ᴄᴀᴘÍᴛᴜʟᴏ ᴄᴇʀᴏ: ʙᴏʟᴇᴛᴏ ᴅᴏʀᴀᴅᴏ.

Un mes antes.

—¡Malette, date prisa! —exclamó el asiático corriendo hacia la multitud reunida en el poste de la calle.

La chica rodó los ojos, disgustada. Odiaba que la llamaran así; su nombre era Malorie Anette, no Malette. Aunque Leonardo la había llamado así porque era una combinación de sus nombres y le ahorraba tener que decir ambos, a ella le parecía estúpido y extraño.

—¡No me llames así! —gritó la mujer enojada, escuchando la risa de su mejor amigo.

Eso fue suficiente para motivar a la joven a correr más rápido y alcanzar al asiático para darle un pequeño golpe en el hombro. Pero, cuando llegó a su lado, el coreano estaba concentrado en el cartel que estaba en el poste, leyéndolo atentamente mientras más personas se congregaban en el lugar.

La mujer tragó saliva al observar a la gente alrededor, hasta que vio a un niño delgado y pálido salir de la multitud corriendo, empujándola levemente.

—¡Es de la fábrica de Willy Wonka! —exclamó Leonardo con una sonrisa, apartándose un poco del letrero para permitir que otros lo leyeran.

Malorie sonrió y se acercó para averiguar por qué había tanta emoción por aquel misterioso letrero. Ella negó con la cabeza divertida y comenzó a leerlo.

"Queridos habitantes del mundo. Yo, Willy Wonka, he decidido permitir qué cinco niños visiten mi fábrica este año, y, además, uno de estos niños recibirá un premio especial qué jamás se hubieran podido imaginar."

En la mente de la castaña, lo único que pasaba era la idea de poder hacer un buen reportaje sobre eso. Tal vez no era famosa ni tenía algo especial, pero su sueño era ser una reportera reconocida, y por eso, comenzaba a practicar elaborando pequeños reportajes de su ciudad mientras su amigo la ayudaba grabando y editando los videos que hacían. Aunque, en ocasiones, nadie los miraba, ellos se esforzaban en hacerlos con buena calidad.

—¿Te imaginas? —preguntó Leonardo, y la mujer volteó a verlo con una sonrisa—. Ir a la misteriosa fábrica de chocolates por todo un día, conocer al magnífico hombre y su maravillosa fábrica, ¡nadie sabe qué hay ahí! —exclamó el coreano como un niño pequeño, con ese peculiar brillo en los ojos que lo caracterizaba.

Malorie negó con la cabeza divertida y abrazó a su mejor amigo. El sueño de Leonardo era un poco imposible, ya que él no era un niño. Y aunque a ella le gustaría ganar los boletos solo para echar un vistazo a la fábrica, sabía que era imposible obtenerlos, porque ella no era una aficionada a los chocolates, y mucho menos a los Wonka. Además, ya no era una niña para poder ingresar con tanta facilidad a la fábrica.

—Dice "niños", nosotros ya somos adultos. Creo que esto no es para nosotros —aclaró la mujer, tratando de hacer entender al coreano, pero él solo la miró entristecido.

Malorie lo abrazó fuerte. Era más que claro que su amigo no podría entrar a esa fábrica con ayuda del boleto dorado, aunque lo llegara a encontrar. Con eso en mente, ese par de amigos se alejaron del lugar y comenzaron a caminar por la ciudad como solían hacerlo.

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La mujer se encontraba investigando más sobre esa misteriosa fábrica de chocolates por internet. Ella no sabía nada sobre esta, ya que a Malorie no le gustaban los chocolates ni los dulces; simplemente se le hacían muy empalagosos, y los detestaba por ello. Pero ella era amante de las noticias, de informar y dar a conocer lo que hay a su alrededor; Malorie tenía que investigar sobre esto. Y, aunque tenía a su mejor amigo, que estaba loco por ellos y sabía todo sobre el famosísimo chocolatero Willy Wonka, no quería preguntarle a este por los dulces, porque anteriormente había hablado con él de los locos que se miraban todos por esa noticia, y no quería verse interesada por algo que había criticado.

Así que la mujer estaba ahí, observando las páginas y leyendo las increíbles noticias que había sobre ese misterioso hombre. Según él, había creado diferentes dulces imposibles de hacer y nunca antes vistos por ella; definitivamente, esto era mentira.

Malorie bufó y agarró el dulce que se encontraba en su escritorio. Sí, ella estaba probando un dulce, pero no era cualquier dulce, este era uno picoso y ácido de otro país. Malette solo detestaba los dulces que eran muy dulces por ser como son, era extraño, pero así era ella.

Entonces, así es como Malorie se encontraba disfrutando de la acidez del dulce hasta que llamaron a la puerta de su casa. Ella suspiró y dejó el dulce en el escritorio, dirigiéndose a la puerta.

Ella vivía sola en una casa fuera de su ciudad de origen. Malorie odiaba a su familia, por eso se alejó de su hogar, pero lo bueno es que encontró a alguien especial en esta ciudad: a su querido vecino, Leonardo, que la ayudaba y la cuidaba. Y, exactamente, ese era aquel asiático que encontró al abrir la puerta. Este no tenía ni suéter ni nada para abrigarlo, pero venía con una gran sonrisa en su rostro.

—¡Lo encontré! —exclamó el hombre entrando a la casa, sacando de su bolsillo el tan deseado boleto dorado.

La mujer abrió sus ojos de par en par, tan sorprendida que no podía creerlo.

—¡Eso es magnífico, Leonardo! —exclamó la mujer con una sonrisa—. Podemos llevar las pequeñas cámaras entre nuestra ropa y grabar todo lo que ocurre allí adentro, seríamos famosos, ¿no lo crees? —expresó Malorie con una sonrisa que se borró al ver la expresión de su amigo.

—Vine a leerlo contigo —susurró el hombre con una pequeña sonrisa—. Después se lo daré a un niño que se lo merezca. No quiero fama por medio del hombre más increíble del planeta, además, tú lo dijiste. Es para niños —mencionó con una sonrisa forzada, remarcando lo último de forma burlona.

Malorie rodó los ojos acercándose a su amigo con un notorio fastidio.

—No lo conoces, no sabes... —comenzó a decir la castaña, tratando de convencer a su amigo, pero fue interrumpida por este.

—El señor Wonka odia a los chismosos y traicioneros —informó el asiático de forma seria—. Mi abuelo trabajó en su fábrica antes de que revelaran sus recetas secretas.

La mujer bufó, rodando los ojos, y se arrepintió de haber hecho ese comentario. Su amigo era un gran admirador del chocolatero, que hasta lo defendería con los ojos cerrados. Entonces, la castaña decidió quitarle el boleto dorado a su amigo para que este se quejara mientras ella reía y comenzaba a leer el contenido, dejando atrás la incómoda conversación que se había formado.

Te saludo a ti, el afortunado ganador del boleto dorado de Willy Wonka. Te saludaré con un apretón de manos porque te invito a venir a mi fábrica, y serás mi huésped por todo un día —comenzó a leer la castaña lo escrito en ese boleto mientras recorría su sala de estar, caminando y hablando de forma divertida, sacando una sonrisa a su compañero—. Yo, Willy Wonka, te guiaré por la fábrica personalmente y te enseñaré todo lo que hay en ella. Y después, cuándo sea hora de irte, varios camiones de la fábrica te acompañarán a casa, todos repletos de tanto chocolate qué no podrás comértelo. —al finalizar de leer la mujer no pudo evitar hacer una cara de asco—. Ay, definitivamente no hay que ir.

Leonardo soltó una carcajada agarrando el boleto para seguir leyendo lo que restaba.

Recuerda, uno de los cinco afortunados recibirá un premio especial más allá de su imaginación. —los ojos del hombre se iluminaron como niño pequeño—. Ahora, estás son las instrucciones: el primero de febrero te espero en la fábrica a las diez de la mañana y se puntual, un miembro de tu familia podrá acompañarte sí quieres. Hasta entonces, Willy Wonka.

Los ojos de Leonardo estaban brillando de la emoción, definitivamente él quería ir a la fábrica. Pero eso era imposible. Y su amiga lo sabía que de forma instantánea camino hacia el coreano para abrazarlo por detrás.

—¿Quién será el afortunado? —preguntó curiosa poniendo su mentón en el hombro del hombre.

Leonardo suspiró y miró a la nada. Él no había pensado en alguien en sí para darle el boleto, y no sabía a quién podría dárselo. Hasta qué el hombre volteó a ver a su amiga con una gran sonrisa recordando a aquel niño que limpia los zapatos en una esquina.

—Un niño de buen corazón —susurró el asiático—. Así es, se lo daré al niño de mejor corazón de la ciudad.

La sonrisa del joven era enorme, hasta se miraba como un niño en navidad y Malette le dio un beso en la mejilla tiernamente, sintiéndose feliz de la alegría de su vecino.

—Se lo daré hoy, ¡no puedo perder el tiempo! —dijo el hombre demasiado rápido que casi no pudo entenderlo la mujer.

Leonardo miró a su amiga con una sonrisa y salió de la casa casi corriendo, y la mujer lo miró alejarse de su hogar de forma seria.

Su mejor amigo era un dulce y tierno hombre, otros hubieran vendido el boleto, pero él lo daría. Suspiro y negó con la cabeza divertida viendo a su amigo a la distancia. Y de la misma forma en qué se alegró, se puso seria de nuevo. Ella quería entrar a la fábrica a hacer un reportaje sobre ello, tuvo la oportunidad de hacerlo, pero su amigo la quería regalar.

Malorie quería y necesitaba encontrar la manera de poder entrar.

A pesar de que anteriormente haya expresado lo contrario, está era una oportunidad única para volverse famosa en lo que hace, y no la iba a desperdiciar por nada en el mundo.

En lo dulce de la vida, Mad-ClepGirl (Dianessa)🐧

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