Hacemos el agosto

1 de Agosto de 2017

- ¿El Salvador? – pregunté antes de sorber mi café con hielo y mirar a Sango detenidamente.

- Sí. Es el patrón del pueblo, y ahora en agosto es su fiesta, por eso habrá orquestas y fiesta en el pueblo. La gente de fuera vendrá a pasar la semana o el mes entero aquí, te va a encantar. – explicó

- ¿Y qué día se celebra?

- El 5 de agosto, aunque en realidad es toda la semana, pero, vamos, el ambiente festivo no se disipa hasta finales de mes.

Asentí con la cabeza mientras miraba alrededor fijándome en las paredes de El Quinto Pino, decoradas con fotos antiguas y nuevas, parecía que toda la historia del pueblo se recogía en aquel establecimiento abierto hace más de 50 años. La verdad es que estaba emocionada, el ambiente del pueblo estaba cambiando poco a poco a uno más festivo y juvenil, poco a poco, el pueblo se llenaba de gente que no había conocido en mi corta estancia y en los talleres para niños que Sango y algunas madres del pueblo había preparado. El taller conseguía en pequeños juegos y competencias haciendo manualidades con cartulinas, papel reciclado e incluso las cajas de cartón de los cereales; los niños se entretenían pintando y decorando los juguetes que iban construyendo.

- Nos vamos, chica de ciudad.- me llamó Inuyasha acercándose a la mesa.

Sango y yo habíamos pasado casi toda la mañana en la casa de una de sus amigas que había venido de vacaciones y, después, nos habíamos acercado a El Quinto Pino a saludar tanto a Miroku como a su hermana Kagura y tomar con café.

Me levanté y me despedí con la mano antes de salir con Inuyasha, esa tarde nos tocaba domar a Misha.

Nada más salir del bar, el Sol me dio en los ojos haciéndome saber que Agosto comenzaba caluroso y seguiría así como casi todos los veranos. Lo único bueno del calor espantoso del pueblo era que, como bien había dicho Inuyasha, cada día aparecía con un conjunto deportivo distinto, menos cuando iba a trabajar que seguía con su uniforme de vaqueros, camisa de cuadros y botas acompañados de su sombrero de cowboy. Me subí al coche con Inuyasha, que puso rumbo a la finca, donde aún hacía más calor. Cuando bajamos del coche, entramos en casa y saludamos a Izayoi, exhorta, otra vez, en su telenovela. Corrí hacia mi cuarto y decidí ponerme unos vaqueros y una camisa de manga corta antes de peinar mi pelo en una coleta alta.

Ir con Inuyasha a domar a Misha, solo podía significar dos cosas: quedarte en una esquina mientras el hacía que el animal diera vueltas mientras te explicaba cómo hacerlo o que te hiciera subir al caballo para que este se acostumbrara a tener un peso. Y por la risa de Inuyasha por el pasillo, podría jurar que hoy sería la segunda.

- ¿Puedo preguntarte por qué me tengo que subir al caballo? – le pregunté una vez

- Porque pesas poco y el caballo necesita acostumbrarse a tener que soportar un peso extra mientras camina.

- Y porque a ti te tiraría.

- Por eso también.

Mientras recordaba nuestra pequeña conversación la última vez que me hizo subir al caballo, crucé el salón y se quede cerca de la puerta, en el pequeño porche principal, donde había sombra. Esta casa tiene otra salida, que da a un pequeño huerto donde Izayoi planta flores de distintos colores y donde hay una mesa picnic de madera y una mecedora de dos plazas.

Mirando a la finca, mi vista se nubla por algo que han colocado sobre la cabeza, es una gorra, la coloco mejor y miro hacia arriba.

- La vas a necesitar, chica de ciudad. ¿Te echaste crema solar?

Asiento con la cabeza mientras empiezo a caminar hacia los establos. Varios trabajadores están allí, todos nos saludan y algunos paran a Inuyasha para explicarle algo con detalle. La verdad, todavía no conozco a todos los trabajadores de la finca de los Taisho, no es demasiado grande pero, conozco solo a dos de vista, el que siempre está en las cuadras y un señor mayor al que Inuyasha se encomienda cuando tiene dudas con algún cultivo. Yo sigo mi camino hacia mi encantadora yegua sonriendo como una tonta.

- Buenos días, Misha.- saludo en cuanto la vez y acerco mi mano para acariciar su frente.

Ella se deja hacer y mis dedos se enredan es sus crines para acariciarla

- ¿Qué te parece si hoy eres tú quién le pone las riendas y el bocado a Misha? – pregunta Inuyasha mientras se acerca a mí y me brinda el objeto.

- Claro, puedo intentarlo

Se lo he visto hacer muchas veces, aunque la yegua no se ha portado muy bien al ponérselo porque no le gusta demasiado, decido acordarme de cómo lo hace Inuyasha para copiarle e intentar hacerlo de una manera más suave para que Misha no se enfade. Agarro las riendas y las paso sobre su cabeza para que descansen en su cuello, tomo la cabecera de la rienda por la parte del bocado y por la parte de las orejas para ponérselo. Primero va la boca, en cuanto esté colocada puedes tirar sin demasiada fuerza para colocar la parte de arriba con facilidad. Consigo hacerlo en menos tiempo del que pensaba, aunque las orejas no me quedan bien a la primera y debo agarrar el cuero para dejárselo perfecto. Observo si todo está en su sitio y después engancho una parte del bocado para terminar de colocarlo todo.

- Taisho – grita un trabajador – La muchacha sabe hacerlo mejor que tú

- Por algo se dice que las mujeres tienen maña pa' las bestias – asegura un hombre mayor

Arqueo una ceja antes de mirar a Inuyasha, que está colocando la silla de montar.

- Se le da mucho mejor que a mí, amigo – le dice al jornalero y después me mira- Se suele decir que las mujeres entienden más a los animales, y esto – me señala a mí y a Misha- es la prueba. Nunca ha hecho caso a nadie, y llegas tú y se comporta como nunca antes lo había hecho.

Decido encogerme de hombros mientras miro a Misha. Inuyasha agarra las riendas para que avance y lleguemos al pequeño picadero pero, ella no quiere moverse.

- Joder, sí que eres caprichosa.- le dice antes de agarrar mi mano y hacer que toma las riendas.- Tira con suavidad, no es un perro, es más alta que tú y más fuerte, puede hacerte daño.- me aconseja- El caballo siempre tiene que estar detrás de ti, a un lado y nada pegado a ti. No tiene que estar justamente detrás, sino a un lado. Un truco que usan los principiantes es colocar el brazo del lado por el que camina el caballo extendido, para que así no sobrepase la distancia.

Decido hacerle caso y extender mi brazo antes de tirar levemente de las riendas para que camine, Misha lo hace y comienza a caminar con tranquilidad sin sobrepasarme. Inuyasha no nos quita ojo, supongo que aunque la yegua se porte muy bien conmigo, puede estar algo emocionada y querer salir corriendo arrastrándome, sin querer, en el proceso.

Pronto, estamos fuera de las cuadras, vamos a una parte de la finca parecida a un pequeño prado e Inuyasha me ayuda a subir a la yegua para domarla. Hoy toca dar un paseo, tanto Inuyasha como yo agarramos las riendas mientras Inuyasha camina al lado de Misha y la guía. Poco tiempo después, me pide que la guíe también. Lo que quiere que haga es que, cuando gire a la derecha, le dé toquecitos con el pie contrario en el estribo y cuando vaya hacia la izquierda le dé toquecitos con el pie derecho en el estribo, sí lo sé, es al contrario y al principio no parece tener sentido pero, el animal se entera mejor así de hacia dónde tiene que ir.

Después de un tiempo es Inuyasha el que se para y me mira:

- ¿Podrías bajarte sola?

Asiento y paso mi pierna para deslizarme poco a poco por la silla de montar hasta tocar el suelo.

- Quédate en ese cancho, voy a intentar correr un poco con la yegua. – me dice cuando coloca su pie para subir.

Hago lo que dice y me subo a la piedra antes de preguntar:

- ¿Estás seguro de esto, chico de pueblo? – pregunto cruzándome de brazos.

La última vez que lo intentó no consiguió subirse porque Misha lo tiró antes.

Él se encoge de hombros.

- Quien no arriesga, no gana. – contesta guiñándome un ojo.

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