Capítulo 8

—¿Qué haces? Tienes partido.

Mi padre deja de ponerse la ropa del trabajo para mirarme, resignado y preocupado. Algo pasa.

—Cariño, me ha salido un llamado urgente del trabajo.

—¿Qué? ¿Y el partido? —Salto.

Mi padre sigue guardando sus cosas en una bolsa y pasando de mi cara. No me creo que vaya a dejar a los chicos sin partido.

—¿Papá, los vas a dejar sin jugar por una tontería del trabajo?

—¿Una tontería? Anabel, soy bombero. Hay un enorme incendio en el centro de la ciudad.

—Vale, sí, es tu trabajo, pero la semana que viene es la clasificación para el campeonato...

—Toma. —Me da una carpeta.

—¿Y esto?

—Es la carpeta de jugadas y tácticas. Úsala.

—¿Yo? ¿Estás loco? —Jadeo. Seguirlo por toda la casa es agotador.

—Yo sé que puedes hacerlo. Fuiste jugadora.

—¿Y? Llevo desde los diez sin jugar profesionalmente.

—No vas a jugar, vas a mandarles lo que deben hacer. Eso se te da muy bien. Y ahora debo irme.

Me da un beso en la mejilla y se dirige a la puerta.

—Pero... —Cierra de un portazo.

Me deja balbuceando sola... Escucho el motor de la furgoneta desastre. Encima tengo que ir andando. Eso es lo que yo llamo un padre modelo.

Camino por las calles de San Diego. Lo bueno de la memoria fotográfica es que no me pierdo. Recuerdo cada cosa que haya visto una milésima de segundo. Llego pronto, pero sé que el equipo ya está aquí preparándose. La semana que viene es muy importante para todos y quieren hacerlo lo mejor posible. Aunque no estoy segura de cuánto sean capaces de hacer.

Los escucho en los vestuarios. ¿Debería entrar? No quiero ver nada desagradable, pero tengo que contárselo. Abro la puerta con timidez y enseguida soy el centro de todas las miradas. Tengo suerte, están todos vestidos, pero haciendo el tonto.

—El vestuario de chicas está al otro lado. —Me informa uno de ellos, al que no pongo nombre.

Jake está al fondo del vestuario, con un chico rubio. Ed Thompson, creo. También me mira mucho.

—No he venido por eso... —Les enseño la carpeta.

—¿Y para qué vienes? ¿Para enseñar un catálogo de carpetas?

El mismo gracioso de antes. Yo le soltaba un carpetazo en toda la cara. Todos se ríen con sus tonterías.

—En realidad, es porque a mi padre le ha salido un trabajo urgente y no va a poder venir. Así que me encargaré yo de dirigir el equipo.

Todos se callan de golpe. Hala, a ver si ahora se ríen tanto.

—¿Qué?

—Eso es imposible.

—Eres una chica.

Se monta un barullo. Hablan todos a la vez y me ponen más nerviosa aún. Pego un grito que dejará a alguno sordo. Se vuelven a callar. Lo aprovecharé...

—Vamos a ver. Quizás sea una chica, pero sé más de baloncesto que la mayoría de vosotros juntos. ¡Así que moved ese culo, dejad de hacer el imbécil y vamos a entrenar!

Surge efecto. Salen disparados fuera como cohetes. Mi lado autoritario está bien trabajado. Doy suficiente miedo.

—Si tienes algún problema avisa. Sé que pueden ser muy burros. Yo te ayudo.

Agradezco a Jake con la mirada. Espero no necesitar su ayuda, pero siempre viene bien.

Cojo el silbato de mi padre y pego un silbido. Del susto, uno se cae de culo y el resto se me acerca.

—Bien, queda una hora y media para el partido. ¡A entrenar!

Cuando dije que eran malísimos, lo dije sentada en la grada. No se puede comparar a la frustración de la primera media hora. Al final, opté por olvidar el libro de jugadas de mi padre. Sé bastante como para enseñarles un par de cosas.

—¡A ver! ¡Dos minutos de descanso!

Los veo beber agua. Toca charla.

—Chicos, quiero hablar con vosotros.

—¿Qué pasa, Miss?

—Lo que hacéis no está bien. Os lo habrán dicho muchas veces, pero no tenéis madera de equipo.

Veo a alguno mosquearse y a otros asintiendo.

—Sé que podríais ser muy buenos si trabajarais en equipo. Pero no sabéis. Sois egocéntricos: yo, yo, y si sobra algo, para mí.

—¿Y qué sugieres?

Sonrío, divertida. Usaré lo que usaba mi entrenador de baloncesto femenino para que nos unieramos. Combino juegos de equipo con baloncesto real. Les enseño a confiar unos en otros, a ver la posibilidad de una canasta... A saber cuándo es mejor asistir a otro que tratar de meterla tú mismo.

Les queda mucho por saber, y eso necesita tiempo. De momento, con que sepan pasar en el momento adecuado y tirar cuando deban, estoy satisfecha.

—Chicos, quedan diez minutos para que empiece el partido. Descansad un rato. Lo habéis hecho genial.

En el banquillo, beben agua y bromean entre ellos. Son buenos chicos, y para cuando mejoren, buenos jugadores.

El otro equipo ya está aquí, entrenando. Salgo a la zona de vestuarios para relajarme un poco. No me creo que vaya a volver a involucrarme en baloncesto. Creí que después de lo de mi madre...

—Están encantados contigo.

Me sobresalto, pero me conozco la voz de sobra. Jake.

—Me alegro por eso, pero ahora mismo lo importante es que recuerden lo que les he dicho.

—Tranquila, Bel. Saldrá bien. —Me toma la mano y nos miramos a los ojos.

—Eh... ¿Desde cuándo me llamas Bel?

—Todo el mundo lo hace.

—Es el nombre que usan mis amigos.

—¿Y tú y yo no lo somos? Porque creo que los amigos se apoyan y se ayudan. Y eso es lo que estoy haciendo.

—Ya... Debería irme. Empieza el partido.

Paso a su lado. Este chico me pone de los nervios, pero a la vez... No sé.

Empieza el partido. Lo bueno es que no necesito papeles de entrenadora, al ser un partido de preparación. Jugamos contra el equipo de Los Ángeles. El mayor rival de toda California. Los chicos hacen todos lo que les digo y les dije minutos antes. Cometen fallos, pero la mayoría son normales. Pero hay unos cuantos que me hacen entender por qué los entrenadores gritan tanto siempre.

—¡Pero pásasela! ¡No! ¡A Thompson! ¡Joder!

El tercer cuarto es mi mayor estrés. Saco a Jake para que descanse. Y él se dedica a molestar y a reírse de mi angustia. Prefiero mil veces que esté en la pista.

—¡Pero te quieres relajar! ¡Vamos empatados! —Se sorprende de la tensión que llevo encima.

—¡Me da igual, Jacob! ¡Grito lo que me da la gana!

En el último cuarto lo vuelvo a sacar. No lo aguanto más insultándome y molestándome.

Este partido está muy igualado. A veces ellos suben un poco, y nosotros los alcanzamos. Si practicáramos más, el partido estaría ganado. Realmente son buenos jugadores.

—¿Pero qué...?

Escucho una voz detrás de mí. Es mi padre.

—Anabel, ¿qué ha pasado? —Lo veo desconcertado.

—Que vamos empatados.

—Ya... pero ¿cómo? —Suena un chillido agudo.

—Con un poco de trabajo en equipo, papá. Eso es lo que les faltaba. ¡Vamos, Sam!

El tal Sam mete una canasta debajo del aro. Por primera vez en todo el partido vamos ganando, aunque sea de dos.

El partido continúa más o menos así, pero al final, estamos empate y quedan diez segundos.

Jake tiene el balón.

—¡Vamos Jake! —chillo y salto. Puede hacerlo.

Posible canasta de tres... Venga, Jake... Él puede....

—¡No! —la falla, pero da en el aro.

Uno del otro equipo coge el rebote y se dirige a su canasta. Desde abajo, tira y... ¡mete!

Suena la bocina. Final del partido. Hemos perdido en el último segundo.

Se dan los típicos apretones de manos, los visitantes van a su autobús y los nuestros van a los vestuarios. Me apoyo en la grada. No me creo que hayamos perdido en el último segundo... Me voy cabezazos contra la grada.

—¡Déjalo, anda, hija! —Mi padre me da un beso en la frente—. Lo has hecho muy bien, tienes que estar orgullosa.

—Casi ganamos, papá.

—¿Y? Normalmente perdemos de veinte o más. Perder de dos no es nada, cielo. Yo me voy. Cierra cuando acabes.

Tiene razón. No vale la pena molestarse por solo dos puntos. Ellos deben estar orgullosos, lo han hecho mejor que nunca, y yo también.

Camino en la oscuridad de San Diego. Me empiezo a acostumbrar a que mi padre me deje tirada. Escucho una moto detrás de mí.

—¿Te llevo?

Me doy media vuelta. Jake se quita el casco para mirarme. Yo me encojo de hombros y subo. Me agarro fuerte, no confío demasiado en él. Él se ríe y arranca la moto. Apoyo la cabeza en su hombro mientras veo pasar a gran velocidad casas, árboles, columpios... Lo sé, nos movemos nosotros, pero me gusta pensar que son el resto de cosas las que se mueven.

Se para enfrente de mi casa. Me bajo de la moto.

—Gracias por llevarme, Jake. Ya creía que tendría que ir a oscuras a casa.

—No importa, tranquila.

Voy a irme, pero vuelve a llamarme.

—¡Bel!

—¿Sí? —Me detengo.

—Siento haber fallado ese triple.

—No importa... Lo hiciste bien, era muy difícil.

—Ya nos veremos. Gracias...

—Adiós...

Le saludo con la mano mientras se aleja. Luego entro a mi casa. Casi al entrar, recibo una llamada. Sonrío.

—Tom, ¿qué tal vas?

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