6:Félix
Había fastidiado todo con Elena. Lo supe cuando no apareció en el parque al día siguiente. Ni el otro. Ni el otro. Tres días habían pasado desde la tragedia del cine. Solo a un imbécil como yo se le ocurría que era una buena idea estropear las citas de alguien más. Sinceramente, no recordaba por qué lo había hecho. Solo el enojo que sentía. Quizá había sido por eso...
Era la semana de Navidad. Mi padre me había dado algo de dinero para que me comprara un libro. Ese sería mi regalo. Detestaba no tener trabajo propio. No podía comprarle nada a él. Esta siempre había sido mi etapa favorita del año, pero en esta ocasión se sentía vacía. Se debía a que la muerte y la desgracia parecían acercarse amenazadoramente. Lo podía sentir y me sofocaba.
Entré en la librería del centro comercial en el que se encontraba el cine. Allí mismo había echado por la borda cualquier clase de relación que tenía con Pequitas. Estaba furioso y frustrado conmigo mismo. Un par de acciones estúpidas y esas habían sido las consecuencias. No había manera de que pudiera disculparme si ella ni siquiera se atrevía a circular por nuestro punto de encuentro. Lo peor era que no había vuelto al centro cultural. Sabía que era su sitio favorito en el mundo. Y se había alejado de él para alejarse de mí.
La culpa me carcomía. Y, al mismo tiempo, si eso era posible, no me arrepentía de absolutamente nada. Mi padre me había dicho, o escrito, cuando le conté todo lo ocurrido, que todo había sido culpa de los celos. Se lo había negado. Por supuesto que no era eso. Porque para sentir celos había que... y eso no era lo que yo sentía...
¡Tonterías! Me convencía a mí mismo de que había hecho todo aquello porque había algo en el tal Tomás que me olía a huevo podrido. Sí, era eso. Y solo estaba velando por los intereses de mi gran amiga, Elena. Esa explicación tenía mucho más sentido que la que había adjudicado mi padre. ¡Celos! ¡Bah! No conocía el significado de esa palabra.
Revisé las estanterías. Esta era mi oportunidad. Un libro nuevo. Era todo lo que había deseado estas últimas semanas. Me relamí los labios mientras inspeccionaba los títulos. La sección de libros juveniles me llamó la atención. Esos eran los que le gustarían a Elena. Pude distinguir uno de los que la había visto llevar a nuestros encuentros en el parque la semana anterior. Aunque los clásicos se encontraban en el otro extremo del local, no les dirigí una sola mirada. Repasé con la mirada todos los títulos disponibles. Encontré uno que parecía destacar entre todos los demás. Había escuchado a Pequitas expresar una y otra vez su deseo de poder conseguirlo. Dijo que era muy difícil de encontrar.
Antes de que pudiera dudar o preguntarme dos veces por qué rayos lo estaba haciendo, ya era mío y había gastado todo el dinero que se suponía que estaba destinado a mi propio obsequio. Cuando salí de la librería me sentí un completo inútil. Ni siquiera sabía si volvería a verla y ya le había comprado un regalo de Navidad. ¿Qué clase de persona hacía eso?
—Una tonta, muy tonta —me respondí a mí mismo mirando con algo de recelo la bolsa que colgaba de mi brazo. Solté un prolongado suspiro.
A pesar de que ella no aparecía, seguía yendo al parque cada mañana con esperanzas renovadas. Tal vez algún día tendría suerte y la vería acercarse a la distancia.
Me marchaba pasado el mediodía, cuando era evidente que, si hasta el momento no había llegado, no vendría. Pasaba el resto del día leyéndole en voz alta a mi padre los clásicos que había heredado en su juventud. Disfrutaba a sobremanera escuchar esas increíbles historias. Parecía como si por un momento olvidara que estaba enfermo. Dentro de los libros podía ser cualquier persona. Un pirata, un duque, un detective.
Cada día insistía en su libreta que quería conocer a Elena. Cada día tenía que negarle su deseo. ¿Cómo esperaba que la trajera si ni siquiera me hablaba? Él estaba de acuerdo con que había echado todo a perder. No hacía el menor esfuerzo por conseguir que me sintiera un poco mejor. Parecía ponerse del lado de ella, me hacía quedar como el villano de la historia. Comenzaba a creer que tenía razón. Me pregunta si existía la posibilidad de viajar en el tiempo. Así podría encontrarme conmigo mismo y darme unas cuantas patadas en el trasero.
Dos días antes de Navidad se cumplió mi deseo.
Estaba recostado sobre mi banco, que ahora también le pertenecía a ella. Me había resignado a que no volvería a verla. Si ya había asumido que no vendría, no entendía qué era lo que hacía que cada mañana me levantara temprano para llegar al parque.
Miré hacia el costado cuando alguien pasó a mi lado. La reconocí. No se detuvo a hablar conmigo. Siguió de largo y se adentró en el centro cultural. Dejé caer mis hombros. No sabía cómo me sentía. Feliz, sí, porque al menos había podido volver a verla. Decepcionado, también, porque había seguido su camino sin siquiera mirarme. Significaba que seguía tan furiosa como antes. Si conseguía que me perdonara algún día, me juré a mí mismo que nunca llegaría tan lejos como para que la historia se repitiera. Era insoportable el tratamiento de silencio por el que me estaba haciendo pasar.
Era una criatura cruel. No sabía si era consciente del efecto que estaba provocando en mí el hecho de que me ignorara. Me había vuelto más irritante. Incluso había perdido la paciencia más de una vez con mi padre y me había sentido una persona horrible por eso.
Si había entrado en el recinto tarde o temprano tendría que salir. O podría entrar para hablar con ella... No. Eso sería demasiado extraño. Quizá se enojaría más de lo que estaba. No iba a molestarla.
Continué con mi lectura, pero apenas podía concentrarme. Cada vez que escuchaba algún ruido cercano o que alguien pasaba cerca, dejaba caer el libro y me incorporaba rápidamente para ver si se trataba de ella. Podía sentir que estaba perdiendo la paciencia. Miré con nerviosismo el edificio rojo. Ella me había dicho que cualquiera podía entrar... Sacudí la cabeza. No lo haría hasta que ella no me invitara. Me rehusaba.
Crucé los brazos y esperé sentado. No tenía sentido intentar continuar con la lectura cuando no había conseguido terminar un solo párrafo en dos horas.
Parecía que había pasado una eternidad, pero finalmente la vi salir. Se acercaba. Era mi oportunidad.
—Elena —la llamé. Ella se detuvo por un momento y, luego, siguió caminando como si no me hubiera visto.
—Pequitas —insistí. No parecía enfadada por cómo la había llamado, pero sí comenzó a acercarse. Podía ver que se encontraba tensa y que no sentía la comodidad que siempre inundaba el aire cuando estábamos juntos.
Tomó asiento en su sector del banco y no me miró. Tragué saliva. Tenía que pensar muy cuidadosamente las palabras que planeaba decir, porque podría terminar empeorando las cosas. Me aclaré la garganta.
—Lo siento si arruiné las cosas con Tomás —dije con sinceridad, pero no pude evitar que mi voz se tornara un poco agria cuando tuve que pronunciar su nombre. Ella soltó un suspiro y giró el torso para quedarse enfrentada a mí.
— ¿Esperas que te perdone? —cuestionó expectante.
—Sí —solté de inmediato.
—No sé si sabías, pero él ya no quiere tener absolutamente nada conmigo —murmuró con decaimiento. Me sentí un poco mal al enterarme de que, por mi culpa, ella se sintiera de esa manera, pero no podía decir que no me alegraban las noticias que me había comunicado.
—Es una pena. Parecía un buen chico —comenté, aunque no creía que ninguna de las palabras que había dicho fueran ciertas. Sin embargo, funcionaron, porque ella me sonrió. Se encogió de hombros.
—Quizá sea lo mejor.
—Quizá —afirmé pensativo.
—Fue el primer chico con el que salí —confesó con melancolía. Oh. Eso no lo sabía. Probablemente no hubiera hecho nada de lo que hice si hubiera sido poseedor de aquel pequeño detalle.
—Vaya experiencia —murmuré avergonzado. Sabía, a juzgar por la importancia que le daba a todo y su forma de romantizar excesivamente el amor, que su primera cita había sido de suma importancia para ella.
—Tú lo has dicho. Ahora que miro hacia atrás, sin embargo, no estuvo tan mal. De hecho, fue gracioso —reveló entre pequeñas risitas. Sentí que mi corazón latía con fuerza. ¿Lo decía en serio? ¿Ya no estaba enojada? Le dediqué una pequeña sonrisa pícara.
—Eso no significa que no sigo enfadada contigo, idiota —me aclaró cuando comencé a romper mi actuación de arrepentimiento.
—Supongo que me lo merezco. ¿Ya te dije que lo siento? —pregunté.
—Lo dijiste.
—Entonces...
—Eso no significa que acepte tus disculpas.
Solté un bufido de indignación. Estaba haciendo las cosas más difíciles de lo que ya eran.
— ¿Por qué?
—Porque arruinaste mi primera cita a solas con un chico —me recordó con sequedad. Sí, cierto. No iba a olvidarlo pronto. Una idea surgió en mi mente, pero era arriesgada y no sabía cómo iba a reaccionar.
—Te lo compensaré —le prometí. Sus ojos verdes se clavaron en mí. Su indecisión era evidente. Sentía que me sudaban las manos.
— ¿Cómo?
—Tendrás tu segunda primera cita —declaré con seguridad, aunque no creía estar haciendo un buen trabajo en ocultar mis nervios.
—No entiendo —soltó confusa.
—Tendrás tu primera cita con un chico, de nuevo —intenté explicar.
—No creo que Tomás quiera...
—No, con él no. Conmigo —me apresuré a decir con algo de molestia. Seguía pensando en ese incompetente que la había dejado ante la más mínima dificultad. Parecía sorprendida ante mi propuesta. Pestañeó un par de veces desconcertada. Se estaba tomando su tiempo. Juraba que si no decía nada en menos de diez segundos iba a comenzar a gritarle.
—Contigo —repitió como si no pudiera creerlo.
—Sí, conmigo —gruñí, porque había algo despectivo en su tono de voz. Elena irguió la espalda. Pude ver que sus mejillas se sonrosaban levemente.
— ¿Por qué contigo? —cuestionó dubitativa. Bien, ahora sí estaba empezando a sentirme ofendido. ¿Qué tenía el tal Tomás que yo no tuviera? ¿Eh? Porque estaba seguro de que en muchos aspectos podía declararme superior.
—Porque yo lo estropeé. Solo es justo que sea yo quién lo arregle, ¿verdad? —proseguí como si su incertidumbre no me importara en absoluto.
—Me parece lo más justo, sí —accedió con algo de vacilación. ¡Al fin! Vaya que me había hecho sufrir la espera.
—Pero no pienso ir al cine contigo de nuevo —remarcó con algo de miedo. No pude evitar que una carcajada saliera de mi boca.
—Déjamelo todo a mí —la tranquilicé, aunque no parecía que mis palabras hubieran tenido el efecto deseado.
— ¿Cuándo?
—El veinticinco —propuse.
—Navidad. Ahora sí me tienes intrigada —respondió curvando sus labios hacia arriba levemente.
Le guiñé un ojo. Elena asintió y se puso de pie.
—No hagas que me arrepienta —masculló con profunda seriedad y se retiró.
Resultó ser que había recibido una segunda oportunidad. Vaya suerte la mía. Al final sí podría darle el libro que le había comprado. Esperaba que nadie de su familia tuviera la brillante idea de regalarle el mismo. Lo arruinarían todo.
Dos días. Solo tenía ese tiempo para pensar en qué era lo que iba a hacer. No era demasiado, pero era el suficiente. Sabía que tenía que ser algo con libros, por supuesto. Un café literario podría ser una buena opción...
No sabía por qué me emocionaba la idea de que todo saliera a la perfección. Quería impresionarla, pero seguía repitiéndome que no me importaba. Era un experto últimamente en el arte de mentirme a mí mismo.
Mi padre parecía fascinado con la idea, y volvió a retomar sus esfuerzos por conocerla.
—Tal vez algún día —le aseguré. Detestaba ver cómo sus ojos se apagaban ante la negativa. Él sabía más sobre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que cualquier otra persona que conociera. Me recordó que su mejor amigo era dueño de una librería sobre la calle Libertad, y que estaba seguro de que si lo visitaba podría convencerlo de que me prestara el lugar por una noche.
Comencé a armar mis planes. No tenía nada mejor que hacer mientras mi padre descansaba. Se había quedado dormido a la mitad de la lectura de uno de sus libros favoritos. Cada vez estaba peor. Pero no podía dejar que eso apagara el brillo que traía consigo el fin de otro año.
Elena volvió a regresar al parque nuevamente. Retomamos nuestros días de lectura, que se interrumpían cada vez que ella se marchaba a su casa a comer y regresaba más tarde. Un pensamiento curioso me invadió la mente la tarde del veinticuatro. Esa noche todos festejarían y permanecerían despiertos hasta las doce de la noche.
—Oye, comienzo a pensar que soy tu único amigo —comenté extrañado. Nunca la había escuchado hablar sobre sus compañeros del colegio o sobre alguien más que no fuera miembro de su familia.
Estaba inmersa en la historia que estaba leyendo, por lo que al principio pensé que no había escuchado lo que dije. Abrí la boca para volver a repetirlo, pero desvió la mirada y la clavó en mí con más intensidad que nunca.
—Y yo comienzo a pensar que soy la única tuya —devolvió. No parecía enojada, ni feliz. Tampoco se estaba riendo o burlándose de mí. Su rostro se mostraba completamente inexpresivo.
—Mis amigos están de viaje. Se fueron a otras provincias o al exterior —expliqué con tranquilidad —. ¿Qué hay de los tuyos?
Dudó un segundo. Parecía avergonzada por algún motivo. Mantuvo la cabeza gacha, y sin mirarme a los ojos dijo:
—No tengo. Mi única amiga de verdad es Delfi.
—Es tu prima. No cuenta —solté antes de poder detenerme a pensar.
Elena no era una persona tímida, eso ya lo había comprobado. Era perfectamente capaz de plantarse frente a cualquiera y expresar su opinión cuando no estaba de acuerdo con algo. Le encantaba hablar. De hecho, el problema era hacerla callar. Era inteligente, linda, y le gustaba leer. No entendía por qué no tenía una fila de gente muriendo por juntarse con ella. Simplemente no tenía sentido.
— ¿Te hacían bullying? —pregunté luego.
—No, no es eso. Si no tengo amigos es culpa mía y solo mía —contestó con amargura. Tenía que confesar un secreto: no entendía a qué se refería. La mayoría del tiempo me costaba seguirle el paso, pero no pensaba decirle que a veces hablaba tan rápido que era difícil comprender las palabras que salían de su boca.
— ¿A qué te refieres?
—Me pasaba los recreos leyendo. Nunca tuve ningún interés por sociabilizar. Eso es lo bueno de la universidad, ¿no? Vida nueva. La página en blanco.
Asentí. Tenía razón. No sabía por qué no lo había visto venir. Era una explicación bastante lógica. Se la pasaba enterrada en sus libros. Debía ser una vida solitaria la suya. La mía tampoco tenía mucho qué envidiarle en esos momentos.
—Pocas veces existe la posibilidad de empezar de nuevo. Aprovéchala —le animé con entusiasmo. Me sonrió.
— ¿Qué hará tu familia para festejar? —preguntó cambiando abruptamente de tema. Me removí un poco incómodo.
—Solo somos mi padre y yo —le comenté. Me había prometido que no se lo diría, pero aquí estaba. Ella me había revelado algo muy personal. Era mi turno de confiarle un secreto también.
— ¿Tu madre?
—Murió.
—Lo siento.
Me encogí de hombros.
—Creo que cenaremos algo y dormiremos hasta mañana. No creas que me olvidé de nuestra cita —dije animándome un poco.
—Creí que dijiste que odiabas esa palabra y que derrochaba grasa —me recordó.
—No la odio, no. Solo cuando la usas para referirte a alguien que no sea yo.
Pude ver que se sonrojaba. ¿Alguna vez le había dicho lo mucho que me gustaba verla así? Era muy pronto para lanzar semejante confesión, se espantaría.
—Sí sabes que eso no tiene sentido, ¿verdad? —preguntó cuando logró recomponerse.
—Hay muchas cosas en la vida que no tienen sentido.
Parecía estar de acuerdo con mi declaración.
—Mañana encuéntrame aquí a las ocho de la noche, ¿está bien? ¿Es un horario razonable? —cuestioné poniéndome de pie y preparándome para regresar a casa. Ella asintió y respondió:
—Muy razonable.
Se despidió con una sonrisa, y la vi retomar el camino a su casa, o eso creía, porque siempre se marchaba en esa dirección después de cada encuentro. Mi padre estaba esperando cuando llegué. Tenía una plácida sonrisa en su rostro. ¡Como para no tenerla! Si era la Noche Buena. Le deposité un suave beso en la frente a modo de saludo.
—Mañana salgo con Elena a la noche —le recordé con seriedad. Detestaba la idea de tener que dejarlo solo. No me agradaba en absoluto. Deseaba que fuéramos parte de una familia numerosa, con tantos integrantes como para que no me supiera los nombres de la mayoría. No importaba si solo nos juntábamos una vez al año. Al menos podría pedirle a alguien que cuidara de papá cuando saliera. No estaría tranquilo en toda la velada y no podría disfrutar de mi cena con Elena tanto como me gustaría si estaba constantemente angustiado.
—No te preocupes. Ve tranquilo. Perdona si soy una carga y...
—No. No digas eso nunca, jamás, ¿entiendes? No eres una carga para nadie. No es como si hubieras escogido tener cáncer. Me cuidaste por muchos años, y tuviste que hacerlo solo. Es mi turno de devolverte el favor. Así que deja de autocompadecerte. ¡Es Noche Buena! —le recordé. Sonrió como pudo, pero lo hizo. Detestaba cuando hablaba, porque esa simple acción requería de todos sus esfuerzos. Era horrible ver como algo que a mí me costaba poco y nada a él le resultaba casi imposible. A veces no comprendía como era capaz de mantener la compostura frente a él y no largarme a llorar al pie de su cama esperando que me consolara, como si pudiera.
En su cuaderno me anotó una pregunta. Quería ver el regalo que había escogido. Recordé la compra impulsiva que había hecho el otro día.
—Oh, un libro, nada fuera de lo normal —expliqué intentando ocultar mi nerviosismo. Pude ver en su mirada que no había conseguido engañarlo. Nada se le escapaba. Era perturbador que me conociera como la palma de su mano. Me encorvé un poco y dejé caer los hombros a los costados en señal de derrota.
—Está bien. Le compré a Elena un libro.
Parecía maravillado con mi idea. Se lo mostré. Él tampoco parecía tener agrado por ese tipo de lecturas, pero lo aprobó. Algo me decía que adoraba a Pequitas sin siquiera conocerla. Y me preguntaba por qué.
—Lo siento, papá. Creo que estas fiestas no comeremos pavo o cerezas —repuse apenado. No teníamos el dinero necesario. El tratamiento, la quimioterapia, todo implicaba gastos. La moneda se devaluaba y cada vez era más difícil. Sin mencionar que ninguno de los dos trabajaba. Estábamos viviendo a base de la jubilación de mi padre y nuestros ahorros. Además, aunque pudiéramos darnos el lujo de comprar pavo, él no podría comerlo.
Levanté la mirada. Estaba escribiendo algo en su cuaderno. Me lo extendió.
—Ya sé que no importa, y que lo importante es que estamos juntos. Es solo que no se siente como otros años. Siempre hubo algo en esta época del año que me parecía mágico. No puedo encontrarlo esta vez. No está en ninguna parte. Incluso la gente está más amargada —mascullé. Era cierto. La situación económica estaba descendiendo en picada. Todos parecían... menos felices.
Esperé en silencio mientras él escribía. Cuando hubo finalizado, leí el mensaje. Solté una pequeña risotada.
—No, Elena no está amargada. Pero ella no puede ser considerada junto con los demás, porque es un caso excepcional.
Volvió a anotar una respuesta.
—Sí, creo que está emocionada por lo de mañana. Espero no echarlo a perder. Tengo un talento excepcional para hablar de más. En especial cuando estoy nervioso. Algo me dice que de alguna forma todo va a terminar mal.
Cuando vi la mirada de mi padre me apresuré a añadir:
—No, no me mires así. No estoy siendo pesimista. Me conoces lo suficiente como para saber que es la pura verdad. No puedes negarlo.
Había una chispa de diversión en sus ojos.
—Te avisaré cuando sean las doce. Mientras tanto, podemos ver una película —propuse desviando mi mirada hacia el viejo televisor que colgaba del otro extremo de la pared. Parecía agradarle la idea. Tomé el control remoto y encendí la máquina.
No había mucho para ver. Solo teníamos acceso a los canales de cable. Cuando al fin encontré una película decente, fui a la cocina a preparar la comida. Puré de patatas para mi padre. Unos huevos revueltos para mí. El refrigerador estaba casi vacío. Tendría que ir a hacer las compras pronto.
Entre que le di de comer a papá y pude disfrutar de mi propio plato el reloj marcó las once de la noche. Una hora. Ya casi. Cada cinco minutos encendía el celular para estar al tanto de cuánto faltaba. Menos y menos. Cielos. El tiempo avanzaba con demasiada lentitud.
Tuve el impulso de hablar con Elena. Encendí el teléfono y... recordé que no tenía su número ni su apellido. Maldición. ¿Cómo era que hablábamos de tantas cosas y nunca nos habíamos revelado ese importante pedazo de información?
Media hora.
Comenzaba a impacientarme. Tal vez si me echaba una pequeña siesta el tiempo avanzara con mayor rapidez. Lo dudaba. Ni siquiera conseguiría cerrar los ojos.
Ya tenía todo listo para el día siguiente. Sonreí. Esperaba que todo saliera tal y como lo planeaba. Todavía sentía vergüenza al recordar lo que había hecho en el cine. Ojalá que esto lo compensara.
Miré el reloj. Cinco minutos. Me senté junto a mi padre a la expectativa. Parecía Año Nuevo. No podía imaginar la ansiedad que sentiría entonces.
— ¡Feliz Navidad, papá! —exclamé abrazándolo. Él sonrió. Abrió la boca, pero no dijo nada. Mejor así.
Escuché el ruido en las calles, los festejos de la gente. Había felicidad en todos lados. Me sentí un poco mal por no entusiasmarme tanto como los demás. Supuse que era normal dadas las circunstancias.
Me preguntaba qué estaba haciendo Elena ahora. Seguramente su festejo era mejor que el nuestro. Debía ser hermoso poder compartir un momento así con toda la familia unida. Padre, madre, hermano. Me costaba admitirlo, pero creía que sentía celos por lo que ella tenía y lo que yo sabía que había perdido.
La muerte de mi madre siempre conseguía opacar cualquier atisbo de felicidad. Sus decisiones nos habían condenado a papá y a mí. La quería, la extrañaba, pero a veces su recuerdo me hacía enfadar. No podía evitar pensar que había sido egoísta, que no había pensado en ninguno de nosotros cuando se inyectó la aguja en la piel con una dosis que no sería capaz de soportar. Cerré los ojos.
Detestaba pensar en ella, pero no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Era mi madre después de todo. Si estaba vivo era gracias a ella. Malditas drogas. Siempre lo arruinaban todo.
Dejé a mi padre durmiendo. Era tarde para él. Me sorprendía que hubiera conseguido permanecer despierto durante tanto tiempo. Me dirigí a la cocina. Tomé una copa y abrí una cerveza. La llené hasta la cima. Tomé el vaso entre mis manos y lo extendí como si estuviera brindando. Luego, con algo de amargura, me lo llevé a los labios y bebí.
Dejé vacía la lata. Ni siquiera había sido suficiente para emborracharme, y eso era lo que más quería en ese momento. No había más alcohol en la casa. Acababa de terminarme la última. Cielos. Que excelente manera de comenzar la Navidad. Estaba solo y sin una gota de cerveza. Ya presentía que el 2023 empezaría mal. Una mierda de año sería.
Mi padre tenía razón. Era un pesimista de los peores. ¿Alguien podía culparme? El horizonte se veía demasiado gris y no había nada que pudiera hacer. Veía a la única persona que me quedaba marchitarse poco a poco y solo sentía impotencia.
No quería creerlo, pero presentía que iba a morir. Y que no le quedaba mucho. La etapa de la esperanza y el optimismo por una pronta recuperación ya había pasado. Eso había sido al principio. La situación se había extendido por unos cuantos meses. Nada estaba funcionando. Era demasiado tarde. Deseaba que le hubieran detectado el cáncer antes. Pronto tendría que llevarlo al hospital nuevamente. No sabía cuál era el punto de seguir intentando. ¿Los médicos nunca aceptaban la derrota?
Siempre había pensado que lo último que quería era morir en un hospital. Era deprimente. Esperaba que, en el día de mi muerte, cuando fuera que llegara, todo sucediera rápidamente. Que un segundo estuviera con vida y al siguiente ya no. Era mejor que pasar meses sufriendo y desvaneciéndome lentamente.
Junté los labios. No debería estar pensando en estas cosas en una fiesta como la Navidad. No iba acorde al ambiente de celebración que inundaba cada rincón de la ciudad.
Era hora de dormir.
***
Me levanté de mejor humor. Por alguna razón, finalmente había conseguido dormir sin ninguna interrupción. Sonreí perezosamente y me desperecé. Me incorporé abruptamente. ¿Qué hora era? Casi el mediodía. Me había perdido el encuentro con Elena. No le di demasiada importancia. La vería esa noche. Recordé nuestra cena. Todavía tenía que hacer demasiadas cosas.
Me disponía a salir cuando me detuve a pensarlo dos veces. Era mejor encargarme de alimentar a mi padre y luego salir sin preocupaciones. Le hice un puré de zapallo. La dieta prácticamente se basaba en eso. Distintas verduras o frutas aplastadas. Papá no se quejaba, pero estaba seguro de que cualquier persona normal se cansaría de siempre comer lo mismo.
Cuando terminó de almorzar lavé su plato en la cocina.
—Voy a salir un rato. Recuerda que para cualquier cosa que necesites tienes el teléfono. Si algo pasa, no llames al 911, recuerda que para la ambulancia es el 107 —le recordé, como solía hacerlo siempre que planeaba ausentarme. Él asintió desde la cama.
Estábamos cortos de dinero, pero estaba seguro de que mi padre estaría de acuerdo con que la situación ameritaba cierto gasto. Compré carne, verduras, y bebidas. De todas formas, el refrigerador estaba vacío en casa y planeaba hacer las compras pronto. Solo estaba adelantando mi cita con el supermercado.
Regresé por la tarde listo para cocinar. Faltaban cuatro horas para las ocho, cuando tendría que recoger a Elena por el parque. No me quedaba mucho tiempo, pero sí el suficiente. Podía hacerlo.
Lavé, pelé y corté las verduras. Cubrí la carne de sal gruesa, la condimenté y la cubrí con aluminio. Coloqué todo en una asadera y encendí el horno. Esperaba que Pequitas no fuera vegetariana, porque iba a asesinarme. En mi defensa, no había forma de que lo supiera si nunca me lo había mencionado.
Mientras esperaba a que la carne se cocinara fui llevando algunas cosas a la librería para que estuviera todo listo cuando llegáramos. Sería difícil cumplir con las expectativas de alguien como ella. Una lectora... tenía que haberle pedido salir a una lectora. Y a esa lectora en específico. Solté un gruñido y me masajeé la sien.
Si Elena llegaba a emitir un solo quejido estaba seguro de que no sería capaz de controlar mis actos. No tenía idea del empeño que le estaba poniendo a esta estúpida cena. ¿Por qué rayos me estaba poniendo de tan mal humor repentinamente?
"Estás cansado"
Sí, eso debía ser. Cansancio.
"O... estás nervioso de que no lo aprecie, de que no sea suficiente para ella"
Consideré esa idea unos segundos. No, no había manera de que se tratara de eso. Desestimé aquellos pensamientos confusos. No tenía tiempo para esa clase de drama en ese preciso instante. Se me acababa el tiempo.
Cuando la comida estuvo lista la coloqué en un recipiente de plástico y lo deposité junto con las otras cosas. Ya casi estaba todo listo.
—Bueno, muchacho, aquí tienes las llaves. No te olvides de cerrar. En cuanto encuentre la puerta abierta mañana por la mañana, te cobraré el alquiler de la librería —me amenazó Tarso, el amigo de mi padre. También, el dueño de toda la librería.
—Sí, señor. Ya le he dicho que no me olvidaría de eso... las últimas siete veces que me lo ha recordado —farfullé con impaciencia. El hombre robusto me sonrió y colocó una mano sobre mi hombro.
—Uno nunca puede ser lo suficientemente precavido. Ya sabes lo inseguro que es todo por aquí —advirtió a modo de disculpa.
—Sí, lo sé. Pero tampoco creo que alguien quiera entrar a robarle a usted. Todo el barrio lo conoce y sabe sobre su sistema de alarmas y cámaras. Solo... no vigile esta noche —le pedí, la imagen de Tarso en su cama con palomitas y su celular monitoreando todo lo que hacíamos apareció en mi cabeza.
—No prometo nada. Compórtense. Y no olvides conectar las...
—Alarmas. Lo sé, lo sé. Ya puede irse —musité con un tono más insolente del que debía. Es que... era difícil. Había tenido paciencia, pero se me estaba complicando mantenerme a raya. El hombre me lanzó el llavero y me guiñó el ojo. Luego, le dirigió una mirada a su reloj de pulsera.
—El que debería irse eres tú, o vas a llegar tarde. Sabes, la peor manera de empezar una cita es dejándola esperar. Las mujeres son rencorosas, eh. No olvidan ni perdonan.
Entrecerré los ojos encontrando mil y una fallas a su lógica. Sin embargo, encendí la pantalla de mi celular y comprobé que tenía razón. Diez minutos para las ocho. Estaba en problemas.
Elena iba a matarme. Si es que no se había marchado para cuando llegara.
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