Capítulo Cuatro


SYLVENNA

EL ENCANTO DE LAS PALABRAS

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                    Jendring Sentjohn lucía decepcionado y Sylvie no lo podía culpar. La salida de Vaelerya había sido abrupta, y con ella se fue todo el interés que el príncipe aninthaio había expresado con respecto al Desfile de Cargueros. A pesar de eso, se portó como todo un caballero, algo que era de esperarse, sobre todo cuando estaba bajo el mismo techo que los reyes y él era solo un invitado. No obstante, su esfuerzo era... forzado. Si Sylvenna debía sentirse ofendida o siquiera mínimamente enojada porque le había quedado claro que él estaba interesado en su media hermana mayor, no encontró las fuerzas para concentrarse en ello por el momento.

          Por primera vez no le importó que la atención silenciosa estuviese tan centrada en la ausencia de la pelirroja. Incluso cuando los gritos del público se alzaban con la victoria de un posible ganador a costas de la caída de algún competidor cuyos nombres no recordaba, el silencio incómodo parecía tener intenciones de reinar entre los cuatro. Lo más seguro era que eso se debía a que ella estuvo en medio del momento en que todo sucedió y sospechaba la razón; era joven, no ciega. Así que no, Sylvie no encontraba manera de molestarse en cómo, una vez más, Vaelerya se llevaba la atención de todos a su alrededor. Las cosas no eran tan sencillas como todos querían hacerle creer, y ese día tuvo una pequeña posibilidad de ver la realidad que enfrentaba la heredera.

          ¿En verdad el problema era tener unas adorables orejas ligeramente puntiagudas? En lo que a ella le concernía, era mejor que ser tan normal y ordinaria como se veía a sí misma. No obstante, parecía que no era algo exactamente bueno, y ella no encontraba razón por la que los reyes hubiesen presionado tanto sobre un tema como aquel y en tiempo récord. Sus actitudes nunca eran tan severas, ni siquiera cuando se escondía de su tutora toda una mañana, esperando a por las lecciones de la tarde, que era cuando podía salir a cabalgar en su yegua.

          —Un competidor formidable —comentó Jendring de repente. Había tomado el puesto que la pelirroja dejó vacante, por lo que ahora era él quien se encontraba a la izquierda de Sylvie—. Me han dicho que la competición se vuelve más exigente cada año y ya no tengo dudas.

          La princesa lo miró de repente unos segundos para admirar su perfil concentrado. Después decidió observar la pelea que se estaba llevando a cabo, para así poder entablar una conversación que resultara mejor que las cortesías aburridas que habían intercambiado hasta ahora.

          Solo quedaban tres competidores en pie y, en vez de turnarse como habría sido de esperarse, habían propuesto una dinámica más entretenida y, aunque las armas no tuvieran filo, podían terminar siendo igual de peligrosas. No habían escogido un contrincante en específico para ser eliminado y atacado por dos al mismo tiempo, las alianzas que se formaban para vencer al que consideraran más hábil se habían extinguido en esa semifinal de lanzas. Debían atacar y defenderse seguido, sin dejar escapar ninguna mínima oportunidad que pudiera dar inicio a un golpe de gracia. Tenía a todos en la punta de sus asientos, sin saber a por quién apostar o animar, y eso la emocionó bastante.

          Quizás ella no tuvo la oportunidad de ver a los thorpanos en su esplendor como lo había hecho su media hermana, empero podía asegurar que lo que estaba viendo ese día tenía la talla de ser recordado los siguientes festivales.

          —Oh, reconozco al de armadura cuyo yelmo tiene cuernos de ciervo —comentó Sylvenna inclinándose hacia el frente con mayor interés—. Es bastante bueno con la lanza y ser zurdo le ayuda a despistar a sus contrincantes. Creo que ganará.

          —Es demasiado pequeño —negó el príncipe, haciendo una mueca con los labios—. Tamaño y fuerza es lo que se necesita; esas son unas armas bastante largas y pesadas.

          Apenas terminó de hablar, el competidor del que Jendring claramente estaba hablando, cayó inconsciente, y el que lo venció en ese momento no fue nada más y nada menos que el caballero del yelmo con cuernos. No lograba recordar su nombre y mucho menos distinguir su rostro, sin embargo, eso no evitó que Sylvenna sonriera abiertamente, como si ella misma hubiese sido la que derribó al contrincante. De cierta forma, sí que había derribado a alguien.

          —Sí, tamaño y fuerza es lo que se necesita para perder —no pudo evitar decir, sus ojos oscuros brillando con diversión cuando giró su rostro para mirar al príncipe—. No se preocupe, alteza, en la anterior ronda supe que usted ganaría.

          Aquello pareció llamar la atención de él, puesto que también volteó su cabeza para mirarla con cierta rapidez. Se relamió los labios y se enderezó en su puesto, adoptando un semblante un tanto más serio que hace menos de un minuto atrás. Sylvenna sintió su corazón saltar en su pecho con una especie de emoción diferente a la que esperaba. Casi sin darse cuenta, había comenzado a juguetear con las mangas de su vestido y cada pocos latidos se mordía la lengua.

          —Y... la princesa Vaelerya... ¿también pensó lo mismo?

          Algo cayó. La jovencita no supo bien qué, pero estaba convencida de que fue así.

          ¿Qué había esperado ella?

          Sylvie retiró lo que pensó antes apenas le terminó de escuchar. Las palabras ajenas produjeron un desánimo que la llevó a obligarse a mantener la sonrisa en sus labios sellados, más fingida con cada segundo que pasaba. Eso no era normal en ella. A Sylvenna usualmente no le costaba mantener su sonrisa intacta.

          Ahora sí se sentía ofendida, decepcionada y hasta algo enojada con su media hermana, sin importar que no tuviera la culpa de nada, aparte de ser naturalmente mejor que ella en todos los aspectos. Tragó saliva, tratando de empujar aquellas sensaciones fuera de sí y seguir siendo tan cordial como era esperado de su parte. Sabía que su madre escuchaba su conversación con atención cada pocos segundos, supervisando, como debía hacer. Las miradas de reojo de la reina eran tan obvias como la falta de atracción que sentía Jendring hacia ella.

          —Sí —mintió. Ni ella ni Vael habían hecho comentario alguno de la prueba anterior, pero estaba claro que eso no tenía que saberlo él—. Quizás tengas la oportunidad de hablar con ella durante el banquete de esta noche.

          —No sé si deba insistir. —La seguridad del príncipe parecía haberse desvanecido en ese instante al tiempo que desvió su mirada—. Me ha quedado claro que no tiene ningún interés en mí.

          «Bueno —pensó la castaña oscura—, eso en definitiva es algo que tenemos en común. Aunque yo me refiero a que él es quien no tiene ningún interés en mí. Vaelerya tampoco muestra mucho interés en nada. Bueno... esto se pone cada vez más deprimente para mí.»

          Ambos se quedaron en silencio después de ello, cada uno encerrado en sus pensamientos. O al menos así sucedió con Sylvie, su emoción por el primer día del Torneo de Maestría Primaveral había bajado de manera considerable. Los aplausos, los nombrados ganadores de las pruebas y el olor del pastel de nueces que reposaba en la baja mesa enfrente suyo ya no eran tan atrayentes como antes.

          Ojalá sus lecciones también tuvieran una sección en la que le ayudaran a mantener una conversación con otro príncipe, y así pudiera descubrir la manera de pretender que podía ser mil veces más cautivadora que Vaelerya. No obstante, ella sabía que aquello era imposible.

          —Si quieres, puedo... —comenzó a decir, pero perdió fuerza y convicción. En cuanto Jendring la miró con atención, quiso seguir, aunque también quiso cambiar sus palabras. Al final no lo hizo, mucho menos cuando él se acercó a ella con interés, un interés que en realidad no era dirigido hacia su persona—. Si quieres puedo convencer a Vaelerya para que acepte que seas su acompañante esta noche y el resto de la duración del festival.

          —No es necesario —contestó, tratando de restarle importancia con una amable sonrisa, pero la castaña oscura pudo ver la curiosidad en su mirar.

          —Soy persuasiva y la conozco —añadió rápidamente, no queriendo que él retirara sus lindos ojos de los de ella. Le gustaba su color... y la atención que le estaba regalando en esos momentos, incluso cuando estaba convencida de que Jendring seguramente solo la veía como una niña y pensaba en alguien más. Y ese alguien más era Vaelerya—. Pero también quiero algo a cambio.

          La sorpresa se reflejó de inmediato en el rostro masculino y, antes de volver a hablar, pareció reflexionar sobre sus palabras más de lo que la situación exigía. Era evidente que no tenía la menor idea de lo que Sylvenna iba a pedir a modo de recompensa por su "ayuda".

—Está bien —accedió al cabo de unos segundos, aunque se le notaba algo dudoso al respecto—. Seré tu acompañante en el desfile.

          —Olvida el desfile, los dos sabemos que quieres dirigirlo con Vaelerya —le cortó, ignorando la punzada de envidia que atacó su estómago—. Enséñame a usar la espada y convence al Capitán de la Guardia de Plata a seguir entrenándome, cuando hayas regresado a tu país.

          —¿Por qué una princesa necesitaría aprender de esas cosas? —inquirió con confusión y algo más pareció cruzar su mirada. Sylvenna prefirió no centrarse mucho en tratar de descubrir algo más allá de lo que sus palabras acababan de expresar.

          —¿Por qué alguien tan galán podría necesitar mi ayuda para conquistar a otra chica?

          Oh, no... ¿en verdad había dicho galán? ¿En frente de él?

          Pero antes de que pudiera rogar al dios y todos los menores que la fusionaran con la madera tallada de su asiento, la risa de Jendring llegó a sus oídos. Miró a su madre por un momento como acto de reflejo, pero la reina se había enfrascado en una conversación con su padre, por lo que no le quedó de otra más que sonreír y tratar de empezar a reír también. Ya no le quedaban dudas sobre lo que el aninthaio pensaba de ella: una niña princesa y bufona.

          Cómo quería que terminara pronto el festival para ser presentada como mujer ante La Corte. Quizás así él se daría cuenta que en realidad ya era mayor y tal vez...

          —Sí que es persuasiva, alteza —concedió Jendring, interrumpiendo su corriente de pensamientos. Dicho esto, él dio un sorbo al vino que hacía rato había dejado olvidado sobre la baja mesa a un lado de su asiento. Su humor se había renovado sin duda alguna, pero ella no podía decir lo mismo del suyo. Tenemos un trato. Te enseñaré todo lo que un caballero debe saber, y tú convences a la princesa Vaelerya de permitirme cortejarla, incluyendo su acompañamiento en el Desfile de Cargueros.

          Su sonrisa fue forzada, sus ánimos machacados, pero sus palabras fueron firmes:

          —Hecho.

          La noche menos oscura del año se desplegó junto a un manto estrellado que decoraba el firmamento; no obstante, Sylvie advirtió que esas no eran las únicas constelaciones que sus ojos tenían la oportunidad de apreciar. Desde la ventana de sus aposentos en el castillo Mercinor, orientada hacia el suroeste, podía contemplar numerosos fuegos repartidos en los sectores cercanos y que se extendían alrededor, formando un trayecto hacia el sur como un camino dorado en dirección al corazón de Lyriton. Daba la impresión de que todo el reino estaba de fiesta, a pesar de no poder siquiera divisar a los lejos las demás aldeas y pueblos de Mercibova.

          Si Lya Albea la acompañara en esos momentos, le volvería a decir que aquellos eran los espíritus de los caídos en Diamubraas y los valientes soldados que defendieron el reino. Los rezagos y consecuencias de La Guerra que Nunca Fue. El Festival era parte de eso, aunque le costaba recordarlo, puesto que el ambiente difería mucho de los funerales.

          —Sus almas buenas surgen de la tierra a través de las plumas sueltas del otro lado del ala, que fueron removidas por Estur y con el permiso de Lyravaia —había dicho su institutriz una mañana durante la lección, su mirada gacha sobre los pergaminos en la mesa.

          —¿También el de la reina Waley? —había preguntado Sylvie, casi en un murmullo por miedo a molestar a la Hermana, quien parecía estar sumida en el pasado, uno desconocido para ella.

          —Ella adoraba a otros dioses, alteza; dioses salvajes cuyos nombres desconocemos y jamás podremos pronunciar. Gracias al dios y todos los menores, no tienen poder aquí.

          —Eso quiere decir que a Vaelerya no la visita el espíritu de su mamá...

          —Oh, estoy segura de que lo hace, solo que no de una forma que nosotros conocemos.

          De seguro la cantidad de estrellas terrestres que alcanzaba a ver no eran ni la mitad de espíritus que caminarían en silencio sobre la tierra esa noche y las que le seguían.

          El bosque que quedaba hacia el oeste y se extendía en dirección norte, ocultaba el río Gelial de su vista, A estas horas se veía incluso más oscuro que de costumbre. Si ella tuviera la oportunidad de tener una visión capaz de traspasar la espesa arboleda, podría intentar darle crédito a la leve sensación de una oscuridad acechando tan cerca y tan fuera de su alcance, bajando del gélido norte abandonado. Sin embargo, Sylvenna Delorme no creía ser alguien que se asustara con facilidad, además sabía que quizás eso se debía a la idea de que estarían cenando y bailando en compañía de sus muertos. No había nada más allá de Porteblanc, mucho menos en las montañas de Escanthir.

          O al menos eso es justo lo que todos le han dejado claro toda su vida.

          —Alteza. —Axelle acababa de ingresar a la habitación y sostenía entre sus manos unos guantes satinados—. La princesa Vaelerya ha llegado como lo pidió.

          —¿Tengo que usarlos en verdad? —preguntó con una mueca en el rostro, señalando el accesorio—. Lo último que sentiré esta noche será frío.

          —Es como dicta la tradición, alteza —respondió con un deje comprensivo en su voz. Ladeó la cabeza y entregó la prenda.

          —Está bien —suspiró recibiendo los guantes para ponérselos. Justo lo que temía: la tela era tan gruesa como el resto del vestido que ha tenido que aguantarse todo el día—. Espero que todas las puertas y ventanas estén abiertas de par en par, porque la noche menos oscura del año no es tan fresca. Estoy lista, creo.

          La mujer asintió con la cabeza y se dirigió a las puertas dobles. Dio dos toques a la madera oscura y estas fueron abiertas desde afuera por los guardias que las custodiaban. En medio del pasillo se encontraba la pelirroja, tan seria, alta y recta como siempre. Las hebras de su cabello parecían incluso más rojas que de costumbre, por el ambiente anaranjado que proporcionaban las antorchas y candelabros encendidos. La tiara que tenía puesta era bastante parecida a la suya, aunque su vestido se veía mucho más fresco, algo que le envidió abiertamente.

          Sylvenna estuvo casi convencida que su mirada desinteresada pareció suavizarse una vez se conectó con la suya.

          —Al menos una de las dos no se ahogará del calor —comentó alzando sus manos revestidas—. Supongo que soy más tela que persona.

          Sus palabras arrancaron una sonrisa un tanto más amplia que de costumbre de los labios de su media hermana, mientras que Axelle tuvo que taparse la boca para ocultar el sonido de su risilla. Sylvie casi se sentía realizada. La noche parecía ser perfecta y estaba lista para que siguiera así. Solo necesitaba acercar a la heredera al príncipe Jendring y pedirle a Parynthae, la diosa del amor, que hiciera el resto.

          Caminó hacia Vaelerya alisando la falda de su vestido, quien se movió a un lado para así las dos poder caminar una al lado de la otra, en dirección al Gran Salón. Axelle cerró las puertas de la habitación de la castaña oscura, y los soldados que habían estado a los lados de las mismas se unieron a los que acompañaban a la pelirroja, de modo que cuatro guardias ahora eran los que seguían a las princesas.

          Al pasar frente a los aposentos de su madre, Sylvie notó que la pelirroja había tomado un poco más de distancia, como si esperase que en cualquier momento saliera la reina de allí. Se sintió mal con tan solo recordar lo sucedido horas atrás. Incluso se preguntó si Vael en verdad estuvo encerrada todo el día, pero no le pareció pertinente hacer tal pregunta en voz alta, porque no parecía algo que su media hermana mayor fuera a tolerar.

          El trayecto hacia el paraninfo fue silencioso, más no incómodo. Se escuchaban sus pasos sobre la piedra del suelo, junto a los tintineos metálicos de sus guardias, siguiéndolas cinco pasos por detrás. A medida que avanzaban, los sonidos de la reunión se iban haciendo cada vez más claros y fuertes, aportando a los crecientes nervios de Sylvie. No tardó en comenzar a jugar con sus guantes, realizando gestos y movimientos repetitivos, como si estirar el satín hiciera alguna diferencia o sirviese de ayuda para calmarla.

          —Gracias por acompañarme —murmuró sin voltear a ver a Vaelerya.

          —No ha sido ninguna molestia —contestó la pelirroja con suavidad.

          La castaña oscura asintió con la cabeza, de repente siendo bastante consciente del peso de la tiara en su propia cabeza, preocupada por cosas que antes no habían sido de su interés hasta ese día.

          Sus ojos grandes y expresivos se pegaron cual imanes a la elegante madera tallada de las grandes puertas cerradas, cuyas meticulosas figuras narraban la antigua historia de El Visionario Vawdrey, su transformación y cómo salió la hoja del mandoble Alada surgió de sus mismos huesos. Aunque nadie podía asegurar la veracidad total de aquella leyenda, la imponente espada existía y pertenecía a su padre, el rey Cobhan. Vaelerya estaba destinada a heredar esa maravillosa arma blanca, al ser la mayor y la heredera al trono.

          Los soldados que las acompañaban no le dirigieron ni siquiera un vistazo de reojo una vez estuvo a menos de cinco pasos de distancia. Permanecieron rectos y alertas, con sus rostros impasibles mirando a sus frentes. Un hombre de tamaño más pequeño que el promedio abrió una puerta desde el otro lado y asomó la cabeza. En cuanto vio a las jóvenes princesas, asintió y desapareció con rapidez. No pasaron más de diez segundos cuando las voces de los invitados se acallaron al igual que la música. El silencio al interior del Gran Salón se hizo tan pesado que Sylvie no se sintió capaz de soportarlo.

          Se giró de sopetón hacia su media hermana mayor, encontrándola más lejos de lo que deseó. Vaelerya se había movido de manera tan sutil para dejarla sola en toda la mitad de la entrada. Sylvie apenas lo notó, creyó que el suelo desaparecería en cualquier momento debajo de sus pies.

          —No puedo hacer esto sola —susurró con desespero, mirando con una expresión de ruego a la pelirroja.

          —Claro que sí; eres una Delorme —respondió con ánimos. Una sonrisa de labios amable se quedó pasmada en el pecoso rostro cuando terminó de hablar.

          Pero eso a Sylvie no le sirvió para nada.

          ¿El vestido siempre fue así de apretado? Por el dios y todos los menores, se desmayaría en frente de La Corte y todos los invitados, ¡incluso enfrente de Jendring Sentjohn! Se arrepentía, se arrepentía tanto de desear vivir algo emocionante cuando a la primera oportunidad estaba tan mareada y con tantas ganas de salir huyendo. Las aventuras estaban sobrevaloradas.

          —Vaele...

          —Su Alteza Real, Sylvenna Delorme de Mercibova. —La voz del heraldo sonó tan fuerte y clara que resonó a través del espacio y las pesadas puertas, interrumpiendo todo lo que había estado a punto de decir.

          Dicho eso, los guardias abrieron las pesadas puertas de par en par y, aquella zona del castillo, los corredores que atravesaron y las mismas decoraciones, fueron opacadas en su totalidad. La explosión de brillos y colores del banquete iluminaron su figura y arrancaron tenues destellos de su elegante ropa. La expresión de su rostro cambió a una embelesada, teniendo que aceptar en su interior que ese año su madre se había esmerado por completo en los adornos y organización del festival.

          La Noche Plateada era una maravilla y casi le parecía una injusticia tener que esperar hasta casi cumplir los dieciséis para poder formar parte de ella.

          No obstante, los nervios no disminuyeron. Le costó trabajo despegar sus ojos del decorado Gran Salón para llevarlos hacia a Vaelerya. Sin pensarlo más y siguiendo su instinto, estiró una mano enguantada hacia ella. Trató de ignorar la inseguridad que atacó su estómago cuando los mágicos orbes azulinos la observaron con marcada confusión.

          Ni siquiera ella misma lograba comprenderse del todo ese día, que tantas emociones había experimentado. Pero sí sabía una única cosa que no tardó en expresar en palabras.

          —No puedo hacer esto sola —dijo en un hilo de voz ahogada—, te necesito, Vael.




NOTA DE AUTORA

Y... este es el plato de entrada a todos los problemas que se vienen ^^

Espero que les haya gustado el capítulo y no olviden contarme qué les ha parecido (:

¡Feliz lectura!

m. p. aristizábal

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