🩸Capítulo 13. Arrepentimiento

Lazarus ya se estaba arrepintiendo de sus acciones.

Dejar a Alaric, a un demonio con su carácter, abandonado en medio de la nada en el Mundo Superior no solo era peligroso, sino tremendamente estúpido.

No pasó ni media hora para que se percatara del error. Condujo hasta una gasolinera y se estacionó ahí a esperar a que el demonio llegara caminando tarde o temprano; siempre lo perseguiría, y una discusión no lo cambiaría.

Bajó del coche y se recargó de espaldas contra la puerta del conductor. Sacó un cigarrillo de la cajetilla a la que solo le quedaban tres, lo colocó entre sus labios, y lo prendió con su encendedor. Tomó una calada, sintiéndose mucho más tranquilo con esta simple acción y al saborear el amargo, pero familiar sabor del tabaco. Poder disfrutar de un cigarro era de las pocas ventajas de su anómala condición.

—¿Ya irás a buscarlo, Lazy? —preguntó la voz de Lucas, como si estuviera dentro de su cabeza.

—No uses ese apodo —advirtió.

Lucas se carcajeó. Sonaba como Blair, pero mucho menos inestable.

Lazarus fumó un poco más, disfrutando de la paz de una solitaria gasolinera humana a tan altas horas de la noche. Hasta que lo interrumpió una voz.

—Oye —llamó un humano de aspecto grotesco, aproximándose con un cuchillo en mano—. Dame todo lo que tienes.

Lazarus ni siquiera volteó a verlo. Era tan ridículamente inofensivo que ni siquiera sintió su presencia. Apestaba tanto a alcohol que ni siquiera su sangre valía la pena.

—¡Te estoy hablando! —espetó el hombre, acercándose más.

Lazarus le dio una última calada al cigarro y tiró la colilla con un gesto desdeñoso antes de volverse hacia el humano.

—Piérdete. —Utilizó su hipnosis para controlar al hombre y, antes de que este obedeciera, le arrebató el cuchillo. Parecía de los que se usaban para la cocina, tal vez robado de la cantina de donde salió.

Los ojos del hombre se tornaron vacíos y se dio la media vuelta, alejándose a punta de tumbos sin un rumbo definido, literalmente hasta extraviarse como el vampiro se lo había ordenado.

Lazarus miró la cuchilla, presionando la punta de esta contra la yema de un dedo y derramando una sola pequeña gota de sangre antes de que la herida se cerrara sin dejar marca. Embarró su propia sangre entre su índice y pulgar, recordando algo, y luego miró su reloj de muñeca. ¿Cuánto le llevaría al demonio llegar hasta aquí y cuánto tiempo disponía para perder?

La respuesta era nada, no disponía de nada de tiempo para gastar y tampoco de un demonio de repuesto que pudiese usar para rastrear a su padre.

Exhaló y, tras aventar el cuchillo al suelo sin mayor interés, abrió la puerta del automóvil y volvió a subirse.

—¿Ya vamos a buscar a tu ex? —inquirió Lucas, no podía verlo por las gafas, pero sentía su presencia en el asiento trasero y juraba que, si se quitaba los lentes carmesí, podría verlo ahí sentado.

—No lo llames así.

—Pero es lo que es.

Lazarus lo ignoró y, en cambio, sacó un pequeño vial de sangre del interior de su abrigo. No era sangre cualquiera, sino de demonio, de Alaric Laith. Se la había pedido cuando lo sacó de prisión como una medida preventiva para poder encontrarlo de llegar a perderlo o separarse. Antes de salir de su biblioteca, la tomó por si las dudas, a sabiendas de que la necesitaría. Era algo vieja, pero la había preservado y le serviría.

Abrió el tapón de corcho que cerraba el contenedor y olfateó su contenido, sintiendo, por unos breves instantes, un placentero cosquilleo en la parte trasera de su garganta por lo exquisita que era la sangre de demonio.

—No te la comas, está añeja —advirtió Lucas.

—Tengo autocontrol.

—¿En serio?

Lazarus continuó olfateando. Los vampiros, sobre todo los ancestrales, tenían una sensibilidad muy superior, unos sentidos finos que le permitían rastrear a otros con un poco de sangre. Sus ojos fueron los que reflejaron el instinto casi bestial, brillando en color guinda y afilando sus pupilas.

Abrió las ventanas del coche y arrancó, manejando a través del camino por donde vino. Conforme más se acercaba al sitio en el que abandonó a Alaric, más fuerte se volvía el aroma de su particular sangre. Era como si ante sus ojos pudiese ver una estela carmesí marcando un sendero hacia su destino.

—Tal vez ya se lo comieron unas hienas —dijo Lucas—. No, olvida eso, es muy cruel. Lo siento.

Lazarus frunció el ceño.

—¿Desde cuándo te disculpas por tus comentarios?

—Ya sé que odias mi presencia, Lazarus, pero no voy a hacer chistes de alguien que te importa. No soy malvado —aseguró. Era una de esas pocas ocasiones en donde sonaba tan parecido al verdadero Lucas, una copia casi exacta de su fallecido amigo.

Lazarus, con algo de intriga y un leve deseo de verlo, colocó las gafas sobre su cabeza, y vio lo que lo rodeaba con sus propios ojos; entre eso se hallaba el reflejo de Lucas en el espejo retrovisor, sentado atrás tal y como lo imaginó hace unos minutos, con un brazo apoyado en el marco de la ventana y viendo el exterior.

—Dices no ser malo —llamó su atención—. No obstante, sigues atormentándome.

—¿En verdad te atormento, Lazarus? —inquirió Lucas, conectando sus ojos a través del espejo—. ¿O solo es tu percepción?

—Eres una alucinación. No tienes otro propósito.

—¿Cuántos no matarían por ver y hablar con sus seres queridos otra vez? —preguntó.

El vampiro negó con la cabeza.

—Yo te creé, eres un producto de mi imaginación y nada más. No estás aquí realmente —refutó.

Lucas no dijo nada más al respecto, en cambio, desvío la mirada con un rastro de cansancio y volvió a ver la carretera a través de la ventana.

—Deberías darte prisa —concluyó entonces, aún sin verlo directamente—. Tengo un mal presentimiento sobre tu demonio.

Lazarus lo observó durante un par de segundos más, y luego volvió su atención al frente. Se aferró al volante con una mano y con la otra se colocó las gafas otra vez, desapareciendo la visión de Lucas.

—Confiaré en tu presentimiento —cedió y pisó el acelerador a fondo.

(...)

El rastro de sangre condujo a Lazarus hacia una bodega abandonada. Solo a Alaric se le ocurría meterse en sitios como estos, aunque era preferible a que el demonio vagara por las calles humanas con un par de cuernos, una cicatriz atravesando uno de sus ojos y los colmillos que exponía cada vez que gesticulaba. El vampiro no quería lidiar con la fastidiosa tarea de tener que alterar memorias humanas con su hipnosis; ese no era su trabajo.

Estacionó el coche en los descuidados terrenos con pasto seco y crecido donde se hallaba la bodega. Bajó y azotó la puerta con más fuerza de la necesaria para anunciar su presencia al demonio.

—¿Y si ya no está aquí? —preguntó la voz de Lucas.

Lazarus caminó sin prisa alguna, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.

—Claro que está aquí —afirmó. Podía oler la sangre de Alaric con intensidad, tal vez con demasiada.

Funció el ceño ante esto, pero antes de poder dar otro paso, escuchó un aparatoso estruendo proveniente del interior de la bodega, sonando como si algo hubiese colisionado contra una de las paredes con una fuerza sobrenatural.

«Mierda», pensó Lazarus.

Corrió hacia la construcción con su agilidad vampírica, arribando justo a tiempo para ver cómo Alaric era retenido del cuello contra un muro por un Nosferatu.

El demonio, aferrado al antebrazo de la bestia, miró al vampiro de reojo y, con mucho esfuerzo, pronunció:

—En otras circunstancias, esto no me molestaría tanto, pero ahora... ¿Qué tal si me das una mano?

La cabeza de Lazarus funcionaba como una especie de engranaje. En engran se movía y, por consiguiente, ponía a girar al que tenía conectado. Por lo tanto, por su mente pasaron dos puntos cruciales:

¿Por qué había un Nosferatu en una bodega abandonada a mitad de la carretera?

Y, la que no era una pregunta, sino una afirmación: Debía salvar al imbécil del demonio. Otra vez.

Con un ágil movimiento de su mano, desenfundó el revólver que llevaba prendido al cinturón, apuntó al Nosferatu y, a sabiendas de que la bestia podría degollar a Alaric con un solo rasguño de sus garras contra su cuello, optó por disparar con perfecta puntería a su brazo, atravesando sus músculos y obligándolo a soltar al demonio.

El monstruo rugió de agonía, aferrado a su extremidad sangrante, y se tambaleó hacia atrás, volteándose hacia el origen de la bala.

«Eso, ven aquí», dijo Lazarus para sí, entornando los ojos detrás de sus gafas.

El Nosferatu se abalanzó hacia él con amplias zancadas, pero Lazarus se limitó a retroceder un paso, volviendo a apuntar a la bestia con su pistola, ya con el dedo en el gatillo, a un movimiento de dar el tiro de gracia y...

—¡Alto ahí, guapo! —exclamó Alaric de pronto, y el monstruo se detuvo a medio camino, paralizado y con los músculos rígidos.

Lazarus bajó el arma y volteó a ver al demonio. Tenía sangre en las puntas de los dedos y en la comisura de los labios; reconocía su poder, con el que con tan solo probar una gota de sangre ajena podía controlar a otros. Había ingerido la del Nosferatu, la que escurrió de la herida de bala.

No obstante, parecía estar batallando por controlar a la bestia, su mano temblaba y de sus ojos salían lágrimas de sangre. Tenía además una herida en la cabeza y otros profundos rasguños en el cuerpo. Lazarus lo recordaba más fuerte, mucho más, era casi imbatible cuando utilizaba su particular habilidad demoníaca, pero ahora parecía... débil.

Su análisis fue interrumpido cuando el control de Alaric sobre el Nosferatu flaqueó casi por completo y la bestia recobró algo de su libre albedrío. Se abalanzó hacia el demonio y este último, que había caído de rodillas por el agotamiento, no tuvo tiempo de apartarse antes de que fuera impactado por un poderoso golpe que lo lanzó hacia atrás, colisionando contra una columna de acero que lo dejó inconsciente.

—¡Alaric! —gritó sin siquiera pensarlo, usando su nombre por primera vez desde su reencuentro.

Lazarus sintió que se le helaba la sangre, y fue invadido por un breve recuerdo del pasado:

¿Tienes miedo de perderme, Lazarus? —preguntó Alaric, acariciando su rostro mientras ambos yacían acostados en una cama, viéndose a los ojos a través de la oscuridad.

Me aterraconfesó.

Cegado por una cólera que en el presente le parecía una especie de invasor, Lazarus se quitó las gafas y las tiró al suelo, se aflojó la corbata y se aferró a su revólver con más fuerza de la necesaria. Caminó con pasos firmes hacia el Nosferatu que chillaba y le rugía, escupiendo saliva mezclada con sangre. No se inmutó.

La bestia quiso acercarse, pero Lazarus fue más rápido y le disparó dos veces en cada pierna. La criatura gritó de dolor y se desplomó, pero aún intentaba arrastrarse hacia el vampiro. Le dio lo que quería y él se aproximó, disparando otras dos balas, una en cada antebrazo y una última en el dorso de su mano que todavía alargaba las garras. El Nosferatu soltó un estridente alarido y no pudo seguir moviéndose.

Lazarus se detuvo frente al repugnante monstruo y le dio una patada en el cráneo, quebrándoselo al impacto y dejándolo aturdido. Sacó una sola bala del bolsillo de su pantalón, la cargó en el revólver y, sin expresión alguna en su rostro, sin un ápice de remordimiento en sus facciones, disparó por última vez, atravesando su cerebro. La sangre lo salpicó y el Nosferatu cayó muerto al instante, empezando a desintegrarse en una nube de cenizas blancas.

Enfundó su pistola con un movimiento mecánico y regresó hacia donde había tirado sus gafas, recogiéndolas y viendo a Lucas antes de ponerse los lentes carmesí.

—No te extravíes, Lazarus —advirtió la visión de su difunto amigo.

No dijo nada al respecto y empujó las gafas por su tabique. Solo entonces sintió que recobraba el control, ocultando ese lado sanguinario detrás de su usual semblante profesional.

—No pensé que volvería a ver esa faceta tuya —dijo Alaric a la distancia—, u oírte pronunciar mi nombre otra vez.

Lazarus se volteó hacia él; estaba sentado contra la columna, aferrado a su brazo derecho que parecía dislocado al igual que su pierna. El vampiro se aproximó, volviendo a ajustar su corbata.

—¿Por qué estás sanando tan lento? —interrogó, acuclillándose frente a él y examinando sus heridas de cerca. La peor parecía ser una en la cabeza y otra en su abdomen que sangraba lenta, pero constantemente.

Alaric encogió el hombro de su brazo no dislocado, y esbozó una sonrisa agotada; todavía había rastros de lágrimas de sangre en sus mejillas.

—Supongo que no son heridas comunes —excusó.

Lazarus sabía que eso era una mentira, que eso no influía en ninguna manera en la capacidad de curación del demonio. Más bien parecía que su poder se había debilitado, pero ¿por qué?

Dejó el asunto de lado por un momento, y giró la cabeza hacia el cadáver del Nosferatu, estaba casi deshecho. Escudriñó los restos.

—No debería haber un Nosferatu aquí, en medio de la nada. Siempre están cerca de sitios con humanos —aseveró—. Parece que fue enviado, no fortuito. Enviado a atacarnos específicamente a nosotros.

—¿Afectado por las Sangrilas?

—Probablemente —respondió Lazarus, volviendo su atención hacia el demonio—. ¿Puedes caminar?

Alaric lo miró con los párpados caídos, parecía exhausto al punto de optar por quedarse ahí tendido hasta que sus heridas sanaran con tal de no tener que mover ni un músculo.

—¿Por qué no vuelves a llamarme por mi nombre, Lazy? —pidió con un tono burlón—. Sonabas tan preocupado, fue casi...

—Te hice una pregunta —zanjó Lazarus.

Alaric ladeó la cabeza.

—¿Y si digo que no?

Lazarus exhaló con hastío. Sabía que no llegaría a ningún lado con Alaric Laith, haría todo con tal de incomodarlo, de molestarlo y provocarlo. Pero no caería otra vez.

Sin esperar una respuesta por parte del demonio, se acercó y, a pesar de sus protestas y quejidos de dolor, lo cargó en sus brazos sin mayor esfuerzo.

—Tan delicado como siempre, Lazy —se quejó entre dientes.

—¿Quieres que te deje caer? —ofreció, encaminándose hacia la salida de la bodega con el demonio en sus brazos.

Alaric se carcajeó por lo bajo y apoyó su cabeza contra el hombro de Lazarus, cerrando los ojos con agotamiento.

—¿Cuándo dejarás de salvarme la vida? —preguntó con un débil susurro.

Cayó desmayado instantes después; Lazarus lo supo al sentir su respiración apaciguada contra su cuello y al oír sus latidos menos acelerados. Se aferró con un poco más de fuerza a Alaric, y musitó:

—Nunca.

Shippeo demasiado a estos dos y sé que solo yo tengo el poder de volverlos una pareja, pero... 😈

¡Muchísimas gracias por leer! 🩸

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