Capítulo XVII

Durante la tarde del día viernes, Evonne e Ivana se encontraban atendiendo las mesas y, a pesar de que la música sonaba alta, podían escuchar las risas de Loamy, Romeo y Adrián provenientes de la sala de empleados. Ellas se observaron entre sí, con ganas de reírse, pero decidieron reprimirse mientras atendían a los clientes.

Al principio, los tres jóvenes estaban angustiados cuando se dieron cuenta de que tendrían que llevar a la niña al restaurante, temían la reacción de Adrián; pero, para sorpresa de todos, el hombre se mostró muy amable con la pequeña, y se dirigió a ella con simpatía, aquella simpatía que ellos nunca habían recibido por parte de él.

—Ya, ya —Romeo salió, riendo. —. De verdad amo a esa niña.

—Adrián está de buen humor. —comentó Evonne, al escucharlo reír nuevamente.

—Sí, Loamy le ha sacado un par de carcajadas. Esa niña es única.

—Dímelo a mí. —suspiró.

—La esposa de Adrián vino con las niñas y preguntó si Loamy podía acompañarlas a la plaza a comer helado, le dije que sí, espero no te moleste —le informó Romeo. —. ¿Todavía no te habla?

—Está bien —alzó su hombro derecho. —. Y, sí me habla, pero es muy distante conmigo.

—Es una niña, pronto se le pasará. —dijo Ivana, caminando hacia la cocina con algunos platos sucios.

—Pues, ojalá. —esbozó una pequeña sonrisa.

El no ir a la academia de baile, sorpresivamente para Evonne, había logrado relajar a la niña, parecía que realmente estaba cansada de la rutina. Tres días habían pasado, y Loamy estaba más que feliz por quedarse toda la tarde con su padre e ir de paseo. Era una pena que el contacto con ella fuese tan poco, ya que para cuando volvía a casa la menor ya se encontraba dormida. Pero, ese día, su padre debía ir al hospital por algunos medicamentos, por lo que era su deber cuidarla en la tarde, hasta que él volviera para llevarla a casa.

El hecho de que ambos estuvieran tan felices juntos le afectaba un poco, se sentía excluida, y temía que en cualquier momento ellos dejarían de necesitarla; porque, de ser así, no sabía qué haría con su vida, ya que, ellos eran su razón de vivir.

—Tengo que decirte algo que comentarte. —Arthur abordó a Romeo cuando éste pasaba por su lado.

Evonne e Ivana detuvieron sus quehaceres para prestarles total atención a los chicos.

—Claro, ¿qué ocurre?

—¿Recuerdas que me corregiste el ejercicio de matemáticas? —le preguntó, ya que, aunque al principio el pelirrojo se negó, en los días siguientes solía instruirlo para hacer bien los ejercicios. —. Tengo los resultados del examen de admisión —dijo emocionado, mostrándole al pelirrojo la pantalla de su teléfono. —. No salí alto en matemáticas, pero, lo que tengo es gracias a ti.

—¡No puede ser! —exclamó Romeo, sintiéndose realmente orgulloso de que sus lecciones le hubieran servido de algo. —. Arthur, esto es genial.

—Sí que lo es —se puso de pie frente a él. —Y-Yo quería invitarte a salir para celebrarlo.

La sonrisa en el rostro de Romeo desapareció de golpe tras oír sus últimas palabras. Ivana y Evonne cruzaron miradas por cuestión de segundos, un tanto tristes, ya que sabían que el chico lo rechazaría nuevamente.

—B-Bueno —comenzó a hablar, y, para sorpresa de todos no usaba un tono brusco en su voz, como lo hacía cada vez que recibía alguna insinuación del rubio platinado —. Creo que sí, deberíamos celebrarlo un poco.

El rostro de Arthur se iluminó, producto de la emoción que lo invadió, y no disimuló aquello cuando alzó una mano hecha puño y exclamó un fuerte; ¡sí!

Las chicas estaban realmente sorprendidas, ya que no esperaban que el pelirrojo aceptara.

—Solo iremos a tomar algo, no te emociones tanto. —bufó, mientras le daba la espalda y avanzaba en dirección a la cocina.

—¡Romeo tiene una cita, Romeo tiene una cita! —entonó Ivana, mientras ambas lo seguían.

—¡Silencio Ivana! —exclamó, exaltado. —. ¿Acaso yo te molesté cuando volviste corriendo a los brazos de Elías, a pesar de lo mucho que lloraste por él?

—¡¿Disculpa?! —cuestionó, ofendida.

Ambos comenzaron una fuerte discusión. Evonne posó la mano sobre su frente, observándolos con ojos amplios; sus amigos eran personas muy amables y carismáticas, pero, también eran demasiado explosivos, y justo en ese momento, cada uno de ellos se había dado donde más les dolía.

"Bueno, no soy un cantante profesional, pero espero que les guste".

Los tres guardaron silencio al escuchar una voz desconocida resonar en las bocinas del local, se observaron entre ellos y fruncieron el ceño. No recordaban que ese día se hubiera organizado un karaoke en el restaurante.

La pista comenzó a sonar, y el corazón de Evonne se encogió en su pecho al darse cuenta de que se trataba de la canción Chivalry Is Dead (la caballerosidad ha muerto), de Trevor Wesley, ya que ella la amaba.

—¿Eso es en vivo? —cuestionó Ivana, mientras dirigía su mirada hacia la puerta cerrada.

—Parece que sí —respondió Romeo. —. ¿Evonne...?

"Chica, solamente deja tu cabello suelto

Vamos a pintar toda la ciudad

La vida es nuestro patio de recreo.

Pero ahora ya no soy un niño

Así que tengo que abrir puertas y tratarte como la dama que eres".

—¿Qué significa esto? —preguntó Evonne con voz temblorosa, al creer reconocer aquella voz. —. ¿Ese es... Caleb? —cuestionó mientras avanzaba hacia la puerta, perdida en sus pensamientos.

—¡¿Caleb?! —repitieron sus amigos, confundidos, mientras la seguían con la intención de ir a ver qué ocurría afuera.

—¿Ese tremendo hombrón fue el que salvó a Loamy? —cuestionó Ivana al divisarlo. —. ¡Guau!

La pista sonaba de manera regular, y la masculina, y melodiosa, voz del joven entonaba las frases de aquella canción de una manera tan embelesadora, que hacía que todos los presentes suspiraran y tomaran los celulares para comenzar a gravar su presentación. Evonne y sus amigos llegaron hasta el mostrador, y su corazón dejó de latir por un segundo cuando confirmó sus sospechas, se trataba de él, y no estaba solo, Noah Simmons se encontraba a su lado.

—¡Evon mira, tu novio está aquí! —gritó su padre, agitando su mano y señalando al chico mientras éste cantaba.

Evonne amplió los ojos tan exageradamente que parecía que se saldrían de sus orbes, la vergüenza era tanta que comenzó a transpirar, y sintió que le faltaba el aliento cuando los ojos de Caleb se posaron sobre ella y éste, sin dejar de cantar, la saludó con un gesto de manos.

—¡Mi Dios! —exclamó, avergonzada, cuando sus amigos se voltearon para verla de manera interrogante. —. Él no es mi novio. —murmuró para ellos.

"Y ellas dicen "la caballerosidad ha muerto"

Chica, déjame ser un verdadero hombre con los pantalones bien puestos

Y tratarte con respeto, yeah".

Todos en el local estaban expectantes a la situación que se estaba dando; un apuesto joven, nunca antes visto por ahí, acababa de ingresar en el lugar para cantar y el padre de Evonne lo llamó "su novio".

Romeo e Ivana observaban estupefactos a aquel hombre que, según ellos creían por no haber llegado a conocer antes, solo era producto de la imaginación de Evonne y Loamy. Les sorprendió mucho el saber que ellas no mentían; de verdad que era apuesto, alto, moreno, de hermosa faz y una radiante sonrisa de dientes blancos, aparte de un muy buen cantante. No pudieron evitar preguntarse de dónde había salido semejante espécimen.

Caleb esbozó una enorme sonrisa que hizo que las piernas de Evonne temblaran, y luego de darle una palmada en el hombro al señor Simmons, avanzó hacia ella bajo la mirada curiosa de todos los presentes. Se paró del otro lado del mostrador y se inclinó para acercar un poco su rostro al de ella.

"Y Tú no tienes que amarme

No tienes que amarme

Solo porque sea un caballero no quiere decir

Que no quiera llevarte a la cama."

Las personas a su alrededor comenzaron a aclamarlos, pidiéndole a gritos que la besara. Caleb no dudó en hacerlo, se estiró por encima del mostrador hasta alcanzar sus labios y plantarle un corto y casto beso. Los gritos de emoción y los aplausos aumentaron, los espectadores estaban eufóricos, vitoreándolos, mientras Evonne se encontraba pasmada en su lugar, sin saber qué hacer o decir.

—Te lo dije, tu novio está aquí. —canturreó su padre, antes de estallar en carcajadas mientras observaba el rostro pálido de su hija, quien tenía la boca abierta, pero no decía nada.

—¿Quién diablos es ese? —cuestionó Adrián, quien salió de su oficina atraído por los aplausos y el vitoreo de las personas.

—A-Al parecer, es el novio de Evonne. —respondió Romeo, balbuceando.

Evonne, aún aturdida, tomó la mano de Caleb y lo llevó casi arrastras en dirección a la cocina para salir por la puerta trasera, escuchaba a las personas exclamar cosas, pero no les prestaba atención.

—¿Por qué hiciste eso? —cuestionó estupefacta.

—No lo sé, supongo que fue la emoción del momento. —respondió risueño.

—¡Por Dios, Caleb! Ahora todos ahí creerán que eres mi novio. —se quejó.

—¿Tan malo es? —cuestionó, sin apartar la tonta y coqueta sonrisa de sus labios.

Evonne cerró la boca, mientras dirigía su mirada hacia él. ¡Cielos! ¿Qué estaba mal con ese hombre? Era tan extraña la manera en la que hacía que sus emociones se alocaran, ni siquiera podía especificar como se sentía en ese momento, estando junto a él, pero el hecho de que la besara frente a todas esas personas no era algo que ella hubiera disfrutado, de eso sí estaba segura.

—Caleb, tú y yo...

—No somos novios, lo sé.

—Oye, siempre te estaré agradecida por haber encontrado a mi hermana, pero este juego que tienes con ella es realmente enfermizo. ¡Está convencida de que nosotros seremos novios!

—¿Tan malo es? —replicó.

—Sí, porque la confundes —se cruzó de brazos. —. La vida no es un cuento de hadas, y no quiero que ella piense que lo que hizo, eso de escaparse para buscarte, fue algo bueno, porque puso su vida en riesgo.

Caleb frunció el entrecejo, mientras asentía con la cabeza, luciendo algo pensativo. Sabía que ella tenía razón, pero no totalmente porque, gracias a ello, se habían conocido.

—¿Crees en el destino, Evonne? —cuestionó, mientras acortaba el espacio entre ambos.

Evonne abrió la boca con la intención de responderle, pero la cerró de golpe al descubrirse sin palabras. Fijó la mirada en su rostro y, sin disimulo alguno, lo observó; ¡Cielos! Sus ojos le parecían tan inusuales y bellos, marrones con la circunferencia del iris de color azul.

—¿Crees en él? —cuestionó nuevamente.

Se obligó a sí misma a desviar la mirada de él, y por instinto volteó hacia la puerta, en donde notó como sus amigos intentaron ocultarse al ser descubiertos espiando.

—Oye, esto es muy extraño —continuó, volviéndose hacia él. —. No puedes aparecer de pronto en los lugares en que trabajo para cantar y en este caso, besarme... ¿dónde encontraste a mi padre?

Caleb torció un poco la boca, antes de bajar la cabeza, y a ella no se le pasó desapercibida aquella expresión de decepción que él plasmó en su rostro, la conocía muy bien, la había visto un sinfín de veces en Arthur. Lucía decepcionado, pero, ¿por qué? No lo comprendía.

—Lo vi en la calle, por la plaza. Le pregunté por ustedes y solo me dijo "sígueme". —se alzó de hombros.

—Lo hacía para molestarme, el acostumbra a hacerlo. No debiste venir, ¡por Dios! —ella peinó algunos risos que salían de su moño e inhaló profundamente. —. Tengo que volver al trabajo, Caleb. —balbuceó.

—¡Espera, Evonne! —él corrió tras ella, una vez que se alejó. —. Lo siento, de verdad me excedí al besarte, perdón. Déjame compensarte.

—Ya lo hiciste, al devolverme a mi hermana.

—Me encantaría ver a Loa... ¿podría invitarlas a salir algún día?

Ella lo observó por cuestión de segundos, de pies a cabeza, era difícil no hacerlo, y a pesar de que le parecía extremadamente sexi con esa camisa de botones que marcaba sus pectorales, pensó que no sería buena idea alimentar las ilusiones de su hermana. Aunque, de igual manera, sentía que le debía esa salida, después de todo, la última vez que salieron ella lo había arruinado todo.

—Bien, pero no la dejaré subirse a una moto.

—No motos, bien —dio una palmada, —. ¿Cuándo podremos salir?

—Te llamaré —respondió, esbozando una pequeña sonrisa. —. Por cierto, cantaste muy hermoso, y esa era mi canción favorita. —finalizó, e ingresó en el restaurante nuevamente.

Él sonrió también, y golpeo su puño derecho sobre su mano izquierda sintiéndose algo emocionado. Le parecía una buena señal que ella aceptara, ya que significaba que posiblemente sí hubiese una oportunidad. Y estaba tan concentrado en ese pensamiento, que por un segundo olvidó que no tenía su número.

—¡Evonne!, ¿puedes obsequiarme tu numero? —cuestionó, siguiéndola hacia la puerta.

—Es mejor que tú me des el tuyo, y que yo te llame —respondió. Él asintió con la cabeza y buscó en sus bolsillos un pedazo de papel, luego le pidió el lápiz que llevaba en el moño de su cabello y apuntó su número.

—Y, ¿cómo sé que me llamarás? —inquirió.

—Ese es el punto —ella esbozó una leve sonrisa. —. No lo sabes.

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