Capítulo 6

Que mi padre me mande antes de tiempo al entrenamiento es desesperante. Sobre todo si vas andando. Odio que no me dejen conducir.

Esta mañana ha sido increíble. La gente me felicitó por los pasillos, me sonreían... Y todo por el helado que le estampé a esa rubia en la frente. Supongo que un poco populares nos hemos hecho, pero no creo que sea para tanto.

Jugueteo con la pelota que alguien ha dejado fuera del cesto. Hace siglos que no juego al baloncesto, pero aún me acuerdo. Es lo que tiene la memoria fotográfica.

—¿Qué haces?

Me sobresalto un poco al escuchar a alguien a mis espaldas. Pero solo es Jake.

—¿Qué haces? —Lo imito.

—Juego al baloncesto aquí. La pregunta es ¿qué haces tú aquí?

—Mi padre es el entrenador y me ha dicho que venga.

—¿Para qué? No vaya a ser que se te rompa una uña, princesa.

—Yo antes jugaba al baloncesto, listillo. —Uso un tono demasiado borde.

—¿Antes de qué?

—Antes de que mi madre se casara con mi padrastro, se volviera rica y decidiera que las señoritas no juegan a esos deportes.

—¿Lo ves? Hasta tú sabes que eres una señorita.

—No soy tan señorita como todos piensan.

Con tanta discusión, nos hemos acercado demasiado. Puedo notar su aliento en mi nariz. Entrecierro los ojos. Me pone nerviosa de un modo extraño, pero no lo soporto. No puedo evitar fijarme que se mordisquea el labio cuando está nervioso. Él baja sus ojos hasta mi boca. Oh... no.

—¿Te enseño como tiro? —Me separo y tiro la pelota hacia atrás.

La he tirado tan mal que es imposible, pero Jake tiene los ojos abiertos de par en par. Me doy la vuelta. ¿La he metido?

—¿He canastado?

Asiente, absorto mirando la canasta.

—Pero... ¡la he tirado de espaldas!

—Pues parece que eres tan buena como dices. —Sigue empanado.

—Bueno... No sé si soy buena, pero eso ha sido...

—Increíble. No me lo esperaba. —Lo que es increíble es que me esté halagando.

—¡Vamos a entrenar! —Mi padre da una palmada, sobresaltándonos.

El resto de jugadores salen detrás de él. Yo salgo de la pista y me siento a observarlos en las gradas.

Me quedo bastante alucinada, en el mal sentido. No creí que fueran tan malos. Pero lo son. Lo que ellos hacen es más un espectáculo de circo que un entrenamiento de baloncesto. Veo a mi padre con ganas de comerse la carpeta. ¿Dónde queda el trabajo en equipo? El único que se puede rescatar es Jake, que no está nada mal. Da buenas asistencias, sabe driblar el balón, lo controla... ¿Qué hace en este equipo de mierda?

Para no traumarme con mal baloncesto, lo miro a él todo el tiempo hasta que acaba el entrenamiento. Mi padre está al borde de un ataque de nervios.

—Se acabó el tiempo. Podéis iros a vuestras casas —dice mi padre, tristón.

Todos se van a los vestuarios, lo que yo aprovecho para rescatar un balón del almacén. Lo giro sobre un solo dedo, pensativa.

—¿Sabes que no has dejado de mirarme en todo el entrenamiento?

Tiro el balón al suelo, del susto. Lo recojo, mirándolo con mala cara. ¿Hoy es el día mundial de pegarme sustos? Eso, o Jake me odia..

—¿Qué?

—Te repito la pregunta... ¿Sabes que no has dejado de mirarme en todo el entrenamiento?

—¿Qué esperabas? Me gusta el baloncesto, pero en este equipo solo hay mierda.

—¿Gracias? —Se acerca a mí, fingiéndose afectado.

—No, tú no. Por desgracia, eres el único que se salva. Por eso te miraba.

—¿Y no será... por otras razones...?

Se me acerca más, repitiendo lo ocurrido antes del entrenamiento. Esta vez opto por alejarlo.

—¿Sabes qué? —Empiezo a hablar muy rápido—. Voy a ponerte una medida de seguridad. No te puedes acercar a menos de la distancia entre mi codo y mi muñeca.

—¿Estás de coña?

—No, no lo estoy. No quiero que te acerques.

—¿Por qué? ¡Es ridículo! —Se queja.

—Tengo novio y estas situaciones pueden dar lugar a malentendidos que no quiero que se produzcan.

—¿Tienes novio? ¿Hay alguien que te aguanta? —Ladea la cabeza, como tratando de descubrir qué tipo de subespecie saldría conmigo.

—Sí, tengo novio en Washington.

—Ah... Entonces no duraréis mucho.

—¿Perdón? —Me cruzo de brazos.

—Las relaciones a distancia no funcionan. ¿No te ha contado Cece lo de Sophie?

—Sí, pero cortó contigo antes de irse.

—Y mírala ahora...

Me enseña su móvil. La foto que tiene abierta muestra a una chica rubia comiéndole la boca a un chico moreno. Porque a eso no se puede llamar besar.

—Eso me lo mandaron el día después de que rompieramos.

Se le nota dolido. Ahora hasta me siento mal. Acaricio su hombro..

—Jake, lo siento mucho por ti..., pero sé que a mí no me ocurrirá.

—Bueno, cuando vengas llorando porque hayas descubierto que está con otra me avisas.

Me revuelve el pelo y se va. Me ha dejado mal sabor de boca.

Un rato después, en casa de Cece...

Nos reímos de una tontería. Es divertido hacer fiestas de pijamas. Nos conocemos desde ayer, pero nuestra confianza es infinita.

—Vale, vale. —Se ríe Emily—. Esto tenemos que repetirlo.

—Sí, sí. Cada semana en casa de una.

—Me parece bien. —Sonrío.

Sentadas sobre la cama, cada una en una posición, charlamos.

—De verdad que lo que le pasó a Jake... Me dieron ganas de ir a Nueva York y estrangularla.

Agudizo el oído al oír Jake.

—Ya ves... Pobre chaval.

—Con lo bueno que es.

—Es que romper con él y al día siguiente estar con otro...

—Es horrible. —Hablo por primera vez.

—Pero yo sé que Sophie no dejó a Jake por la distancia.

—¿Por qué fue entonces? —Me inclino para escuchar mejor.

—Porque mi hermano tiene de romántico tanto como los peces de habladores. Además, nunca se han besado.

—¿Qué? —gritan todas.

—¿Llevaban dos años juntos y nunca se han besado?

—Jake nunca ha besado a nadie. Es mi hermano y lo sé. Pero no lo digáis por ahí, que luego me la cargo yo.

—Yo sabía que no era romántico, porque nunca la besaba en público, pero creía que en privado...

—No, Lola, no...

—Pues joder... A los diecisiete todo el mundo ha tenido al menos un beso.

—¿Tú has tenido novio alguna vez? —pregunta Cece.

—No, los espantaba a todos. Pero he besado a un chico por año, siempre juego a la botella del día de Halloween.

—¿Y tú, Bel? Tienes novio, así que me imagino muchos, muchos besos. —Me ponen caras de pervertidas.

Me pongo roja como un tomate.

—Yo tampoco he dado mi primer beso.

Me miran con los ojos abiertos, tratando de averiguar si lo digo en serio. Pero no miento. No me gusta lo que veo cuando dos personas de besan. Me repulsa y lo evito.

—¿Tú eres tonta?

—No, pero...

—Joder, ¿cómo no has besado a nadie todavía?

—Si os lo digo, no os riáis. —Hago una pausa y lo suelto—. Me da asco besar a alguien.

—¿Por qué? Si son adorables.

—He visto besos que parece que se van a ahogar de un momento a otro. Son demasiado asquerosos.

—Quizá a ti no te vayan los besos con lengua, pero ¿ni un beso? —Emily se me acerca.

—No, siempre evito besar a mi novio. Simplemente no puedo.

—Pues que lástima...

Se escucha un portazo y muchas risas.

—¿Quién es? —Abby se aferra a un bate de béisbol que está ahí cómo por arte de magia.

—Deben ser Jake y Max. Verán pelis estúpidas en el salón.

—¿Max está aquí? —Lola salta—. Tengo que irme.

—Enfréntate a tu miedo. Ahora estás buena, puedes con ello. —Abby mueve las cejas alternativamente.

—No es por estar o no estar buena. Es que tengo pánico a hablar con él.

—Yo tengo una idea. Abby, Emily, Cece, os necesito. Lola, quédate aquí.

Salimos las cuatro. Les explico el plan y lo ponemos en marcha.

—Jake, necesito que me prestes a Max... —Cece baja las escaleras a toda pastilla.

—Cece, estás con tus amigas. Déjame a mí vivir en paz.

—Lo siento, pero lo necesito... —canturrea.

Cece saca a Max del brazo y lo sube para arriba. Abby le da flores y yo le quito las gafas. Perfecto. Emily lo empuja dentro de la habitación y cerramos la puerta con llave.

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