Día 5: Nueva Orleans
Me despierto con muy pocas ganas de hacer nada. Jake ayer me dejó bastante chafada.
Me visto con lo primero que pillo, una camiseta roja de tirantes y unos shorts vaqueros. No pasa mucho tiempo hasta que estoy en el salón.
—Te has levantado temprano. —Observa Jake, llegando desde la cocina con un tazón de leche.
—Estaba impaciente por saber qué me contarás hoy.
No, no lo estoy. Estoy enfadada por su comportamiento de ayer. De hecho, se me han quitado mucho las ganas de continuar escuchándole. Y espero que al menos mi tono sarcástico sea notable.
—Lo que quiero contarte hoy es corto, pero para mí es muy importante, así que quiero que estés atenta.
Me siento en el sofá y doy un fuerte trago a mi leche. Error: la leche está demasiado caliente. Veo como Jake me mira con una sonrisa divertida mientras me abanico con las manos mi propia lengua. Él siempre tan simpático.
Finalmente, cuando siento mi lengua un poco más templada, él comienza su historia:
"Hoy me gustaría contarte algo que pasó solo una semana antes de conocerte: mi ruptura con Sophie.
Aquel día, por la mañana, ella me llamó para hablar conmigo, y quedamos por la tarde. No nos habíamos visto en toda la Navidad, así que decidí aprovechar para traerle algo bonito. Sus flores favoritas, los tulipanes, no estaban por ningún lado, así que me acabé decantando por unas rosas.
Me dirigí hacia allí con emoción, aunque no quiero engañarte, mi relación con ella no se parecía en nada a la de los comienzos. Ni tampoco mis sentimientos hacia ella.
La vi llegar a buen paso hacia mí y me preparé para darle las rosas. Mi cara cambió por completo cuando vi la cara que traía.
—Cielo, ¿qué ocurre? —pregunté, preocupado.
Ella suspiró. No me miró a los ojos en ningún momento. Debes recordar que conmigo se comportaba mucho más dulce que con los demás.
—Me voy... —Su mirada estaba en mis pies.
—¿A dónde? —Fruncí el ceño
—A Nueva York.
Aquello me destrozó. No sabía nada, ningún tipo de información, pero sentí que todo se desmoronaba a mi alrededor.
—¿Por qué? —conseguí preguntar.
—Mi padre... El trabajo... —balbuceó.
Su padre siempre había sido muy estricto, y se la pasaba trabajando. Por eso pensé que todo sería culpa de él.
—¿Y no has pensado en quedarte con alguien? —Lo intenté con aquello, como buenamente pude—. En mi casa hay habitaciones de más...
—He intentado convencerlo, pero no quiere dejarme sola, ni con otra persona. A veces es algo sobreprotector desde lo de mi madre.
Era cierto que desde la muerte de su madre, todo había cambiado, pero yo no veía tanto problema. Quizás debí darme cuenta antes de sus verdaderas intenciones.
—No pasa nada... —suspiré—. Solo es un año hasta que tengas la mayoría de edad. Tú siempre habías querido ir a Stanford, aquí al lado y...
—¿Qué pretendes? —Se puso a la defensiva enseguida.
No sé cómo no me di cuenta de que en realidad era ella la que no quería seguir en San Diego. La conversación estaba empezando a volverse en mi contra.
—Continuemos la relación a distancia. En un año volveremos a vernos y seguiremos juntos. No hay prisa.
—Claro, para ti nunca hay prisa. —Me miró con odio—. Pero quiero algo más para mi vida.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero salir con alguien que me bese y me diga que me quiere. No contigo, que odias el romanticismo y no me has besado nunca.
—Así que esto es un adiós.
—Sí. Lo siento.
No sé si Cece te lo contó, pero estuve muy mal los siguientes días. No había nada que me consolara, y me refugié en el baloncesto."
Suspiro. Sabía que habían roto, pero todo lo que sentía Jake... Si a mí se me partió el corazón cuando mi novio de tres semanas me puso los cuernos... No me quiero imaginar cómo lo pasó Jake tras una relación de casi tres años.
—Poco después te conocí a ti —señala—. Y descubrí que estaba más enamorado de ti de lo que nunca estaría de ella.
Lo miro bien. El día que me llevó hasta esta caravana por primera vez estaba extraño, demacrado. Se notaba que no dormía. Ahora parece relajado, feliz...
—¿Te apetece que paseemos? —Me levanto del sofá.
—Claro. —Sonríe, más tranquilo.
—Por cierto, ¿dónde estamos?
—Nueva Orleans, Louisiana.
—¡Oh, me encanta esta ciudad! ¿Podemos entrar en algún lugar donde toquen jazz?
Él accede, complacido. No soy la mejor fan del jazz, pero sin duda me transporta a otra dimensión.
Vamos caminando por las calles. Sin duda esta ciudad es increíble. El ambiente que hay, todo lleno de niños jugueteando, personas bailando y un par de saxofonistas pidiendo, hace que esta ciudad sea mágica.
Me acerco al primero de los saxofonistas. Es moreno, gordo y algo más bajo que yo. Una espesa barba cubre desde la nariz hasta la mandíbula. Bajo sus gafas de sol, puedo intuir que lleva los ojos cerrados, para sentir la música.
Jake me coge la mano y me aleja.
—Conozco estos trucos. Te mantienen pendientes y su cómplice te roba por detrás.
—Que exagerado eres... Seguro que solo es un pobre hombre que apenas tiene a su saxofón.
—¿Alguna vez has visto un pobre gordo, Bel? —Arquea una ceja.
Ahí me tengo que callar, porque tiene razón. Llegamos a una sala abierta. No podemos beber alcohol al ser menores de veintiuno, pero nos dejan pasar. ¡Bendito sean los dieciocho años!
La sala interior tiene poca luz, como para dar ambiente. Hay gente fumando, gente que escucha atentamente la música, gente que baila y gente que parece creer que está en un prostíbulo.
Es en serio, ¿no podrían cortarse un poco?
La música tiene un tono suave, tranquilo. Me gusta. Casi sin darme cuenta, me mezo con el ritmo del saxofón.
—¿Te gusta este sitio?
—Es precioso. ¿Podemos quedarnos los diez días que nos quedan aquí?
Suelta una carcajada, pero niega con la cabeza. Una lástima.
—¿Sigues enfadada conmigo? —pregunta mirando al escenario.
—Eso depende de ti. ¿Sigues estando tan seguro de que puedes conquistarme en diez días?
Suspira y se sienta.
—Creo que todo depende de cómo te tomes cada una de las historias. No te las cuento para nada. Quiero que te des cuenta de lo que sentía por ella en aquel momento y lo diferente que es de estar contigo, porque no te puedes imaginar lo enamorado que estoy ahora mismo.
Me muerdo el labio. No puedo negar lo evidente: Sigo enamorada de él. Sin embargo, dentro de mí sigo reviviendo la pantalla gigante del polideportivo, con ellos dos dándose el lote. No sé si podré perdonarlo a corto plazo.
—Tenemos que echar la foto. —Cambio de tema descaradamente.
Él asiente y se pone a mirar a su alrededor, en busca de alguien que nos eche la foto.
—Podemos hacer un selfie —sugiero mientras saco mi cámara instantánea.
La echamos y yo espero a que se revele mientras Jake va a por algo para tomar. Una vez ha salido, la observo. He puesto a propósito cara de indecisión, porque así es como me siento ahora. Jake, en cambio, muestra una pequeña sonrisa.
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