáticos de Irlanda han colgado plantas en sus tiendas.
Hermione dejó escapar una carcajada sin ganas. —Y los que apoyan a Bulgaria tienen el rostro de ese... Krum colgado como estandarte por todas partes. Es escalofriante.
La pelirroja menor entró con cara de frustración y le pidió; en realidad le suplicó; a Hermione que ayudase al señor Weasley a encender la fogata, pues llevaba ya un rato hipnotizado por el curioso funcionamiento de los fósforos y ella, al igual que el resto, estaban hambrientos.
—Vamos allá —suspiró la castaña, levantándose de su asiento para seguir a Ginny hasta el exterior.
Ni bien acababan de salir las chicas, los rostros de los hermanos mayores de Ron asomaron por la puerta. Bill entró primero, dejando caer sus cosas sobre la litera más cercana en la cama de arriba. Charlie optó por recostarse abajo y Percy ocupó la litera de arriba que compartiría con su padre.
—¿Creen que el almuerzo ya esté listo? —indagó Bill, intentando ver algo por la estrecha abertura de la tienda— Papá se veía demasiado entusiasmado con esas...
—Fósforos —contribuyó Leah, hojeando una revista con desgana.
—Eso.
Tuvieron que esperan un buen rato más para poder ingerir las salchichas y el huevo que cocinaban en la fogata, pues recibieron la visita de Ludo Bagman; misma que, para desgracia de los asistentes, no fue corta. De hecho, se tornó divertida en cuanto apostó con los gemelos sobre qué equipo anotaría primero. Ahora sólo quedaba esperar que resultara a favor de los pelirrojos o su madre los mataría.
Además, habían conseguido maravillar al hombre con una de sus varitas falsas. ¡Sí! Esas que Molly tanto odiaba encontrar esparcidas por los rincones de la casa.
Bebieron té mientras Barty Crouch, Ludo Bagman y Arthur Weasley intercambiaban comentarios sobre el trabajo durante las últimas semanas. En uno de tantos, Ludo estuvo muy cerca de revelar algo que a Nayleah le movió sus adormiladas neuronas, poniéndolas a trabajar.
—Debemos irnos, los veremos en el juego —acordó Bagman con su actitud relajada.
Los gemelos y Nayleah intercambiaron miradas cómplices, al parecer la chica no había sido la única que captó aquellas palabras como algo realmente prometedor y, pese a que sólo había mencionado a Hogwarts, algo en su interior le aseguraba a Leah que, de una u otra forma, ella terminaría involucrada también.
—¿Vas a contarnos a qué se refería el hombre? —cuestionó Fred, apartando su taza de té a medio tomar.
Arthur espantó a los mosquitos. —Ya tendrán oportunidad de enterarse.
—Oh, ¡Por favor! —exclamó George, con incredulidad.
Percy carraspeó mientras depositaba la taza que estuvo en posesión de Crouch sobre la mesa con un cuidado exagerado. Observó a todos los estudiantes y, ajustándose la chaqueta, les dedicó un sermón.
—...hizo lo correcto al no revelar nada todavía.
Fred realizó caras graciosas al imitar la última parte del discurso de su hermano y estrelló la mano contra la superficie de la mesa.
—Mejor cállate de una vez, Weatherby.
Todos explotaron en carcajadas, tomando a Nayleah con la boca llena de té. Fue asqueroso cuando la risa la obligó a sacar el líquido por la nariz, pero para los gemelos, además de escuchar a Crouch ponerle un nombre incorrecto a Percy, fue lo segundo mejor que ocurrió en aquella tienda desde su llegada.
La pelinegra, lo encontró gracioso después de casi ahogarse. Aunque fueran cosas demasiado patosas, estaba segura de que las atesoraría en sus memorias por siempre.
El resto del día se tornó entretenido desde que salieron a curiosear entre las tiendas. Los vendedores no perdían oportunidad de ofrecerles artículos y Harry terminó comprando onmiculares para sus amigos y hermana; ella le agradeció, prometiendo regalarle algo bonito en navidad.
—¿No comprarán nada? —cuestionó Nayleah a los gemelos.
George negó. —Apostamos nuestros ahorros a Bagman, ¿Lo olvidas?
—¡Gran mentiroso! —espetó, entrecerrando los ojos— ¿Qué es eso que tienen en los bolsillos, par de gnomos apestosos?
Metiendo las manos en los bolsillos, los gemelos encontraron una generosa cantidad de galeones que ella había colocado ahí. Besaron las mejillas de la pelinegra agradecidos, saliendo de la tienda disparados como un gas.
Harry pasó el brazo por los hombros de su hermana. —Eres demasiado buena, ¿Lo sabías?
—Es de familia.
Se dedicaron un abrazo lleno de cariño y se reunieron con Arthur cuando el bosque se iluminó, dando inicio al que sería uno de los eventos más esperados del año. El otro permanecía en secreto, pero pronto sorprendería a los muchachos y no de la mejor manera.
Mientras avanzaban por el bosque, una lechuza se coló por la entrada de la tienda de las chicas y se posó en lo alto de la litera, a la espera de que volviese el destinatario de la carta que prendía de su pequeña pata derecha.
La ansiada respuesta que Nayleah esperaba al fin había llegado y, aunque todavía no lo supiera, no encontraría las mejores noticias, sino un nuevo reto por encarar con valentía.
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