004.ᴛʜᴇ ʀᴏᴍᴀɴꜱ

ʟᴏꜱ ʀᴏᴍᴀɴᴏꜱ

(Apolo Febo, el dios romano)

VIENDO MI REFLEJO EN EL PEQUEÑO ESPEJO, TENÍA LA SENSACIÓN DE ESTAR SIENDO COMPRADA.

—No me gusta verte molesta —murmuró apartando mi cabello de mi hombro con suavidad. Su aliento golpeaba mi mejilla-. No eres mi prisionera.

Volteé el rostro hacia él, sus labios casi rozando los míos. Sonreí, una sonrisa que no sentía.

—Gracias.

Apolo me devolvió el gesto y se inclinó, besándome lentamente. Tenía un brazo sobre mis hombros, la otra mano estaba apoyada en mi muslo.

Traté de concentrarme en el hecho de que Apolo acababa de devolverme mi espejo. Lo había dejado en mi cabaña y ahora él me lo estaba devolviendo para que pudiera hablar con mi familia.

También no podía dejar de pensar en lo que Hera me había dicho. Ahora más que nunca no podía bajar la guardia con él, algo le estaba pasando que tenía a los sirvientes y a Hera asustados, había sido su idea poner a dormir a Zeus, él mismo decía que el Consejo estaba ahora bajo su cargo. Y algo estaba haciendo que podía quemarnos a todos, como dijo Hera.

«¿Qué estás haciendo, Apolo?».

Su mano dibujó suaves círculos en mi pierna sobre el vestido. Me atrajo más cerca, haciéndome inclinar la cabeza hacia atrás, apoyándonos en el sillón. Rodeé su cuello con mis brazos.

Quería tanto dejarme llevar, pero no podía. Si Apolo hacía una estupidez justo ahora que estábamos con el desastre de Gaia, Zeus se iba a enojar con él. Y yo también me enojaría con él.

—¿Qué pasa? —cuestionó apartándose.

—Nada.

—Sueles ser más desinhibida —dijo frunciendo el ceño—. No es que me moleste, pero pareces muy pensativa. ¿Ocurre algo?

Lo miré. Estaba hermoso, pero al ver a sus ojos, lo sentía tan distante.

—Hoy estuve paseando por el palacio.

—¿Ah sí? —Se inclinó hacia la pequeña mesita sobre nosotros y tomó una uva—. ¿Qué te pareció? ¿Viste la biblioteca?

—Sí, aunque me llamó la atención que parece un poco vacío —comenté, girando el espejo entre mis manos como si fuera una observación casual.

—¿Vacío? —repitió, dejando caer una uva en mi boca antes de tomar otra para él-. El palacio es enorme. A veces parece que le sobra espacio.

—No me refiero a eso —dije masticando despacio—. Zeus ordenó que todos se quedarán aquí, pero llevo tres días aquí desde que me desperté y aún no he visto a nadie más que tú.

«Y Hera».

Se encogió de hombros.

—Ya te lo dije, algunos están demasiado cansados para andar de un lado a otro.

—Por la dualidad.

—Ajá. —Bebió un sorbo de vino, y por un instante vi algo en su mirada, como si calculase qué decir y qué callar—. Es un mal momento para todos.

«Ahí».

—¿Puedo preguntarte sobre eso? —Me acomodé poniendo las piernas sobre su regazo—. Tengo curiosidad.

—¿Curiosidad sobre qué? —preguntó, acariciando distraídamente mi pantorrilla.

—Los dioses romanos. —Hubo un pequeño tic tenso en la comisura de los labios, pero fingí que no me había dado cuenta. Al contrario, me dejé dominar por el bonito verbal—. ¿Cómo son? ¿Son igual de pesados que ustedes, pidiendo misiones tontas todo el tiempo? ¿Y los semidioses romanos? Jason no recuerda nada, así que no pude preguntarle mucho. ¿Cómo es su campamento? ¿Dónde están? ¿Por qué...?

—Wow, wow, wow —Me tapó la boca, riéndose—. Amor, respira, son muchas preguntas.

Me encogí de hombros, fingiendo inocencia mientras apartaba su mano.

—Sé que me dijiste que no querías hablar de eso, pero nunca se me ocurrió que pudieran haber dioses y mestizos romanos. Y ahora sé que existen. Y si existen, quiero saber.

—No es un tema sencillo.

—Entonces empecemos por lo fácil. —Me incliné hacia él, apoyando el codo en su hombro—. ¿Hay alguno tan guapo como tú?

Soltó una carcajada breve.

—No. Nadie es tan guapo como yo.

—Ajá, modesto como siempre. —Rodé los ojos—. Entonces, ¿qué?

Apolo guardó silencio unos segundos, mirándome como si sopesara el peso de las palabras.

—Los romanos son... nosotros. Pero no exactamente. No todos al menos, para la mayoría es como tener un hermano gemelo que vive en otra ciudad, con otra educación, otras costumbres... y de pronto se muda a tu casa sin avisar.

—Suena incómodo.

—Lo es. —La mirada perdida en la copa—. Porque para interactuar con los semidioses romanos, adoptamos esa forma, pero los mestizos llevan tanto tiempo separados que ahora somos dos personas distintas, y al juntarlos, es como si no supiéramos qué forma adoptar.

Fruncí el ceño. Había demasiadas cosas que no encajaban.

—Pero...no entiendo. Si los dos campamentos existen al mismo tiempo, ¿cómo es que esa división no les pasa siempre? Llevo un año contigo, y nunca vi nada en ti o en los demás sobre estos...dioses. Están con nosotros, actúan como si fueran siempre griegos, pero si también tienen hijos romanos, ¿por qué no los vemos en su otra forma? ¿Por qué no se confunden todo el tiempo?

Apolo suspiró hondo antes de hablar, como si cada palabra le pesara.

—No es tan fácil de explicar, pero intentaré que lo entiendas —dijo. Se quiso callado, pensándolo un poco, pero a mí me pareció que estaba eligiendo que decir y que no—. Los griegos nos veían como parte de ellos. Como extensiones de su humanidad. Caóticos, emocionales, apasionados. No esperaban que fuéramos perfectos. Nos contaban en sus tragedias, nos insultaban en sus poemas, nos pintaban borrachos, sedientos, enamorados, sangrientos y gloriosos. De hecho, casi parecían consolarse con el hecho de que, si nosotros éramos un desastre, ellos también podían serlo.

—Y los romanos... —dije, entendiendo apenas la diferencia.

—Los romanos no querían dioses con rostro humano —dijo, tajante—. Querían símbolos. Estandartes. Fuerza, orden, disciplina. Nos veían como ideales. Como instituciones. Roma nunca quiso saber de nuestras pasiones, nuestras contradicciones. Su relación con nosotros era estructural, más como un contrato laboral. Mientras nosotros cumplieramos con nuestros trabajos, ellos nos venerarían y respetarían.

—¿Y eso aún se mantiene? ¿Los semidioses romanos los tratan como... ideas?

Se pasó una mano por el rostro. De repente parecía cansado. Si lo que me había dicho sobre que hablar de los romanos le hacía mal, ahora debía tener una migraña olímpica.

Me acerqué un poco más a él, pasando mi brazo alrededor de su cuello, jugando con el cabello de la nuca, dejando que mis poderes aliviaran su estrés. Su ceño se aflojó un poco.

—Sí. Por más que el mundo haya cambiado, esa diferencia sigue viva. En el campamento romano, no somos como nos conoces. Cuando un semidiós romano invoca a su padre o madre, lo hace esperando eficiencia, resultados, instrucciones. Para ellos no somos sus padres, salvo que quieran estatus, somos dioses y punto. No hay conexión, no hay espacio para las emociones. No buscan una conversación. Ni siquiera esperan nuestra presencia, solo una señal. No nos insultan si no les gusta nuestra respuesta. Solo obedecen.

Se quedó callado, y yo no lo interrumpí.

—Los semidioses griegos —continuó—, son distintos. Son más... parecidos a los antiguos. Pelean con nosotros. Nos odian. Nos adoran. Nos hacen preguntas. Mira lo que pasó con Luke Castellan, su odio porque Hermes no le daba la atención que él quería, por la que todos no le dábamos a nuestros hijos hizo que nos declarasen la guerra. Una cosa así jamás pasaría con los romanos, porque a ellos les da igual. Ustedes, los griegos, son los hijos que exigen la atención de sus padres con berrinches hasta que no podemos ignorarlos. Ellos prefieren tenernos lo más lejos posible.

_¿Y eso les afecta tanto?

—Claro que sí. ¿Qué crees que pasa cuando durante siglos la mitad del mundo te pide que seas de una forma y la otra mitad te exige que seas otra? —Su sonrisa fue amarga, pero cargada de un cansancio antiguo—. Algunos lo manejan peor que otros. Atenea, por ejemplo. En Grecia era la diosa de la sabiduría, la estrategia, de la guerra justa, de la defensa de las ciudades. Era respetada... temida. En Roma, la llamaron Minerva. Seguía siendo sabia, seguía inspirando a los artesanos y filósofos, pero... la guerra ya no era suya.

—¿Porque tenían a Marte? —aventuré.

—Y a Bellona —añadió, con un destello irónico en la voz—. Marte no era Ares. No era solo furia, era disciplina, orden, el poder militar del Estado. Y Bellona... bueno, digamos que su forma de inspirar la guerra era mucho más... efectiva para los romanos. Minerva quedó como un adorno culto. La respetaban, pero no la necesitaban. Y créeme... un dios siente cuando deja de ser necesario.

—¿Y solo lo aceptó?

—No creo que nadie acepte ver su esencia desdibujada. Solo lo sobrellevas. Finges que no importa. Pero te rompe. A algunos los desgasta lentamente. A otros los llena de resentimiento. Atenea... no lo dice, pero yo sé que la lastimó. Fue una diosa guerrera. Una estratega incomparable. Y ahora, cuando los romanos piensan en ella, solo ven una maestra severa y sabia. Una sombra elegante de lo que fue. Y lo peor es que incluso lo que los griegos dan por sentado, para los romanos resulta escandaloso. En Roma, Minerva es una diosa virgen. Intocable. Como Diana. Así que la idea de que tenga hijos, incluso hijos nacidos de su mente, es un escándalo casi religioso. Ofende sus códigos. Les parece una contradicción.

—Pero no lo es —murmuré.

—No para los griegos. Atenea puede ser virgen y, al mismo tiempo, madre de mentes brillantes. Es una metáfora viva: da a luz desde la razón, no desde el deseo. Pero a los romanos no les gustan las metáforas. Les gustan las reglas. Y si una diosa es virgen, debe serlo en cuerpo, en alma y en función. -Se inclinó hacia atrás, con los ojos clavados en la nada—. Eso es lo que pasa cuando te rehacen a imagen de un imperio —dijo con un hilo de voz-. Te cortan las partes que no encajan. Aunque sean las más tuyas.

—Eso es horrible.

—Lo es. Pero no se puede evitar. No podemos obligar a los mortales a vernos como fuimos. Sólo reflejamos lo que ellos necesitan de nosotros. Eso somos. Espejos eternos... deformados por los ojos de cada época.

Bajé la mirada al espejo en mis manos. Por un segundo, mi propio reflejo pareció distorsionarse bajo la luz dorada que entraba por el ventanal, como si no fuera del todo mío. Lo giré para apartarlo de mi vista. Apolo ya no me miraba a mí, sino a algo que solo él podía ver.

—¿Y tú?

—Yo... fui de los que menos cambiaron. —Hizo una mueca que no supe si era de orgullo o de resignación—. Febo o yo, era casi lo mismo para ambos mundos. Siempre fui el dios de la luz, de la medicina, de las artes, de las profecías. El ideal de la juventud, era el modelo de cómo debía ser un joven: bello, inspirador, valiente, a veces arrogante, a veces cruel, pero siempre intenso. Me adoraban por mi arte, mi música, mi fulgor. En Roma, al principio eso no cambió. Pero cuando Augusto subió al poder, me convirtió en su emblema moral.

—¿Osea...?

—Que ya no era solo un dios. Me volví el protector del Estado. Era el dios personal del emperador. Bajo su sombra, fui el estandarte del nuevo Imperio: castidad, fuerza, deber, familia. El dios que no flaquea, que no se deja arrastrar por pasiones, que vela por el bien común, por la estabilidad del Imperio y la familia imperial.

Me mordí el labio. Sentí cómo algo en mi pecho se comprimía. Aunque él dijera que era el mismo, a mí no me sonaba nada como mi Sunshine.

—Entonces... —susurré, apoyando mi frente en su hombro—, no cambiaste del todo. Solo que... te dieron más deberes.

Apolo sonrió, pero fue una sonrisa contenida.

—Exacto. Soy el mismo, pero me pusieron un uniforme, y me dijeron que debía sostenerlo sin quejarme. Grecia me moldeó con arte y razón; Roma me moldeó con política y responsabilidad. Algunas cosas se pierden, otras se aprenden.

Sentí un escalofrío. La intensidad seguía ahí, pero ahora estaba teñida de disciplina, de control. Y, aunque lo intentara negar, podía notar el poder que Roma le dio, el mismo que Hera parecía temer.

—¿Y cuál te gusta más? —pregunté sintiendo un nudo en el estómago por su respuesta—. ¿El artista...o el soldado imperial?

Me miró fijamente, y su respuesta fue rápida.

—Tú.

Rodé los ojos.

—No estamos hablando de mí.

—Lo sé. Pero es... si me preguntaras hace unos años atrás, diría que el griego. Pero ahora, tampoco soy ese. Me gusta quien soy desde que entraste en mi vida —dijo inclinándose para darme un pequeño beso—. Me gusta quien soy ahora por ti.

Suspiré, enamorada.

—Amo que seas tan romántico, pero necesito que te concentres —pedí en voz baja.

—Concentrado. —Se enderezó, cruzando las manos en alto—. El artista griego era más libre, más pasional, más creativo. El soldado imperial es más disciplinado, más moralista, más controlado. —Me guiñó un ojo—. Y debo decir, más mojigato.

Me reí.

—¿Qué se supone que significa eso?

Él frunció los labios y levantó un dedo, como si estuviera a punto de dar una cátedra muy seria.

Significa —dijo con solemnidad fingida—, que Febo consideraba las pasiones innecesarias. Un gasto inútil de energía. Una debilidad del alma. —Se detuvo un segundo y entrecerró los ojos como si recordara con pesar—. ¿Y sabes qué pasa cuando dejas de sentir pasiones?

—¿Qué? —pregunté, ya mordiéndome el labio para no sonreír.

—Pierdes el toque y acabas siendo un tipo aburrido en la cama. Febo es un mojigato y moralista que no sabe nada sobre amor. Ni sobre pasión.

Me reí. No pude evitarlo.

—¿Así que el gran dios imperial no sabría qué hacer con una chica como yo? —bromeé, levantando una ceja.

—No sabría si tocarte está permitido —respondió él, ladeando la cabeza con dramatismo—. Ni cómo, ni cuándo. Ni siquiera si debería disfrutarlo. Febo hace las cosas porque "debe". No porque le ardan las manos por sentir.

Se inclinó para besarme.

Y mientras sus manos me atraían hacia él, no pude evitar pensar en Hera y entonces, a quién temía realmente: Apolo o Febo.

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La mañana entraba tímida por el ventanal. El dorado del sol se colaba en las cortinas, pintando la habitación con un resplandor suave.

Miré el techo. Otra vez estaba sola. Me despertaba así desde que Apolo me trajo aquí, y eso que solo han sido cinco días. Me perdí por completo las fiestas de año nuevo, y aunque amaba ser mimada por él, no me gustaba nada sentirme tan sola.

Rodé en la cama. Dentro de unos minutos vendrían las ninfas a prepararme. Me estiré y luego miré la mesita de noche. El espejo aún estaba ahí.

Lo tomé, girándolo lentamente entre mis manos. Mi reflejo me miraba, curioso, como si supiera más de mí que yo misma. Suspiré y murmuré:

—Hola, mamá.

El espejo reaccionó de inmediato, conectando con el otro que teníamos en casa. Su rostro apareció, pálido y rígido, con los ojos llenos de preocupación... y mucho enojo.

—Dari... —dijo, con tono ansioso—. ¿Dónde demonios estás? ¿Qué ha hecho Apolo contigo?

Sonreí.

—Estoy bien, mamá. No me hizo daño. Solo... estoy aquí, en el Olimpo.

Sus labios se apretaron, y sus manos parecieron tensarse, incluso al otro lado del espejo.

—No pienso permitir que te retenga —su tono era una furia desatada. Se giró hacia alguien—. ¡Papá, Dari está en el espejo! Apolo la tiene en el Olimpo. Nico, trae las espadas, nos vamos para el Empire State. —Me miró—. Tranquila, mi pastelito, mamá irá por ti.

Suspiré, colocando el espejo frente a mí.

—Mamá, estoy bien. No necesitas venir. Ya le grité por llevarme así, hablamos y él... —Pensé en cómo estaba de verdad preocupado por mí—. Estaba asustado por mí.

—No me importa si él piensa que te está protegiendo, no puede solo llevarte en contra de su voluntad.

—Lo sé, lo sé, y tienes razón.

—¿Tienes idea de lo asustada que estaba cuando Annabeth dijo que también habías desaparecido porque el loco de tu novio te secuestró?

—Puedo imaginarlo.

Se inclinó hacia el espejo, los ojos fijos en los míos.

—No me gusta que haga éstas cosas.

—A mí tampoco. Créeme, se lo hice saber.

—Bien. ¿Cuándo volverás a casa?

—No lo haré. No de momento al menos.

Frunció el ceño.

—Darlene.

—Mamá, tienes que confiar en mí. Necesito quedarme, algo... —Miré la puerta, no escuchaba ruidos, pero no me podía confiar. Me puse de pie y me metí en el baño, fui hasta la pared más alejada y bajé la voz—. Algo está pasando con los dioses, con él. No estoy segura, pero no está actuando como él mismo. Ninguno realmente, con todo este asunto de la dualidad, Annabeth quizá te contó.

—Sí, algo mencionó. —Sus labios estaban fruncidos—. Dari, no me gusta cómo suena eso. No quiero que salgas lastimada.

—No lo haré, tranquila. Apolo no me haría daño.

—Hay más de una manera de hacer daño que una herida física, mi amor. Y a veces, sin intención, son las más dolorosas. —Bajé la vista. Tenía razón—. ¡Dari, escucha! No confíes demasiado en él.

—No lo haré. Solo quería que supieras que estoy bien, y... necesito ayuda del abuelo.

Sabía que quería discutir, quería que hubiera y volviera a casa. Pero no me lo pediría, porque ella me conocía mejor que nadie y sabía que jamás podría dejar a mi chico cuando más me necesitara.

Se hizo a un lado, y el rostro cansado de mi abuelo apareció en el espejo.

—¿Qué ocurre, preciosa?

—Abuelo, ¿Qué sabes de Febo? —Le expliqué rápido lo que sabíamos de lo que les estaba pasando

Frunció el ceño.

—Históricamente —empezó mi abuelo, ajustándose las gafas—, Febo y Apolo no eran dioses distintos para los romanos. Cuando Roma lo adoptó, no hubo una ruptura, sino que la transición fue tan gradual que la mayoría de los romanos nunca percibieron un quiebre. Solo pensaban que Apolo había "madurado". —Se inclinó un poco hacia el reflejo—. Cuando Augusto lo tomó como patrono personal, Apolo ya había asumido esa nueva imagen: protector del orden, de la familia, de las leyes. Para la gente, no era un dios distinto, sino el mismo que había "madurado" para cumplir un rol más serio.

Pero sí lo era, porque Apolo decía que eran como si fueran el mismo, pero habla de él como otra persona.

—Lo interpretaron como una madurez natural: el artista que también podía ser juez, legislador y protector de Roma —continuó—. El apelativo de Febo no significaba un nuevo dios, sino una faceta más de la misma figura. Es por eso que, en los registros, no hay una línea clara que divida al Apolo griego del Febo romano.

—Por eso se dice que su nombre es Apolo Febo, como uno solo, ¿verdad?

Mi abuelo asintió. Hizo una pausa breve, con ese gesto suyo de enfatizar el punto.

—En los estudios modernos decimos que "Febo" no era otro dios, sino una faceta institucionalizada de Apolo, moldeada para servir como símbolo del Imperio. Y, esto ya es un pensamiento mío, pero por lo que he estudiado, una vez que esa faceta se consolida... rara vez retrocede.

Notarán que estoy sacando capitulos más cortos en comparación al otro libro, es que primero siento que quedan bien hasta donde llegan y segundo, que si los hago del tamaño de los demás para lo que tengo pensando, se les va a terminar todo muy rápido.

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