Capítulo 36. El precio de tu egoísmo
Ha pasado una semana desde la boda.
Todo aconteció con tal velocidad, que se sintió como el flash de una cámara tomando una fotografía y mandándome siete días en el futuro. La ceremonia concluyó tan rápido, que apenas tuve oportunidad de despedirme de la madre Ágatha, sin mencionar que a la mañana siguiente llegaron los empleados de Azrael para empacar mis escasas pertenencias y llevarlas a la mansión Ascari, mi nuevo hogar.
También me despedí de Vera por ahora, y aunque la extrañaría demasiado como mi vecina, me aliviaba saber que seguiríamos viéndonos con frecuencia dado el alto nivel de nuestras nuevas familias. Vera trató de fingir que no le pesaba esta despedida, pero yo podía percibir su melancolía al ver como empacaban sus cosas y las mías.
Y ahora aquí estaba, siete días y un par de horas después de la ceremonia de sangre con Azrael Ascari, sentada en la sala de su casa —o más bien nuestra sala—, con un libro antiguo en mi regazo y con una tranquila quietud que solo era perturbada de vez en cuando por el crepitar de la chimenea. En mi mente también había tal paz que me hacía sentir en guerra. Aún no sabía nada sobre Elijah dado que no podía mentirle a Azrael sin arriesgarme a generar una marca en mi cuerpo, he tenido que esperar al momento indicado para ir a buscarlo y averiguar si mi Unikaia lo protegió y mi plan dio frutos.
En cuanto tuviese la mínima oportunidad, saldría de la mansión e iría a buscarlo para comprobar de una vez por todas si Elijah seguía conmigo o si lo perdí sin siquiera poder decirle adiós.
—¿Sigues leyendo sobre la primera Trifecta de Witka? —cuestionó Azrael, quien estaba sentado a mi lado, también leyendo un libro.
Realmente solo lo leía por encima, puesto que mis pensamientos estaban más ocupados tratando de conectar con Elijah.
Levanté la mirada de las hojas y fingí una tranquila sonrisa en mis labios.
—Son más interesantes de lo que jamás pensé —respondí. De ahora en adelante tendría que ser muy cuidadosa con mis palabras, una sola mentira a Azrael y obtendría una marca, sobre todo por lo graves que serían estas mentiras. Mentiras inofensivas eran, como su nombre, inofensivas, pero un secreto como el que yo le guardaba podría ser catastrófico.
—Creo que trágicas las define mejor —comentó y cerró su libro—. Todas muertas por amar a los seres erróneos.
Yo también cerré el libro sobre mi regazo y asentí con lentitud.
—La bruja que amó a un Werita, la bruja que amó a otra bruja... y la bruja que amó a un humano —susurré las últimas palabras.
Azrael entornó ligeramente la mirada y se recargó sobre el descansa brazos de su sillón, inclinándose hacia mí y tomando un mechón platinado de cabello para colocarlo detrás de mi oreja. En estos días que llevábamos casados, Azrael se volvió más delicado con sus tratos hacia mí, pero también más atento, y cuando lo cuestioné por ello, él respondió:
«Ya no somos simples aliados y amigos, Isobel, ahora eres mi esposa y te trataré con él respeto que siempre te has merecido».
—Isobel —llamó él, sacándome de mis pensamientos.
Conecté mis ojos con los suyos en señal de que lo había escuchado.
—He querido preguntarte algo.
Temía cuál era la pregunta. Si era algo sobre Elijah, entonces toda la verdad tendría que salir a luz.
—Dime —respondí, vacilante.
—Tú y-
Pero antes de poder profesar su duda, fue interrumpido por un par de fuertes golpes en las puertas de la sala. Azrael y yo intercambiamos una rápida mirada de confusión y ambos nos pusimos de pie casi al mismo tiempo, pero yo me apresuré a colocar mi mano en su hombro para que se quedara atrás.
—Yo atiendo —ofrecí con cordialidad y deposité un rápido beso en su mejilla como la buena esposa que debía aparentar ser—. Tú puedes seguir leyendo. Dudo que se trate de algo importante.
Azrael se vio algo inseguro, pero no le di oportunidad de protestar y me acerqué a las puertas, abriéndolas y esperando encontrarme con algún empleado Cersor, pero en su lugar, me hallé frente a frente con un Werita perteneciente al aquelarre.
Fruncí el ceño al mismo tiempo que el cuerpo se me tensó. Presentí algo malo, sobre todo por la ansiedad que la criatura frente a mí exudaba.
—Isobel Ascari —saludó e inclinó la cabeza en muestra de respeto.
Me aferré a una de las perillas con fuerza.
—¿Qué es lo que sucede? —inquirí, apenas logrando ocultar mi nerviosismo.
El Werita volvió a erguirse y conectó sus cuencas oscuras con mis ojos, adoptando seriedad en su expresión.
—Me apena informarle que la primera bruja madre y líder de Witka, Ágatha Bellerose... falleció.
Mi realidad se tornó gris y el tiempo se alentó. El Werita seguía hablando, pero yo ya no estaba allí. Sus palabras resonaban con gravedad y con un perturbador eco a través de mis oídos sin que yo pudiese reaccionar. Lo único que pude hacer fue soltar un trémulo suspiro mientras mi piel palidecía y sentía las piernas temblorosas. A la madre Ágatha aún le quedaba mínimo año y medio de vida antes de morir por su enfermedad, no debía fallecer tan pronto. No podía ser.
—E-Ella...
—¿Qué fue lo que sucedió? —cuestionó la voz de Azrael a mis espaldas, acercándose y colocando una mano sobre mi hombro a manera de apoyo—. ¿Cómo pudo morir de la noche a la mañana?
El Werita, a pesar de la laca de expresión en su rostro cadavérico, emitió una abrumadora pesadumbre que me hizo sentir aún más inestable y de seguro habría caído de rodillas al suelo de no ser por el agarre que Azrael mantenía sobre mí.
—Fue asesinada.
Discretas lágrimas rodaban por mis mejillas, ocultas debajo de un velo negro y acompañadas de sollozos silenciosos que salían de entre mis resecos labios. Los demás reían, aplaudían y celebraban a mi alrededor, pero yo no podía, no era lo suficientemente bruja como para festejar una muerte.
Cuando una bruja o brujo mueren, sus funerales no eran lúgubres y deprimentes como los de los humanos, no, aquí eran razón de celebración. Celebramos porque Moira ha escogido llevarse al fallecido y ahora viviría al lado de nuestra diosa.
Todos los presentes aparentaban felicidad; sonreían, hablaban en voz alta entre ellos y danzaban al son de la orquesta hasta impregnar el ambiente con dulces aromas. Los únicas que parecíamos lamentar esta pérdida éramos Arisa Remonett, Galilea Grandlor y yo. Los demás solo festejaban, tal vez ignorando la verdadera causa de muerte de la madre Ágatha o, si la sabían, me gustaría creer que al menos uno de los presentes sí lamentaba la pérdida, pero fingía.
Busqué a Camilla con la mirada, pero no había rastro de ella. Debía estar destrozada. Si a mí me dolía tanto la pérdida de Ágatha, a Carmilla debió quebrarla por completo. Su hermana mayor, su única familia viva, fue asesinada cruelmente.
Yo solo quería saber quién fue el responsable y por qué lo hizo, pues estaba segura de que cuando lo descubriera, tomaría medidas. Medidas a base de mí dolor y la tristeza que me aplastaban por dentro. Ágatha ya tenía los días contados, no necesitaba que alguien adelantara su minutero. No merecía ser asesinada.
Mordí el interior de mi boca en un fútil intento por tragarme las lágrimas, pero estas de cualquier manera terminaron por seguir derramándose a lo largo de mis pálidas mejillas. Quería sollozar, gritar en agonía porque mi vida parecía ser un constante y cruel juego de pérdida y error.
Azrael pronto se percató de como yo lloraba en silencio y se aferró discretamente a mi mano, dándole un apretón y mirándome de soslayo con pesar; al menos él sí poseía un gramo de empatía. Con él a mi lado no me sentía tan sola y extraviada, pero no podía gozar de ello porque también me sentía culpable por ocultarle tantos secretos. Él no tenía idea sobre lo que hice con Elijah, y si no se lo decía pronto...
—¡Bienvenidos sean a la despedida de nuestra querida primera bruja madre, Ágatha Bellerose!
Aquella voz interrumpió mis discusiones internas... La voz de Camilla Bellerose.
La orquesta acalló y todos dirigimos nuestras miradas al frente del santuario, viendo como Camilla subía al altar con lentitud mientras portaba un revelador vestido negro. Por primera vez no usaba cuello de tortuga, sino un escote en "V", y tampoco traía manga larga o guantes, dejando ver sus brazos que parecían estar repletos de moretones y las puntas de sus dedos negras como si hubiesen sido bañadas en cenizas.
—Camilla —musité sin siquiera pensarlo y tuve la tentación de acercarme, pero fui detenida por el agarre de Azrael sobre mi brazo, quien veía a Camilla de manera dudosa.
—Espera —susurró a mi oído.
Decidí seguir su instinto y permanecí a su lado, observando a Camilla desde el fondo del santuario. Algo estaba mal con ella, y no solo por la apariencia demacrada y con un aspecto en descomposición, sino también por la forma en que sus párpados estaban tan abiertos y en sus labios había una sonrisa que rayaba en la demencia.
—Como muchos de ustedes ya están enterados, Ágatha Bellerose, mi querida hermana, me escogió como su sucesora al puesto de primera bruja madre de Witka —informó, con su voz rebotando contra las paredes.
Se escucharon una serie de susurros y unas pocas exclamaciones a lo largo de los presentes. Los más enterados ya estaban al tanto de la posición de Camilla, mientras que los menos se hallaban sorprendidos por dicha revelación. Camilla se apresuró a levantar un brazo sobre su cabeza y cerrar la mano en un puño, pidiendo silencio.
—Pero dado el repentino asesinato de Ágatha...
Los gritos de pánico se hicieron presentes y así es como supe que casi nadie sabía sobre la verdadera causa de muerte de la primera bruja madre. El ambiente de inmediato se tornó gris y apestaba a flores secas.
—Me gustaría anunciar en este preciso instante quién será mi sucesora para prevenir otro evento como este —continuó.
Mi se drenó de color y se me hizo un hoyo en el estómago al escuchar aquello. Camilla y yo acordamos que esperaríamos un par de años para anunciar que yo sería su sucesora. Primero debía limpiar mi imagen y adoptar un perfil bajo para que la opinión del aquelarre sobre mí cambiara, pero esto... esto era todo lo malditamente opuesto. No era el momento, ni el lugar y mucho menos el tiempo adecuado.
Me solté de la mano de Azrael y por un segundo tuve la gran tentación de salir corriendo de allí, pero no me decidí a tiempo y Camilla me buscó entre el público con la mirada, no tardando en encontrarme y fijar sus ojos sobre mí. Sentí el peso de aquella intensa y desconocida mirada, y no pude más que congelarme en mi lugar.
—Isobel Blanick di Ascari —llamó y esbozó la misma revoltosa sonrisa de hace un rato—. Mi sucesora.
De inmediato se escucharon los gritos de protesta e incluso sollozos mientras todos me veían con más odio que nunca. Azrael, quien estaba parado a mi costado, se alejó un paso y me miró con los ojos ensanchados.
—¿Tú...?
Pero ni siquiera pude oír lo que decía, pues mis oídos fueron abrumados por ruido blanco y mi brazo escocía, haciendo que soltara un grito ahogado de dolor mientras me aferraba a este con fuerza. Rápidamente levanté la manga de mi vestido y vi una línea negra recorriendo desde mi antebrazo hasta mi hombro. El costo de una mentira.
—¡Ven aquí, mi querida Isobel! —llamó Camilla.
Quería asesinarla ahí mismo. Me mintió y ahora yo sufría las consecuencias de su deslealtad. No me quedó de otra más que agachar la cabeza para evitar las miradas de veneno, y sobre todo los desolados ojos de Azrael. Lentamente me abrí paso entre la multitud, aún aferrándome a mi ardiente brazo e ignorando la distante voz de él llamándome; no quería voltear, no podía darle la cara ahora mismo.
Continué caminando, siendo mis pasos y las ofensas lo que llenaban el enorme espacio mudo del santuario. Entre la multitud llegué a ver a Vera, quien me observaba con dolor en sus ojos y, no muy lejos de ella, a Xia, quien estaba anonadada por lo que acontecía. Volví a bajar el rostro y continué mi vergonzoso caminar. Quería romper en llanto, gritar y desahogarme, pero no podía hacer aquello o solo empeoraría las cosas. Me costaba reprimirme y, por primera vez en todo este tiempo, no creía poseer la fuerza suficiente para no desmoronarme.
«¡Maldita asquerosa!»
«¡Tú jamás serás mi líder!»
«¡Perra traidora!»
«¡Favorita de las Bellerose!»
«¡Mereces morir ante Nernox!»
Con los gritos a mis espaldas, subí los pocos escalones hacia el altar y, cuando estaba a punto de subir el último, sentí como algo golpeaba mi espalda de lleno y me hizo trastabillar. Sentí el ardor en mi piel y un sollozo escapó de mis labios. Me volví hacia atrás con lentitud y me percaté de que me habían aventado una copa de vino. Algunos pequeños trozos de vidrio quedaron incrustados en mi piel y el vino tinto se juntó con la sangre, manchando mi vestido. Mordí mi labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor metálico inundar mi boca mientras reprimía mis lágrimas. No podía llorar, no podía darles ese placer.
Intenté dar el último paso, pero entre el ardor de mi brazo y ahora espalda, terminé por caer patéticamente de rodillas mientras los presentes se burlaban abiertamente. Intenté ponerme de pie, pero no podía, ni siquiera sentía del todo mis temblorosas piernas.
Camilla se acercó y me ofreció su mano para ayudarme, pero yo la ignoré fríamente. No quería su ayuda... jamás. Había traicionado mi confianza y ahora veía sus verdaderos colores.
Pero a ella le valió mierda que yo ignorara su mano y se aferró a mi brazo adolorido con fuerza, obligándome a ponerme de pie mientras yo soltaba un grito de agonía. Me jaló para que subiera el último escalón y luego me aventó, cayendo al suelo detrás de ella.
—¡Isobel es mi sucesora al puesto de primera bruja madre! —anunció en voz alta—. Espero que la respeten de ahora en adelante.
No podía creer lo que escuchaba. Camilla cayó en la histeria. Pedía respeto cuando ella misma fue la causante de todo esto, de mi mayor humillación.
—¡¿Y quién demonios va a obligarnos a respetar a esa perra maldita?! —gritó alguien del público, siendo respaldado por exclamaciones de concordancia.
Volví a agachar la cabeza y esta vez no pude contener las lágrimas. Quería escapar, quería esconderme, quería-
—Tú haces una pregunta y yo te daré la respuesta —dijo Camilla, adoptando un tono de repugnante placer.
Con el rabillo del ojo pude ver un destello blanquecino emanar de Camilla. Levanté el rostro de súbito, viendo como era rodeada por aquella luz blanca e incolora, característica de los brujos prohibidos. Fui deslumbrada por tal relumbrante brillo y no pude evitar cerrar los ojos hasta que escuché un recio peso muerto caer frente a mí.
Y cuando abrí los ojos... solté un grito.
Era el cadáver en descomposición de Camilla Bellerose, inerte en el frío piso del altar, con la mirada extraviada y su piel gris repleta de manchas negras. Me apresuré a arrastrarme lejos a pesar del ardor en mi espalda y brazo, pero aquello no evitó que inhalara el hedor a podredumbre del cadáver, provocándome una arcada.
Las arcadas continuaron y mis oídos fueron abrumados por aterrados alaridos de los presentes. Decidí usar eso como distracción y, cuando estuve dispuesta a ponerme en pie para salir de allí, sentí como se aferraban a mi muñeca con un agarre tan fuerte que pudo haberme cortado la circulación. Alcé el rostro de golpe y, al ver a la dueña de aquella mano, el corazón se me detuvo.
Aquella pálida piel, esos pronunciados pómulos, el cabello castaño rojizo y sobre todo el mechón platinado que caía al costado derecho de su rostro, estaba frente a mi difunta madre... Cressa Blanick.
—Mi querida hija...
Sentí como perdía toda la fuerza y seguramente me habría desplomado por completo de no ser porque ella mantenía un fuerte agarre sobre mí.
—Tú... Tú estás... muerta... —murmuré, titubeante e incapaz de unir ideas coherentes en mi cabeza.
Ella sonrió con amplitud, dejando ver sus dientes.
—Mi vida fue un regalo de tu padre —contestó.
Negué lentamente con la cabeza, tragando saliva.
—M-Mi padre está muerto... —susurré con la voz quebrada y a punto de ceder al pánico.
Soltó un bufido, mostrándose entretenida con el asunto a pesar de que detrás de nosotras se desataba el caos. Los presentes trataban de escapar y las brujas madres batallaban por acercarse, pero eran retenidas por Weritas, Weritas leales a la bruja frente a mí.
Se aferró a mi mentón y me forzó a volver a poner toda mi atención sobre ella.
—Ya veo que todos creen que ese humano era tu padre —sentenció y me jaló hacia ella para que estuviéramos más cerca—, pero eso no puede ser porque tienes la misma mirada que él... —Pasó el dorso de su fría mano por mi mejilla—. Eres idéntica a tu verdadero padre... un brujo prohibido.
Sentí como el aire se me escapaba de los pulmones. El ambiente era denso, siendo reinado por el pánico y el caos que se desataba. Todos estaban aterrados, pero nadie más que yo.
—Tu padre dio su vida por la mía —relató en voz baja—. Le debo todo.
—No... —Intenté zafarme de su agarre mientras sollozaba—. No... no es cierto...
—Te lo agradezco, mi preciosa hija —susurró a mi oído y después se aferró a mi nuca, pegándome contra su pecho para abrazarme en contra de mi voluntad—. Te lo agradezco tanto...
Nuevamente me petrifiqué. No entendía nada de lo que decía. Absolutamente nada.
—¡ISOBEL! —Escuché un grito... Azrael.
Me apresuré a buscarlo con la mirada, pero cuando lo encontré, ya estaba siendo arrastrado lejos por un par de Weritas a pesar de lo mucho que batallaba por llegar a donde yo estaba.
Otro sollozo de agonía escapó de entre mis labios al presenciar aquello y esta vez no pude más que dejarme caer completamente rendida en el agarre de la desconocida frente a mí. Confié en Camilla, pero Camilla nunca existió, solo era una carcasa que ahora yacía inerte a unos metros de mí. La persona que siempre estuvo detrás de todo esto fue Cressa Blanick... mi madre.
—¿Por qué mataste a Ágatha? —susurré, con mi voz apenas saliendo como un hilo de sonido quebrado.
Cressa volvió a sujetar mi mentón y me forzó a verla a sus ojos de iris grises. Incoloros.
—Yo no la maté. —Giró mi cuello—. Él lo hizo.
Entre los gritos de pavor de la multitud y el caos, se abrieron paso una serie de brujas y brujos que vestían prendas negras y grises, brujos prohibidos. Pero lo que terminó por desencadenar aún más terror, fue ver que en sus manos cargaban cabezas de Weritas, entre ellos Karak, uno de los más antiguos protectores del aquelarre. De seguro los que se habían resistido a aliarse al enemigo.
Solté otro grito agónico y, antes de poder darme la vuelta para no tener que ver tan grotesco escenario, vi a un chico, un humano... A Elijah.
—¡Elijah! —grité, empujando a Cressa lejos de mí para arrastrarme hacia donde él.
Elijah se abrió paso entre los brujos prohibidos y se postró en las escaleras, presentando una urna de cenizas mientras hacía una respetuosa reverencia a la mujer que yo me rehusaba a llamar mi madre.
—¡Elijah! —volví a gritar, dispuesta a acercarme, pero fui detenida por Cressa—. ¡Elijah, por favor!
Pero Elijah me ignoró por completo y, en su lugar, dijo:
—Los restos de Ágatha Bellerose. —Miró a Cressa con seriedad—. Ama Blanick.
En sus iris vi un atisbo de magenta, el color de mi magia. Las piezas encajaron al instante y comprendí lo que sucedió. Cressa me usó para hechizar a Elijah con mi Unikaia, un Unikaia tan poderoso que bloquearía el efecto del deseo de bodas para que él mantuviera el poder de la maldición... y matara a Ágatha Bellerose.
Un quebrado grito de agonía pura escapó de mi garganta y me solté del agarre de Cressa para aferrarme a mi cabeza con fuerza y hundirme en mi propia frenesí. Sentí entonces otra ola de ardor recorrer mi espalda y la mitad de mi cuello, obligándome a tirarme al suelo por el dolor físico y emocional que me azotaba. Una segunda marca negra apareció, recorriendo mi espina y la mitad de mi cuello, el precio de otra mentira.
Continué sollozando mientras me abrazaba a mí misma en un intento por reprimir mi dolor, pero Cressa se aferró a mi hombros y me obligó a sentarme, rodeándome con sus brazos para abrazarme con fuerza contra su pecho... demasiada fuerza.
—Gracias, mi querida hija, gracias a ti pudimos asesinar a Ágatha y llegar hasta aquí —susurró a mi oído—. Ahora estarás a salvo conmigo... Con tu madre.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero y, en cuanto Cressa me soltó, sin su apoyo, perdí toda la fuerza y caí al suelo sobre mi costado, con el cabello desperdigado sobre mi rostro y limitándome a entrever como ella se ponía en pie y se aproximaba a la multitud para anunciar:
—Una nueva era de Witka ha comenzado, y la muerte de Moira... está por llegar.
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