III

Mi progenitor era el tipo de persona que nunca se haría cargo de un niño. Se ausentaba mucho, bebía en exceso y desquitaba sus problemas en mi.

Pasaba horas recordándome mi parecido a mi madre, el como ella lo abandonó y me dejo como una carga. En algún punto, los golpes físicos dejaron de doler tanto y mis lagrimas también cesaron.

Es curioso como el ser humano se adapta a todo.

Pero por más que me adaptara, el hambre nunca iba a desaparecer. Más de una vez estuve tendido en el suelo sin poder moverme, esperando una migaja de pan o un poco de arroz.

Y creo que él era capaz de dejarme morir.

Así que tuve que hacer algo al respecto. Juntaba las monedas que dejaba tiradas y salía a comprar. Al principio no podía hacer mucho, pero eventualmente pude dormir tranquilo sabiendo que tenia dinero para comer al día siguiente.

Y en esas salidas se me ocurrió ir un poco más lejos. Ya no era solamente ir al frente de la calle a la tienda y luego volver al apartamento. Exploré la calle, conocí el basurero, el parque, las tiendas, la biblioteca, la escuela y la estación. Salir me despejaba y me permitía respirar fuera de mi claustrofóbico "hogar".

Y ahí fue cuando sucedió.

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