Introducción
Desde que nací, mi vida ha estado solucionada, aunque de maneras muy distintas. El hecho de que mi padrastro sea un invertor de Bolsa millonario ha ayudado bastante en eso. Y me ha cambiado. Bastante.
Amo el baloncesto más que a mi propia vida. No es de "señoritas", como mi madre diría, por lo que hace años que no juego. El momento exacto en el que lo dejé fue hace unos diez años. Mis padres se divorciaron y mi madre me llevó con ella a Washington, dejando a mi padre solo en California.
Pues bien, esta es mi historia. Pero toda historia tiene un principio.
El mío empezó el mes pasado. Me encontraba trasteando en la biblioteca de la casa de mi padrastro, cuando se me cayeron unos documentos. Dichos documentos afirman que Anabel McClain, es decir, yo, puede elegir la custodia a la edad de quince años. Y yo tengo diecisiete.
Y por eso, ahora mismo estoy de camino a California, para vivir mi vida como yo quiera.
Se escuchan unos pasos. Un chico moreno mira detrás de él y sonríe al verla. Hay una chica rubia caminando en su dirección. Pero esta no responde a su sonrisa.
—Cielo, ¿qué ocurre? —Se preocupa.
La joven mira a todas partes menos a su novio. Lo que tiene que hacer es complicado. Lo quiere, pero a la vez...
—Me voy —dice con determinación.
—¿A dónde? —Arruga la frente, visiblemente extrañado.
—A Nueva York.
El moreno se queda chafado. Todas las ilusiones que siempre trae consigo, su alegría y felicidad, se van a Nueva York con ella.
—¿Por qué? —consigue preguntar.
—Mi padre... El trabajo... —balbucea.
Él lo entiende a la perfección. El padre de la chica siempre está trabajando. Y anteponiendo el trabajo a su hija.
—¿Y no has pensado en quedarte con alguien? —Insiste—. En mi casa hay habitaciones de más y...
—He intentado convencerlo, pero no quiere dejarme sola, ni con otras personas. A veces es algo sobreprotector desde lo de mi madre.
La muerte de la madre de la chica fue dura para todos. Y él lo sabe perfectamente.
—No pasa nada... Solo es un año hasta que tengas la mayoría de edad. Tú siempre habías querido ir a Stanford, aquí al lado y...
—¿Qué pretendes? —De pronto, se muestra furiosa.
—Continuemos la relación a distancia. —Habla con emoción—. En un año volveremos a vernos y seguiremos juntos. No hay prisa.
—Claro, para ti nunca hay prisa. —Lo mira con odio—. Pero yo quiero algo más para mi vida.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero salir con alguien que me bese y me diga que me quiere. No contigo, que odias el romanticismo y no me has besado nunca.
Él entiende. Asiente despacio, tratando de asimilar lo que acaba de pasar. Lo que la chica de su vida acaba de decirle.
—Así que esto es un adiós.
—Sí. Lo siento...
La rubia se va, mientras una lágrima se asoma por los ojos del moreno. Aunque la mayoría no lo sepa, siempre ha sido muy sensible.
Observa cómo se marcha mientras suspira. La ha perdido para siempre.
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