Capítulo XXIII

 Una y treinta de la madrugada y Evonne sentía que el corazón se saldría de su pecho si no lograba controlar su pulso. En ese momento habría dado cualquier cosa por estar en otro lugar, en cambio, ahí estaba, sentada al borde de la cama de aquel cuarto de hotel; con él frente a ella, como si fuera un verdugo. Odiaba encontrarse en aquella situación, y cuando él comenzó a desabrochar su camisa, desvío su mirada hacia la pared para evitar verlo.

—¿Por qué lo haces? — se giró, dándole la espalda para buscar algo. —. No es como si fuera la primera vez.

Aquellas palabras lograron llamar su atención, y no pudo evitar observarlo de reojo, notando así un tatuaje, no tan grande, pero sí notorio, en su costado. No lograba descifrar lo que era, tenía una imagen muy extraña. Él se incorporó nuevamente, y ella, sobresaltada, volvió la mirada hacia la pared.

—Te traje algo —dijo, alzando una bolsita de tienda. —. Tal vez este sí te guste.

—¿Es necesario? —preguntó, frunciendo el entrecejo, mientras observaba con disgusto el paquete en sus manos.

¿Acaso no era suficiente el maltrato físico, también tenía que hacerla sentir humillada con esas vestimentas?

—Me haría muy feliz que lo uses —él torció una pequeña sonrisa, una tan inocente y dulce, que logró hacerla sentir desconcertada.

¿Qué representaba aquello? No estaba segura, y eso la angustiaba. De igual manera, no se encontraba en posición de opinar, lo mejor era terminar con aquello pronto y marcharse de ahí.

Al salir nuevamente, vistiendo un baby doll de color rojo vino, se encontró con la mirada lasciva de aquel hombre, quien la observaba de pies a cabeza, sin pudor alguno. Le hizo un gesto con la cabeza, pidiéndole que se acercara, y una vez frente a él, estiró sus manos hacia ella y las posó en su cintura, presionándola con fuerza, y enterrando sus uñas en ella.

Evonne mordió su labio inferior y desvió la mirada, cerrando los ojos, y conteniendo un quejido de dolor; esta vez, no cometería el mismo error de la última vez, no quería hacerlo enojar. Él se puso de pie, y ella dio un paso atrás, con su corazón latiendo fuerte, tan fuerte, que sentía que se saldría de su garganta.

—No te haré daño, esta vez no. —dijo, mientras se inclinaba hacia ella y hundía la nariz en su cuello, inhalando el aroma de su perfume.

Evonne permaneció quieta, como una piedra, y contuvo su respiración cuando sintió los labios de aquel hombre dejando besos sobre la piel de esa zona, mientras sus manos recorrían su cuerpo con descaro.

Él se incorporó nuevamente, guio la mano hacia su nuca y acercó el rostro con la intención de besarla. Evonne se negó, e intentó evitarlo, poniendo las manos sobre su pecho y empujándolo con fuerza, soltando un quejido de disgusto; eso nunca fue parte del trato y, honestamente, en ese momento, prefería que volviera a ser la bestia idiota de antes, para terminar aquello de una vez y largarse lo más pronto posible.

—Bien —él exhaló, riendo. —. Si no quieres que te bese, no lo haré, vamos a la cama. —concluyó, y esbozó una sonrisa, un tanto burlona.

Todo se repetía; un nuevo conjunto de lencería, ella aferrándose a las sábanas mientras intentaba con todas sus fuerzas ausentarse de su cuerpo, perdiéndose en sus pensamientos, mientras observaba el respaldar, con la pintura de la mujer desnuda sobre ella y las paredes blancas; sintiendo el olor a lavanda, todo era casi similar.

Excepto, la actitud de aquel hombre.

Él se detuvo de pronto, soltó un suspiro profundo y se bajó de la cama para dirigirse hacia el baño. ¿La pesadilla había terminado? No lo sabía, quizás ese día estaba de suerte. Con sumo cuidado se incorporó en la cama hasta quedar sentada, su mirada viajó en derredor, en busca de su ropa, tenía la intención de huir del aquél lugar como siempre hacía, pero entonces, escuchó su voz.

—Pediré servicio a la habitación, ¿hay algo que quisieras comer? —cuestionó.

Ella frunció el ceño en su dirección, un tanto confundida.

—¿Qué ocurre? No me digas que pensabas marcharte ya, apenas han pasado treinta minutos desde que llegaste.

—Y-Yo no quiero comida.

—¿Quizás algo de beber? —insistió. —. No importa, beberás y comerás lo mismo que yo. —sentenció.

Él volvió a encerrarse en el baño, dejándola sola nuevamente. Evonne permaneció sentada en la cama, cubriendo su cuerpo con la sábana blanca mientras pensaba en la cantidad de cosas perversas que ese hombre estaría planeando hacer con ella, seguro e intentaba distraerla para luego arremeter en su contra con todo el enojo del mundo, como la última vez.

No podía evitar desear estar en su habitación, recostada en su cama, descansando. En situaciones así era cuando las personas comenzaban a pensar en lo privilegiadas que habían sido, y como no lo supieron apreciar, hasta que de la nada la vida les arrebató todo.

Antes de la muerte de su madre, tenía una vida aceptable, e incluso el estar con su novio era placentero. Ojalá hubiera podido regresar el tiempo y disfrutar más de esos pequeños momentos... quizás fue egocéntrico de su parte creer en aquel entonces que tendría todo aquello por el resto de su vida; a su madre y a su novio.

La puerta sonó, haciendo que se sobresaltara; y la persona del otro lado anunció que era servicio a la habitación. Ella tenía la esperanza de que el hombre saliera a atender, para no ser vista, pero en su lugar dio luz verde para que aquel entrara.

Sintiéndose un tanto cohibida ante la idea de encontrarse con la mirada juzgadora de algún extraño, decidió recostarse sobre la cama y cubrirse de pies a cabeza.

—Bien —él salió del baño y se dirigió al hombre del personal del hotel. —. Aquí tienes, y también tu... propina. —murmuró lo último al darse cuenta de que ella estaba escondida bajo las sábanas.

—Muchas gracias, señor. ¿Desea algo más?

Aquel se encontraba distraído, con una sonrisa burlona pintada en sus labios. Alzó la mano y le hizo un gesto al hombre del personal para que se marchara, y una vez que éste se fue, caminó hacia la cama y se subió sobre ella, aprisionándola bajo su cuerpo.

—Te escondes —dijo con burla. —. Pero, de todas maneras, te verán cuando salgas de aquí.

—Basta, por favor. —suplicó, removiéndose incómoda, sin apartar la sábana de su cuerpo.

—Bien, ya que no quieres comer, continuaremos la fiesta en la ducha... ¿estás lista para mojarte?

—¡¿Qué?! —exclamó, descubriendo su cabeza. Se arrepintió en el momento en el que se encontró con aquellos penetrantes e intimidantes ojos verdes sobre ella.

—Vamos, tomemos una ducha.

No tenía ni la menor idea del porqué aquel hombre actuaba tan distinto y no se comportaba como una bestia. Pero, eso no significaba que ella estuviera a gusto, o cómoda, con él y lo que hacía.

Salió del cuarto de baño envuelta en una toalla, odiando haber mojado su cabello a altas horas de la noche, y caminó con cuidado a lo largo de la habitación buscando sus objetos personales, hasta que encontró su ropa sobre la maleta de aquel hombre. Frunció el ceño en confusión, no sabía cómo habían llegado sus prendas ahí. Y, sobre estas, había una pequeña caja de regalo que, curiosa, tomó y abrió, encontrándose un hermoso collar plateado con un diamante azul de medalla.

—Quédate esta noche. —dijo él, asustándola al tomarla desprevenida cuando apareció tras ella y envolvió los brazos alrededor de su cintura, para finalmente besar su hombro.

Evonne frunció el ceño en confusión al escucharlo, y sintió escalofríos cuando él continuó depositando besos en su piel Rápidamente se apartó de sus brazos, mientras se giraba para enfrentarlo.

—Y-Yo tengo que irme —respondió, tropezando las palabras. —. Mi familia me espera, y mañana tengo que ir a trabajar.

—Te pagaré el doble —dijo, intentando acercarse nuevamente, pero ella seguía retrocediendo. —. Repórtate enferma mañana, y quédate.

Ella negó con la cabeza repetidas veces, ¿Qué estaba mal con ese hombre? Antes se había comportado como un total idiota, arrogante. Y ahora, de la nada, intentaba ser amable: le obsequiaba una joya, muy costosa y le pedía que se quedara... ¿pedirle que se quedara? ¡Santo cielos! Estaba demente, si había asistido ahí era porque no tenía opción, no porque quisiera estar con él.

En ese momento solo había una persona en quien pensaba, y con quien hubiera deseado pasar la noche.

—¿Entonces? —cuestionó nuevamente. —. Siempre huyes mientras me doy una ducha, esa es la razón por la que hoy decidí mejor ducharme contigo. Así, podríamos descansar juntos. —estiró su brazo, hasta tocar su mejilla.

—Solo quiero irme a casa, señor. —respondió nerviosa, dejó la caja con el obsequio sobre la maleta y tomó su ropa.

Intentó pasarlo de lado, pero él sujetó sus antebrazos firmemente, para impedirle alejarse, lo que causó que dejara caer su ropa sobre el suelo de mármol de aquella habitación.

Ella lo observó aterrada.

—Bellamy —dijo de pronto. —. Mi nombre es Bellamy, Evonne. Y ya que aún no logro convencerte de quedarte, te ofrezco cinco mil, es el doble de lo que te pago normalmente solo por acostarme contigo.

Evonne desvío la mirada, sintiéndose asqueada ante su comentario; ella no era una prostituta, pero era así como él la hacía sentir. Cinco mil dólares, eso ayudaría mucho a calmar la sed de dinero de los del banco, igualmente podía alcanzar un poco para la mensualidad de la academia de baile de su hermana, y lo más importante, evitar que su padre trabajara en aquellos lugares que nunca le permitirían limpiar su historial.

—¿Qué es lo que quiere que haga? —cuestionó, bajando la mirada, avergonzada de sí misma.

—Nada en específico, solo quiero amanecer contigo —ladeó una sonrisa de satisfacción, mientras liberaba su brazo. —. Siempre me he preguntado esto, ¿tienes novio, Evonne? Porque no quiero ni imaginarme qué pasaría si él se enterara de las cosas que haces por dinero.

Y ahí estaba de nuevo, siendo el idiota que ella conocía. No sabía qué intentaba aparentar comportándose de manera amable con ella, cuando la verdad, era que la veía como un ser muy inferior a él; como cualquier basura.

—Le aseguro, señor, que no lo hago por placer, ni por lujos... sino por necesidad. —respondió molesta, mientras caminaba hacia la cama, dándose por vencida.

Se acomodó de costado, dándole la espalda y aferrando sus manos al nudo de la toalla de baño, para evitar que se cayera. Observó fijamente la pared, sintiendo como las lágrimas comenzaban a nublar su vista.

—Lo sé —lo escuchó decir, y acto seguido, sintió la cama hundirse por el peso extra, y cómo el brazo izquierdo del hombre se aferraba su cintura y la atraía hacia él hasta pegarla a su cuerpo. —. Y eso me sorprende, eres un enigma que yo quisiera resolver... quiero conocerte, quizás llegar a ser tu amigo.

Evonne frunció el ceño, deseando con todas sus fuerzas poder apartar su brazo de ella y darle una patada en los bajos.

—Si hubiera querido forjar una amistad, no me hubiera tomado de la peor manera la primera vez que nos vimos... se lo dije muy claro, no soy una prostituta, y ni siquiera ellas se merecen algo así. —se atrevió a hablar, aunque su voz, y las manos le temblaban.

—Lo sé, y lo siento —para sorpresa suya, se escuchaba sincero. —. No podía contenerme, estaba entusiasmado y excitado por saber que estaría con alguien como tú, eres...

—¿Exótica? Así me llamó ese día.

—Exacto —respondió, inhalando su cabello. —. En el sector en el que vivo solo hay mujeres delicadas, no me gusta mucho. Hace años atrás me vi involucrado con una mujer igual a ti, solo que ella no tenía pudor, vivía como quería, y eso me obsesionaba... lamentablemente le pareció que era demasiado joven para ella, y por ello me rechazó —Evonne sintió como presionaba su agarre, y supo que eso de verdad le afectaba. —. Dijo que era un niño, y al final se casó con otro hombre —rio, y su aliento cálido chocó contra su oreja. —. Y, cuando te vi con ese traje de lentejuelas, pensé en ella, ¿sabes? Cada noche, para nuestros encuentros tenía un conjunto de lencería distinto, y lo lucía para mí, era sexi. Entonces pensé en que tú podrías ser su remplazo; no son parecidas, pero eras la mejor opción, lejos del lugar en el que vivo, ingenua y dócil. En estos sectores en los que con dinero puedes comprar cualquier cosa.

Bastardo —murmuró, frunciendo el ceño.

Intentaba ignorar el hecho de que sus palabras eran como afilados cuchillos atravesando su pecho, y luchó con todas sus fuerzas por no darle riendas sueltas a sus lágrimas. No le daría el gusto de verla llorar, solo porque la había ofendido.

—No pensé que aceptarías —continuó. —. Y, cuando encontré tu número en el parabrisas, supe que lo había conseguido. —concluyó, hundiendo la nariz en su cuello, y depositando besos en esa zona, haciéndola estremecer y querer apartarse de él.

—No tenía opción, necesitaba el dinero. —murmuró para sí misma, sintiendo como las lágrimas quemaban en su garganta.

Para su alivio, él decidió dejarla tranquila, minutos después, ya todo estaba en completo silencio. El sueño la invadió de a poco, estaba agotada, sus parpados pesaban tanto que no podía mantener los ojos abiertos, y así, estando envuelta en los brazos de aquel hombre detestable, hecha un mar de lágrimas con llantos silenciosos, se quedó profundamente dormida.

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