I - EL AMO Y LA ESCLAVA
Anne descansaba sobre la llanura, las tareas del campo habían terminado y todos ya estaban en casa. Recostada sobre la hierba, junto a su apuesto pretendiente, veían la noche caer y jugaban a adivinar donde aparecería la próxima estrella. No tenían de qué hablar esa noche ni nada de qué preocuparse, ya que aún no formaban su propia familia.
El disfrute de los jóvenes se vio interrumpido por un extraño resplandor que volvió a esconder las estrellas. Eso no era nada habitual, por lo que ambos se levantaron del suelo rápidamente. No tan lejos de donde se encontraban, su pueblo ardía en llamas, pronto el fuego se extendería a los campos y no habría mejor salida que huir hacia los caminos. ¿Cómo dejaron que se extendiera tanto?, se preguntaban, y sin pensarlo más, corrieron hacia sus viviendas, por si acaso aún encontraban a sus familias con vida.
A medida que se acercaban, crecían los espantosos gritos de las gentes que eran víctimas de una gran matanza. En las calles, el fuego imitaba al sol de verano mientras consumía casa por casa; los vecinos trataban de huir en vano, pues los caballos los superaban y los jinetes sin rostro avanzaban en su cacería despiadada.
Anne entró al poblado esquivando el fuego y los caballos. Se separó de su novio en una intersección y, al llegar a su hogar, se encontró a sus hermanos, Emilio y Ofelia, que lloraban frente a los cuerpos sin vida de sus padres, quienes murieron en el incendio. Anne dejó de lado su dolor y se entregó a la tarea de proteger a sus hermanos. El fuego se adueñaba de la construcción de madera, y avanzaba hacia los cadáveres. Debían salir de inmediato. Anne tomó a sus hermanos en brazos, mostrando una fortaleza insospechada para cargar a dos niños de siete años. Los sacó de la casa con dirección al campo, con la intención de reencontrarse con su amado y refugiarse en un bosque cercano. Ya nadie quedaba en pie a su alrededor, pero juntos mantenían la esperanza de seguir con vida escondiéndose entre los escombros. Los jinetes pasaban por delante y por detrás de ellos entre las calles y a través de las casas, mas ninguno advertía que estos tres hermanos estaban escapando.
El humo y las cenizas les dificultaba la respiración, entonces empezaron a disminuir la velocidad, ya no corrían como cuando jugaban. Anne no debía permitir que los alcanzaran, pero ya no tenía fuerzas para cargarlos a ambos; los bajó y continuaron andando de la mano. Los niños obedecían las señales que les hacía su hermana para que corrieran en silencio. Emilio tropezó con los escombros y se cayó, entonces le fue imposible contener el llanto, liberando todo ese dolor y angustia que minutos antes reprimiera. La niña lo acompañó a coro. Anne hacía todo lo posible por calmarlos para que no llamaran la atención. Y, en tanto que estaba distraída, un jinete los percibió y modificó su trayecto dispuesto a cazarlos. Sin embargo, otro jinete se atravesó en su camino. Anne sintió cómo se le aceleraba el corazón al ver cercano fu final, e imploró piedad para sus hermanos. Ya no había vuelta a atrás, haber muerto junto a sus padres habría sido mejor destino que lo que les esperaba.
―¡A ellos no! ―gritó el segundo jinete, en un tono que sembraba terror―. Los llevaremos con nosotros.
El segundo jinete desmontó de su caballo, se acercó a los tres fugitivos y se descubrió su rostro para asegurarse de que lo vieran bien; un rostro amenazador que los tres niños nunca olvidarían, un encuentro que marcaría sus destinos para siempre.
El primero descendió de su caballo y se llevó a los pequeños, mientras que el segundo tomó a Anne en brazos y trató de subirla al suyo. Como la chica se resistía y gritaba, su captor la golpeó en la cabeza para que se callara, al momento quedó inconsciente.
Los pocos sobrevivientes al genocidio en aquél pueblo olvidado por Dios, fueron obligados a entrar a un carruaje que aguardaba lejos del epicentro del incendio, con manos y pies atados. A Anne la metieron desmayada, junto a un guardia que debía controlar a los prisioneros desde dentro. A sus hermanos, los arrojaron dentro con violencia, mientras aún gritaban con desesperación el nombre de su hermana.
Los jinetes que secuestraron a los hermanos Antxua dieron indicaciones al cochero sobre lo que debía hacer con los prisioneros y vieron partir al carruaje a toda prisa desde los lomos de sus corceles.
Gracias a los movimientos bruscos que provocaba el camino, Anne comenzó a despertar, veía destellos de luz de un sol naciente, escuchaba las ruedas golpear con las piedras, un látigo golpeando el aire y el relinche de los caballos. Sus hermanos sollozaban y ella no ubicaba en qué dirección estaban. Se obligó a sí misma a reaccionar, pero estaba muy aturdida.
―¡Basta! ¡Por favor, déjenlos en paz! ―dijo repetidas veces, desesperada, y un nuevo golpe propinado por el guardia la desmayó nuevamente.
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Cada vez que se detenían el transporte, uno o dos de los prisioneros debía descender en un nuevo destino. Algunos de ellos pasaron muchas jornadas dentro sin sabían en dónde estaban o hacia dónde se dirigían; si se atrevían a preguntar, o tan siquiera a hablar en voz alta, eran golpeados con crueldad. No obstante, algo intuían, porque el hijo del panadero le susurró a Anne en cierto momento que podía oler el mar; la reciente señora Dumont hizo notar a sus vecinos que la humedad aumentaban a medida que avanzaban en su viaje; y, cuando hicieron trasbordo a un barco, el mercader Santiago reconoció un puerto clandestino sobre el Canal de la Mancha. Tampoco conocían los propósitos para los que los capturaron, pero al ver que no había un solo anciano alrededor, imaginaron que los convertirían en sirvientes.
Una noche, cuando el carruaje entró en un pueblo de caminos empedrados y angostos, con casas de estilo medieval y una calle principal que llevaba en una sola dirección, a una mansión digna de un noble. Ese era el destino de Anne y sus hermanos. Al llegar allí, los tres fueron bajados a rastras. Con la escasa luz proveniente del exterior, Anne pudo ver los rostros de los prisioneros que aún continuaban en viaje: sus vecinos, a quienes conocía de siempre, a quienes no podía ayudar ni ellos ayudarla a ella. En cuanto los tres hermanos hubieron bajado, los caballos partieron de inmediato hacia su próximo destino.
En la propiedad, los recibió el mayordomo, un hombre mayor de baja estatura, vestido elegante y con ceño fruncido.
―¡No toquen nada, no se separen y no contradigan al amo! ―Fue lo único que les dijo mientras los empujaba para que entrasen al jardin delantero.
Un gran portón que comunicaba con el exterior se cerró tras ellos y dos guardias altos se pararon frente a este, junto a un par de feroces perros que seguían a los niños con la mirada. Los hermanos avanzaban con temor y se juraban entre susurros no separarse nunca.
La mansión, de estilo colonial inglés, tenía un enorme jardín delantero, lleno de árboles frondosos y enredaderas que cubrían todo el perímetro. Un camino de piedras guiaba a los visitantes desde la calle principal hasta la casa, acabando en un muro cubierto de enredaderas. Al resonar la voz del mayordomo frente a este muro, las enredaderas retrocedieron y dejaron a la vista una puerta de madera antigua con grabados desconocidos para los tres prisioneros.
-No dejaré que les hagan daño -repetía Anne una y otra vez a sus hermanos.
Una vez dentro de la casa, atravesaron inmensos salones tan oscuros como la noche para llegar al única ala iluminada. Esta estaba preparada dar una fiesta, pero solo había un alma en aquel lugar, esperando sobre las escaleras que llevaban al piso superior, quieto en la penumbra.
El mayordomo indicó a los tres hermanos que subieran con un movimiento de su mano; él se quedó atrás. Los niños subieron en silencio y, al terminar los escalones, esperaron temerosos.
De repente, una luz enceguecedora se encendió en medio de la oscuridad. Provenía de un ventanal que ocupaba toda la pared, cuyas cortinas dejaron caer para descubrir un hermoso paisaje del mar entre las montañas, con ballenas resoplando sobre el agua. El resplandor del paisaje ensombrecía al hombre que daba la espalda a sus invitados.
Los niños, atónitos, no podían quitar la vista de tan bello escenario; Anne, en cambio, estaba horrorizada.
―¿Qué es eso? No puede ser real, afuera es de noche ―preguntó Anne con horror.
―¡Brujería! ―gritaron los mellizos al unísono.
El hombre frente a ellos lanzó carcajada, burlándose de la ingenuidad ajena.
―No es brujería, es ciencia. Una ciencia que este mundo aún no conoce. Es un regalo que un amigo alquimista hizo para mí, exclusivamente ―respondió con aires de superioridad.
El extraño dio media vuelta para dejar a la vista su rostro amenazador, el mismo que atemorizó a un pueblo entero noches atrás. Se acercó a los dos pequeños y posó sus manos sobre sus hombros, con una sonrisa de lado que confirmaba su buena elección. Luego acarició a Anne en la mejilla, suave y amable, con las mismas manos con las que noches atrás había matado a tantas personas. Su sonrisa falsa era hipnotizante, los tres hermanos quedaron inmóviles ante él, aterrados.
―Disculpen que no los acompañase en su viaje, pero verán, mi piel es muy sensible a la luz del sol. Es por eso que necesito de estos muros, para ver el mundo en todo su esplendor, para sentir los rayos del sol en mi piel sin que me dañen ―dijo apreciando su regalo―. Pronto descubrirán que dentro de esta casa tienen todo lo necesario para vivir sin salir al exterior.
―¿Qué piensa hacer con nosotros? ―lo interrumpió Anne.
―No voy a hacerles daño, si es lo que crees. ―El hombre se acercó a ella para responderle―. He estado solo durante mucho tiempo, y ahora he decidido formar una familia... con ustedes. ―Luego intentó abrazarlos a todos juntos, pero ellos dieron un paso hacia atrás; él se repuso del rechazo al instante y continuó hablando:―. Pero, ¿dónde están mis modales? No me he presentado. Soy sir Joseph Morris tercero, gobernador de estas tierras y príncipe de los Purificadores de la Sangre. Tú, mi querida Annie Antxua, te convertirás en mi esposa y juntos conquistaremos este débil mundo. Tus hermanos serán como mis hijos y yo les brindaré todo lo que deseen.
Emilio y Ofelia temblaron y se refugiaron detrás de Anne, quién permanecía inconmovible mientras su anfitrión explicaba lo que tenía planeado para ellos. Los niños lloraban pidiendo a sus padres, el desagradable hombre se les acercó, apartando a Anne, y les dijo:
-Yo seré su padre desde ahora. -Los acarició y continuó:-. Los que tenían no eran buenos padres para ustedes. Yo puedo darles todo lo que desean y... -Sir Joseph intentaba meterse de sus mentes, seduciéndolos para que lo aceptasen, sabía que los niños son más susceptibles al engaño y que, una vez que ellos se quebrantasen, su hermana mayor cedería con tal de no separarse de ellos.
Anne veía cómo la mirada de sus hermanos se perdía ante los ojos imponentes del extraño, así que se interpuso entre ellos, interrumpiendo el trance.
-¡No necesitamos de usted para vivir! Antes de que llegara a nuestras vidas, vivíamos bien, mis padres eran los más amorosos y gentiles que pudiéramos conocer -se impuso desafiante.
Sir Joseph apretó sus puños y frunció el ceño, no soportaba la insolencia de Anne, ni la resistencia que ponía a sus encantos:
-¡Mentira! No tenían nada, vivían en la pobreza. Si lo piensan bien, yo los rescaté ―les gritó.
-No pedimos ser rescatados -Anne continuaba desafiándolo-, y no queremos nada de usted.
-¿Ah, sí? -El hombre rió-. ¿Entonces, qué vas a hacer? ¿Cómo vas a mantener a tus hermanos? Una mujer sola no puede valerse por sí misma en este mundo.
La impotencia de la joven generó un silencio inquietante. Los niños se ocultaban en vano tras las faldas de su hermana mayor. Anne estaba a punto de llorar, el sir buscaba quebrar su voluntad y dejar al descubierto sus debilidades, y lo estaba logrando.
-Dime, ¿quién te va a ayudar? Tu noviecito ya está muerto.
Sir Joseph les dio la espalda y se preparó un trago sobre una mesa junto a la baranda de la escalera, llena de botellas. Al beberlo, replicó:
-No hay nadie en este mundo que pueda ayudarlos. Aceptar mi oferta es tu única oportunidad de sobrevivir.
-Sí, sí hay... -En un momento de súbita conciencia, Anne recordó con esperanza que aún tenían familiares vivos-. Tenemos tíos en Surrey -dijo, suponiendo que se hallaban en Inglaterra.
El tipo azotó el vaso del que estaba tomando contra la mesa y los cristales volaron en todas direcciones.
-Me parece que todavía no entendiste que no te di otras opciones. -le dijo a Anne, y acercándosele más, le habló al oído:- Te he estado buscando por mucho tiempo y no te dejaré ir nunca.
Anne se sentía perdida, comprendió que su destino estaba sellado, que no tenía escapatoria. Lo entendió, pero no mostraría la desesperanza que la embargaba frente a sus hermanos, no quería alterarlos más. Por dentro, aún se prometía que siempre los protegería.
Pero el hombre veía en sus ojos el terror y sonrió al darse cuenta de que finalmente había quebrado a su víctima. Satisfecho, volvió a prepararse otro trago en un nuevo vaso y continuó con su presentación con aparente calma:
-Como dije antes, tengo una sensibilidad especial al sol y no puedo salir al exterior en las horas diurnas. No es un defecto ni una enfermedad, es mi legado, una cualidad que me permite vivir de otra manera. Y no soy el único de mi especie, todos en mi familia son como yo -decía solemnemente-. Vivimos de noche, nos nutrimos de la juventud y la belleza, esparcimos nuestra herencia hacia quien queramos; nos reímos de la muerte en su cara porque somos eternos y nada ni nadie puede vencernos nunca. Únanse a mí y yo les daré el regalo de la vida eterna.
-¡Ustedes son las bestias! -gritó Anne con horror, asustando más a sus hermanos- ¡Animales que matan sin armas y sin piedad, roban la vida de inocentes de las entrañas de sus madres. Son, son...
-Continúa -la alentó sir Joseph, saboreando el momento.
-Son vampiros, demonios de la noche y la Iglesia los condena -continuó ella con un hilo de voz.
-¡No, somos la perfección de la vida! Y ustedes están a punto de experimentar una metamorfosis que purificará todas sus debilidades -le contestó el vampiro mientras le arrancaba a su hermano de las manos, dispuesto a morderlo; el niño intentaba resistirse sin resultado.
Anne dejó a Ofelia detrás y forcejeó con el vampiro para que soltara a Emilio. Ella gritaba y le preguntaba qué iba a suceder con él.
-Será como yo. Todos ustedes serán como yo. No envejecerán y no tendrán que preocuparse por las enfermedades ni por el paso del tiempo nunca más.
Anne entendió que sus hermanos ya no crecerían y que sus vidas se detendrían en ese momento. No podía permitirlo. Entonces tomó la decisión más desesperada para salvar a sus hermanos.
-¡Basta, por favor! Seré tu esposa... -gritó Anne y, cuando Joseph soltó al niño, repitió con resignación:- Seré tu esposa por mi propia voluntad. Permaneceré a tu lado haciendo lo que quieras, pero, por favor, deja ir a mis hermanos -le rogó-. Te daré todo lo pidas, pero libéralos. Ellos todavía tienen toda la vida por delante, solo déjalos ir con mis tíos en Surrey.
-¿Estás dispuesta a complacerme en todo lo que te pida? -El hombre tomó a la chica por la cintura e intentaba besarla, ella aún se resistía.
-Sí. Pero a ellos no les hagas nada. -Anne finalmente se rindió ante él y se dejó besar.
-Muy bien -dijo él sin aflojar su agarre-. De todos modos no los necesito, tú me darás hijos propios.
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Con un grito de su amo, el mayordomo acudió de inmediato y procedió a llevarse a los niños, que hacían berrinches para no separarse de su hermana.
Anne corrió a ellos para despedirse y los abrazó, creyendo que esa sería la última vez que los vería. Y, mientras veía cómo los alejaban de ella para siempre, una extraña fuerza la mantenía dentro de la mansión. Pudo oír cuando el vampiro daba indicaciones para que los llevasen donde sus tíos, pero volviéndose a ella le advertía que nunca podría tener contacto con ellos de nuevo y que jamás abandonaría esa morada, ahora su prisión. Anne observó con dolor cómo el coche en el que metieron a sus hermanos se alejaba; cayó de rodillas y permaneció llorando en esa posición hasta que perdió la conciencia.
A la mañana siguiente, la casa Morris se preparaba para dar una gran fiesta. El motivo era la llegada de la nueva esposa de sir Joseph, la que sería conocida en adelante como lady Anna Morris; todos sus amigos, familiares y colegas vendrían a felicitarlo. La propiedad estaba llena de movimiento, durante el día los sirvientes corrían para arreglarlo todo, y durante la noche los invitados llegaban en lujosos carruajes y vestidos ostentosos. Se palpaba la alegría y curiosidad por ver la elección de uno de los solteros más codiciados de la alta sociedad de humanos y vampiros.
Los jardines se llenaban rostros contentos y rozagantes, pero Anne permaneció encerrada en su nuevo cuarto y solo podía pensar en lo desdichada que sería su vida desde entonces.
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Durante la primer jornada se festejaba la unión de la pareja ante la sociedad de vampiros que gobernaban las tierras del norte de Europa, los Purificadores de la Sangre, y a la noche siguiente, el festejo sería para el pueblo, en donde presentarían a Anne delante de los mortales.
La joven estuvo totalmente aturdida durante ambas noches: solo recordaba al mayordomo presionándola para que se vistiera, la gente examinándola como a un animal exótico, y regresar a su nueva habitación matrimonial, la que compartiría por toda la eternidad con su nuevo amo.
La noche de bodas fue fatal para Anne. Intentaba recordarse a sí misma que lo hacía por sus hermanos, pero lo único que escuchaba una y otra vez en su cabeza eran las palabras que el vampiro le susurró al oído cuando dio el sí: "Te he buscado por mucho tiempo, y ya no te dejaré ir".
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